la culpa es de la culpa

cohdra_100_8703Un muchacho de diecisiete años, muerto. La muerte de alguien joven siempre es, o debe ser, una noticia especialmente mala. Sí, más que la de alguien mayor. Claro que sí.  La conjunción de muerte y jueventud nos deja con el sabor desagradable del destiempo, de la asincronía, de lo inapropiado, lo incompleto, lo injusto.  Pero si además de muerto, está baleado, con tres agujeros en el pecho y siete en la espalda…

Entonces es aún peor. Peor porque entonces la muerte va más allá del muchacho,  se multiplica.  Algo joven, vivo, lozano, está muerto en la psiquis colectiva de cualquier país donde un evento como este sea un suceso más o menos regular. ¿Quién lo mató? No digo al joven – encontrar a ese culpable le compete a la policía.  Me refiero a lo otro.  ¿Qué  es lo que nos mata la psiquis colectiva?  La respuesta completa es, por supuesto, compleja.  Pero mirando los titulares de hoy y de ayer, creo que tengo unas pistas.  Un pedacito del rompecabezas tristísimo del descalabro general.

Es la culpa.  Porque la culpa, al menos en el imaginario colectivo,  no es un sentimiento, no.  En lugar de ser la sensación individual que propulsa a algunos seres en dirección de la góndola de self help más cercana, la culpa en nuestra islita es como una pelota, simbólica y envenenada, que está siempre en circulación y que nadie cacha, nunca.  Fíjese, por ejemplo, en la reacción del secretario de Educación, que por teléfono y desde su país favorito le ripostó al reportero que le pidió una reacción:

La pregunta es ¿por qué el estudiante está fuera de la escuela en horas de clases, aunque fuera en hora de almuerzo?

Zás.  Le tiraron la bola de la culpa (o la responsabilidad), y rápidamente se la devolvió…al muerto.  Más adelante, tal vez consciente de la ironía anterior, lanza la envenenada pelota en dirección de la dirección escolar:  “Se supone que los directores los mantengan dentro de las escuelas hasta que sea la hora de salida”.

Resulta que esa escuela sale a las once.

Mientras tanto, el país reacciona a la nueva ronda de fracasos en las pruebas puertorriqueñas.  Los niños se nos han colgado otra vez.  Es culpa de los maestros, me dijo una vez un colega.  Es culpa de los niños,  me dijo una vez un maestro.  Es culpa de los padres, me dijo otro.  Es culpa de los maestros, me dijo un padre.  Los líderes sindicales de los maestros le dijeron a los reporteros que es culpa de las pruebas y de los secretarios que las mandaron a hacer mal, a propósito, para que los niños se cuelguen y ellos obtener fondos federales.

Las pruebas posiblemente tienen muchos defectos.  Los maestros y los estudiantes las odian, probablemente con razón. ¿Pero confeccionarlas a propósito para que los alumnos fracasen? Esa pelota sí que tiene veneno.

La literatura de autoayuda tiende a ver la culpa como un sentimiento que envenena el cuerpo del que la siente, y del cual hay que aprender a deshacerse. Tal vez tiene razón.  Pero tal vez, al menos en esto de la educación de nuestros jóvenes, apropiarse de la culpa y convertirla en acción concertada que resuelva lo que a todas luces es una situación desesperada, nos vendría bien…

Y mientras lanzamos la culpa de un actor al otro, el veneno se escurre, cae sobre los muchachos, que dejan de estudiar a razón de uno de cada dos, que se cuelgan no solamente en las pruebas sino en sus clases, tal vez en sus vidas, y que en los espacios de mayor pobreza y necesidad, aprenden cada vez menos.  En el país, mientras tanto, el desempleo crece, la oportunidad se encoge, y el futuro de los estudiantes se vuelve borroso.

Algunos hasta mueren de bala.

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