help is on the way

Estoy haciendo la fila del recetario en la farmacia, en Arlington, Virginia, territorio CVS – hay al parecer dos farmacias únicas en el mundo, o en nuestro canto del mundo, que se repiten cada tanto en el paisaje – y hago el segundo turno en la línea.  La farmacéutica que me ha tocado en suerte hoy me cae bien, le sonrío, me sonríe. Es negra, usa espejuelos, tiene el pelo muy corto y de color cobre, usa aretes, una pelotita dorada en cada oreja. Me ha atendido anteriormente, y me he fijado en sus movimientos, pausados pero eficientes, con el ritmo certero del que conoce y probablemente aprecia su rutina de trabajo, en la boca un saludo, en una mano el teclado, en la otra la receta que le entrega la clienta frente a mí. También negra, muy gruesa, de pelo largo, trenzado y recogido en un pañuelo, en pantalón turquesa a media pierna y sandalias verdes (tendrá frío, me pregunto, no, me contesto, y me pongo a pensar en los dulces que podría comprar y que no compraré porque el grosor de mi compañera de fila me recuerda que tengo que parar el pico, comer menos, que a mi edad la voracidad no es un estilo de vida sostenible), esta clienta conversa en voz baja con la farmacéutica, no las escucho bien pero el tono sugiere preguntas y consejos sobre marcas, genéricos, condiciones y deducibles varios.

 

Es mi turno, saludo, entrego papelitos, me despido.  Antes de salir agarro un chocolate (ya al parecer olvidada, o al menos superada, mi conversación interna sobre la amenaza del sobrepeso) y me acerco a las máquinas que han reemplazado a las cajeras y cajeros humanos que alguna vez solían ejercer la función de cobrar en el establecimiento.  La clienta gruesa que me precedió en la fila del recetario hace lo mismo aquí, excepto que esta vez su interacción resulta, a todas luces, más problemática.  Tiene un six pack de cervezas sobre la máquina, que en femenina y robótica voz le indica que necesita mostrarle su identificación a un humano, para que autorice la compra de alcohol. Help is on the way, dice la robot.  Molesta, la clienta llama al único cajero humano disponible, un hombre negro, joven, que revolotea de caja en caja como abejita polinizadora de flor en flor, y que se desplaza lentamente hacia el reclamo, atendiendo a otra clienta con un dilema similar en el proceso.

 

Mi compañera de fila ya no está molesta: está iracunda.  Sube la voz.  Shit, what the hellYou know I’m older than eighteen.  Just slide the damn card.  El cajero decide ignorarla, hacerla esperar un poco más.  Shit! Repite la mujer.  Tendrá unos veinticinco, tal vez treinta años, pienso.  Está golpeando el suelo con su pie izquierdo.  El muslo enorme tiembla dentro del pantalón turquesa.  El cajero se le acerca y le pide la identificación, en voz baja.  Ella le grita Shit, otra vez, y riposta, You know I’m older than eighteen, you’ve seen me here before.  El cajero levanta una ceja,  se aleja, atiende a otro cliente.  La desesperación de la mujer es ahora total.  Otra clienta, cuarentona tal vez, de cabellos negros, piel blanca y acento latino, le dice No need to use that language, y ahora sí que se arma la otra, y yo me asusto, pensando que voy a tener que ver una pelea, y a la vez me entristezco mientras ellas se acercan, se miran, se gritan, se empujan, la farmacéutica amable sale de la nada y las separa, su mano en la espalda de una y en la mano de otra, susurrando suavemente, como quien acurruca a un niño cansado, shhhhh, it’s ok, it’s ok, y se me ocurre que me cae mejor aún, y se me ocurre también que ella sabe cosas que nosotros no sabemos, cosas sobre la mujer gritona, enfermedades y condiciones tras los nombres de las medicinas despachadas y que desde ahí, desde ese ángulo, sale como un rito, una ofrenda, su compasión.

 

La mujer de los “Shits” se aleja, gritando Shit, Shit todavía, escoltada por la farmacéutica, que mantiene su mano en el hombro torturado por la tira de un brasiere que no alcanza a contener la adiposidad de su dueña.  La otra, la del regaño, saca el celular y llama a alguien, para contarle la historia, que comienza en español con “acá, en la farmacia, una pinche negra…”  Yo termino de pagar mi chocolate y salgo al mundo, territorio CVS.  El sol, amarillo, amable, me recibe con sus brazos tibios de luz.   Lo saludo en voz baja, hola sol. Una señora que espera el autobús me escucha hablar con nadie y me mira, levemente alarmada.  Tal vez piensa que estoy loca.  Le sonrío, me sonríe, y sigo mi camino bajo el sol.

 

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