Picada de ojos: Universidad…¿para quién?

Una columna en la sección VOCES del Nuevo Día de hoy trae al periódico lo que ya hace algún tiempo es tema de discusión, chisme, y susurro: el espectro de un alza en la matrícula, y los disturbios que la misma generaría.  El texto esboza un argumento para que se aumente la matrícula, y  propone algunos parámetros o criterios para guiar el aumento en cuestión.

Se trata de un tema antiguo, y espinoso.  Por un lado están los que piensan que el costo por crédito (unos 45$ para estudiantes sub-graduados, con un ajuste anual que lo aumenta levemente para cada clase entrante) en la universidad del país es demasiado bajo, y que los estudiantes deberían contribuir a los costos de su educación, que suman unos 500$ por crédito.  Del otro lado, están los que piensan que la universidad debería ser gratuita, y que cualquier costo (y cualquier aumento) mercantilizaría algo que no debe, que no debería, ser mercancía: el conocimiento, la oportunidad.

No voy a debatir, aquí, ahora, los méritos de cada postura, aunque supongo que es bastante claro que la segunda me resulta más simpática. Aclaro de entrada que me gustaría habitar (y construir) un país en donde la educación, desde pre-kinder hasta el doctorado, fuese buena y gratuita, donde cada ciudadano pudiera recibir, sin trabas económicas,  tanta educación de calidad como quiera o aguante.  No se si eso sea, en este momento, realista o posible.

Y no es eso lo que me motiva a escribir esta entrada.

Lo que me llamó la atención de la columna de González Taboada es el cierre, que lee así:

“Debe además tomarse en cuenta el potencial de ingreso de cada disciplina. Me parece muy justo que un estudiante de educación pague menos que uno de contabilidad, dado que su potencial de ingresos es mucho menor.”

No es la primera vez que escucho esa sugerencia. Y me parece bastante peligrosa.  Descontextualizada, suena razonable, con esa especie de lógica interna que tiene una hoja de cálculo de excel.  Pero examinémosla.  Hacer que los jóvenes paguen por sus estudios, no basándonos en su capacidad de pago en el presente sino en la que tendría la carrera que eligen, reproduce, y solidifica, las ya patentes diferencias de clase social evidentes en la “selección” actual de disciplinas.  En arroz y habichuelas, y siempre con sus excepciones, la tendencia en el presente es clara:  A mayor ingreso familiar, mayor la probabilidad de que un joven estudie una carrera con mayor potencial de ingreso.  Subirles el precio precisamente a esas carreras haría aún más difícil el acceso a las mismas.

La educación superior pública ha sido históricamente un mecanismo para la movilidad social.  También ha sido uno para la reproducción de las diferencias sociales. ¿Queremos restarle potencia al primero, y agravar el segundo?  ¿Queremos instituir una escala de precios que se convierta en otro obstáculo más para el muchacho o la muchacha que quiere ser ingeniero/a y que viene de una familia pobre?

Creo que no.   Y creo que en medio de la crisis fiscal que la universidad atraviesa, hay que tener especial cuidado.  Cuidado con las soluciones precipitadas que resuelvan un problema fiscal pero agraven uno social. Que las medidas diseñadas para “salvar la casa” (perdonando la expresión) no la destruyan, por favor.  La Universidad de Puerto Rico es la universidad del país, y al país se debe.  ¿Qué tipo de país queremos tener? Yo quisiera uno en la que trabajemos para quitar, no para poner, trabas en las aspiraciones de las poblaciones más desventajadas.

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