primavera y democracia, parte 5

Llueve en Arlington, Virginia, el espacio donde mi familia se ha exiliado.  My commute cotidiano se complica, o más bien se moja,  y me veo obligada a caminar una milla bajo las gotas.  Sonrío con expresión boba, y sonrío más cuando imagino a los indignados peatones que miran mi sonrisa boba y posiblemente piensan “qué le pasa a esa boba”, porque descubro la fuente de mi bobería y aparente pasividad frente a la lluvia.  Y es que tal vez porque la lluvia pone ñoña a la gente, o porque esta lluvia en particular me recuerda otras lluvias igualmente particulares, estoy recordando a las muchachas y muchachos que hace unos meses, en la primavera del 2010, tomaron los portones de la Universidad de Puerto Rico.

Todavía eran sospechas, las que guiaban las mentes de los “revoltosos” que cerraron la universidad.  Aún no habían subido la matrícula, por ejemplo, aunque había rumores de que ello ocurriría.  En aquel momento, los/las estudiantes protestaban por la certificación que separaba las ayudas de “mérito”, como la matrícula de honor o las becas de atletas, de las de “necesidad”, como la beca Pell. Protestaban también el silencio de la administración frente a sus reclamos justos realizados a través de los canales adecuados.  Protestaban la falta de transparencia y la mala fé.  Protestaban acampando frente (detrás) de los portones de cada recinto.

De vez en cuando, por aquello de mantener la causa a la vista y la gente ocupada, convocaban a una marcha, de mayor o menor envergadura.  Una de las marchas (tan básica, tan simple) envolvía salir de cada portón hasta llegar al principal, y allí dar unas vueltitas.  Allí nos encontramos las/los estudiantes y las/los otros – profesoras, profesores, empleados/as, gente de por ahí…No éramos muchos.  Después de todo se trataba de Mayagüez, no de Rio Piedras, y no había prensa ni gentío.

Pero el caso es (téngame paciencia, lector amable, que el caso, que el punto, viene, es que mi cerebro funciona así, poquito a poco, y va cogiendo impulso) el caso es que caminábamos, los profesores, los obreros, y los estudiantes, y que de repente, llegando a la meta, al portón de la Vita, al espacio en donde daríamos las consabidas vueltitas, comenzó a llover.

Llovía como llueve en Mayagüez, como llueve en Puerto Rico: como si se fuera a acabar el mundo, excepto que es todos los días y que el mundo, mal que bien, sigue ahí, más o menos igual,  cuando el sol sale y lo seca.

Y en ese momento, en ese instante donde la lluvia comenzaba, se definió una diferencia generacional: Las estudiantes titubearon solamente un instante, que invirtieron en mirar el cielo, y sonreir,  y luego comenzaron a dar las vueltas acordadas, excepto que en lugar de caminar, bailaban.  Muchachos de cabellos largos, chicas de cabellos cortos, algunos con lentes, otros con pañuelos, tatuados, severos, saltarines, torpes…Los estudiantes bailaban.

Y en ese mismo momento, los más viejos titubeamos unos cuantos instantes y luego nos replegamos. El contingente obrero se refugió bajo un par de sombrillas compartidas, y los profesores nos dispersamos.  Yo acabé protegiendo mi computadora con mi cuerpo, metida en el carro de un colega, mirando de lejos (tan cerca, tan lejos) a los estudiantes que bailaban.

Ese es el recuerdo que me sobrecoge mientras camino bajo la lluvia desde mi trabajo hasta mi casa.  Alguien dijo una vez (quisiera recordar dónde leí esto, si alguien sabe dígalo) que la verdadera diferencia entre la tragedia y la comedia no es que la tragedia es triste, y que la comedia es feliz, sino que la tragedia siempre trata con unas emociones y eventos individuales con un desenlace inevitable, y la comedia trata con unas emociones y eventos sociales con desenlaces sorprendentes.  La tragedia es individual, la comedia es social. La diferencia no estriba en la profundidad o superficialidad de un género sobre el otro, sino en la óptica de la cosa.

La universidad y la felicidad, escribió Ana Lydia Vega hace unas décadas.

Miro el cielo, y sonrío.  No se trataba de sufrir, la huelga creativa del 2010, sino de sonreír y actuar.  Aún bajo la lluvia.  Aún bajo la lluvia.  Especialmente bajo la lluvia.

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