sorpresa

Es cierto que no debería sorprenderme. No deberíamos.  Digo, si fuéramos seres perfectamente racionales, de seguro no lo haríamos.  Pero no somos seres perfectamente racionales, y aún nos sorprendemos cada vez que Chuchin farandulea, cada vez que Chemo monta una expedición para cazar gárgolas, y cada vez que Evelyn dice un disparate; Nos sorprendemos y decepcionamos al descubrir (¡como si alguna vez hubiese estado ‘cubierto’!) que el hombre que nos gobierna está viviendo en otro país;  Nos sorprende que la rectora de la Yupi se encierre en su oficina en medio de un motín, o que no solamente acepte sino que solicite activamente la presencia de la policía (armada, montada, y numerosa) en el recinto centenario.

Seguimos abriendo la boca en un clásico gesto de sorpresa cada vez que el presidente de la universidad del país abre la suya para acusar a los estudiantes de toda y cualquier violencia, para llamarlos anarcolocos, o para regañarlos por andar propasándose con eso de la libertad de expresión.

Cierto que no debería sorprenderme.  Pero me sorprendo, y sospecho que tú, lector, también.  [Me ha dado hoy por hablarle al lector de tú, como hacen los gobernadores en sus discursos.] Vamos, lector, haz la prueba. La próxima vez que el liderato político, incluyendo el universitario, diga o haga alguna barbaridad, como eso de ponerse a beber y a gritar durante el discurso del gobernador, dentro del capitolio, examina tu reacción física.  No la interpretes, de momento.  Sé que quieres llamarla ira, y tal vez algo de eso hay.  Sé que usamos el humor, y que quieres llamarlo burla, y algo de eso hay también.  Pero fíjate bien en el rostro y los brazos tuyos, y del que te acompaña.  Y lo verás.  Los ojos se crecen, la boca se abre, las cejas se alzan, los brazos aletean.  Parecemos búhos, búhos presos de un ataque de pánico y prestos para volar… a alguna parte, a cualquier parte,a sentarnos con calma en alguna rama y procesar el asunto, para entonces poder hacer el chiste, o indignarnos comodiosmanda.

Creo que en el fondo, nos sorprendemos no por ingenuidad sino por una decencia básica que tal vez hay que proteger.  Que en el fondo, los pueblos tienden no a creer, ni necesariamente a confiar, en su liderato, pero sí a desear que éste quede bien.  Y que esto no ocurre sólo en las democracias.  No sé si has visto, lector, la película The King’s Speech.  En ella el monarca inglés, Jorge VI, asciende al trono un poco por accidente y tiene que dirigirse a su pueblo en el mismísimo umbral de la Segunda Guerra Mundial.  Lo que no es poca cosa, y se agravaba terriblemente porque el rey era gago, gaguísimo, famosamente tartamudo y le daba la chiripiorca esa especialmente frente a los micrófonos.  Bueno, en la historia, el rey tiene un terapista del habla muy simpático que lo ayuda mucho, y debe ir al cine a verla si no lo ha hecho, pero el punto aquí no es ese, sino que cuando el rey va a hablar, el pueblo se pega a la radio, y todos, el viejito, la viejita, la madre rodeada de nenes, el adolescente, todos y todas desean, con toda su alma, que su rey quede bien.  Nadie tiene particular interés en gufeárselo, nadie lo está descartando a priori pensando “el gago ese no podrá hacerlo”. Todos quieren que su rey quede bien.

Cierto que la historia está ficcionalizada, de seguro, para la pantalla grande, pero igual me parece que ahí, en esa expectativa bien intencionada del pueblo inglés, hay algo que verdaderamente define a todos los pueblos que aún están vivos.  Y creo que en el fondo, cada vez que el gobernador se dirige a nosotros, algo dentro nuestro verdaderamente quisiera que dijera la verdad; que cada vez que la rectora de la universidad se dirija  a la prensa, algo vivo en nosotros quisiera que anunciara su decisión de solicitar que la policía salga del campus; que cuando el presidente De La Torre abra la boca, se abra también la nuestra pero esta vez no por el usual insulto al estudiantado sino porque diga algo así como que la libertad de expresión se respeta, como que la presencia de la fuerza de choque entorpece la posibilidad del diálogo, y que para que el diálogo sea tal tiene que haber voluntad de cambio y flexibilidad de ambas partes, incluyendo la suya.

Quizás la capacidad para sorprendernos es buena, y de algún modo esperanzadora, siempre y cuando no nos lleve a la parálisis.  Y entonces, en lugar de despreciar nuestra sorpresa como si la misma fuese un síntoma de credulidad, podemos aceptar que no es obstáculo para la ira, el humor, o la acción, y podemos mirarnos con la boca abierta frente al espejo que es el conciudadano y confirmar, juntos, que aún estamos vivos.

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2 comentarios en “sorpresa

  1. Simplemente espelusnante… Sorpresa la mía al leerlo, que me sentí muy identificado y a la vez tan ficticio, como si vivieramos todos en ese mundo mágico de Gabriel García Márquez.

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