(wo)man, the scavenger

pig

…ese pobre lechón, que murió de repente, con un tajo en la frente, y otro en el corazón…Lo metieron al horno, lo sacaron caliente, le metieron el diente, a ese pobre lechón…(aguinaldo)

Una tarde de nochebuena, te encuentras en el carro, con la familia, en dirección a la cena familiar en casa de los padres/abuelos/suegros. Estás pensando en la pata de cordero, las trufas, la ensalada, el serrano, el manchego, las olivas, el arroz con gandules frescos, los vegetales del huerto, también frescos, los pasteles, el arroz con dulce…Estás pensando también en posibles resoluciones para romper este año. Alguna cosa vaga, tipo “parar el pico”, “hacer ejercicio”, o algo tal vez más sofisticado, tipo “consumir macronutrientes a razón de 30-30-40” o “correr dos millas diarias”…

No sé porqué estoy escribiendo esto en segunda persona. Mejor seamos honestos y digamos que estaba yo, con mi familia, en la minivan clase mediera, camino a un festín navideño y pensando en estas cosas, cuando mis sentidos me traicionaron. Primero el de la vista, que es el que los primates utilizamos con mayor frecuencia y al que le dedicamos mayor corteza cerebral. Luego….aaahhhhh, el olfato. Lechón.

Mi hijo mayor, mi esposo y yo nos miramos. En silencio. Estábamos a quince minutos del menú original, hecho en casita especialmente para nosotros. Las aletas de la nariz del adolescente residente estaban expandidas. El estómago de mi esposo gruñía. El bebé nos observaba, sorprendido.

Los minutos subsiguientes están envueltos, en mi memoria, en una especie de dulce neblina con aroma de lechón. De alguna manera me encontré dentro de la lechonera. Creo que me colé en alguna de esas masas humanas que pasan por “filas” en este país nuestro. Los clientes gritaban. Algunos llevaban horas esperando y muchos bebían licor para matar el tiempo. Había dos hombres (llamémosles “Pepe” y “Tito”, para propósitos de la narrativa) con delantal tras la puerta de escrín, picando (sin mucha prisa) un lechón. Uno de ellos tenía la boca llena – por cada trozo que ponía en un recipiente para llevar, premiaba su propia e indudablemente valiosa labor con otro. Alguien me empujó y le pegué al escrín con la frente. Lo asumí valientemente, como el apropiado castigo del colao.

Todos mis sentidos estaban en alerta. Con el rabillo de un ojo monitoreaba los movimentos de los borrachitos que nos miraban desde la barra, sin perder de vista, ni por un momento, el lento tráfico de platos de plástico que se daba tras la puerta. Los músculos de mis brazos estaban preparados para agarrar el primer plato (suficientemente grande para compartir y suficientemente pequeño para conservar la dignidad y el decoro) que me pasara por al frente. Calculé, rápidamente, que la estatura de mi vecino de asedio le daba una ventaja clara a mi mano izquierda, y que con la otra mano sacaría el dinero a la vez que giraría sobre mi pie derecho para lograr un solo movimiento perfecto de obtención-compensación-huída…

Una mujer (con ella hacíamos dos orgullosas representantes de dicho género), visiblemente agobiada, se abrió paso entre nosotros y me sacó sin contemplaciones de mi (robado, preciado,merecido) sitio. Le hablaba a Tito. “Mira, ese es el último lechón, ¿sabeh? Y tienes todas estas órdenes aquí todavía…” Blandía un papel con nombres y números y señalaba la barra.

Mi nombre no estaba en el papel, y me sentí un poco culpable. Creo que no fui la única. Tito miró a Pepe, súbitamente indignado: “Deja de comer lechón, carajo.”

Respiré profundo, para llevarme si no el sabor, al menos el aroma del animal que de repente se me antojaba y cuya muerte no le causaba a mi usualmente-no-muy-carnívora persona el menor problema…Regresé al carro con las manos vacías. “Eso está difícil” le dije a mi decepcionada familia. Por el camino, compramos una bolsa de chicharrón que nos costó una levantada de cejas de mi madre, pero no pasó nada. La cena estaba riquísima.

Si me tomo una cerveza y cierro los ojos, creo que casi puedo olerlo otra vez.

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2 comentarios en “(wo)man, the scavenger

  1. Saludos profesora, es Carlos Enrique Lugo. Es que Sombra me menciono el blog. Estuve leyendo algunos de los artículos sobre la terrible matanza en Gaza que has publicado en el blog. Me gusto el relato de la fila esperando por el lechón de los tradicionales días de la navidad.

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