chencha patria

Tengo esta historia en la cabeza desde hace un par de meses.  De hecho la pensé como historia en real time, mientras los micro eventos aquí descritos ocurrían. Pero sin tiempo, sin ganas, no la escribí hasta hoy. ¿Por qué hoy? Tal vez porque pensaba en las tasas de desempleo en crecimiento, en la proliferación de “colleges” y “universidades” privadas  que andan por ahí reclutando estudiantes y becas pell, y especialmente en el misterioso anuncio gubernamental que nos conmina a alegrarnos porque aunque la categoría de los bonos puertorriqueños sigue igual (bbb-), la “perspectiva” de los bonistas ha mejorado porque el gobierno ha recortado “gasto”…pensando en todo eso, recordé a la pelirroja protagonista de esta historia, y lloré un poquito.

Esperando por el médico me dieron las doce.  Y mi hijo menor, que tiene un reloj interno afinadísimo para las cuestiones alimentarias, me anunció que tenía hambre. Suspiré.  El cafetín del edificio (uno de los prototípicos edificios de oficinas médicas del país) estaría lleno, porque en eso de tener un estómago que gruñe predeciblemente a mediodía, mi hijo es muy boricua.

Debo hacer un paréntesis para aclarar eso de “cafetín”, antes de que el amable lector me denuncie a servicios sociales por andar alcoholizando a mi hijo de cinco años a mediodía.  “Cafetín” tiene dos significados en el vernáculo nuestro: se trata de un negocio pequeño, tipo 1)barra, activa principalmente durante la tarde/noche y despachando cervezas, canecas, y música de vellonera para “machos en pena”, como dirían vega y lugo filipi o 2)cafetería  menor, ubicada en o cerca de un espacio de trabajo (oficinas, fábricas) en donde haya muchos empleados que a las doce anden en busca de un pincho, un sandwich, o un arroz con habichuelas y “mixtura”.

Claro que llevé a mi hijo a un cafetín del segundo tipo. Pero los dos tipos de cafetín, aclaro, me resultan encantadores, al menos conceptualmente. Ambos ejemplifican esa cosa que es simultáneamente cultura y economía, entrepeneurship folclórico, sincretismo de pulpería criolla y fast food gringo….Pero mejor cierro el paréntesis antropológico del cafetín, porque si no me detengo, no les cuento de Chencha.

Chencha la Roja, la llamó mi voz interior, que evidentemente no estaba en su mejor momento.  Chencha porque no sé su nombre, y Roja porque su cabello estaba teñido de ese rojo-marrón que no existe en la naturaleza pero sí en las tres cuartas partes de las cabezas femeninas boricuas, desde las más famosas, tipo Jeniffer López, hasta las menos, tipo….

Bueno, tipo Chencha la Roja.

Chencha tiene los codos sobre el mostrador, las mejillas en las palmas, la edad indefinible de las mujeres puertoriqueñas que ya cumplieron cuarenta pero aún no llegan al senior citizenship, los brazos regordetes, el delantal limpio.  Limpio porque no hay clientes.

El cafetín de Chencha está vacío.

Bueno, casi vacío.  Hay dos empleados en la cocina, limpiando sin prisas, y un muchacho sentado frente al counter, tomando café.

Chencha se anima un poco al vernos llegar.  Llama a Pepe, que procede a atendernos. (No, tampoco sé cómo se llama Pepe. Y soy muy tímida para andar preguntando los nombres de los futuros protagonistas del bló, de modo que tendremos que conformarnos con Chencha y Pepe, de momento.  Y con Pipo, que ya mismo entra en acción.) Pepe, decía, nos toma la orden de bocadillo y fruit punch, y se va a prepararla. Le pago, pregunto.  No, horita, me responde Chencha con una sonrisa. Después de que coma, no hay prisas.

Y descubro, allí y entonces, que me cae irremediable e inexplicablemente bien. Por roja, por gordita, por sonreír, por ser la dueña de un cafetín vacío, porque no tiene clientes, porque no tiene clientes porque la gente no tiene trabajo, porque como ella hay tantas, y porque ella es mi país.

Pipo termina el café y pide “un vasito de agua”.  De la pluma, pregunta Pepe, y añade que son cinco chavos por el vaso con hielo. Chencha lo interrumpe, Dale el jodío vaso al muchacho.  Mira en mi dirección, con la finísima ceja levantada en señal de alarma. Yo sonrío.  Ella también, y comienza a interrogar a Pipo sobre “la universidad”. Yo paro oreja.

Pipo bebe agua y cuenta que se graduó del “instituto” hace tres meses, pero que no encuentra trabajo. Qué estudiaste, pregunta Chencha, y le sirve más agua.  Masaje. La Roja suspira.  Ay, mijo. Pipo sigue bebiendo agua. Mi muy averiguada voz interior me pregunta si el líquido le sirve para matar el hambre, o el tiempo. YTal vez son la misma cosa. O mas bien, tiene hambre porque tiene tiempo.  Me pregunto si la beca le cubrió el certificado de masaje completo, o si se habrá tenido que endeudar.

En el televisor hay una novela, muda. No hace falta el sonido para saber que una mujer malvada le está mintiendo a la protagonista. O para saber que todo saldrá bien, al final.

Chencha mira la puerta, y parece evaluar la posibilidad de clientela.  Su cara se contrae en uno de esos gestos que hacemos cuando tomamos una decisión importante.  Pues dame un masaje, dice. ¿Te atreves?

Pipo, austero, asiente con la cabeza, se soba las manos, se estira. La Roja le da la vuelta al counter, permitiéndome conocer su estatura, que no llega a los cinco pies, y se encarama en una silla.   Pipo examina el cuello y la espalda de su inesperada clienta, y comienza.

Ambos se concentran por unos minutos. Yo observo, con el rabillo del ojo.  La cosa va en serio. Pipo está fajao, Chencha se relaja y sonríe. Cuando abre los ojos veo que los tiene brillantes, llenos de lágrimas.

Yo también sonrío. Y también lagrimeo.

La Roja se ríe, ahora en voz alta, entre mocos, y le dice al masajista desempleado: Muchacho, esto está bien bueno, tú sigue ahí, y si  mi marido llega y dice algo, le das un masaje a él también.

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6 comentarios en “chencha patria

  1. Rima: Me encanta como escribes, eres la nueva cronista de nuestro país, lo que fuese un tiempo atrás Edgardo. Me hiciste lagrimear con Chencha y su masaje.. Espero te animes a publicar pronto un libro de estas crónicas, son bien importantes para conocernos. Un abrazo, ya con el friito de la Navidad.

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  2. Ivonne, muchas gracias. De verdad. Un abrazo para usted. A ver si me animo.

    Mientras los bonistas especulan,y los legisladores se pavonean por ahí, Chencha y Pipo se ayudan, de la mejor forma que pueden.

    Prometeo, muchas gracias por leer. Chencha es un arquetipo. Merece un mejor nombre. ¿Tita, tal vez?

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  3. Caramba, son las 5: 10 por la manana y estoy llorando y riendo a la vez. No es tan malo despertarse asi…con unas lagrimas, unas sonrisas, y unas reflexiones profundas. Gracias, Rima, y buenos dias…

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