gárgolas sin catedral

En estos días hay muchas razones para preocuparse por el futuro de la Universidad.  Y del país.

A la entrada estrepitosa y violenta de la policía en los predios de la Yupi se le sumó la salida no tan violenta pero igualmente estrepitosa del presidente De La Torre, quien se llevó enredada consigo la tapa de la olla de grillos de la manipulación político-partidista tras bastidores. Grillos cuyo eco, por cierto, ya habíamos por supuesto escuchado, pero igual,  quedaron plasmados en el periódico de récord sin que los acusados del susodicho manipuleo sintieran por ello la menor inclinación de explicar algo. La matrícula se redujo dramáticamente.  El director del periódico Diálogo ha sido despedido de sopetón y reemplazado por alguien en nombre de una “reconstrucción”.  Han despedido también a los directores de CAUCE en Rio Piedras y del Instituto de Investigaciones Interdisciplinarias en Cayey.  En la legislatura autorizan una alocada “permuta” que le quita a la UPR tierra cultivable y continua a cambio de un grupo de parcelas inconexo e incoherente.  Y un “comité asesor”  anuncia que ya tiene un borrador de recomendaciones para “responder a los retos contemporáneos” que plantea “la sociedad del conocimiento”.

Si algún reto caracteriza la “sociedad del conocimiento”, llámele así a la modernidad del presente o llámele como quiera, es la necesidad imperiosa de buscar la sustentabilidad.  Usted sabe: proteger los recursos no renovables, garantizar cosas como acceso a agua y aire limpios, ese tipo de cosa.  Y desde la Universidad, a pesar de las nubes negras que sobre ella se ciernen, voces de cordura llevan tiempo hablando en contra del Gasoducto.  De un lado, universitarios como Arturo Massol, Agustín Irizarry, Efraín O’Neill, Gerson Beauchamp y otros llevan un mensaje cuidadoso y articulado repleto de datos, hechos, referencias, y sugerencias alternativas.  Del otro, los representantes gubernamentales nos venden el eufemismo de la Vía Verde en la factura y nos anuncian, de cuando en cuando, que han obtenido otro permiso más.

Si en serio creemos en eso del “conocimiento”, hoy más que nunca es crucial preservar la autonomía de las voces universitarias que permiten y nutren un despliegue de intelectualidad pública como el que hemos visto en contra del gasoducto.  Las voces de los colegas que con paciencia, erudición y buena voluntad comunicativa nos hablan hoy representan una de las facetas más hermosas de la universidad pública: la capacidad y el deseo de informar responsablemente los asuntos públicos.

Sus voces, sin embargo, caen en el vacío de la falta de interlocutor.  El pueblo los escucha, la prensa les da foros, pero el gobierno que representa los intereses contra los cuales se expresan ha seguido consistentemente la estrategia de no dialogar-ni pal cará.

Cuando el comité que estudia el futuro de la UPR ofrezca sus recomendaciones, y si las mismas de hecho proponen el fin de la permanencia y otras cosas que permiten que gente del calibre de los que hoy se expresan contra el gasoducto puedan hacerlo, sabré  que lo que llaman “sociedad del conocimiento” no es sino otra instancia (¡otra más!) de lenguaje orwelliano.  Que lo que se busca es rechazar el conocimiento, especialmente si el mismo resulta inconveniente. Que lo que se busca es el oscurantismo.

 

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