“vente-conmigo…”

velas

“Dedicado a Gela y Julián, que le daban a sus clientes el cariño y la esperanza que ningún ‘producto’, por bonito que sea su empaque, puede dar.  Y que lo hacían a cambio de una visita o de un racimo de plátanos.”

Creo que tenía unos nueve años las primeras veces que visité una botánica.  Era en la plaza del mercado de algún pueblo (tal vez Rio Piedras, o Luquillo), y estaba en un rincón, frente a una esquina en forma de letra “L”, que tenía dos puestos de vegetales y viandas.  El diseño de éstos últimos era simple, y muy parecido al de casi todos los puestos de la plaza: Un mostrador de madera lisa, por debajo del cual pasaba el/la vendedor(a) y detrás del cual se exhibían, colgando en ganchos o descansando en tablillas y canastas, los productos.  Plátanos, yautías, recao, cebollas, ajos, mazorcas de maíz.  No así la botánica, que tenía tres paredes arregladas en forma de biombo o bastidor, y multitud de cajones, canastas y tablillas con frascos (algunos etiquetados, otros no), velas de diversos tamaños, flores, plantas, y figuras del santoral cristiano.  El vendedor era también un especialista (por lo general espiritista o santero), de modo que si el cliente no traía una receta de alguna otra parte, se la hacían allí. Los clientes entraban con un papelito (o sencillamente una preocupación) y salían con los brazos llenos:  una vela, dos frascos, varias flores, algunas hojas, y tal vez una figurilla, que utilizarían para hacer alguna pócima o baño, en un orden determinado y con algún fin en mente: resolver un problema de salud, atraer a un ser amado, o sencillamente “despojarse”, limpiarse de una racha de mala suerte o de la influencia de algún espíritu oscuro.

Como parte de mis incursiones iniciales en la etnografía como método, visité y observé botánicas diez años más tarde, cuando estaba en la universidad.  Al principio me parecía que no habían cambiado mucho.  Las que ví en la plaza se parecían mucho, en su estructura física, a las de mi niñez.  Había otras, de mayor tamaño, en los “cascos del pueblo” en lugares como Lajas, San Germán y Aguada.  Al mirar más de cerca noté, con curiosidad, que las plantas no eran tan frecuentes como antes.  De hecho, varias botánicas que visité no tenían flora, punto.  Las velas eran las mismas, pero había muchas más – producidas comercialmente en alguna línea de ensamblaje y trayendo incluída la oración impresa en el frasco, tal vez porque los compradores preferían un acercamiento más de tipo “do it yourself” o porque los vendedores ya no conocían las recetas.

Tal vez lo más interesante era que los frascos ya no constituían esa especie de misterio reciclable de antaño. Ahora de plástico, lucían colorines y etiquetas comerciales, con nombres atractivos como “vente-conmigo”, “espanta-males” y “amor-eterno”. Eliminaban la necesidad de la receta (y del espiritista, y de las plantas) porque alegaban incluir todos los ingredientes tradicionales, destilados en una fórmula resumida y empacados de manera atractiva.  Más sorprendente aún, y tal vez emulando el comportamiento de otros productos, (esos que te recomiendan comprar juntos el champú, el acondicionador y el unguento, para un mayor efecto), los “despojos” y los “vente-conmigo” eran ahora líneas enteras, completas con aceite, aerosol, líquido para el agua del mapo y velas aromáticas.  El elemento humano del proceso folkórico ritual, así como el vegetal, perdían importancia, opacados por el poder del capital y de sus líneas de ensamblaje, que desde Miami surtían al dueño de botánica sin necesidad de conocimiento religioso, contactos con espiritistas y santeros locales, o huerto.

El cliente ya no salía con los brazos llenos de flores, sino llenos de potes.

Hace unos cinco años, en San Germán, ví a un representante de ventas entrar a una botánica con su línea, La Gitana, quien además de los productos básicos como agua para el despojo con mapo y perfume, tenía también para la venta prendas de fantasía, pañuelos, anillos que cambiaban de color, tarot simplificado  y caramelos sin azúcar, todo de la misma línea. Pensé entonces que la botánica ya había llegado al colmo de su propia posmodernidad.  Que se había mezclado del todo con el mercado contemporáneo.

Olvidé que todavía le faltaba un paso: Desaparecer.   He visto recientemente despliegues de góndolas de velas con santos y oraciones en lugares como Pueblo, Walmart y KMart. Y eso me hace pensar que, del mismo modo que la botánica ha dejado atrás al espiritista, al huerto, al conocimiento milenario y al frasco de cristal, la mega tienda amenaza hoy con dejar a la botánica, como a tantos otros negocios pequeños, atrás, vacía e irrelevante en las vidas y travesías cotidianas de los puertorriqueños.  Y no porque ya no quieran buscar milagros recurriendo a los personajes secundarios del cristianismo y al optimismo mágico del floclór, sino porque pueden comprarlos más rápido, barato y bonito en alguna megatienda cercana.

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3 comentarios en ““vente-conmigo…”

  1. Umju, casi todo evoluciona, también el folclor. Aunque algunas cosas se resisten, como los fósiles vivientes. Buscar milagros haciendo uso de mecanismos poco ortodoxos debe ser una especie de oda a la resistencia. Aun cuando las “botánicas” pasen a ser otro apartado de las tiendas por departamentos, y los mejunjes mágicos vengan empacados en versiones concentradas.

    Un cordial saludo.

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    1. Supongo que las botánicas, a pesar de lo exótico que nos pueda parecer su contenido, son pequeños negocios. Expuestos, como tales, a la capacidad de las grandes cadenas para vender barato. ¡Saludos, y gracias por leer!

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