jicotea

Su edad no me molestaba, pero sí me resultaba inconveniente.  Tendría yo unos veinte años, tal vez menos, y en mi prisa por conseguir un santero que viviera en el area oeste y que estuviese dispuesto a hablar conmigo y a ser grabado, no conté con que se cansaría durante las sesiones largas.  Tampoco conté con el olor de su casita, ese olor indefinible que tienen las casas de los viejos, aún cuando están muy limpias.  Ni con su curiosa insistencia de que lo visitara más a menudo.

No sabía que sus manos temblarían al matar un pollo. No se suponía que temblaran; después de todo, Don Julián había sacrificado cientos, tal vez miles, de pollos, gallos, guineas, cabritos.  Y no se suponía que yo tuviera que ayudar.

La santería es una religión caribeña, el producto de la mezcla sincrética de panteones, mitologías y folclór del catolicismo de los españoles y la religión yoruba de los esclavos que venían del África occidental.  Prima hermana del candomblé brasilero, la santería nació en Cuba bajo el dominio español y se expandió a Puerto Rico, Miami, Venezuela y Nueva Jersey durante la segunda mitad del siglo veinte.

Tan interesada estaba yo en conocer la historia y los ritos de la santería, que temo haberme perdido los de Julián.

El día de los pollos y las manos temblorosas, yo me había sentado con mi grabadora y mi lista de preguntas, silenciosamente esperando obtener más información sobre cosmología y ritual, silenciosamente sabiendo que Julián se distraería, que hablaría de otra cosa.  Y así fue. Hoy le había dado por hablar de animalitos.  En particular, estuvo un rato explicándome a mí, incipiente, impaciente antropóloga, que era más fácil cuidar tortugas que palomas.  Usaba los nombres africanos de ambas, pero he olvidado el de las palomas.  A las tortugas las llamaba jicoteas.  Las palomas, decía, siempre se están ensuciando, sobre todo si son blancas, blancas, para Obatalá: Se cagan encima, ensucian la jaula, se ensucian hasta sus propias plumas, y al santo no le gustan las plumas sucias.  Pero las jicoteas, sonreía, se esconden ahí, en la tierra, no molestan a nadie.  La jicotea se esconde y espera.

Mi grabadora de baterías seguía apagada, a la espera de información de verdad.

Además, añadió de repente, mientras caminaba, pensativo, sobre el lodo endurecido del patio, a las jicoteas no hay que matarlas, ¿sabías eso?  Nada más las pones en el agua, un día o dos, y esa es el agua que usas para hacer el omiero.

El omiero es una poción común, e importante.  Encendí la grabadora.  Yo ya conocía algunos ingredientes-pescao, agua de río, aceite de palma.  Ahora podía añadirle agua de jicotea.  Los ingredientes y sus proporciones le eran conocidos solamente a los santeros, no a los creyentes en la santería sino a aquellos que han sido ordenados formalmente como sacerdotes en la religión.  Yo estaba a punto de obtener lo que en la botánica llamarían una “receta”.

O tal vez no.  En lugar de hablarme del omiero, don Julián se puso a contarme algo sobre uno de sus clientes. Alguien que vino a que le echaran el caracol, y Julián lo mandó al médico a chequearse la sangre, salvándole la vida. Luego se quedó mirando mi carro, hundido y despintado en el área de la puerta del conductor.  Se preocupó. Los carros y la gente joven, suspiró.  ¿Estaba yo manejando con cuidado? ¿Obedecía los límites de velocidad? ¿Bebía?

Yo también suspiré, mientras apagaba la grabadora. Sí, sí, no, le contesté, obediente.

Se puso a escribir algo en un pedacito de papel.  Me leyó los ingredientes en voz alta-cuatro ohíos, o pollitos, dulces, y un coco seco.  Lo consigues todo en la plaza, añadió, mientras me daba un empujoncito.  Yo tengo lo demás acá.  Lo demás, pregunté.  Sí, las otras cosas que voy a usar.  Vamos a proteger tu carro, para que no tengas más accidentes. Para eso no hay nada mejor que los ohíosOchosi te va a cuidar.

Se ponía buena la cosa.  Aparentemente estaba a punto de ver un ritual de cerca, un ritual de verdad.  Un sacrificio ritual, nada menos.  El tema de estudio de todos mis compañeros se me antojó de pronto aburrido, soso. El mío era infinitamente mejor.  Me fui a la plaza del mercado contenta, a buscar los pollos, el coco, los dulces.  Regresé de prisa.  Tan de prisa que por poco choco al entrar al vecindario de Julián. Menos mal que Ochosi va a estar pendiente, sonreí.

Cuando entré lo ví inclinado sobre la pileta, preparando el cuchillo.  Tenía cerca un plato con algunas yerbas y un frasquito con un líquido opaco.  Omiero, me dijo, y yo me acordé de las tortugas y calladamente esperé que el procedimiento no envolviera la ingestión del omiero.

Rompió el coco contra el borde de la pileta, y seleccionó cuatro pedazos.  El coco es un método de adivinación rápida, mucho menos complejo que el caracol, o que el opelé.  El coco contesta preguntas directas, con un no definitivo, un sí definitivo, o tres tipos de quizás. ¿Estaba yo en peligro de tener un accidente de carro?  Quizás, muy quizás, nos dijo el coco.

Creo que fue en ese momento que supe que íbamos a matar a los pollitos.  Por supuesto que ya  lo sabía cuando fui a comprarlos.  Pero no fue hasta que completamos el asunto del coco que de verdad supe.  Titubeé un poco.

Mi santero no pareció darse cuenta.  Estaba ocupado, desplumando un poco los cuellitos, preparando la cosa.  Le temblaban un poco las manos.  Estaba viejito, estaba frágil, tenía diabetes y presión alta, no veía bien, y le temblaban las manos.

Cuando era joven, Julián tocaba la trompeta.  Se enamoró, se casó, siguió tocando.  Era músico de orquesta, católico y masón. Lo de santero vino mucho más tarde, y era una historia complicada, que escuché a retazos, nerviosa, en parte porque lo ponía triste y en parte porque no la entendía bien y tampoco me atrevía a preguntar mucho sobre cosas personales, biográficas.  Fue una casualidad, decía, para luego añadir que no hay casualidades.  Estuvo muchos días, demasiados, parado frente a la Casa Blanca, en D.C.  Le habían matado al hijo en la guerra.  Fue la indiferencia, me explicaba.  El egoísmo del gran edificio blanco y de los pastos verdes y de los turistas, rodeándolos a él y a su pena, sin reconocerlos.  Tal vez en parte por su piel marrón y por estar mascullando en español, lo cierto es que fue “removido” (ese verbo que reservamos para los tumores, las verrugas y los desobedientes) por la policía y metido en una celda donde pudiese lamentarse con mayor privacidad.  Lo rescató una santera, a quien no conocía, y un año después era un yawó, sacerdote santero recién iniciado en los misterios de Obatalá, el santo de la pureza, la paz y la compasión.

Sus manos temblaban tanto ahora que me pidió que yo agarrara el pollo.  Tenía una sonrisa triste.  Tu dijiste que querías aprender de esto, así que ahora, a aprender. Agarra el ohío.  Eres mi asistente.

Sostuve el cuerpito pequeño en mi mano semiabierta.  Estaba tibio y se movía, suave, vulnerable, como esas mariposas nocturnas que se esconden del alba en un rincón visible de la cocina o del baño.

Sólo habían parido un hijo, así que se quedaron solos. La esposa se inició también, hija ella de Yemayá, Yemayá la madre, Yemayá del mar.  Cada uno tenía un cuartito para las cosas del santo: El altar con las soperas, los libros, una alfombra para echar el caracol, elegguá y sus guerreros en una esquina.  Un espacio para meditar, estar, y recibir clientes.  Ella casi nunca hablaba, pero sí sonreía, y sus ojos se volvían aún más pequeños y negros cuando lo hacía.

El cuchillo entró en el cuello del ohío.  Yo había leído sobre cuchillo.  La palabra se refiere al objeto, a la acción, y al ritual de iniciación necesario para poder sacrificar animales para el santo. El santero con cuchillo mata rápido, con el menor dolor posible para el animal.  Julián lo hizo así.  Sus manos temblaban, sin embargo, y yo resulté ser una asistente torpe, de modo que el resultado, aunque rápido, fue bastante más sangriento de lo necesario. Julián cogió un poco de sangre, la mezcló con omiero y con algunas plumas, y le untó el mejunje a una de las gomas de mi auto.

Tres veces más.  Tres pollos.  Tres gomas.

Nunca supo, cabalmente, cómo había muerto el hijo.  Sólo le dijeron que había muerto. La escena clásica, tipo película, los militares con malas noticias y ademán severo en la puerta, con el color criollo adicional de la familia extendida, los vecinos, las gallinas.  La biografía que nunca perseguí estaba llena de agujeros. Creo que llegó al continente para bregar con el papeleo de la muerte, que la esposa se quedó atrás, todavía en shock, y que él de algún modo terminó frente a la Casa Blanca.  No sé si fueron días o semanas.  Sí me contó que le salió y creció barba, mientras esperaba.  Que había gente que le llevaba comida.  Tal vez me dijo más, pero no recuerdo.  Sus divagaciones de abuelito rebotaban contra la grabadora apagada y me hacían sentir vagamente culpable, por no visitarlo más.

Nos sentamos. Estaba visiblemente agotado.  La esposa nos trajo limonada.  Yo me fui a lavar las manos en la pileta, y los pedazos de coco que habíamos dejado allí se sonrojaron.

Al volverme lo ví, de nuevo en el lodo del patio, limonada en mano.  Señalaba el suelo con el dedo.  Mira, sonrió.  La jicotea.  Con sus dedos, aún temblorosos, acariciaba la patita gris.

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5 comentarios en “jicotea

  1. Me gusta mucho (siempre me ha gustado) leer Parpadeando. Estas últimas entradas se sienten distintas, particularmente refrescantes. Ojalá refleje el efecto del cambio de espacio de la autora. 🙂

    Para usted, muchos saludos e infinitos cariños.

    Sigue escribiendo Rima!!!

    -Angie

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