maternidad

El día de la madre, le dicen.  Su origen es incierto-hay quien dice que, al menos en su significado contemporáneo y occidental, fue un invento de Hallmark, y francamente es muy posible.  De hecho es hoy día una industria billonaria.  Pero supongo que cualquier día es bueno para pensar en la maternidad.

Escribí la palabra “maternidad”, y vinieron de inmediato a mi mente, no mis cinco hijos (dos paridos, tres  afiliados) sino el cuadro en “El Túnel” de Sábato.  ‘Maternidad’, se llamaba el cuadro, y si recuerdo bien, en su primer plano tenía la escena de una madre y su infante, y al fondo, en la ventana, una mujer. Por alguna razón, ese primer plano se me antoja como un cuadro de la época azul de Picasso, así:

Y la ventanita, esa mujer al fondo, podría ser algo como lo que apareció en la portada de una de las muchas ediciones de El Túnel:

La escena en su totalidad puede por supuesto generar múltiples interpretaciones, como todo texto, y algunas de ellas son muy macabras. Pero la que  me viene al caso (esa frase, “viene al caso”, tal vez siempre debería estar precedida por un “me”) es la idea de que la maternidad, ese estado o forma de estar que necesariamente se impone, y pasa al primer plano de la vida de una, sirve para atisbar la totalidad del ser, incluso de aquellas instancias que paracerían tener poco,  o nada, que ver con tener prole.

Hay tela para cortar, en esa idea, y poco tiempo para cortarla, porque mientras escribo arrimada al counter de la cocina, algunos miembros de mi maravillosa familia me agasajan, se aprestan para hacer cosas chulas como cocinar para la glotona Mima. Es decir yo.  Pero esa misma es la cosa.  Escribir es inseparable de mi maternidad.  No digo que la maternidad es una condición necesaria  para la escritura.  Lo que alego es que se trata de una cosa tan trágicamente, maravillosamente, arrolladora, que una vez se experimenta está de algún modo presente en todo lo que hacemos.

Y viceversa.  Todo lo que hacemos está presente en la maternidad. A ella traemos nuestros talentos y nuestras carencias, nuestros éxitos y nuestros fracasos, nuestro acervo y los de la especie y la cultura. Y desde ella vemos, en la ventanita, todo lo demás que nos compone.

Ello es así desde la práctica cotidiana, que me ubica hoy y ahora frente a la pareja encantadora y tierna que hacen mi esposo y nuestro hijo de cinco años, cocineros ambos de repente.  Es así también en la estética peculiar de la memoria, que me presenta, implacable,  los cabellos negros y lacios de mi madre, su falda larga de hippie, sus sandalias de cuero, sus uñas y rostro sin pintar,  y mi orgullosa e infantil certeza de andar, afortunada, de la mano de  la mujer más hermosa del mundo, de estar frente a la belleza misma.

Frente a la madre. No en balde algunos, tantas y tantos, viven fascinados por La Virgen. No es por su virginidad, sino porque encarna esa cosa inmemorial, arquetipal, liberadora y opresiva que es la sensación de haber sido, inevitablemente, gestado.

Así que le doy bypass a Hallmark, y opto por celebrar. Porque celebrar el día es celebrar que somos, todos, gestadas y gestados por unos seres que alguna vez, al menos, fueron (ojo, “fueron”, no “nos parecieron”) los más hermosos del mundo. Y porque las hijas, los hijos, los gestados, al final del día nos gestan, nos permiten nacer o más bien, renacernos, y  nos regalan una nueva hermosura.

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