Mi tecato favorito

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Suelo darle monedas a los que piden en las luces. Sé que con eso no resuelvo su problema – droga, hambre, el sistema, la desigualdad, el mundo. Así es la cosa, Mafalda, me diría mi inner Miguelito. Imagino que como tantas otras personas que hacen lo mismo, mi ofrenda en el semáforo obedece a una combinación más o menos compleja de razones, algunas más nobles que otras; apaciguar la culpa producida por la propia y relativa abundancia, alguna tendencia a tratar de resolver problemas propios o ajenos de manera rápida…Pero debo confesar que hay otra razón, más poderosa. Y aquí va. Algunos me caen bien.

Y las razones para que me caigan bien no podrían ser más arbitrarias. De hecho no las entiendo muy bien. Hay uno, mi favorito, a quien siempre trato de darle unas monedas y un sandwich, o un café. Tiene un cuerpo pequeño y una sonrisa grande, y algunos días la comparte con el mundo. Otros, esconde los dientes, baja la mirada, y se concentra en el vaso donde caen las monedas. A veces da las gracias. Hay semanas que desaparece, y cuando eso ocurre me asusto un poco. Siempre regresa. Hay otro, también de poca estatura y de gorra, que me cae un poco mal. A ese también le doy monedas – pero sin el mismo entusiasmo. En su caso me mueve claramente la culpa – no la de tener más recursos que él, sino la de que me resulte, incomprensiblemente, antipático.

A saber que misterio rige esas o cualquier otra simpatía o antipatía humanas. Tal vez importe poco.

En varias ocasiones, he escuchado personas reaccionar a la ofrenda en cuestión (la mía,la ajena, o la hipotética) con cierto desprecio. Incluso me han regañado, o han regañado a otros ilusos como yo, frente a mí. “Eso es para comprar droga, no comida, no seas tonta”. O, “si tiene dos buenas piernas, ¡que se vaya a trabajar!”. La crítica siempre refleja alguna variante de esos dos temas: 1) El mendigo no “merece” el dinero porque no es para comer sino para drogarse, o 2) no lo merece porque en lugar de pedir, podría trabajar.

Me ha ocurrido que ando en el auto de alguien que no conozco bien, y por ello acabo evitando bajar la ventanilla para la ofrenda usual – para evitar ese tipo de comentario, o para que el otro no piense que lo hago para que me miren…Presiento que el otro, por su parte, tiene un dilema moral parecido. A veces, tras un silencio, uno de los dos tripulantes del auto dice algo como “yo, si hubiera un servicarro por aquí, le compraría algo de comer..es que no me gusta dar dinero así, eso no lo ayuda, mejor les doy comida.”

(Por cierto, comprar comida para sentirnos más “morales” puede salirnos por la culata-permítanme ilustrar. Esperando por alguien en el Burger King de Rio Piedras, un mendigo me pidió dinero para comprarse un sundae. Yo andaba con un billete de veinte-así que le dije que tendría que esperar el cambio. Para cambiar, tenía que comprar comida. De modo que aproveché, y compré el sundae. Creí que iba a sorprender al hombre favorablemente-pero resultó que no le gustaba el maní.)

Cabe parpadear, y preguntarse: ¿No es la droga, para un adicto que se ha visto reducido a pedir en la luz, algo así como comida? Ojo, que no estoy diciendo que la droga es buena o inofensiva. Tanto la heroína como el crack son males terribles. Lo que digo es que para el adicto desesperado, la experiencia de necesitar la droga no debe ser muy distinta a la de pasar hambre. ¿Es el dinero que recibe en la luz lo que mantiene a un adicto en su adicción? Si nadie le diera nada, ¿saldría corriendo a rehabilitarse, o buscaría, desesperado, otra manera de obtener dinero? ¿Si saliese corriendo a rehabilitarse, encontraría fácilmente el apoyo sistémico que necesita? Escuché hace algún tiempo a Vargas Bidot, cuyo trabajo comunitario sólido lo ha hecho famoso en Puerto Rico, citar estadísticas diciendo que probablemente no: Que los programas disponibles sólo pueden servir a un porcentaje pequeño de los adictos existentes. Y cabe preguntarse también, ¿acaso no es trabajo, caminar bajo el sol por muchas horas al día con un vasito en la mano y tolerando la antipatía del prójimo por unas monedas? Vamos, que no sólo es trabajo, sino que es más trabajo que el que muchos hacen. Pero nada, digamos que no le damos las monedas, ¿saldría corriendo a trabajar? Y si así lo hiciese, ¿conseguiría empleo?

La decisión de dar las monedas, o de no hacerlo, parece cargar con un peso moral desproporcionado al impacto que cualquiera de las dos (dar o no dar) tenga sobre el mundo y sus issues. Hay algo de peculiar en toda la energía concentrada en ese momento previo al bajar la ventanilla, monedas en mano, mirar para otro lado, o gesticular con la cabeza que “no”. Y ese momento contiene más información sobre nuestra moral colectiva y lo que tolera, sobre la manera en que conceptualizamos lo que “merece” y lo que “no merece”, sobre nuestra capacidad de pasar juicios de valor sobre la miseria ajena, y sobre ese individualismo ambivalente nuestro de cada día, que sobre la moral del pidión.

Dejarle chavos al mendigo en la luz no me hace ni mejor ni peor persona. No rescata a nadie, no lo salva de nada. Pero criticarlo, decirle entre dientes que se vaya a trabajar, o enojarse con el iluso que sí le da algo, tampoco salvan ni hacen a nadie mejor persona. Al final, a mí, hoy, unas monedas o un sandwich me sirvieron para robarle una sonrisa a mi tecato favorito. Y creo que yo también le sonreí.

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6 comentarios en “Mi tecato favorito

  1. Yo también he tenido estos dilemas profesora. Si doy chavos me siento que estoy favoreciendo la filantropía y el sistema económico en que vivimos, lo que no estoy de acuerdo, porque considero que un sistema de gobierno que respete los derechos humanos no produce disidentes por todas partes. Una vez una persona me dijo que le dio veinte pesos a un hombre que pedia dinero en la calle con su vasito en la mano. No respondi nada. Me imagino que deseaba una respuesta de alabanza a su gran generosidad o caridad. Es la visión de que si soy rico le doy chavos al pobre y me siento con regocijo, he hecho una buena obra y me lavo las manos. Luego lo divulga para sentirse gigante. Por otra parte, la persona que está en la calle con el vasito en la mano cuando vea el billete de veinte va a ver el gesto de muy buen agrado, porque va resolver por un tiempo corto sus necesidades. Pero el que da y el que recibe la migaja se convierte en una practica de sentir de impotencia para algunos, para otros un gesto noble que se legitima como algo inevitable que no hay forma de detenerlo. He decidido no darle a ninguno, ni tan siquiera a los que piden ayuda para alguna operación de un familiar, aunque titubeo, pero considero que eso no me compete a mí, sino a los grupos. Grupos que yo imagino con tristeza e impotencia en mis cabeza porque sé que no existen. Luego me siento mal porque se que si yo estuviera herido postrado en una cama tampoco mereceria la compasión de los demás en este mundo. Me convertiria en un hipócrita si gritara por ayuda.

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  2. Hola, Carlos. Si, ese es el punto. Todo el dilema que nos plantea el asunto. En términos de política pública, me resulta (en el caso de los tecatos) atractivo lo que plantean muchos estudiosos – re-canalizar esfuerzos de la criminalización de la droga hacia el mejor uso de trabajar la adicción como un asunto médico.Al otro ejemplo que traes, el de tener que pedir dinero en la luz para un transplante de riñón, medicina socializada.En fin. Así es la cosa, Mafalda.

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  3. Me identifico mucho con esta entrada. Varias veces me he encontrado siendo regañada por quien me esté acompañando en el carro ese momento, por darle unas monedas a algún tecato. Más aún, se escandalizan si les doy los buenos días, una sonrisa y le pregunto que cómo están. Y cuando ya se que viene el regaño, siempre les contesto que yo saludo a todo el mundo, él, por ser tecato, no merece un saludo? Además, si están pasando hambre, trabajando bajo condiciones extremas para ganarse el peso del día, que más da si el tecato cree que su recompensa es un pase de droga o un plato de comida. A fin de cuentas, trabajó bajo el sol del mediodía, el aguacero de las tres de la tarde, aguantando los insultos y malas caras de quienes pasaban por allí, arriesgándose que lo atropellaran en cualquier momento.Yo sé que no voy a cambiar el mundo por darle un peso al tecato de la esquina de vez en cuando. No pretendo ser su amiga, pero sí respetar su dignidad como persona, como ser humano. Por eso no me cuesta saludarlo cuando lo veo allí pidiendo. Como él dice: “el saludo es de gratis”

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  4. Hola, Mariana. Veo que nuestra estrategia (mia y tuya) para enfrentar la tremenda ambivalencia que nos causa la marginalidad es la misma-dar algo. Ambas reacciones (dar y no dar) son igualmente válidas, probablemente. Supongo que lo interesante es lo intenso del debate externo (con otros) e interno (al momento de decidir si dar o no dar), que sugiere que como cultura, como pueblo, tenemos “issues” colectivos, ideológicos, con cosas como las drogas, la pobreza, la marginalidad. Gracias por pasar y comentar!

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  5. Considero que el dar o no dar dinero es algo personal, sin embargo el problema es mas de fondo ya que el simple hecho de dar el dinero no resuelve nada. El estado es quien debe propiciar con programas la integración a la sociedad de estos individuos así como su recuperación. Personalmente entiendo que el trabajo dignifica al hombre y muy a criterio personal también no creo que pedir represente un trabajo sino un medio facil de recolectar el dinero que necesito para satisfacer el vicio. A pesar de que tenemos la capacidad de analizar racionalmente este tema, quizás estas personas que nos piden dinero no la tienen ya que su motivación en la vida no va más allá de consumir la droga, lo cual es causa de tristeza.Como individuos y como sociedad deberíamos buscar soluciones y no simplemente obviar el problema dando unas monedas.

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  6. Cristhian, saludos. Ciertamente es personal la decisión. Y dar (o no dar) no resuelven nada, y es claro que no atienden el problema de fondo. Pedir no es “un” trabajo; pero es trabajo, da trabajo, es duro. A eso me referia cuando dije que era trabajo. He visto personas que critican al que pide, pero cuando examinas el “trabajo” del criticón, la verdad es que no trabaja tantísimo…:) En fin, que se trata de no correr a juzgar al tecato.No creo que las personas que eligen dar unas monedas estén obviando el problema de fondo. Están reaccionando en su cotidianeidad. Y el tema del post era precisamente el peso que esa decisión tiene, lo mucho que se debate interna y externamente. Por ahí va la cosa.Gracias por pasar y comentar!

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