el asesino

asesinoHace un par de días quise escribir sobre Jorge Steven.  Hoy debo escribir sobre el hombre que confesó haberlo matado.

“Debo”, dije, no “quiero”.  Todavía tengo dificultades para mirar su foto en los periódicos, para leer sus alegatos de defensa propia y de lo que algunos llaman “pánico homosexual”.  Tengo dificultades hasta para nombrarlo. Para mí es “el asesino”.

Confieso que me cae mal, que me asusta su visaje, que me provocan desagrado su expresión, su mirada, su frente, su collar, sus manos esposadas…

Y por eso debo escribir. Porque me desagrada.   Todos estamos horrorizados.  Hasta los que emiten expresiones homofóbicas al hablar de la víctima,  como “que hacía ese muchacho allí”, o “se lo estaba buscando, con esa vida”, tienden de inmediato a conceder la monstruosidad del acto de…este otro tipo. Del que mató, decapitó, desmembró, y luego intentó quemar y ocultar a Steven.

Juan Antonio, se llama.

Juan Antonio nos desagrada por la misma razón por la que nos desagradan todos los que cometen actos monstruosos, impensables.  No simples asesinos con móviles ‘vulgares’ (léase, ‘económicos’) , sino aquellos asesinos cuyas acciones se nos antojan distantes de la naturaleza humana más básica, más fundamental.  Los parricidas, los infanticidas, los genocidas.  Pero bien han sugerido los estudiosos de esos fenómenos que además de condenarlos, debemos entenderlos, para poder prevenirlos.  Por más monstruosos que sean estos eventos, si existen y ocurren, es que son, por definición, posibles.

Dicen que Juan Antonio odia a los homosexuales.  Dicen también que él es homosexual; que si miren sus cejas, que qué hacía en esa zona, conocida por la presencia de travestis, que Steven y él se conocían, que por qué quemó el colchón….  Todo esto puede ser importante. Pero los que lo dicen para burlarse de Juan y de su defensa están errados, me parece.  “Acusarlo” de gay no debe ser el ángulo, porque “gay” no debe ser una acusación, sino un hecho reconocido, aceptado, sin tapujos ni falsas “tolerancias”.  No.

Si en efecto Juan Antonio era bisexual o gay, y además odiaba a los homosexuales, entonces la situación es aún más trágica.  ¿Por qué? Porque ilustra el poder asesino no sólo de Juan Antonio sino de la homofobia colectiva, aprendida, respirada desde siempre, que contribuyó a forjar a un asesino, a generar en él odio hacia sí mismo y hacia otros.

Reconocer, entender, estas cosas, ¿excusa a Juan Antonio? ¿Lo justifica ante los ojos de la ley?  No, mil veces no. Que se haga justicia.

Reconocer, entender, estas cosas, ¿es un paso necesario para eliminar, de una vez y por todas, las condiciones sociales que permiten que algo tan monstruoso como esto caiga dentro del rango de las posibilidades de comportamiento humano, que sea posible? Sí, mil veces sí. Que se discuta, se arroje luz, se construya conocimiento valiente.

Para combatir la homofobia, y cualquier otra forma de intolerancia y odio, hay que sacar las fuerzas necesarias para entender las rutas que la convierten en un modo dominante de pensar.

Aunque esto implique mirar un asesino a los ojos, y reconocer al monstruo como humano, y a la monstruosidad como posible.

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3 comentarios en “el asesino

  1. “ilustra el poder asesino no sólo de Juan Antonio sino de la homofobia colectiva, aprendida, respirada desde siempre, que contribuyó a forjar a un asesino, a generar en él odio hacia sí mismo y hacia otros.”
    Brillante!
    Gracias por articular algo que he estado pensado sin poder ponerlo en palabras. La repulsión que es dificil explicarla con palabras pero un solo gesto basta.

    Me gusta

  2. [Respuesta enviada por un lector,la publico íntegra porque merece ser leída en su totalidad:rb]

    “Lo mataron porque no era una mujer”… Siempre me tocan profundo tus palabras, frases y análisis, porque son mensajes dirigidos a que se despierte en uno algún decir, a no ser indiferentes.

    Me jalonea la conciencia y el intelecto la frase de que lo mataron porque no era mujer. Es parte del argumento del supuesto asesino, pero más aún, ese argumento es el telón de un escenario social que trasciende al victimario; de una realidad social que sin ser del todo suya, a la vez le permite otorgarse una identidad: lo mató porque resultó que no era una mujer; él salió a buscar una mujer para sexo y “esa” fue la única que “casualmente” aceptó. Al ver que no era mujer le recordó algo trágico que le había sucedido con otro que tampoco era mujer, una relación sexual en la cárcel. Pero que quede claro, él jamás se acostaría voluntariamente con un homosexual ni lo haría voluntariamente con otro hombre, como le sucedió en la cárcel, a donde muy probablemente volverá.

    Lo que sacude a uno más, son los detalles del crimen. Más que matar a la persona parecería que se quería destrozar una idea, hacer desaparecer un suceso, borrarlo de la historia y de la mente. ¿Cuál es el pensamiento desquiciado que puede llevar a una acción de esa naturaleza? No lo sé, aunque lo sospecho. Lo que sí me atrevo a decir es que tal pensamiento aberrante no solo dice mucho del que lo piensa, sino del sistema social dentro del cual él forjó la idea de lo justificado y lo no justificado.

    Para esta mente atribulada el ser procesado criminalmente por el sistema podría ser casi un rescate, aunque parezca contradictorio lo que digo. Y es que quedaría claro que su violencia no fue sino un reflejo de que él no se acostaría con un homosexual, de que para él (y el sistema que lo forjó) eso de que un hombre se acueste con otro hombre está mal, mal, super mal, ultra mal; tan mal que no lo debería pensar, ni imaginarlo, menos intentarlo. Insisto: el que un pensamiento obsesivo como éste lleve a ejecutar un crimen de esa naturaleza no solo habla del asesino, sino también del sistema dentro del cual forjó la idea de lo justificado y lo no justificado.

    Para el asesino, este evento quizás sea un freno para su propio trauma interno. Pero queda aún sin juzgar el contexto en el que se forjó su idea y del resto de nosotros que somos parte de ese contexto y que contemplamos y adjudicamos desde lejos, como quien dice, allá ellos a mi no me toca.

    Pero en realidad si nos toca, pues sus ideas y creencias son parte del sistema de ideas que nos forjan, que nos dan forma y nos deforman. Momentáneamente nos estremece la brutalidad del asunto, pero al proseguir nuestro quehacer diario como si nada, demostramos que cada día nos hacemos más fuertemente indiferentes, tanto que el hecho de saber que estamos siendo indiferentes ya no nos asusta, no nos inmuta.

    Poco a poco la podredumbre moral nos arropa en todos los quehaceres cotidianos y eso parece cada día importarnos menos, tanto es así que ya no nos importa que no nos importe y, maldita sea, parece como si le estuviéramos cogiendo el gusto a vivir de esa indiferente manera.

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