simulacro

pony2De paseo sabatino en un pueblo del oeste, mientras esperaba en una gasolinera, ví pasar un auto que arrastraba un carretón con una carga encantadora: dos caballos pequeños,  de esos que llaman ponies.  Uno (o una) marrón, el otro (otra?) blanco con las crines pintadas de rosado, estas dos miniaturas evidentemente trabajan entreteniendo niños y niñas en fiestas infantiles y otros espacios por el estilo.

Me quedé mirando al caballito blanco de las crines rosadas hasta que desapareció: su imagen se me antojaba levemente perturbadora.  Se me parecía a los famosos caballitos de juguete, mercadeados para varias generaciones de niñas, desde la mía propia (y probablemente antes) hasta la de mi nieta (y probablemente más allá.)  Y he ahí, probablemente, la causa de la leve sensaciónde irrealidad, de disloque, que ver al blanquísimo pony de rosada crin, a quien solo le faltaba un cuerno de plástico debajo de los ojos,  me causaba.

Simulacro, pensé.  Y no me refiero (aunque sí hay una conexión) a los rutinarios ejercicios en donde salimos ordenadamente de un edificio, practicando para un futuro terremoto, o para un tsunami.  Tampoco me refiero a un fingimiento – ese caballito no estaba “fingiendo” ser my little pony – más bien, el concepto mismo de “caballito” es ahora inseparable de la figura mercadeada de hasbro.

Como suele suceder con los simulacros (pulse aquí para leer algo de Jean Baudrillard),  el animalito de plástico no está imitando la realidad, sino de alguna manera reemplazándola con una especie de hiper-realidad que encuentra en el caballito de carne y hueso su imitador, su eco.  Ambos caballitos forman así parte de un sistema de espejos, de signos, que producen y reproducen diferencias de embuste que sirven para multiplicar las posibilidades de venta. Vea aquí, si no me cree, todos los modelos que la combinación de una carta de colores plasmados en crines, pelos y rabos produce.

Los ejemplos eruditos abundan.  Baudrillard, Borges, Eco, han escrito sobre Disneylandia y la pornografía como ejemplos de hiperrealidad que se desconecta del objeto original que pretendió en algún momento representar, y se convierte en verdad en sí misma.  Pero hoy, en la calle, en San Germán, el simulacro era tanto más poderoso – en Disney está demarcado, y uno entra sobre aviso.  El pony ese entró en mi día, como si nada, recordándome a su contraparte de plástico que tal vez en su origen imitaba la abstracción de un pony pero que ahora es imitado por el animal, que a su vez no es un animalito de granja, mucho menos silvestre, sino un artefacto también del mercado de servicios…

Un grito, que de irreal o hiperreal no tenía nada, me sacó de mi ensimismamiento.  “¡Caballo pato!”, decía el gritón.  Suspiro.  Por suerte al caballito de carne y hueso no parece importarle particularmente ni la opinión del gritón ni mi reflexión posmodernuca.  Seguirá su fin de semana paseando nenas, que lo preferirán porque se les parecerá a algún personaje de my little pony, que a su vez surgió, quizás, como plástica respuesta a la fantasía infantil de tener un pony de carne y hueso pero sin pestes y con la crin de colores.  No es error, ni disimulo, ni fingimiento.  Simulacro.

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