coca, cacos, cucos y la universidad

A diario escucho la condena a los estudiantes.  A veces es una condena feroz, como la del ex-gobernador Romero Barceló, que ayer, jadeante, los tildó de “manganzones”, y los acusó de gastarse la beca Pell en alcohol (!), cigarrillos y hasta coca. O la de Rivera Schatz, que para responderle al anterior opta por regresar al discurso del “grupúsculo diminuto” que no tiene “apoyo del pueblo”. A las condenas feroces podría respondérseles, y se les responde, con cosas como que la Pell no daría para la coca aunque la usaran, con que los chavos se usan para libros y comida, y con que los verdaderos manganzones son los ex-políticos que se niegan a limitar su infamia a la memoria histórica de los pueblos e insisten en su propia relevancia. O con que los políticos del presente deberían 1)cumplir con sus promesas de vigilar policías abusadores y 2)aprender a contar bien-porque el “grupúsculo” sigue constituyendo quórum y ratificando la huelga que los propios administradores legitiman convocando una asamblea tras otra, en la búsqueda infructuosa de la mitológica “mayoría silente”.

A veces la condena es mas bien desconcertante, como cuando, viéndolos macaneados, los acusan de haberse buscado el macanazo en cuestión “provocando” la ira (¿del policía? ¿de Dios? ¿de la propiedad privada?) porque se burlaron, o porque se “pasaron de la raya”, o porque “siguen pidiendo”, o porque no protestan “en los lugares y momentos adecuados”, o por sus largos pelos, o por sus “fresquerías”…O porque, como dice la amiga y colega Lissette Rolón en una de las fábulas que construye sobre la huelga, osaron sentarse “en la misma mesa con el gobierno siempre, como co-dueños de un bien público…” La “raya” que los muchachos ofenden al cruzar es casi siempre literal, geográfica, espacial: Hay quienes quisieran ver (o más bien, no ver) a los estudiantes apiñaditos en algún rincón irrelevante, protestando calladamente, sin molestar. Los que así piensan equiparan la democracia con la invisibilidad o la discreción de la disidencia.

A veces la condena es (en comparación con las dos variedades anteriores) casi gentil, acariciadora, como cuando sus colegas y los nuestros conminan a los huelguistas a salirse de los portones, de prisa, por favor, para que otros puedan entrar a dar clase/tomar clase/hacer investigación/graduarse. Aquí el problema no es tanto el reclamo (los universitarios, todos, tendemos a creer en una universidad abierta, colectiva, utilizable, de modo que el reclamo tiene su justicia), sino a quién se le está haciendo ese reclamo: ¿Por qué no le decimos eso mismo a los Síndicos y administradores? ¿Que deroguen la certificación conflictiva, aclaren el asunto del alza fantasmal de matrícula, quiten las sanciones y nos dejen abrir los recintos de una buena vez? ¿Que habiliten las estructuras de diálogo que están secuestradas: los no- convocados senados, la no-convocada junta universitaria? ¿Qué tal pedirles que defiendan al estudiantado que recibe becas, peludos o pelones, dentro o fuera de los portones, de las alocadas acusaciones de Romero?

Una máquina del tiempo, usted y yo somos los clientes, alguien (¿Rodríguez Ema?) sonríe, masculla alguna cosa, nos conecta los cables necesarios, y emergemos del aparato metidos en un anacronismo insólito: Un país en donde nos aplican una “medicina amarga” globalmente desprestigiada en los noventa, en donde se asoma además la cabezota fea, igualmente desprestigiada, de una estrategia política, la de la opresión, el carpeteo y el exceso policíaco, que creíamos superada, donde gobernadores del pasado surgen,  zombies manchados con sangre de maravilla, a insultar a los estudiantes, emisarios de un futuro posible. Donde los abogados de la universidad, inesperadamente, renuncian y en su lugar se instalan nada menos que los de McConell-Valdés, arquitectos del fortuñismo y de las apepé formales e informales.

¿Y qué hacen los muchachos y muchachas de la Universidad con todas esas condenas? La mayoría de ellos las contesta con serenidad, y sigue trabajando.

Rushdie tiene una novela, Shame, en donde un personaje se vuelve peludo (muy peludo) porque carga en sí toda la verguenza (bueno, “shame” es una de esas hermosas palabras que significa varias cosas, entre ellas, verguenza y culpa) de los que no tienen o asumen ninguna.  Tal vez los llamados “pelús” de los portones cargan con la verguenza, con la dignidad, con la responsabilidad, del colectivo. Basta ya de condenas: Hay que dirigir el reclamo universitario hacia donde debe ir.

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