a mi madrastra

Dear Ellen:  Some of the best mothers’ day presents are those that kids make for their mothers with their own hands.  The ones that are not part of the whole going-to-the-mall-in-a-frenzy thing.  I met you when I was fifteen, and so I never got to give you the macaroni necklace, or the construction paper card.  This year I wanted to “make” you something.  I decided, however, against the macaroni necklace and “made” you this letter instead.

Homenaje a la madrastra:

En términos prácticos, cotidianos,  la madre no es un ser particularmente apreciado. Pero el día de la madre su figura, simbólicamente, se agiganta.  El día de la madre es el día nacional de la culpa, del consumo, del frenesí de agradecimiento y amor filial, que llena y atapona los asilos, restaurantes, cementerios y especialmente, los centros comerciales.

Y en ese frenesí, al menos en los medios y en el discurso popular, la madrastra es invisible o como mucho, es una especie de “afterthought”, un facsímil más o menos razonable, un personaje cuasi-materno, más parecida a la suegra que a la abuela en la jerarquía de los amores filiales.  Tal vez por culpa de los hermanos Grimm y sus manzanas envenenadas,  la idea de “madrastra” está más relacionada, semánticamente, con el lado oscuro de la domesticidad familiar que con su lado brillante o tierno.

Pasando balance ahora, en el umbral de mis propios cuarenta, puedo pensar, articular, y especialmente agradecer lo que esa figura, que el día de la madre y los medios excluyen, ha sido en mi vida, y sospecho que en la de muchos, que como yo, crecen y crecieron en las familias mixtas de hoy.  Mi madrastra se llama Ellen.  Y es maravillosa.  Cocina mejor que nadie, y además trabaja, pinta, siembra, pasa tiempo con sus amigos,  y se ejercita.  Tiene un marido, un huerto, muchos estudiantes, un hijo, una nuera, amigas del alma, cuatro perros y una gata salvaje.  Nunca está quieta ni aburrida, a no ser que decida estar quieta o meditar.  Su vida es rica, y ella la  construye con ahínco y con fruición.

Fue gracias a ella, y casi de inmediato, que conocí el mar.  Yo había ido muchas veces a la playa, incluso había estado en botes, pero fue en mi vida post-Ellen que supe de amaneceres en el agua, de garzas y pelícanos volando sobre el canal, de comer pescao, de cayos, de yolas y de pepinos que “hay que tratar con cuidado, porque están vivos.”  Me enseñó también que las galletas son mejores si salen de un horno casero y se comen todavía tibias, que la lechuga y el tomate, por sí solos, no constituyen una “ensalada”, y que las neveras (y las vidas) nunca están “llenas”; siempre cabe algo más.

Los aborígenes australianos tienen un “Dreaming”, una forma de interpretar la realidad en donde la vida y los paisajes están marcados por características míticas y a la vez sólidas, que los definen.  Una piedra, un agujero, una montaña.   Los mismo ocurre con las vidas de los adolescentes: Décadas más tarde, los adultos definimos nuestra trayectoria juvenil por los “landmarks” de las piezas de ropa y los objetos que en cada momento nos definieron.  Y en mi caso, casi todas esas tienen algo que ver con Ellen.  Fue ella la que me regaló mi primer traje de baño de persona adulta.  El mameluco rosado y ochentoso acompañado por tennis Converse altos, también rosados, también ochentosos.  Las bandanas.  Los zapatos amarillos de goma.  El permanente a medias.  Las cartas tarot.  El cassette de Pat Benatar.  Hoy sigue marcando mi “Dreaming”, ahora con cosas como las pequeñas bolsas de lechugas, berenjenas, pimientos, pepinillos, tomates, que ella misma cultiva y que constituyen la mejor y más sana parte de mi alimentación.

Ellen ha “estado allí” tanto o más que cualquier madre.  Las graduaciones, los cumpleaños.  Es la persona que toda mujer recién parida quiere cerca – en mis dos partos, trajo frutas, cremas y revistas, y cuando visitaba en casa, aprovechaba para limpiar la cocina y dejarme comida.  Durmió en una silla incómoda y horrible para acompañarme en el hospital cuando nació mi segundo bebé.  Ha sido una abuela maravillosa para mis hijos y ahora lo está siendo para mis propios hijastros.

Y las lecciones. Algunas las he aprendido, algunas todavía las estoy aprendiendo.  Me enseñó a traer mi propio aguacate y/o limón al restorán.  A ignorar los catarros para que se vayan solos.  A barrer como remedio instantáneo para el aburrimiento y la depresión. De hecho, Ellen actúa como si ocuparse, en general, fuese el remedio para casi cualquier mal anímico o existencial-y tiene razón.  Me enseñó que en la “madrastitud” y en la vida, a veces es mejor esperar. Que las situaciones, y especialmente las relaciones, no pueden forzarse.  Que al final del día, la respuesta más productiva para los problemas que tenemos con otra gente suele ser trabajar con uno mismo, mejorarse uno mismo, crecer uno mismo.  Que el “trabajo” no debe ser el único trabajo.  Verla sacar tiempo para sembrar me ha inspirado para sacar tiempo para escribir.

Mi madrastra no es un facsímil de madre, ni una madre con signo de menos, ni una suegra plus.  Es otra cosa, con los roles y aportaciones que ha negociado a través del tiempo, conmigo y con la vida.  Y hoy la pienso, la quiero y la celebro, al margen del frenesí de compras y consumo,porque ha enriquecido mi vida en sus propios términos y en los míos, no en los que dictan los estereotipos y las culpas,  y espero que me dure muchos, muchos años.  Gracias, Ellen.  Un abrazo.

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Un comentario en “a mi madrastra

  1. Los hermanos Grimm y los maestr@s que por años repetían sus cuentos en salones mancharon la palabra madrastra. Como maestro de nivel elemental me cuidé de no utilizar esos cuentos donde la imagen de las madrastras es vilipendiada y estigmatizada. ¿Y que me dice de la imagen de los padrastros? Pero eso estema para otro día.

    Adelante y éxito.

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