los abogados

[A la clase graduanda de la Escuela de Derecho Eugenio María de Hostos, 5 de junio de 2010.]

Agradezco mucho, me honra mucho, la invitación que me ha hecho la clase graduanda Fuego de Justicia para hablarles en su noche de logros.

Pero este tipo de invitaciones siempre trae consigo unas preguntas implícitas, unos temas generales, que uno debe atender.  Temas como el significado del grado, o la carrera. Preguntas del tipo “¿Ahora, qué?”

Yo estudié antropología, no derecho, de modo que no se cuán preparada esté para responder esas preguntas.  Pero las voy a abordar. Y para hacerlo, les voy a contar un par de cosas, para luego plantearles un argumento.  Los cuentos son simples:  Tienen que ver conmigo, con mis abuelos, con las polillas, con los libros, y con algunos abogados.  El argumento tiene que ver con la lucidez y con la justicia. Podríamos llamarlo fuego y justicia.

Mi primer encuentro con un abogado fue, como tantos otros encuentros importantes en mi vida, a través de un libro.  Y mi primer contacto más o menos serio con libros de verdad, de esos libros que no tienen dibujitos, fue en un garaje.  Tenía yo unos diez años, y acababa de mudarme a vivir con mis abuelos, que vivían en una casa vieja muy cerca de la Universidad de Puerto Rico en Rio Piedras.

En esa casa, el carro dormía afuera, en la calle.  El garaje era para los libros. Y no es que no hubiera libros en otras partes de la casa. De hecho había libros por todas partes. Y libros de todo tipo. Literatura de buena calidad,; literatura de mala, o al menos dudosa, calidad;  enciclopedias, revistas, cómics, manuales…Había libros heredados de tíos, hermanos, amigos, desconocidos…Mis abuelos, como otros tantos de su generación, compraban pocas cosas, y botaban menos todavía.  Y esa regla se la aplicaban tanto a los tornillos como a los muebles, tanto a la ropa como a los libros.

De más está decir que en casa había polilla. Y mucha.  Los libros apolillados , sin embargo, no se botaban: eran desterrados al garaje, y allí mismo había que leerlos, para que no contagiaran a los libros sanos. Allí, entre muebles viejos y herramientas, me sentaba yo, sobre un cajón, a cultivar mi imaginación (y a cultivar, de paso, un asma crónica que me duró unos cuantos años.) Sentada como una polilla gigante y flaca, leía yo en el garaje mis libros, mis libros apestosos a libro viejo, llenos de agujeros, maravillosos libros.

Uno de mis favoritos, tan favorito como Historia de Dos Ciudades, como Los Tres Mosqueteros,  y preferido por mucho sobre cualquier cosa que estuviésemos leyendo en la escuela en aquel momento, era un volumen rojo, bastante grueso, publicado en los años cincuenta, que se titulaba Sala de Jurados y  que contenía la biografía de un abogado de nombre Samuel Leibowitz. Un abogado judío de padres rumanos, residente de Nueva York.   Me gustaba especialmente el capítulo que narraba el caso, el largo drama, de los chicos de Scottsboro- nueve muchachos negros falsamente acusados, y condenados a muerte, por haber violado dos mujeres blancas en Alabama en la década de los 1930.  Leibowitz hizo historia, primero porque tomó el caso gratuitamente, luego porque apeló las condenas, luego sacando libres a cuatro de los acusados, reduciendo las sentencias de los otros cinco, y de paso llevando la cosa al Tribunal Supremo no una sino dos veces, destapando la olla de grillos que era el discrimen racial cotidiano del sur, obligando a los jueces, y a los hombres y mujeres de Alabama, a prestarle atención al racismo. ¿Cómo lo hizo? Pues lo hizo con el saber, y con la agilidad de acción que el saber a veces nos permite. Lo hizo conociendo la ley, conociendo el derecho; lo hizo, también,  entendiendo la psiquis colectiva, el ethos, de Alabama.  Lo hizo, en fin, estudiando, aprendiendo, construyendo y actuando.

Yo tenía diez años, y las cuestiones heroicas me impresionaban mucho…pero los superamigos de las caricaturas que yo veía los sábados por la mañana (individuos de la talla de Superman, Batman,y especialmente la Mujer Maravilla) se quedaban todos cortos al lado de Leibowitz. El caso de Scottsboro cautivó mi imaginación, y hasta cierto punto cautivó también la de la época: Fue de hecho inmortalizado en otro de mis libros favoritos, publicado en los sesenta, y también apolillado: To Kill a Mockingbird.  En él una niña, una niña como la que yo era entonces, narraba la historia de su comunidad, una comunidad pequeña, unida, capaz del mayor de los desprendimientos, pero también del peor de los racismos. Su padre (el héroe, el abogado) no solamente era hábil, sino que en su decisión de representar, con toda su energía y toda su destreza, al acusado negro, arriesgando su seguridad personal, representa el espinazo, la capacidad moral, de toda la comunidad. Tal vez de todo el país. Tal vez de toda la especie.

Estos eventos (y los llamo eventos porque no son “meros” libros, simples objetos, sino mas bien momentos de lectura tan forjadores del carácter como cualquier otra experiencia) estos eventos se daban en un momento histórico particular.  Los libros habían sido publicados en los cincuenta y sesenta, pero yo los estaba leyendo en mi garaje en los ochenta. Era la década del ascenso de los yuppies y sus valores materialistas, pragmáticos, por encima del idealismo  y el antimilitarismo hippie de la década anterior…Era la década de la resaca que le siguió a las muertes en el Cerro Maravilla…Para esa época salió una película, con otro héroe muy especial, que también cautivó mi imaginación, y que también era abogado.  La biografía de Gandhi, interpretado por Ben Kingsley.  Recuerdo bien que la película comenzaba con Gandhi, entonces un joven abogado, recién graduado y con práctica en SurÁfrica, siendo expulsado de un vagón de tren de primera clase. Él había pagado su boleto, y andaba bien vestido…pero resulta que aún así, los indios, como él, eran considerados muy oscuros de piel para pasar por “blancos” en la SurAfrica de finales del siglo 19 y principios del veinte. Ese momento es descrito, en las biografías de Gandhi el gran hombre, como la Epifanía o revelación que transformó al abogado que era Gandhi joven, en el activista que pasó a la historia.  Pero esa descripción no me parece del todo precisa.  Es más correcto decir que ese fue el momento en donde en lugar de dedicarse a su práctica, Gandhi comienza a dedicarse a una causa que construye a través de su práctica, con las herramientas que su práctica le provee.

O mejor dicho aún, y más dialéctico, más apropiado para este espacio socrático que ocupamos ahora: Gandhi se desarrolla como abogado toda vez que se desarrolla como activista de los derechos de los indios en SurAfrica-y viceversa; se desarrolla como activista toda vez que se desarrolla como abogado.  Son sus años ejerciendo allí, nos dicen sus biógrafos, los que redundan en el Gandhi que conocemos, el Gandhi que logró la independencia de la India conociendo escrupulosamente, y luego desafiando magistralmente,  las leyes, sin violencia, y sin corromperse.

Mientras yo admiraba a Leibowitz, y a Gandhi, había otro héroe, también abogado, frente a mis narices, allí mismo, en la apolillada casa.  Años más tarde me enteré.  Resulta que mi abuelo, mi abuelito, mi viejo, además de haberse doctorado en historia, había estudiado derecho.  “¿Por qué?”, le pregunté alguna vez, curiosa ante lo que me parecía una especie de redundancia académica, por no decir una monumental pérdida de tiempo.  Y me contestó, sin titubeos, con cierta exasperación, lo que le parecía obvio: “¡Pues para saber! ¡para entender!”.

Al día de hoy, con 92 años, mi abuelo entiende el país, y el mundo, con una lucidez que le vendría muy bien a los que manejan al país, y al mundo.

Pero regresemos al cuento de Gandhi. ¿De qué le sirve a Gandhi el estudio del derecho? Pues le viabilizó, le operacionalizó,  nada menos que el ser Gandhi. Lo que no es poca cosa.  Existe entre el derecho, la independencia de la India, y la popularización de la ahimsa, la doctrina de la  “no violencia”, la misma conexión que existe entre el derecho y el fin de la esclavitud en Estados Unidos, liderada por Lincoln, ese otro abogado.  Entender, incluso amar, e incluso amar lo suficiente para estar dispuesto a mejorar, a transformar, el contrato social plasmado en el estado de derecho, es una ruta exquisita hacia la participación ciudadana plena, hacia la actividad con causa y con pasión, y ¿por qué no? Hacia la felicidad.

Debo admitir que mi noción de felicidad no es necesariamente universal, pero ciertamente es compartida, y defendible. Permítanme articularla muy brevemente aquí.  Para hacerlo, voy a echar mano del trabajo de un psicólogo húngaro de nombre impronunciable que ha trabajado el tema en las universidades de Claremont y de Chicago, y de una fabulosa escritora boricua que trabaja y escribe en la Universidad de Puerto Rico.  El húngaro es Mihaly Csikszentmihalyi, y dice que la felicidad, en términos prácticos, se encuentra en lo que él llama Flow, o la experiencia óptima, y que consiste en la combinación óptima de desafío y destreza.  Es pocas palabras: Si usted hace algo muy fácil, y sus herramientas mentales le sobran, se aburre. Si hace algo muy difícil, y no cuenta con las herramientas mentales, se frustra. Pero si usted, con la mayor frecuencia posible, se dedica a hacer cosas que sean suficientemente difíciles para absorber su atención totalmente, de hacer uso intenso de su destreza y conocimiento, es feliz.

La boricua es Ana Lidia Vega.  Y dice la Dra. Vega que la felicidad está asociada, en la vida de los que quieren y pueden optar por hacer carreras universitarias, con una especie de hiperconciencia, la hiperconciencia del “ser humano que sabe pensar críticamente por sí mismo y que puede sentir solidariamente por los demás.”

Pensar, críticamente, por sí mismo: sentir, solidariamente,  por los demás. Vega nos habla de hiperconciencia, de la lucidez que nos permite entender, para poder actuar, para poder ejercer cambio. Esa capacidad para la acción que la clase graduanda de ustedes, ha articulado como Fuego de Justicia.

Ustedes utilizarán su diploma para diferentes cosas. Taller jurídico ciertamente  hay- después de todo, a los tribunales puertorriqueños llegan sobre 300,000 casos al año.  Podemos evaluar el producto de su esfuerzo académico a partir del salario que usted gane, del contrato o el ascenso que se lleve, del carro que maneje o el bote que se vaya a comprar. Pero esas cosas, aunque nos permitan vivir y hasta nos den satisfacción, tienen poco que ver con la felicidad, con la experiencia óptima, con pensar y con sentir, a no ser que el salario se lo gane haciendo algo que le fascine (y ojo, no hablo de algo que se le haga cómodo, o que le guste un poco, sino que le fascine), a menos que el carro lo lleve a los lugares en donde usted va a aplicar lo mejor de sí, de su preparación, de sus destrezas, en pos de algo en lo que usted cree, o a menos que usted aprenda a manejar ese bote como todo un lobo de mar y se dedique principalmente a eso.  Porque la felicidad es lúcida, la felicidad es intensa. Cito a Ana Lidia Vega de nuevo: “La verdadera cultura tiene que ver con la hiper-conciencia, con ese arrebato natural que viene a alborozarnos el casco para que desafiemos la noción panzona, chancletera y control remoto de la felicidad.” Y eso es cierto de la felicidad en todos sus ámbitos: el trabajo, el amor, la actividad mental, la cocina, el hobbie, o el asueto.

Todo está conectado, en la biografía propia, en la suya, en la mía.  Y todo lo que vale la pena hacer es mejor si se hace de manera lúcida, plena.

Otro abogado, puertorriqueño, que también creía en la intensidad y en la lucidez, lo dijo así:  “La gloria no se escribe con palabras, se escribe con la vida”.

Yo creo que la “gloria” a la cual se refería Pedro Albizu Campos en esa cita no implica necesariamente la fama, o la tragedia.  La lucidez feliz puede ser una cosa bastante cotidiana.  Déjenme hacerles un último cuento.  Hace algunos años estuve sentada en un tribunal de menores, y presencié varios casos seguidos. Los casos tenían el mismo fiscal, el mismo abogado, y el mismo trabajador social.  Fue muy conmovedor ver las cabezas, juntas, de esos tres personajes: el representante del estado, el defensor público, y el trabajador social, los tres conversaban, cuchicheaban, antes de cada caso. Los antropólogos somos terriblemente curiosos, y yo podía escucharlos un poco, desde donde estaba, así que paré oreja. Y descubrí que los tres, en todos los casos que vi ese día, claramente buscaban lograr un escenario que maximizara oportunidad y posibilidades para el menor. El suyo era un heroísmo cotidiano, colaborativo, de rutina, que no dejaba por ello de ser glorioso. Lúcido. Feliz.

Con lo que llegamos al argumento, a la propuesta.  Y la propuesta es corta,  es simple, y es la siguiente: Los estudios cuya culminación hoy ustedes celebran deben servirles para la lucidez crítica y para la vida plena.  Deben servirles “Para pensar críticamente por ustedes mismos y para sentir, solidariamente, con los demás”. Deben servirles para entender el mundo, para elegir sus causas, e incluso, y especialmente en tiempos de crisis, para asumir posiciones.  Posiciones que surjan no de la superficialidad o de la ignorancia, sino del conocimiento, y desde la certeza de que el conocimiento es siempre, inevitablemente, gloriosamente, una obra incompleta, en construcción. El estudio del derecho debe permitirles  entender mejor los asuntos para atender mejor los asuntos y para, como dijo otro abogado, Franz Kafka,  “partir no de lo aceptable, sino de lo justo”.   Para vivir plenamente.

Lo que han aprendido en este espacio debe servirles como herramienta para alcanzar esa felicidad que es posible sólo en la luminosa lucidez, la única felicidad capaz de cambiar las cosas, la única actitud equipada para hacer al mundo mejor, para hacer al mundo más justo.

Muchas gracias.

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