oasis

Estoy en San Diego. Disfruto de unas horas de asueto, y camino. Es una ciudad que me es extraña, y a la vez familiar.  De algún modo me recuerda a mi país.  Por ejemplo, cuando le pregunté a la recepcionista de mi hotel dónde quedaba la tienda de libros, me dijo “cinco minutos”.  Mientras camino en la dirección que me indicó, veinte minutos más tarde, me doy cuenta de que su estimado, como los de mi tierra, están basados en el uso de un auto.  El minuto veinticinco me sorprende subiendo una cuesta. Larga.  Disimulo (no se por qué, porque nadie me mira), pero muy en el fondo, tengo la lengua por fuera y me acuso por no haber llamado a un taxi.

Veo el oasis, el Barnes and Noble en la distancia.  Y me regocijo. No exagero – el corazón me dio un vuelco.  Un vuelco curioso y tímido, porque hace unos años yo odiaba a Barnes and Noble.  Y a Borders.  La llegada de cualquiera de las dos representaba la extinción de la(s) librería(s) del pueblo.  Cuando crecía, niña de/en Rio Piedras, pasé largas horas en una librería pequeña y llena de polvo, atendida por una pareja de ancianos (¿serían ancianos? Los niños suelen atribuir “vejez” con ligereza) refunfuñones y encantadores, que me dejaron leer allí, muchas horas, sin que jamás les comprase algo a cambio. Allí leí, por ejemplo, en asmático arrebato,  “Aura” y “Gringo Viejo.” Y comics de Ásterix y de Mafalda.

Por primera vez en este recorrido, me pasan por el lado dos peatones más.  Uno de ellos es delgado y alto, el otro es bajo y grueso.  Eso de “grueso” lo acabo de editar.  La primera palabra que usé fue “gordito”.  Uno de ellos es gordito, y ambos llevan la vestimenta verde del quirófano, cubierta por una bata blanca.  En sus cuellos, estetoscopios.

Con el B&N de norte, me acerco a un edificio.  Es un hospital.  Tiene un gran letrero, anunciando una clínica especial para pacientes cardiacos y otra para partos.

Y entonces pienso, con la certeza de las revelaciones bobas: Era un cardiólogo gordito.

Lo pienso, lector amable (antes de que me juzgues) con ternura.  La idea del cardiólogo gordito es una metáfora inesperada.  Un cardiólogo gordito es como una maestra con un hijo que no quiere o no puede aprender a leer.  Un policía cleptómano. Un psicólogo deprimido.  ¿Una antropóloga etnocéntrica?

Ayer, haciendo trabajo de campo etnográfico en una universidad que ha logrado mejorar las tasas de graduación de sus estudiantes latinos, estuve persiguiendo a una familia que me pareció “latina” durante varios minutos, insistente, esperando alguna oportunidad para entablar conversación.  Pronto descubrí que no eran “latinos”.  Hablaban un idioma que me resulta desconocido, pero que reconocí como Pashto, tal vez.  O árabe.  ¿Ordu? A saber.  El caso es que no eran latinos.  Que eran lo que llaman acá “middle eastern”.

Y que yo soy un cardiólogo gordito.

Viajar es desubicarse, repensarse.  Yo creo que no es casualidad que en los aeropuertos vendan tantas revistas de tipo “Eat Well”, “Prevention”, “Shape”, y “Vegetarian Times”.  O que vendan calendarios y agendas.  Viajar es reinventarse, definirse.  Es, en algunos casos, reconocerse como privilegiada, porque cruzar fronteras con facilidad ciertamente no es un derecho universal.

Viajar, en mí y ahora, es también necesariamente pensar en el país propio, lejano y triste.  Es recordar que no hace mucho, unos inquilinos mentirosos y malintencionados me robaron los muebles y se fueron de mi casa sin pagar renta, luz o agua, dejando tras de sí deuda y desorden.  Y recordar, también, que eso no es nada: Que hace poco a un colega lo atacaron a plena luz del día para robarle su mochila. Y que eso no es nada: Que hace poco una mujer, otra mujer más, murió a manos de su compañero.  Que un hombre que veía la tele en la sala de su casa fue asesinado cerca de su familia.

Que el cielo, en mi última visita, estaba tan gris como los ánimos.

Leo un rato, tomo café, disfruto ambos.  De regreso, pondero llamar a un taxi, pero decido caminar de nuevo.  Me detengo a cenar en un restorán.  La entrada luce ordinaria, pero en la parte de atrás, donde me siento, hay un pequeño lago artificial.  Siento paz, me tomo un vino, como ensalada, tomo estas notas.

Veo un pato.  No, son dos.  Son lindos y grises.

Con “pato” me refiero al ave, por supuesto.  Si usted pensó que me refería a un hombre homosexual, se equivocó.  Pero es natural que lo piense.  La homofobia es una forma horrible de pensar, pero también es una forma dominante de pensar, y como me dijo una amiga en una ocasión, nos aqueja a todos. La mejor manera de vacunarnos no es pensarnos inmunes a ella sino reconocernos humanos, manipulables, prejuiciados bregando con los prejuicios en lugar de perfectos y perfectas sin prejuicios.

Al salir del restorán, veo una pareja que recién llega.  Ambos sonríen.  Ella cojea. Cojea mucho, visiblemente. No a la manera del que cojea porque se recupera de un accidente sino a la manera violenta y vertical del que ha cojeado y cojeará toda la vida.   Tiene lentejuelas pequeñas en su blusa, el pelo suelto, y sonríe.  Él tiene espejuelos y bigote, y toma su mano.  No a la manera del que toma la mano de una inválida, sino a la manera del que toma la mano de la mujer que ama.  Y también sonríe.

Yo los miro con una felicidad tristona.  Se aceleran mis pasos, tal vez tratando de llegar al escritorio y a la computadora antes de olvidar sus sonrisas.  Llego y escribo:

Soy un cardiólogo gordito.
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4 comentarios en “oasis

  1. Holaa leí este trocito de escrito y nada quería decirte que me gustó mucho, escribes de una forma divertida y nada espesa, se hace agradable leerte, en fin, que leí de t página en un blog y decidí pasar por aquí. También leí que escribiste un libro y que vas poniendo entradas de él en esta web y como vivo bien lejitos de nuestra islita, en España, pues te leeré a medida que publique entradas online, bueno un saludo y a cuidarse mucho.

    Pásate por mi blog de poemas y échale un ojo, a ver si te gusta, gracias 🙂

    http://letravivar.blogspot.com/

    Me gusta

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