recorrido

Llevo algunos meses viviendo acá en el continente, la metrópoli, los Estados Unidos (¿desunidos? ¿hundidos?), el país del segundo invasor, la madrastra-patria, en mi pequeña diáspora de cuatro.  Trabajo en DC pero vivo en Virginia, conectada por bus y metro al hígado de la nación americana.

Mi recorrido mañanero comienza así en Virginia, saliendo de la mano de mi hijo menor por la puerta de un gran edificio de apartamentos.  A nuestro alrededor, los empleados de empresas, ONG’s y gobierno caminan rápidamente.  Son muchos, y suelen ser esbeltos/as y blancos/as.  Llevan audífonos en las orejas y visten los colores claros y brillantes del verano. También hay jardineros.  Son muchos, y suelen ser salvadoreños o bolivianos. Siembran flores en los colores claros y brillantes del verano.

Nos subimos al tren.  Llevo meses viajando en tren, y todavía me encanta.  Nuestras amistades locales se burlan cariñosamente de mi entusiasmo.  El tren, me dicen, anda siempre atrasado, sus escaleras siempre están averiadas, está muy lleno.  Pero a mí, jíbara de Mayagüez, acostumbrada a tener que manejar un auto para ir a cualquier parte, el metro me resulta tremendamente liberador.  Aún en el rush hour, aún con el codo de un desconocido en mis costillas, aún escuchando las protestas de mi pequeñín, que pregunta en voz chillona y en dos idiomas for if the flies dónde nos hemos dejado la miniván, aún entonces, sonrío y me regodeo en mi nuevo estatus de peatona, calculo con fruición las millas que diariamente se cuelan, sin compartamentalización y sin gimnasio, en mi vida.

Nos bajamos en DC y caminamos media milla hasta el campamento de verano. Allí suelto a mi acompañante y emprendo el camino hacia el trabajo. Todas las mañanas le paso por el lado a unos ocho homeless, personas sin hogar.  Son una presencia familiar en esta ciudad.  Suelen ser negros y gruesos, y se mueven, cuando se mueven, con lentitud. Muchas veces están mas bien estacionarios.  Y tiene sentido que lo estén, porque llevan su vida a cuestas, en un carrito de compra, en un coche de bebé sin bebé, sobre sus mismos cuerpos abultados por los sleeping bags, los bártulos varios, los mementos de la guerra, de la vida que se fue, de la vida que se va.  Los rodea y les sirve de contraste la masa dinámica, en movimiento ágil y constante, de tantos otros seres, tan distintos, blancos, delgadísimos, bien vestidos, livianos, seres que no llevan su vida a cuestas porque la ubican en otras partes.  En viajes, en apartamentos, en el futuro.

Uno de los hombres sin hogar suele ubicarse, obstinadamente, en un banco del parque.  Lleva su vida en un carrito de compra, que protege del clima y de las miradas curiosas con una manta decorada con el águila y la bandera americanas.  Abandona su banco periódicamente, echado (sin muchas ganas) por un policía que suele ubicarse en una esquina cercana y cuyo mantra puedo adivinar, y de algún modo compadecer, desde mi caminar: I’m just doing my job.

Estoy llegando a la acera frente a la Casa Blanca, y una masa de chinos,surgida de un autobús cercano y bifurcada al enfrentar el inofensivo obstáculo representado por moi, me rodea. Me imagino una cámara filmando la escena desde arriba, la una caminando hacia el sur, los muchos hacia el norte, y me sorprendo esperando que la escena no sea un agüero, o la metáfora torpe de alguna cosa relativa a mi vida, a la historia o al mundo.

Miro el reloj.  Tengo veinte minutos antes de mi próximo compromiso.  Entro en un café lindo, me compro un café malo, y escribo esto. Para mí, para usted, desde acá, desde mi diáspora de cuatro.


 

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4 comentarios en “recorrido

  1. Me recuerda NYC, con sus empleados blancos en puestos administrativos y los de piel negra y marrón que sirven en cafeterías, farmacias y demás lugares donde la gente trabaja por poco. Y los que hablan solos y piden. Y el subway con andenes sucios, con ratas, destartalado, ruidoso pero útil. El mismo que te lleva a tantas partes con eficiencia contrario a la isla con más carreteras por kilómetro cuadrado del mundo donde tienes que meterte en un carro para llegar a la esquina y encima tarde.

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  2. Pienso que el tren es lo que mejor que han inventado. Lo prefiero a tener que manejar. De hecho cuando vivi en NY, en esos 11 años nunca tuve uno. Aqui en Philly es igual, el tren es conveniente y barato. Saludos de otro jibarito de Mayaguez.

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  3. Gracias por pasar, David. ¿Viviste mucho tiempo en NY?

    Kofla, saludos de para ti. Bienvenido. Gracias por leer!

    Comiendo en LA, bienvenida! Nunca he estado en LA. Gracias por leer y comentar.

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