island time

taponLos viajes, especialmente aquellos que cruzan las líneas invisibles que marcan diferentes zonas temporales, suelen trastocar el sentido básico del tiempo-en-el-cuerpo, la sensación fundamental del tiempo que pasa, del tiempo que pasamos. Para empezar, el “largo” de un viaje puede tener poco que ver con la distancia. Mi último viaje a Puerto Rico, desde California, duró más de veinte horas, puerta a puerta. Se sintió un poco como viajar al Japón, a pesar de ser mucho más cerca.

 

No, nunca he viajado a Japón. Pero articular “lejos” se tradujo en “Japón” en mi mente y en mi teclado. El caso es que California está lejos pero no es para tanto, y que en el proceso de encontrar vuelos económicos para venir a visitar se trastocó la dimensión “tiempo” del asunto, se le sumaron horas como resultado de dinámicas socio-económicas protagonizadas por las líneas aéreas y sus estructuras.

 

Al llegar a esta isla que es mi hogar aunque esté lejos, el tiempo siguió formándose y deformándose en modos a veces cómicos, a veces trágicos, tal vez siempre tragicómicos.

 

Ocurrió cerca de la llegada, por ejemplo. Agotados tras el larguísimo proceso que necesitó el alquiler de un auto reservado con anterioridad, nos fuimos chinguín-chinguín al suroeste de la isla, donde vive mi familia.

 

El tapón inesperado –era domingo– comenzó poco antes de Guayanilla. Se extendió hora y media. Lo atisbábamos culebreando frente a nosotros vía Yauco. Al principio nos quejamos y luego, pensando que de seguro se trataba de un accidente, nos callamos la boca por respeto a los heridos, tal vez muertos, que imaginábamos al principio del tapón.

 

Las patrullas municipales que nos pasaban a toda velocidad y con la sirena encendida por el paseo reforzaban la hipótesis del accidente.

 

Pero hora y media más tarde descubriríamos que no había accidente. Bueno, no en el sentido literal de la palabra. Se trataba de una procesión. COFRADIA DE CABALLEROS PENITENTES, decían los letreros. Bajo la lluvia, los caballeros cofrades en cuestión caminaban penitentemente detrás de un cristo. Ocupaban el paseo y un carril. Las patrullas ocupaban un segundo carril, con lo que el tráfico común y corriente, el de gente como nosotros, gente en ruta a alguna parte, gente externa a la cofradía, a la penitencia y a la policía, quedaba relegada a una porción muy reducida de ese segundo carril y forzada a hacer penitencia también, a servir de audiencia para el performance de fe y de abnegación de una docena de…cofrades.

 

El viaje de San Juan a Lajas, que debía durar hora y media, duró así cuatro horas. El tiempo se distorsiona y se expande, y esa distorsión estaba mediada por la fe.

 

Llamé a mi papá para avisarle que llegaríamos tarde, y me enteré así de que este tipo de cosa se ha vuelto común en la isla. Me habló de los bloqueos de oración, por ejemplo, algunos de ellos apoyados, como la procesión de la cual nos volvimos participantes involuntarios, por la policía municipal, donde un grupo de devotos te detiene para orar por ti y/o lograr tu conversión.  Tu tiempo–el que pensabas destinar para lo que fuera, para llegar a alguna parte, para mirar el cielo, para hacer una diligencia, para pasarlo con otras personas–es en estos casos secuestrado por otras agendas, agendas dictadas por la fe de otras y otros. Durante nuestro tiempo en la isla no fuimos bloqueados de nuevo, pero sí tuvimos oportunidad de ver múltiples servi-carros de oración, que parecerían ser parte del mismo tipo de movimiento.

 

Allí mismo en el carro bautizamos esa distorsión temporal. La llamamos island time. No la articulábamos todavía en términos de una coordenada que se estira y encoge en procesos mediados e influenciados por la fe, no entonces, pero en días subsiguientes veríamos y viviríamos otras experiencias que nos llevarían a hacer esas conexiones, y a recordar que la fe no es solamente un asunto religioso. Experiencias como liquidar los fondos de una IRA educativa para pagar los gastos universitarios de uno de nuestros hijos.

 

Siendo ese, la educación universitaria, el propósito de la IRA, una pensaría que se trata de un asunto relativamente sencillo. No conté con el island time. Los documentos que llevamos, ordenados y llenos según las instrucciones que previamente nos habían dado, fueron todos cuestionados, los papeles se tuvieron que notarizar más de una vez, y el proceso completo se sintió no tanto como el de liquidar una IRA sino como el de sacarle una muela pequeña y dura a un monstruo peligroso pero pasivo, recostado, gigantesco, inexpugnable.

 

Cada cuestionamiento (“eso debería tener un sellito”, “eso va a tener un penalty”) iba acompañado, curiosamente –y aquí es donde viene el tema de la fe– del siguiente ritual: la persona a cargo de ayudarnos se levantaba, se iba a algún lugar del banco, hacía una llamada telefónica, se tardaba mucho rato, regresaba con una respuesta desfavorable. Como por ejemplo:

 

Ella: “Sí, vas a tener que pagar un penalty”.

Nosotros: “¿Sí? ¿Por qué?”

Ella: “Porque llamé a donde nosotras llamamos, y allí hablé con el muchacho que brega con estas cosas, y él me dijo que este retiro tiene un penalty.”

 

Chúpate esa. El muchacho que sabe de esas cosas en donde nosotros llamamos. La fe no es sólo la de la señora que nos atiende–la fe se nos exige a nosotros, los clientes, como parte del proceso. No hace falta más explicación que esa. Lo dijo EL. Desde EL SITIO.

 

——

La distorsión del island time no siempre ocurrió en mi contra durante este viaje. A veces el tiempo se distorsiona para contraerse, acelerando, por ejemplo, una diligencia que debería ser más larga. Dejo como evidencia una última anécdota: Acompañé a mi madrastra a inspeccionar el carro y sacar el marbete. Pensando en mi experiencia con el banco, supuse que si el asunto “debería” tomar una hora, tomaría cuatro o cinco. Pero no fue así, porque cuando llegamos al taller en donde debíamos inspeccionar el auto y nos tocó el turno, un joven muy amable se acercó a la ventana del conductor y preguntó:

 

“La inspección, la quieres Express, verdad?”

 

Ni miró ni tocó el automóvil. Quiero pensar que su prisa estaba mediada por la fe en alguna cosa que protegerá al planeta de las emisiones. Salimos de allí en cinco minutos. Island time.

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