y aquí, en la oscuridad, un avestruz.

No me gusta la palabra “oscurantismo”.  De hecho la oscuridad me evoca todo tipo de adjetivos positivos: Apacible, tranquila, misteriosa.

Pero en estos días, y tal vez por aquello de que nos enseñaron a asociar la oscuridad con el medioevo, es imposible no hablar de oscurantismo.

Los signos están en todas partes: Nuestros líderes políticos cazan gárgolas, por ejemplo. GARGOLAS, esas criaturas más o menos demoníacas que servían como desagües y guardianes de los techos medievales.  No pueden cazar chupacabras, o alienígenas, o perseguir al comepantis de Gurabo, como antaño, no.  Cazan gárgolas.  Y estudiantes universitarios.

También prohíben libros. No los queman públicamente, es cierto, pero los prohíben.  Y no me sorprendería que los quemasen también, francamente. Los prohibimos por “obscenos”, porque hablan de sexo. Lenguaje y acción, por cierto, que también le imputan a los estudiantes universitarios.

Exhiben, además, una sospechosa fijación con los colores, las oraciones, y los galeones perdidos bajo el mar. Legislan para ponerle fecha al saludo y a la sonrisa. Y para castigar estudiantes universitarios.

Hablan de desarticular puntos y de castigar al criminal, y mientras tanto mueren más mujeres que nunca a manos de sus parejas reales o wanabí.  En un año de asesinatos récord, han decidido meter a la policía a la universidad.

¿A qué? A saber. Hablan de proteger vida y propiedad.  Pero toda la violencia reciente de la U parece ocurrir depués, y no antes, de la llegada de la policía pública o privada.  Estudiantes perpetrando actos tan criminales como..er…estar en el lugar incorrecto y aferrarse a él, han recibido patadas en los genitales y macanazos en las barrigas.  Padres que cometen la barbarie de..er…llevar almuerzo, regresan con la cara rota.  Rectores que deberían liderar el intelecto lideran en su lugar el ejercicio del anacronismo insulso, cuando justifican la presencia de la policía en un campus particularmente pacífico con la excusa de que allí “gente de izquierda”, como si la izquierda no fuese la mitad oeste del espectro político, sino una patología criminal particularmente peligrosa.

Aquí lo verdaderamente peligroso es el ensayo del despliegue de fuerza bruta contra la disidencia intelectual. Nos espera otro tanto cuando les recordemos que no estamos del todo de acuerdo con la idea de un gasoducto, o cuando sugiramos que el corredor ecológico necesita sus cuerdas de regreso, por aquello de que nos gusta el verde, y respirar…Ya existe una ley infame, que apodan ley “Tito Kayak”, diseñada para que protestar en una construcción sea un delito grave. Se aprobó, por cierto, a gritos y sin contar.  Muy apropiado, muy metafórico, eso de esquivar la aritmética de contar votos para favorecer la percepción subjetiva del volumen y premiar no al que pensó en mayor detalle sino al que chilló más duro.

Los avestruces de carne y hueso no entierran sus cabezas en la arena. Eso es un mito, una metáfora.  Pero si un alcalde puede buscar gárgolas y alienígenas sin perder su prefijo de Honorable, entonces yo puedo usar la metáfora del avestruz sin perder el caché, y así lo haré.  Todos los días, algún avestruz celebra, inocentemente, la presencia de la policía en la Universidad, por aquello de la ley y el orden, o acusa a los estudiantes de “empezar”, o habla de “dos bandos”, como si se tratase en efecto de dos ejércitos.  Y luego entierra la cabeza en la arena del oscurantismo. Le pedimos, por favor, que la saque, mire, y piense.  En ello nos va el país.

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