la felicidad, unabridged

Tal vez es una cosa de la medianía de edad, y si es así me disculpo de entrada con mis lectores más jóvenes, pero últimamente me ha dado con pensar en la felicidad.

Y es que en la cuarentena de la vida suele haber un bajón. Dice la novelista Rosa Montero que probablemente eso se debe a que en los cuarenta descubrimos que la muerte nos persigue, “con sus orejas amarillas.” Que de hecho escribimos para mantenerla a raya.

Creo que eso es cierto de los escritores. Habrá quien mantiene la muerte a raya haciendo jardinería, pintura, estudios académicos, escultura, ejercicio, el amor o cualquier otra cosa que lo apasione y haga trascender.

La sabiduría popular, que a veces no es muy sabia, suele referirse a ese bajón como la crisis de la edad mediana. Mid-life crisis. Algunos científicos proponen el modelo de la vida como una letra U, en donde el punto más bajo de la U representaría la medianía. Ese modelo me gusta porque trae buenas noticias: hay un bajón, pero luego un aumento en la felicidad.

No soy científica, al menos no dedicada al estudio de esas cosas, pero sospecho que ese movimiento hacia arriba tiene que ver con una expansión de nuestra definición operacional de “felicidad” que nos permite ir mas allá de la alegría, de la euforia, incluso o especialmente de los signos de admiración que se multiplican en espacios como Facebook y que nos acusan constantemente de no estar suficientemente felices, que nos invitan a estarlo a la cañona y de maneras prescritas.

Una expansión de la noción de “felicidad” que nos permita abrazarla como una práctica que incorpora emociones como la indignación o la tristeza. Porque me perdonan, pero para ser feliz simplemente, sin rabia, sin melancolía, hay que estar bastante lejos de la realidad.

Pensar en la felicidad es un privilegio de clase y geografía. Ese conocimiento le da un sabor agridulce a mi felicidad, cierto, pero no cambio ese sabor por el de una dulzura tonta, desabrida. Tampoco lo cambio por una amargura profunda y sin remedio.

Como en todo, en esto de practicar la felicidad expandida, aprendo de mis amigas. Una de ellas me dice que su tristeza es como una mantita cálida.  Me gusta mucho ese símil. Mi amiga permite que la tristeza la arrope y la acompañe en las tardes lluviosas. No la engaveta para no bregar con ella, no se ahoga en ella hasta la parálisis. La convierte en parte de su felicidad, la invita a tomar chocolate.

Tengo a mi perrita en la falda, me tomo un café, escribo estas letras, y descubro que hay una cierta forma de alegría calma que también es como una mantita. Que también es parte de mi felicidad.

 

 

 

 

 

 

 

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