escribir y enseñar

(Writing to change the world: Mensaje de bienvenida a maestros y maestras K-12 participantes del Mayawest Writing Project.)

A mí me gustan mucho los paisajes esos que llaman “naturales”.  ¿A quién no? Las montañas, el mar, el bosque, la playa, el río, son parte de la fantasía cotidiana de nosotros los cyborgs posmodernos. (Cyborgs al fin, sin embargo, cuando finalmente los tenemos de frente en todo su esplendor azul o verde tendemos a pasar más tiempo sacándole fotos con el celular o dándole un “update” al facebook, algo tipo “en la playa!!!! al fin!!!!”, que admirándolos, pero nada.  I digress.)

Decía que me gustan los paisajes naturales, y los disfruto, pero hay otros paisajes, de mucho artificio, que son los que realmente me quitan el aliento.  Son los paisajes que salen de la mano humana, imaginados por humanos, construidos por humanos, y admirados, generación tras generación, por humanos.  Me refiero a las grandes catedrales, por ejemplo, o a las pirámides.  Esos monumentos inmensos, generalmente con algun fin religioso, y construidos con tecnologías mucho menos sofisticadas que las actuales.  Esas catedrales que nos sumen en una emoción que es contradictoria sólo en apariencia, en esa certeza simultánea de la grandeza del colectivo y de la pequeñez propia. Al verlos, al tocarlos, al estar en ellos, nos regodeamos en una humildad que surge de la conciencia de la inmensidad, del potencial, de la enormidad y el impacto que para bien y para mal ha tenido la gestión humana en el planeta.

Creo que algo así me ocurre, nos ocurre, con la palabra escrita. Mucho más que con la hablada, aunque la escribamos para hablarse.  Escribir es regodearse en el uso de unos materiales, las palabras, que son ideas y que a la vez nos permiten construir otras ideas, unos materiales que ni usted ni yo inventamos sino que han sido creados y refinados y destruidos y reinventados y maltratados y resucitados por generaciones y generaciones. Escribir implica mucho más que hablar. Escribir es componer. Es editar. Es refinar.  Es, al menos en potencia, fracasar y levantarse en cada línea, en cada párrafo.  Escribir es la brega cotidiana con una realidad que tiene que articularse para poder entenderse, o manejarse.  Escribir es regodearse en la grandeza humana y en la pequeñez propia.

Tal vez es por esa reverencia implícita en el acto de componer con la palabra escrita,  que William Maxwell escribió que “”Writing should be done on your knees.”

Y escribir cambia el mundo.

De hecho, en muchos sentidos, escribir hace al mundo.  La historia, por ejemplo, no es sino el récord escrito que les permite a las naciones y a los pueblos imaginarse a sí mismos y seguir haciendo historia.  Escribir puede ser un diálogo con el presente pero es a veces un diálogo, inimaginado, incierto, con el futuro. Cuando Anita Frank escribía en la intimidad de su escondite no pensó que sus palabras se convertirían en la crónica más leída de un Holocausto que ella ni siquiera llega a describir. ¿Por qué? Porque Ana nos habla, nos enternece, y se nos plantea en el ahora no como una persona muerta sino como una  interlocutora que vivió y que sintió.  “Silence remains, inescapably, a form of speech”, dijo, o mas bien escribió, Susan Sontag, y es ese silencio en el repentino final del diario de Ana el que mejor nos comunica la tragedia de la interrupción de una vida en ciernes. De tantas vidas.

Escribir nos permite entender el mundo, darle la vuelta, interpretarlo.  El escritor es metío, averigüao, e irreverente. Charles Baxter escribió que “If you’re a good writer, these days, you pay attention to the way that people don’t pay attention.”   La propia Susan Sontag, por ejemplo, se hizo famosa por interpretar, magistralmente, su propia cultura como un texto inmenso, repleto de metáforas que nos sirven para imaginarnos a nosotros mismos-y a los otros. En particular, describe cómo enfermedades tales como tuberculosis, cáncer y SIDA son fenómenos tanto de la salud y de la medicina como del discurso y del simbolismo cotidiano, metáforas de cosas como sensibilidad, pasión y moral.

Escribir crea el mundo.  Dice Susan Sontag:  The truth is always something that is told, not something that is known. If there were no speaking or writing, there would be no truth about anything. There would only be what is.

No sé, sin embargo, si uno al final del día escribe para cambiar el mundo, o para crearlo. Seamos honestos. Uno escribe, tal vez, porque no hay de otra, porque uno es así. Robert Hass dice, en una cita muy citada, que “escribir es un infierno. No escribir es también un infierno.  El único estado tolerable es justo después de haber escrito.  “It’s hell writing and it’s hell not writing. The only tolerable state is having just written.” A mí esa cita me encanta. Aunque no estoy del todo de acuerdo. Para mí escribir es una fuente de trascendencia. No por el producto, necesariamente, sino por el proceso. Les cuento un poco del mío: Tengo una idea. La apunto por ahí para escribir después. En algún momento decido sentarme a escribir y no lo hago. Lavo los platos. Aclaro que detesto fregar, de modo que si lavo los platos para no escribir estamos en pleno denial. Me siento de nuevo a no-escribir. Me paro, baño el perro, me siento, corrijo exámenes. Me rindo. Visito la nevera, o la cafetería, dependiendo del hábitat. Como. Mas bien me harto. Tomo café. Temblando, regreso a no-escribir.

Y bueno, para preferir bañar al perro o consumir comida en nuestra cafetería uno tiene que estar bastante resistente a escribir, ¿cierto?

Esto quizás se debe a que, como escribe Brandon Dorn “The author’s task is to synchronize thoughts, images, raw creative material in a meaningful way, a task as difficult and frantic and joyful as herding cats.”

Pero en algún momento, pasa algo. Pasa que estoy escribiendo, y que me olvido de la comida, del perro, de los platos, de los exámenes. Me olvido de mí. Soy un río, un suspiro, un fenómeno, una cosa que me supera, una cosa que se llama humanidad, y que escribe.  Y en ese momento, soy muy, muy feliz.

Creo que los que escribirmos estamos un poco adictos, de la mejor manera posible, a esos momentos. Y no estoy de acuerdo con Hass. No son momentos o estados meramente “tolerables”.  Son felices, intensos, vivos.

Así que uno es escritor gracias  al infierno de escribir o de no escribir, al cielo de estar escribiendo. Uno escribe para la felicidad y para el denial, para uno mismo y para otros, para trascender el “uno” y reafirmar la humanidad del “muchos”.  Uno escribe a pesar de la frustración de no estar escribiendo porque ella es un pre-requisito para la intensidad de sí estar escribiendo.   Uno escribe para cambiar el mundo, criticarlo, construirlo.

Y esas son, curiosamente,las mismas recompensas de la docencia. ¿Por qué uno se convierte en maestro? Creo que es gracias al infierno de enseñar y  de no enseñar, y gracias al cielo de estar, de repente, en la felicidad total de la lección que fluye.  Uno es maestro por la felicidad y por el denial, para uno mismo y para otros, para trascender el uno y reafirmar la humanidad del “muchos”.  Uno enseña a pesar de la frustración de no estar transmitiendo el conocimiento porque sabe que esa frustración es pre-requisito para la intensidad del momento pedagógico. Uno enseña para cambiar el mundo, criticarlo, construirlo.

Estos talleres celebran la doble y feliz agonía de ser maestro y de ser escritor, de ser un escritor que enseña y un maestro que escribe.

Ambas vocaciones, la escritura y el magisterio, son tan poderosas que verlas juntas me hace pensar, un poco, en una de esas grandes catedrales.

Bienvenidos.

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