el hábito de maría

Conozco a un niño de trece años que podría, estoy segura, ser científico, o ingeniero, o filósofo. Y que querría serlo. Para ello, tiene que ir a la universidad, por supuesto. A la mejor posible. Pero no sale bien en sus clases, y no salir bien en las clases, cuando ocurre con demasiada frecuencia, tiene un efecto cumulativo que las más de las veces se traduce en un final infeliz.

Mentí, arriba, cuando dije que conocía uno. En realidad conozco muchos y muchas como él. De ojos y mentes brillantes, pero experimentan dificultad para hacer el trabajo de álgebra, o para leer el libro. Se frustran por ello.

Algunos dejan la escuela. Suelen ser pobres. ¿Por qué? No estoy segura. Pero creo que para las clases media y altas existen más mecanismos sociales de protección. Que cuando el hijo del médico, o de la abogada, o del profesor universitario, tiene problemas de lectura en segundo grado, algo se hace, y se hace pronto, y si no funciona, se hace otra cosa.

[En este punto, el lector podría decirme, ofendido, que las dificultades de aprendizaje y la deserción le ocurren a cualquiera, independientemente de su clase social. Y le contestaré que tiene toda la razón, pero que es más probable que le ocurran a los que nacen en desventaja socio-económica. A medida que uno asciende en los indicadores de clase, más raro (“raro” de “improbable”, no “raro” de “weird”) se torna el problema de aprendizaje que desemboque en fracaso escolar.]

Llevo varios años trabajando con un proyecto que se dedica a entender y atender la desigualdad educativa. A través del tiempo, muchos me han dicho, a modo de consejo y con mucha razón, que parte del problema educativo estriba en que el aprendizaje escolar necesita hacerse mas atractivo, más divertido, y es cierto. Por ello hemos incorporado giras, juegos, y demás.

Pero hoy creo que hay algo más. Algo más simple, y más antiguo, y más importante, y menos de moda, y más difícil de implementar. El hábito de María. Quiero intentar articularlo aquí, con ustedes, en el blog.

Tharp, bailarina, coreógrafa y autora de un librito que se llama The Creative Habit, nos recuerda que para poder componer piezas geniales, el gran Mozart tuvo primero que practicar sus escalas, y tuvo hacerlo habitualmente. ¿Qué quiere decir con ello? Quiere decir que el talento, aún el talento genial, necesita de la destreza para poder manifestarse. Para convertirse en virtuosismo.

Nacemos con talento, pero no con destreza. La destreza hay que practicarla, habitualmente, mucho, hasta que se convierte en parte nuestra y nos permite entonces usar el talento para construir, para crear, la cosa que sea: la nueva receta, el puente, la fórmula química, el argumento legal, la estrategia de negocios, la novela, el plan para la familia, o el país.

La importancia de la práctica es universal, pero resulta tal vez especialmente visible en los casos famosos, o extremos, como bien describe Gladwell en Outliers, cuando nos cuenta de las diez mil horas, aproximadamente, que pasaron talentos famosos como Bill Gates y los integrantes de Los Beatles cultivando, en relativo anonimato, sus destrezas.

Pero de vuelta a los nenes puertorriqueños: ¿Cómo pretender que el jovencito lea y disfrute una novela, si cuando niño no practicó la destreza cotidiana de sonar sílabas y luego palabras y luego oraciones hasta que sonarlas le resultara tan natural, tan automático, que su mente comprendiera el lenguaje directamente, que su cerebro le metiera un bypass a la mecánica de la lectura y fuese directo al significado? ¿Cómo lograr que la muchachita domine el álgebra, o la geometría, si tiene que realizar las operaciones aritméticas más bobas con los deditos, contando para sumar, sumando para multiplicar, porque no se aprendió las tablas? Hay unas cosas que hay que practicar, unas destrezas básicas que son lo que son las escalas para los músicos: Hay que dominarlas, al derecho y al revés, sin pensar, temprano en el juego.

[Se ha indignado de nuevo mi lector. No me diga que si el muchacho no lo aprendió en elemental no lo aprenderá nunca, me regaña. Y le sonrío de nuevo, y le digo que tiene toda la razón, y que por supuesto que estas cosas pueden, y deben remediarse en el grado en que se descubran, aunque ello implique practicar lectura en séptimo grado o repetir obsesivamente las reglas para manejar fracciones en la universidad. Hay que hacer lo que hay que hacer. Esto es un poco como dejar de fumar, para evitar el cáncer, aunque uno lleve décadas fumando. Siempre es mejor no fumar que fumar. Pero es mejor nunca empezar. Y en la educación, lo más efectivo es practicar “las escalas”, la lectura básica, las tablas de multiplicar, cuando todavía son niños, y no se enamoran de otros estudiantes, no piensan en cortar clases, quieren complacer a uno, tienen mucho tiempo libre, y (ad)miran al mundo y al maestro con ojos grandes de asombro…]

Para poder optimizar su talento, para crear un mejor país, nuestros niños tienen que ‘practicar sus escalas’. Cosas como lectura, aritmética, puntualidad, esfuerzo. Mucho. Habitualmente. Y cuando pienso en eso, me acuerdo de María.

En nuestro trabajo con jovencitos de escuelas mayaguezanas, los tutores se sorprenden cada semestre, al ver mentes alertas, equipadas, buenas, talentosas, teniendo, consistentemente,  los mismos problemas: En clases donde se trataba álgebra o geometría, las dificultades tenían raíces aritméticas, como multiplicar, o manejar fracciones. En las clases (¡todas!) que dependen del lenguaje, se trataba de un problema de comprensión de lectura, de saber sonar la oración pero no procesarla, comprenderla, porque para comprender, la lectura como sonido tiene que ser automática.

María es una maestra, hoy retirada, famosa en su pueblo porque no se le escapaba uno: Le enseñaba a toditos y toditas a leer. Era maestra de primer grado, y esa meta de que todos leyeran era su desafío personal, todos los años. Todos los niños, todos los años. Hoy su hija Olga emula ese ejercicio en su propio salón de clases, en otra materia, en otro pueblo. Y creo que la nieta también va por ahí…

María no se leyó a Tharp, pero me consta que conocía muy bien la importancia delhábito, porque se la aplicaba a sí misma. Se levantaba todos los días a la misma hora, iba al trabajo (casi nunca faltó), y le metía consistencia, talento, destreza, ganas.

Por las noches, en su casa, hacía planes.

Sus planes cambiaban, a través del tiempo, porque María, reconociendo su labor como una profesión creativa y su ejercicio cotidiano como un arte, asistía regularmente a talleres de educación continua. En el fondo, no creo que le hicieran falta esos talleres, estrictamente, en términos de contenido; pero ella les sacaba el jugo, y aplicaba lo aprendido en sus planes.

Esa actividad cotidiana de los planes me dice mucho de su disciplina, de su humildad y de su optimismo. Porque cuando usted cree que se las sabe todas, usted no hace planes. Cuando usted no cree que puede, con sus acciones, transformar estudiantes porque ya llegan a su salón de clase fundamentalmente forjados, destinados a lo que sea, usted no hace planes. Si no hay esperanza, no hay
planificación.

[Mi lector imaginario vuelve a indignarse. Y ésta qué sabe, murmura.]

No mucho, le contesto. Pero soy maestra. En mi caso es tal vez más fácil la cosa, porque mis alumnos suelen ser adultos o estar por ahí, en la víspera de serlo. Pero conozco muy de cerca la tentación de la arrogancia o la desesperanza, de enseñar en la modalidad de “salir del paso”, de no hacer el esfuerzo máximo para transformar mentes y vidas porque asumimos que los estudiantes llegan hechos, forjados, destinados, que el que va a aprender aprende y que el que no, pues no, independientemente de lo que hagamos. Y he sucumbido a esas tentaciones del pensar y del sentir más de una vez.

Y resulta que el país esta en crisis, “crisis” en plural, y que una de las crisis principales es la educativa. Las areas de acción para atender la crisis son, por supuesto, muchas, y a todos los niveles educativos. Pero un espacio humilde, poco mencionado, tiene que ser la práctica habitual e intensificada de destrezas básicas, como aritmética y lectura, en escuela elemental. Porque sin esas dos formas de hábito, el aprendizaje y la creación posteriores, profesionales, ciudadanos, son prácticamente imposibles.

[En este punto se vuelve a ofender mi lector y me cuenta, muy indignado, que su abuelito es analfabeta y que sin embargo es un excelente, inteligente y muy activo ciudadano. Pues felicite a su abuelito de mi parte, le digo. De regreso a la metáfora del cigarrillo: Conozco a un abuelito que fumó por ocho décadas y no le dio cáncer y vivió hasta los cien años. Pero ya que hablamos de su abuelito, y que es un ciudadano activo e inteligente, vaya y léale lo que acabo de escribir: Apuesto a que su abuelito estará de acuerdo conmigo, porque ese abuelito extraordinario sabe que lo es no por no saber leer sino a pesar de ello. Tal vez, con acceso a una educación de calidad, su abuelito hoy podría ser mil cosas, incluyendo gobernador nuestro. Y tal vez, con su abuelito a la cabeza, el país estaría mejor que ahora. Pero no quiero salirme del tema. Mis cariños y respetos a su abuelito.]

Y mis respetos y felicitaciones a todos y todas las maestras y maestros como María. Ojalá se reestructure el sistema de modo que la labor de los maestros sea recompensada con mejores salarios y mayor reconocimiento y oportunidades de desarrollo personal y profesional.

Tenemos que ser más como María. La crisis educativa no es necesariamente culpa nuestra, lo sé. Y no intento culpar a los maestros- ¡hay tantos, tantos problemas en el país que hacen difícil el aprendizaje, y la enseñanza! Pero nos tocó, nos tocó atenderlo, con furia, con rabia, con intensidad, con amor. Todos los días, cultivando el hábito, la destreza, de la inocencia. Dije inocencia, sí, porque se requiere mucho optimismo inocente (que ojo, no es lo mismo que optimismo bobo) para creer que podemos transformar la vida del nene que viene de la comunidad deteriorada, o que vive en el hogar destrozado con adultos ya irremediablemente rotos, y para pensar que podemos transformarlo con las tablas de multiplicar y con la lectura cotidiana….

Pero hay que hacerlo, porque es nuestra mejor esperanza y la mejor oportunidad para que ese nene pueda imaginar, articular, construir un mundo distinto. Y porque a veces, hasta funciona. Tenemos que hacerlo con consistencia y celo. Crear y cultivar el hábito y la rutina de practicar destrezas para el pensar, con el hábito y con la rutina propios del enseñar con ahínco y con cuidado.

Con el hábito de María. Nos va la patria en ello.

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6 comentarios en “el hábito de maría

  1. Esa es una de las mujeres que más amo… de la que aprendí y de la que todos y todas debemos aprender…aunque sea el hábito[mínimo, el hábito]…que es sólo una de sus hermosas cualidades…ella misma me enseño que “tragando, aunque sea saliba”… así que hay que aprender de todo y modificarlo a nuestras necesidades y a nuestra vida..

    Y si Rima hay una gran probabilidad de que tenga que ver con religión…una mujer con tanta fe en lo que ve y también en lo que no ve, si es muy probable que esa perseverancia es el inicio de tantas bendiciones…

    Gracias Rima, a ti también te amo y te (ad)miro… me encantó y me encanta!

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  2. Gracias por tu reconocimiento a la labor de tantos años de Mamá María como le decimos con cariño. Esa mujer no sabe lo que es manejar un carro ni una bicicleta. Siempre se desplazó, para estudiar teniendo ya sus hijos, mi hermano y yo, y para llegar donde fuera que la nombraran de maestra, en pon, rara vez, o carro público casi siempre. Y SIEMPRE llegó temprano y rara vez faltó.
    Hoy día cualquier excusa es buena para llegar tarde o no llegar.
    Trato de emular a esta mujer en mi quehacer diario, pero es mas fácil , pues llego en mi carro y estoy muy cerca de mi escuela. Ella nunca tuvo eso y aún así hizo lo que entendía que había que hacer, sin quejarse, sin reconocer ni distancia ni tiempo. Siempre decía y dice que “carreta pará no gana na”…..y siempre estuvo y está haciendo algo, aún con el peso de sus 80 años. Se aquieta el rato que duerme.
    Eres siempre muy querida por esta familia , reconocemos y admiramos todas tus excelentes cualidades como madre y profesional.
    Un abrazo.

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  3. Mimi, Tatita, se podrían escribir mil entradas sobre Mamá María. Una sobre como talaba el patio, machete y trimmer en mano.Otra sobre el perfeccionismo con el que trataba sus habichuelas. El silencioso rosario matutino, el amor con el que dejaba blanca la ropa blanca…En otra entrada aquí mismo en el blog (se llama “atalaya”) la mencioné, sin nombre, al recordar otro de sus hábitos: Recibir en su balcón a los testigos de Jehová y virar la tortilla tratando de convertirlos a ellos. 🙂 Las quiero mucho a ambas. Gracias por pasar por mi rincón. Un beso.

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