yerbabuena

Esta mañana, mientras tomaba mi café, miré el jardín, con la intención de regodearme un poco en la dicha cotidiana de su belleza pequeña, marrón tierra y hoja roja, pájaros y ardillas grises, verde que se acaba, menoscabado por un invierno incipiente pero igual, y a su manera, hermoso.  El tren del pensamiento (que cosa, no es cierto? el cerebro humano, detenga el tren ese cualquier día, en cualquier momento, y siempre aparecen sorpresas, con un poco de suerte una las agarra y las escribe, o al menos las piensa en algún detalle, pero el tren y su maravilla siguen…) el tren del pensamiento, decía, fluye, se desboca y desemboca, en cuestión de micro segundos, en la imagen inquietante de los estudiantes en la Universidad de California, Davis, sentados, cabizbajos, valientes, rociados con gas pimienta por un guardia cuya caricatura infame le ha dado la vuelta al mundo.

Detuve el tren para examinar la conexión más de cerca.  Es bastante clara, y de hecho creo que hasta la leí en alguna columna o comentario, cuando ocurrieron los eventos en Davis. El individuo que agrede a los estudiantes tiene el ademán de un jardinero que rocía malas yerbas en un jardín para proteger alguna otra cosa, que asume como mejor o más valiosa, de la amenaza que plantean la propagación y la raíz.

Estiro un poco la metáfora (ya en ese momento el tren quiere partir, a alguna otra parte, tal vez hacia un café, y hacia otro tema, pero no lo dejo, porque hay que ponerle un poco de orden y disciplina al cerebro) y se me ocurre la pregunta obvia.  Si la juventud que protesta es la mala yerba, ¿cuál es la yerba buena, la que el gas pimienta pretende proteger?  Un profesor de Davis escribió en el Huffington Post no hace mucho que esos chicos sentados representaban lo mejor de lo mejor, en términos de logro académico y creatividad.

En el espacio de una universidad, las malas yerbas son distintas, que no se eliminan con gas pimienta sino con trabajo arduo y del bueno, y todas ellas nacen de  la pereza intelectual: Son cosas como el descuido, la chapucería, el plagio y la indiferencia que aquejan a muchos profesores, empleados y estudiantes.

 La disidencia no es una mala yerba.

¿O tal vez sí?  Mi hermano menor, que trabajó como jardinero y arborista mientras estudiaba su bachillerato, me contaba de un jardín particular, en una mansión boricua, en donde sus instrucciones incluían una que lo dejaba, cada vez, un poco perplejo: Había que arrancar, una por una, unas pequeñas flores amarillas definidas como “malas”, para dejar crecer a otras flores, también pequeñas y también amarillas.  La diferencia entre matojo y flor quedaba así definida no tanto por la naturaleza del uno o de la otra como por el capricho estético del dueño del jardín.  Las ideas de “belleza” y “bondad” en ese ámbito botánico están atadas así a las nociones como “valor” y “exclusividad” que rigen el ámbito del consumo y que le permiten a la boutique separarse de la mega tienda, y a ésta última del colmado.

Así devuelto al Puerto Rico mío por la ruta de los jardines y las flores de nuestro propio y criollísimo uno porciento, el tren de mi pensamiento me entrega otra imagen, tan parecida y a la vez tan distinta de la del guardia barrigón que rocía estudiantes en Davis. Es la imagen del guardia musculoso que le grita, y de paso le escupe, a una estudiante asustada.  El emblema en su camisa se burla de mí con un “servir y proteger”.

Esa imagen, claro, se trae a sus amigas.  La fuerza de choque arrancando del suelo a una líder estudiantil, o levantando el batón para domesticar la protesta de un joven que yace en el suelo, o haciendo que otros tantos estudiantes rueden por las escaleras del capitolio. Es una fuerza de choque con la armadura elaborada  del que que enfrenta un ejército y la musculatura absurda del que no puede concebir de una fuerza más allá del empujón y el golpe.El guardia en Davis envenenando protestones sentados.  Los guardias boricuas empujándolos, golpeándolos. Ni hablar de los chilenos.  

Todos ellos (y ellas) jardineros embrutecidos con órdenes de arrancar, a como de lugar, minúsculas y hermosas flores amarillas. Algunos las llamarán malas yerbas. Otros decimos ‘que vivan los estudiantes.’

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