tapafaltas

supermarket_gondolas__1_1Hace unos días estuve en un mall.  Los que me conocen saben lo que eso implica, pero lo describo aquí para el que no me conoce: Tengo ciertos issues con los malls. Sobre todo cuando tienen mucha gente dentro, especialmente en eventos como ventas de pasillo, black fridays, y demás.  Es el tipo de curiosa idiosincracia, pequeña intolerancia o manía personal que nos produce una mezcla de vergüenza y orgullo y que contribuye a definirnos.  Como odiar el celery, o los perros.  Yo puedo tolerar tiendas pequeñas, mercados abiertos, y supermercados.  ¿Pero las tiendas por departamentos y los malls? Para nada. De más está decir que no compro cosas con mucha frecuencia.

Ese día había poca gente.  Era miércoles y eran las diez de la mañana. Recién terminada una diligencia de trabajo, contaba con cuarenta minutos disponibles antes de la próxima, y decidí entrar a una tienda (una de esas, tan simpáticas para los fóbicos como yo, que tienen salida a la calle) a buscar unas meriendas para el proyecto en el que trabajo. Así me ahorraría un viaje posterior.

Entré.  Agarré un carrito de compra.  Filas breves, pasillos libres.  So far, so good, pensé.

Después de algunos minutos dando vueltas por la tienda, decidí aceptar lo evidente: En esa tienda no había meriendas.  En mi prisa por escoger una tienda con poca gente y con salida a la calle, olvidé ponderar el contenido.  Un poco como el personaje con alergia que se atraganta una medicina para la fiebre, no la alergia, porque esa es la que resulta estar en el botiquín o tener sabor a fresa.

La tienda no contenía lo que yo andaba buscando, pero yo seguía dando vueltas por los pasillos. ¿Por qué? me pregunté.

Por si acaso…por si acaso encuentro algo que “me haga falta”, me contesté, mirando con interés algo de plástico, de color azul y función aún indefinida.

Que horror, suspiré.  ¿Todo este tiempo pensándome, orgullosamente, una persona “frugal”, y ahora resulta que basta con que me encuentre una tienda cómoda y sin multitud para ponerme a buscar cositas candidatas a pertenecerme?  ¿Cositas que ni siquiera tenía en mente cuando entré y que al ver en las góndolas, se me revelarían, mágicas, como ausentes y necesarias?

Pensemos en esto por un momento.  Si decimos que algo nos “hace falta” estamos indicando que su presencia en nuestras vidas de alguna manera nos completaría – o que completaría algún espacio o rol con el cual nos identificamos.  Estamos también declarando su ausencia actual-diciendo que no lo tenemos, o que es suficientemente diferente de lo que ya tenemos como para justificar su adquisición.   Así, por ejemplo,  compramos el almohadón púrpura que tan bien combina con el sofá de la sala, o un champú con una mejor promesa anti-frizz en la etiqueta que el que  descansa (¡iluso!) en nuestra ducha, unas gafas más chicas (o grandes) que reemplacen las grandes (o chicas) que, uy, han pasado de moda, o un par de zapatos rojos, o un peluche rosado…Una nueva comida de perro (para probarla, Fifí ha estado medio inapetente últimamente), o unos aretes más largos, más verdes, o más redondos, o quizás un pantalón menos (o más) ajustado…Tal vez algún artefacto electrónico porque el tamaño de la pantalla del nuestro ya no resulta aceptable, o un celular nuevo porque éste hace un año era una maravilla pero ahora  han salido esos nuevos tan chuchin, o una cartera, un colgalejo, un disco, un (gulp) libro, una corbata, una película, una cajita bonita para guardar…algo,  un taladro más potente, una caja de vasos en venta especial. Si estamos pelaos, pues entonces chicles, un ringtone, un bolígrafo, o cuatro chucherías por un peso, o cinco pesos.

La palabra falta está tan adulterada en el mundo este de los malls, y denota unas cosas tan tristes, tan hermosas…Nostalgias. Ausencias.  Tal vez debería reservarse para otros humanos. O al menos para seres vivos, emociones, destrezas, talentos y actividades.

¿Que si compré algo? Pues sí, que verguenza. Al final acabé comprando un libro de pintar que “le hacía falta” al nene y un chocolate que no necesito justificar con faltas porque el chocolate (creo) es una de esas cosas que no necesitan justificación.  ¿Aprendí algo? Creo que sí.  Aprendí que yo también soy vulnerable a esa “falta” colectiva, y permanentemente insatisfecha, que es una de las caras de nuestro sistema de mercado.  Un mercado que esclaviza a unos compradores que, como el personaje de Prometeo, condenado a perder a diario su hígado, siempre se sentirán carentes,  insaciables.  Y que esclaviza a otros, otros que sí viven en la “falta” genuina de alimento o medicinas,  para la producción barata de las cosas que adornan el mall.  Su miseria es nuestro precio especial.  Su hambre se transforma, en esa álgebra implacable de la globalización, en nuestro (hambriento) exceso.

[Puede leer más sobre como vivir una vida más frugal y mejor para el planeta en muchos lugares, entre ellos  aquí y aquí. Puede ver el excelente video de Annie Leonard, the Story of Stuff, pulsando acá.  Y como siempre, puede compartir sus comentarios aquí en el blog.]

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