sábato

no recuerdo de dónde la saqué. si violo alguna ley, avíseme y la quito.

No puedo hablar del Sábato argentino, mucho menos del universal.  Es muy poco lo que sé de la historia argentina.  La sé enorme, larga, triste, feliz,  compleja, tal vez como los argentinos mismos.  Y si poco sé de la Argentina, menos aun sé del universo.

Sólo puedo hablar de mi Sábato.  Al mío lo conozco un poco mejor.  Debe ser ese narcisismo inevitable y humano, esa fascinación que ejerce sobre nosotros nuestra propia biografía.  Un narcisismo del cual algunos personajes sabatinos , sabatianos, Alejandra, por ejemplo, renegaban, y al cual otros, como Martín, parecían inmunes.

En casa se leía mucho, y se leía mal.  De algún modo agradezco que así fuera.  Crecí rodeada de libros: Malos, buenos, regulares, clásicos de la literatura mezclados con novelas de Hollywood o de detectives.  En casa de mis abuelos había libros tirados por ahí, libros apolillados en las tablillas y en el garaje, libros debajo de algunas camas y en las mochilas viejas de habitantes ya idos.  Dickens se veía forzado a compartir el real estate de mi mesa de noche con Los Tres investigadores, cómics varios, y una novela mexicana titulada los bandidos de..no recuerdo de dónde eran los bandidos pero sí de que eran muy bandidos y de que corría, abundante, la sangre en la novela y en mis pesadillas.

Pero en ese revolú donde cuajé mi ADD literario había luces, y Sábato fue una.  Gente como Galdós, Unamuno, Dante, Homero, Verne, Dickens y hasta Borges todos me hablaban, en mi patético semi-intento por ordenar en mi cabeza todo aquello, de un “antes” que además era un “lejos”.  Recuerdo que Sábato fue uno de los primeros autores que me paseó por una narrativa resueltamente contemporánea, no solamente en el sentido histórico  de la contemporaneidad, sino en la sensación -¡qué sensación, que maravilla para el lector que se topa con esto, afortunado!- de estar leyendo una escena viva, en real time.

Tan es así, que recuerdo la escena.  Es el intercambio en la oficina de correos entre el protagonista del El Túnel, que acabando de echar una carta se arrepiente, y la empleada que sabiendo que en efecto la echó él, pero decidida a seguir las reglas, se niega a devolvérsela.  Recuerdo la tensión entre esos dos seres, y el estremecimiento ante el odio del cual Castel era capaz y que se concentró, vívidamente, en la verruga de la señora.  Y el punto es que de ese odio cualquiera era (es) capaz, claro, porque ahí radicaba el genio de la escena-la empatía no la sentía uno por la empleada, quien evidentemente era la víctima en todo ello, sino por el protagonista que además (¡y esto se sabe!), es un futuro asesino.

MI fascinación con S. tenía probablemente que ver con esa capacidad para localizar, ampliar, virar patas arriba y al revés, narrar, describir, y en definitiva comunicar cosas como el fracaso, el vicio, la debilidad, la enfermedad, la cobardía, la ira y la mezquindad.  Mi Sábato (digo el mío porque que recuerde nunca leí a un crítico de Sábato, en parte porque no leo muchos críticos, y eso no me enorgullece, más bien me avergüenza un poco, y en parte porque sólo puedo hablar como lectora, y como lectora bastante ingenua) hablaba de todo lo malo en los humanos y lo hacía tan bien que lograba que al final, sin necesariamente redimirlos (¿quién redime a un ser como Vidal?) tuviésemos que reconocerlos como humanos y como de algún modo parte (uy) nuestra.

Nadie mejor que él para enfrentar la lúgubre progresión de hechos que conocemos por sus efectos y que  desde la distancia histórica llamamos “los desaparecidos”.

Los momentos de cosas como bondad, o esperanza de las tramas de mi sábato eran tan tímidos, tan frágiles, tan improbables y tan ciertos como los personajes mismos que los hacían posibles o los encarnaban.   Tras rozar la maldad y la desesperanza, Martín estuvo a punto de matarse. La vela (era una vela o una lámpara? ya no recuerdo) a la luz de la cual recupera la esperanza parece estar, también, a punto de apagarse.

Tal vez nos emociona, me emociona, ese Sábato mío y esos personajes frágiles capaces de sentir amor y esperanza en medio de semejante pantano porque..es todo tan honesto.  Sí que es un pantano.  Sí que los humanos somos capaces de la maldad más grotesca y de la mezquindad más deleznable… Y sin embargo, ahí queda la vela que ilumina, frágil, la noche, ahí queda la ventana que permite una conexión breve.  Y ahí queda Bruno, tomando mate, pensando.

Sábato-vela en la ciudad lúgubre, Sábato-ventana del caserón abandonado, Sábato tímido banco de la plaza, Sábato mío, gracias.

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Un comentario en “sábato

  1. Pues El Tunel i los otros culebrones los he leido con mucho esfuerzo nunca de rabo a cabo.

    Lo de UNIVERSAL…ahi si que voy…Que es eso? La mitad del globo o sease su poblacion no sabe leer o escribir, aparte de no tener electricidad, agua potable o alcantarillado, sumele los sin techo…

    Que tanta pendejah con la literatura? Es solo para entretenerse. De modo que a dejar de mirar el mundo desde las tonterias de la academia en coma, gracias a la WEB. FIN.

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