vida de costo

Hoy, en el autobús entre Washington D.C. y Arlington, viajando con mi hijo menor, vi una mujer, más o menos de mi edad, subir al aparato acompañada de un niño, más o menos de la edad de mi hijo.  Sacó una bolsa de monedas de su cartera, y comenzo a depositarlas en el receptáculo de pago, bajo un letrero que leía “$1.70”.  El asunto tomó algunos segundos, que se hacían largos en la temporalidad particular de las filas, y los pasajeros que esperaban su turno la miraban con alguna impaciencia, pero nadie dijo nada. Terminó de depositar las monedas para pagar su tarifa y la de su hijo, y se sentó, como el mío y yo.

Al subir, yo había pagado con mi tarjeta de metro y metro bus, adquirida en línea con una tarjeta de crédito.  Y como usé la tarjeta, mi tarifa fue de veinte centavos menos, por persona, que la de la señora de las monedas.  A cuarenta centavos por viaje, multiplicado por dos veces al día, calculo que la desconocida acaba pagando casi un dólar diario más que yo, por moverse la misma distancia. Las suelas de sus zapatos estaban gastadas. Su ropa, el material y hechura de su bolso y otras señas contextualizan lo que podría parecer una decision neutral de pagar con monedas: La señora era pobre.

Y recordé el título de un ensayo de Barbara Ehenreich que leí hace mucho (Could you afford to be poor?) y que documentaba las múltiples formas en que la pobreza, irónicamente, encarece la vida.  Si usted es pobre, suele vivir a mayor distancia de cosas como comida de buena calidad o posibilidades de empleo; suele atender sus dolencias, tarde y mal, en salas de emergencia porque el cuidado de salud pública está roto o porque usted gana demasiado para cualificar para el seguro público pero muy poco para pagar el privado; paga intereses más altos, en promedio, por cosas como hipotecas, seguros de autos, y muebles.  Su presupuesto está por definición agujereado, repleto de costos indirectos que los sectores más privilegiados no sienten ni conocen como parte de su diario recorrer: los diez pesos (o cincuenta pesos) que le cobran por cambiarle un cheque, por ejemplo.  El financiamiento de los muebles.  Andar sin repuesta porque no había suficiente dinero para cinco gomas.  O accidentarse por verse obligado a andar con las gomas lisas.

Lo interesante es que en el discurso popular, suelen dominar no tanto la preocupación por los múltiples modos en que ser pobre encarece y dificulta la vida de la gente, sino más bien las supuestas “ventajas” que acarrea la pobreza.  Ventajas como rentas y utilidades subsidiadas, por ejemplo. O los cupones para alimentos.  Pero al mirar de cerca, y mirar dos veces, hay que reconocer que ser pobre sale…caro.  Hace unos días visité unos familiares que andan en aprietos económicos, aprietos que ilustran bien lo que nos cuenta Ehenreich. Al marido, que trabaja en promedio ochenta horas semanales en los muelles (¡y todavía hay quien se atreve a decir que la gente no quiere trabajar!)  le bajaron las horas a cuarenta, de modo que en ese mes, hubo que tomar una decisión difícil: o se paga la renta o se paga el seguro del auto. Optaron por pagar la renta “porque si no, nos ponen los muebles en la calle”, me cuenta la esposa.  Una mañana, de camino al trabajo, se explotó una goma, se bajaron a cambiarla, un policía buena gente se detuvo a ayudar…Y se quedaron sin auto, porque es ilegal andar por ahí sin seguro y el policía era buena gente pero no tanto.  Las decisiones difíciles se acumulan: ¿alquilar uno, o tomar un taxi, a precios que ascienden al equivalente de medio día de trabajo, para poder llegar a tiempo y evitar que le corten más las horas, o faltar, y arriesgarse a quedar desempleado?

Y ese es un caso borderline, en términos de eso que llamamos “clase social”.  Al menos allí hay empleo, hay salud, hay esperanza de movilidad social.  Los casos más extremos, los pobres más pobres,  acaban pagando de modos que son casi inimaginables, desde la óptica de clase media que predomina en mi cabeza y probablemente en la de la mayoría de mis lectores: Las personas sin hogar, por ejemplo, se ven obligadas a pagar por comidas pre-cocinadas  a diario, porque no tienen nevera ni casa donde ponerla.  Para las mujeres sin hogar la cosa es aún peor; son víctimas frecuentes de violaciones y asaltos físicos. Hace mucho una me dijo, refiriéndose a los y las deambulantes, que “de noche, los hombres buscan dónde dormir: las mujeres buscan dónde esconderse”. En un ejemplo casi surreal de lo cara que resulta la pobreza, esta mujer se veía obligada a pagarle con monedas o favores a otros deambulantes por su “protección”.

Pienso todo esto en el metrobus, camino a casa. Lo pienso mientras miro a la señora que podría ser yo, con su hijo que es como el mío, mirando el mismo paisaje, al mismo tiempo, por una ventana igual, en un viaje que se parece mucho, en distancia y contenido, al nuestro, pero que  le costó veinte centavos más, y cuyo destino es probablemente muy distinto.

 

 

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5 comentarios en “vida de costo

  1. Rima,

    Nunca me deja de impresionar el arte que tienes en explicar, demostrar y dibujar en la mente las cosas que pasan por despaercibidas muchas veces en este mundo.

    Gracias.

    Saludos a todos en la familia.

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  2. Me encanto tu post, me dejo pensando bastante. Tienes tanta razon en que a veces por economizar gastos, salimos pagando mas de lo que deberiamos.
    Escribes muy bien, continua haciendolo, te felicito.

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  3. Cristina, gracias! pasé por tu blog hace unos días, es muy bonito, y la foto de tu pequeña está preciosa. Gracias por pasar y leer.

    David, gracias por pasar. Que gusto y que privilegio contar con su lectura y sus comentarios. Veo que a ambos nos gusta leer a Bárbara Ehrenreich. Es genial, esa señora, cierto? Mordaz, lúcida. Saludos.

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