atalaya

®The Far Side

Estaba yo en plena domesticidad sabatina, cuando sonó el timbre.  Como mi puerta no tiene una de esas pequeñas claraboyas que permiten ver la imagen, un tanto deformada por el cristal, de la potencial visita, me asomé por la ventana.  La calle estaba llena de ellos, y eran inconfundibles, porque caminaban en parejas, cargaban con unos pequeños maletines negros, y se protegían del sol con grandes sombrillas.  Eran ellos.  Los testigos.   De dos en dos, de puerta en puerta. Mi perra ladraba, con un ladrido que al desconocido que no sabe que, decodificado, quiere decir “sóbame la panza ahora mismo, por favor”, le puede sonar feroz.  Por un momento pensé, pero sin mucha convicción, que tal vez la perra los espantaría.

Los sabatinos Testigos de Jehová  son parte del paisaje de la urbanización boricua.  Incansables, ciertos, consistentes, llegan en sus autos, se estacionan, agarran biblias y sombrillas, y caminan de casa en casa llevando la palabra.  Desde que recuerdo, he visto gente evitando esas visitas.  Las estrategias son muchas.  Una de mis abuelas, por ejemplo, se asomaba a la ventana, con el ceño fruncido, diciendo entre dientes “ahí vienen, ahí vienen…”, y sin abrir (y a veces casi sin esperar el timbre) rugía, con una curiosa mezcla de enojo y satisfacción, “¡somos católicos!”.  Si los testigos insistían, gritaba, más alto aún, “¡no nos interesa!”.  Otra abuela hacía todo lo contrario: Les preparaba jugo de toronja, los sentaba en el balcón, y mientras ellos balanceaban vasos, sombrillas y biblias, la abuela tomaba la batuta de la prédica y les secuestraba el intento de conversión hablándoles de las maravillas del catolicismo.

No sé cuál de las dos abuelas era más temible. Con la segunda, especialmente, solían quedarse un poco desconcertados. Pero siempre regresaban.  Incansables, consistentes, ciertos. Dejaban folletos delgados tras de sí, repletos de consejos para el buen vivir, y, evaluados en sus términos, muy bien escritos.  Oraciones completas, citas bien puestas, mejores que muchos de los productos académicos y cuasi-académicos que me ha tocado leer.  Y sobre todo escribir. De hecho el Atalaya es una de las revistas más leídas, si no la más, y pasa por un riguroso proceso de edición.

El barrio donde viví mientras estudiaba en la Universidad también estaba en el radar de los testigos.  Y mis vecinos estudiantes también tenían sus estrategias.  Uno de ellos, un futuro químico, aseguraba que había logrado espantarlos saliendo al balcón vestido sólo con una toalla  y afirmando que era budista.  Nunca intenté ese método, y tampoco supe nunca si funcionaba por el budismo o por la poca ropa.

Mis métodos siempre fueron bastante más modestos, incluso cobardes.  El más común era simular no estar en casa, escuchando el gentil pero obstinado”¡buenos días!, mintiéndole a los testigos con mi silencio.

En una ocasión, hace años, armada de valor (tal vez un poco cansada de esconderme y callar) decidí abrir la puerta y darles una respuesta amable, honesta e implacable.

Ja.

Ellos:  Buenos días. Yo: Buenos días, ustedes disculpen, pero soy agnóstica. Ellos: ¿Que usted es qué cosa? Yo: Agnóstica. Ellos:  Ah.  [Pausa incómoda]  ¿Como los rosacruces? Yo: [sintiéndome honesta, sí, pero también un poco ridícula, y para nada implacable]: No, no es como los rosacruces. Sencillamente no soy creyente. Ellos: Ah.  [Otra pausa] ¿Atea? Yo: No, tampoco.  Los ateos piensan que dios no existe.  Los agnósticos pensamos que no es posible saber si existe. Ellos: [Aliviados] Ah, pues le traemos buenas noticias.  [Agarran la biblia.] Yo: [Olvidando lo de “amable”.  La verdad es que no nos importa mucho, saber si existe…. [Ahora mintiendo descaradamente] Lo siento, se me va a quemar la comida. Tengo que regresar a la cocina.

Después de ese fracaso comunicativo, había regresado a la maniobra cobarde de simular no estar en casa.  Ahora, mientras miraba por la ventana, pensaba que hoy sí tenía una excusa legítima – la comida hervía sobre la estufa.  Pero igual no me creerían. Estarían ya acostumbrados a las mentiras cobardes de los católicos, los agnósticos, los ateos, los cristianos de otras denominaciones,  los vagos, los ocupados, los desentendidos, los budistas,  los…vamos, todos los no-testigos.

Sonó el timbre. Suspiré. Me sequé las manos y abrí.  Eran dos testigas, cuarentonas, tal vez cincuentonas. Una de ellas le sobaba la panza a mi ahora callada perra. La otra me sonreía. Tenía gotitas de sudor en la frente.

Ellas: ¡Buenos días! Yo:  Buenos días. [Suspirando]  Mire, francamente no quiero hablar de dios, ni estoy interesada en la revista.  [Pausa desconcertada] Pero con gusto les puedo ofrecer un poco de agua fría. Ellas: [Se miran].  Pues sí, gracias.

Camino a mi cocina. So far, so good, pienso. Pero usarán el agua para ganar tiempo. En cinco minutos estarán en pleno intento de conversión, y se me va a ir  la amabilidad pa’l…

Tomamos agua las tres. Hacía calor.  Y hablamos. Mucho.  De Mayagüez. De los perros y otras mascotas.  De los hijos, especialmente los adolescentes.  De que las cosas estaban malas. De la emigración.  Busqué más agua. Seguimos hablando. De la geografía de Puerto Rico.  De las características de diferentes pueblos.  De qué hacer, para ejercer la democracia. De qué se puede esperar, y qué no, de las escuelas. De qué se siente ir de puerta en puerta. Se siente como hacer lo que uno piensa que es correcto.  Incansables, ciertos, consistentes. También hubo breves, y sorprendentemente cómodos, silencios.  Agua de vida, dijo una de ellas, al terminarse el segundo vaso.  Me dieron las gracias, les dí las gracias,  y partieron con sus atalayas y sus biblias.

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jicotea

adiós, am

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6 comentarios en “atalaya

  1. Aqui en Gainesville tambien vienen com ouna vez al mes. Siempre es la misma se~ora, pero usualmente acompa~ada de alguien nuevo. Yo creo que me usan para “break the ice” porque yo los escucho un ratito y cojo los libros – aunque muchas veces terminan en el reciclaje – pero de vez en cuando leo alguna que otra cosa.

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  2. Primera vez que oigo que alguien puede lograr que hablen de otra cosa que no sea su religión. Eso fue genial y de paso sirvió para ganar esas amistades. En casa todavía nos quedamos callados pero mi esposa sale y hasta ahí llega el teatro.

    Adelante y éxito.

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  3. Miguel, sabiendo lo bonachón que eres, no me extraña que te usen para romper el hielo. Creo que no serías capaz de espantarlos ni aunque te lo propusieras…:) Muchos cariños desde acá.

    Prometeo, debo confesar que hace como una semana, regresaron, me trajeron libritos, y me pidieron una cita para conversar. Nada, que aunque con mucha simpatía,parece que han decidido convertirme después de todo. Suspiro. Tan bien que íbamos…:) Gracias por leer.

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