Educación, desigualdad, e indiferencia

Michael, Julio, Sara y David tienen varias cosas en común.  Los cuatro nacieron y se criaron en residenciales públicos del área oeste.  Los cuatro tenían excelentes notas en escuela intermedia.  Los cuatro ilustran la relación estrecha que existe entre educación y desigualdad social en Puerto Rico.

 La historia de Michael contiene una abuela cariñosa, una madre ausente, y varios muertos: El tío, de un tiro en la cabeza, la tía, de SIDA. Michael se describe a sí mismo en esos años como “un chamaquito sinvergüenza pero de buenas notas.”  Dejó la escuela porque vender drogas le tomaba mucho tiempo y no quería “dañar” esas notas. Ahora, a los treinta y tantos y después de pasar varios años en instituciones carcelarias juveniles, vive en el residencial, trabaja como barbero en la economía informal, y teme por el futuro de sus propios hijos.

Supongo que podríamos decir que fue culpa de Michael, de su madre, o del narcotráfico. Pero piénselo un momento; aquí hay también una indiferencia social e institucional fenomenal.  Un nene de doce o trece años y buenas notas se nos va de la escuela, se mete en el punto, y no pasa nada. Su partida no es percibida como un escándalo, sino como una cosa natural.

Esa resignación general se refleja hasta en el modo en que recogemos (o mas bien no recogemos) los datos relativos al problema.  Las estadísticas de deserción escolar son incompletas y confusas. Algunos estiman que sobre la mitad de los jóvenes que comienza la escuela en Puerto Rico no se gradúa.  El Censo del 2010 indica que el 17% de la población entre los 18 y los 24 años no tiene diploma de escuela superior.  Considerando que muchos diplomas se obtienen a través de mecanismos no tradicionales, la deserción es con seguridad más alta.

Julio no desertó.  Tras graduarse con honores de escuela intermedia,  pasó a una superior vocacional porque ahí es donde siempre iban, y siempre van, los nenes de su escuela intermedia.  Lo que no sería un problema, si nuestros currículos vocacionales tuvieran el rigor académico suficiente como para no afectar las posibilidades universitarias de los muchachos.  Pero la mayoría de los programas vocacionales en el país (no todos) son académicamente más livianos que el currículo regular (que por cierto tampoco tiene, en muchos casos, el rigor adecuado.) De modo que Julio, a pesar de ser muy bueno en matemáticas, tomó sólo dos años de matemáticas “light.”  Se graduó con buen promedio y  trabajó en las atuneras de Mayagüez. Cuando éstas fueron cerrando, Julio se quedó sin empleo. Al día de hoy, está desempleado y se gana la vida “chiripeando”.

Le pregunté a Julio si alguna vez había considerado la universidad. No, me dijo, no se le había ocurrido. “Nunca nadie me habló nada de eso.”  Piénselo  un momento: Un nene tiene buenas notas, es excelente en matemáticas, pero no se le prepara, ni se le habla de la universidad.  Y ese descuido no es percibido como un escándalo, sino como una cosa natural.

Al entrar a escuela superior, Sara también fue ubicada en un currículo vocacional.  Pero ella sí solicitó a la universidad, y fue admitida.   Llegó a un recinto de la Universidad de Puerto Rico con muchas ganas, pero poca preparación.  Se colgó en matemáticas y en química en su primer año.  Fueron las primeras F’s de su vida, y lloró mucho.  Yo no soy así, yo soy de buena nota, me explicó.

¿Qué pasó entonces? Pasó que en la universidad logramos descorazonarla, desinflarle las ganas que tenía de educarse.  Por sus malas notas, le tocó uno de los últimos turnos de matrícula y no quedaban cursos;  para poder completar sus doce créditos mínimos y no perder su beca tomó cursos de concentración que no estaba lista para tomar; se colgó de nuevo;  la suspendieron;  la perdimos.

La historia de Sara ilustra el fallo de sus escuelas, donde le dieron buenas notas pero no la prepararon. También ilustra la complicidad de la universidad. Es fácil echarle la culpa al “interés” o a la preparación académica de la muchacha o de su familia.  Pero las escuelas que no la prepararon, y la universidad que no la pudo retener y cultivar, son todas cómplices.  Cómplices de reproducir las condiciones que hacen probable su fracaso, y cómplices de percibir el mismo no como un escándalo, sino como una cosa natural.

Los jóvenes que nacen en la pobreza reciben un paquete de oportunidades muy magro, a todos los niveles.  Lo dicen las historias, lo dicen los números.  En mi recinto, por ejemplo, la tasa de graduación general es de 56%.  La tasa de graduación de los estudiantes de residencial es, en contraste, sólo 36%[1].

A veces logran, de algún modo, hacerlo todo bien.  David, por ejemplo,  llegó a la universidad. Logró conseguir el apoyo académico necesario para bregar con sus clases.  Obtuvo dos empleos a tiempo parcial para mantenerse a sí mismo y a su pequeña familia.  Logró hacer todo eso, y sacar buenas notas en uno de los recintos más exigentes del sistema UPR.

Pero también lo perdimos.   Cuando la matrícula subió con la nueva cuota, David pidió una prórroga.  No se la concedieron, de modo que no pudo pagar, y perdió los créditos que había logrado matricular.  Cuando juntó el dinero de la cuota para matricularse tardíamente, ya no quedaban clases, y no pudo conseguir suficientes créditos para conservar su beca.

No sé cuantos estudiantes como David hemos perdido.  Sé que no los estamos contando, que no nos estamos planteando su partida como un problema, que no estamos haciendo un esfuerzo particular para retenerlos, y que su ausencia debería  ser un escándalo, pero la tratamos como una cosa natural.

Las cuatro historias que resumí arriba nos dicen algo sobre el estado del país y sus problemas. Pero también nos recuerdan que la pasividad de las instituciones educativas reproduce esos problemas.  Tenemos mucho que hacer, en las escuelas y universidades puertorriqueñas:  Recolectar más y mejores datos; inyectarle un mayor rigor al trabajo escolar; fortalecer apoyos y servicios universitarios.

Sobre todo reconocer, urgentemente, la indiferencia que mostramos como colectivo hacia el destino académico de las poblaciones más desventajadas.  Ver que su destino es el nuestro, y que no es inevitable, ni natural.

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 Para ver más datos sobre educación y desigualdad en Puerto Rico, puede bajar los Cuadernos de Trabajo del Centro Universitario para el Acceso: 1)Geografía y Desigualdad; 2)Clase Social y Logro Educativo; 3)Student Persistence y 4)College Access and Urban Poverty

 


[1] Y esa es una de las tasas más altas, si no la más, de Puerto Rico.  Entre los recintos de la UPR, hay tasas tan bajas como 20%.  Entre las universidades privadas, las hay de 11% y 12%.  Pulse aquí para ver tasas de graduación de miles de instituciones en la isla y en Estados Unidos.

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