no queremos ángeles

Una niña de cuatro años ha muerto ahorcada por su padre.

¿Qué decir? No hay nada que decir.  Mejor dicho, yo no tengo nada que decir. Si fuera un suceso aislado, una ocurrencia extraordinaria, podría escribir “es un suceso aislado, una ocurrencia extraordinaria”.  Pero no lo es.  Es uno de tantos crímenes monstruosos, monstruosos porque en ellos no podemos siquiera hallar el consuelo de algún raciocinio, de cualquiera.  El de la ambición, por ejemplo. El del odio. El del fanatismo. Algo horrendo, pero al menos inteligible, o no tanto inteligible como familiar, reconocible.

El hombre se suicidó de inmediato.  Había sido acusado de violencia doméstica recientemente.

Es el sin sentido extremo,  la patología desnuda, el fétido vapor del basurero moral sobre el cual, en el optimismo inexplicable del que somos capaces los humanos, seguimos construyendo vidas y proyectos. Y no da visos de amainar.

Cuatro añitos.

Tenía cuatro añitos, y eso es intolerable.  La imagen de esa nena me persigue.  Su rostro desconocido y tierno se mezcla en mi imaginación dominical con las caras maduras y austeras de Sábato y Saramago, que con un gesto de cariñosa decepción me dicen, sin decirme, te lo hemos dicho, pelotudita…que así están las cosas, así está el mundo.

¿Se está poniendo peor? ¿Hay más crímenes de estos en las estadísticas nacionales? ¿O es que sencillamente salen con mayor frecuencia en las primeras planas?

Sus familiares declararon que su padre no la había llevado al punto acordado de encuentro la noche anterior, y que por ello llamaron de inmediato a la policía. Una ex dijo que el hombre la despertó de madrugada para pedirle perdón.  Una abuela contó que la nena, la misma nena, con su voz de nena, la llamó tras haber marcado el número con sus deditos pequeños de nena y le pidió que la fueran a buscar, que su papá estaba “como loco”…

¿Y qué uno hace? ¿Dejar de leer noticias? ¿Enajenarse?  ¿Dejar el  cuerpo del asesino a la intemperie, como hacían algunas culturas antiguas, para garantizar su eterno tormento?  ¿Desarticular puntos de droga? ¿Rezar? ¿Buscar alguna explicación en las entrañas de un cerdo, o en la borra del café de media tarde?

¿Decir, como dijo el superintendente interino en el Senado hace un par de días, que la violencia doméstica no es asunto de la policía?

¿Balbucear alguna cosa sobre los “valores” y su ausencia?

¿Escribir?

Si fuese mínimamente inteligible, sería menos desgarrador…Tal vez por eso es que los comentarios de los lectores de los periódicos me dicen cosas como que “todo está escrito”, me hablan de “el día del juicio”, anotan que “es culpa de la madre, por no saber bregar con los problemas matrimoniales” o tratan de venderme alguna cosa con un estratégicamente colocado spam…

Alguien calificó al hombre como “un buen padre”, y a la niña como “un angelito.”

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3 comentarios en “no queremos ángeles

  1. ¿Sabes, Rima? pensaba hoy- porque tampoco he podido sacar esto de mi mente- que a las mujeres pobres la única cosa que aprenden es buscarse un marido y tener hijos para conseguir los “derechos” de las ayudas. Es el único camino que conocen. Se les obliga a inventarse una familia para la que no tienen capacidad, recursos ni expectativas reales. La familia no tiene sentido en ese contexto de marginación y cultura de la pobreza y se convierte en una fuente de opresión y violencia.

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  2. Hola, Myrisa. Tuve problemas de hosting y no logré entrar hasta ahora. Creo que es cierto que las mujeres pobres son más vulnerables que otras a la violencia de género, y a otros tipos de violencia. Igual los niños.

    No creo que haya un cálculo así, directo, en el embarazarse o tener marido, sin embargo; que no se casan o embarazan “para” recibir ayudas. Creo que las “decisiones” que se toman en un contexto en donde hay muy pocas opciones no son tan “libres” como uno quisiera pensarlas.

    La idea de “cultura de la pobreza”, en tanto explicación, me resulta muy insatisfactoria. Se usa para explicar como se reproduce la pobreza como una consecuencia de comportamientos aprendidos, principalmente en el seno de la familia. Sí creo que la cultura tiene un rol; pero ese rol es tanto o más visible en la cultura de las instituciones que bregan con la gente pobre, incluso en lo que podríamos llamar “cultura de la riqueza” o “cultura de producción de la riqueza”, que en la “cultura” de los pobres mismos.

    No sé si me explico. He estado pensando en estas cosas últimamente, y aún no lo tengo bien articulado. Muchos saludos para ti, y como siempre, gracias por pasar por mi rincón.

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