ninfas

Por lo general–no siempre, pero sí casi siempre– llego a la ventana donde escribo las entradas del blog resuelta, con muchas ganas de escribir, aún cuando el tema es triste. Pero el tema de hoy me resulta no solamente triste sino profundamente incómodo. He empezado a escribir esta entrada como tres veces y las tres me he detenido. Las oraciones no fluyen con facilidad, las palabras apropiadas se me esconden. Decidí no escribir, pero luego decidí que sí había que escribir, precisamente porque el tema es incómodo.

La inspiración, por llamarlo de alguna manera, fue un enlace que una amiga a quien recurro como curadora/agregadora de noticias compartió en Facebook. El artículo enlazado, publicado en el periódico británico The Guardian, narra la experiencia de dos mujeres, madre e hija, en el tren. La niña, apenas asomándose a la adolescencia, fue hostigada por un hombre adulto que tras sentarse junto a ellas empezó a hacerle preguntas y comentarios como “pretty, pretty, pretty” de una forma que hizo que niña y madre se tensaran pero que también, a la vez, se sintieran profundamente indefensas.

El ensayo es bueno e importante, y me trae aquí a escribir por dos razones: 1)porque me trajo recuerdos de eventos que hace mucho, mucho tiempo no recordaba y 2)porque repite o refuerza una manera de ver la situación que me parece un tanto desacertada.

Describo el recuerdo primero, para poder atender entonces el #2. Es una colección de recuerdos, más bien, eventos que de nuevo, hace mucho, mucho tiempo (treinta años o más) que no me pasaban, al menos conscientemente, por la mente. A los once o doce años, sentada en las gradas de un circo que visitaba mi pueblo, noté que uno de los payasos me guiñaba el ojo repetidamente. Al principio pensé que el pobre hombre tenía un tic. Eventualmente me di cuenta de que algo  estaba mal, que había algo mal en esa interacción, en su sonrisa, y me sentí, lo recuerdo bien, sucia, contaminada de algún modo. Se lo conté a la persona adulta que andaba conmigo, no recuerdo quien era, y a la persona–esto es importante–le pareció de lo más divertido. Mira qué cómico, a Rimita le está haciendo cucasmonas el payaso.  El segundo recuerdo: estoy sentada con mi familia, también a los once o doce años, en un restorán. Recuerdo que era un restorán de pescado y mariscos pero no recuerdo dónde, o quiénes estaban exactamente sentados a la mesa. Lo que sí recuerdo es un hombre adulto, sentado a una mesa cercana con la que claramente se trataba de su esposa y con su bebé en una sillita, que también empezó con las guiñadas y las sonrisas. En esta ocasión no se lo dije a nadie, aunque me sentí igualmente ensuciada, tal vez hasta más. Lo mismo me pasó en otra ocasión (tercer recuerdo), para esa misma época, con un mesero en un restorán a donde fui a comer con mis abuelos. En esa tercera ocasión tampoco le dije nada a los adultos que andaban conmigo, aunque –ya más preparada por mis dos experiencias anteriores– logré mirar para otro lado e “ignorar” los avances del tipo (en las dos ocasiones anteriores los había mirado de vuelta, no por atracción sino por puro pasme). En esos tres casos, los individuos se limitaron a sonrisas y a guiñadas. Poco después tuve otros encuentros donde otros hombres adultos abiertamente me hicieron comentarios parecidos al “pretty, pretty, pretty” del artículo, pero ya no quiero escribir más sobre esos episodios, así que me disculpan.

Y ahora sí, al #2: en el ensayo que escribe la madre sobre la experiencia con la hija, la señora se culpa un poco de lo sucedido porque la niña salió de la casa con una falda corta y con una chaqueta (blazer) de la madre, atuendo que la hacía parecer tal vez mayor. El motivo por el que esta aseveración me parece desacertada no es tanto que la ropa no debería importar (aunque eso es cierto) como que me parece, basándome en mi experiencia, que el individuo que hostigó a la muchachita no lo hizo por confundirla con alguien mayor sino todo lo contrario, justamente porque era muy jovencita. Hay un estereotipo muy común, y a mi manera de ver muy dañino, que sugiere que las niñas que reciben estos avances con mayor frecuencia son jovencitas que se han desarrollado físicamente más que sus compañeras y/o que son particularmente coquetas o seductoras. Yo no creo que eso sea cierto. Creo que las niñas que desarrollan curvas antes que sus compañeras reciben más atención de sus pares, de otros niños, y tal vez de adultos confundidos o inescrupulosos, pero que muchos de los tipos que hostigan nenas extremadamente jovencitas saben muy bien que se trata de nenas. Los eventos que describí arriba me ocurrieron cuando yo tenía doce años, y yo no estaba, para nada, particularmente desarrollada. En todo caso, mi físico flaquito era más consistente con lo que llaman late bloomers, y no era coqueta sino por el contrario, extremadamente tímida.

El tema del hombre que se siente atraído por niñas muy jóvenes se trata famosamente en la literatura en la novela Lolita. Aunque la palabra “lolita”, tal vez debido a ese estereotipo que menciono, se usa con frecuencia para referirse a niñas seductoras, en la novela de Nabokov vemos a la niña solamente a través del ojo distorsionado y perverso del narrador, y por ende la vemos solamente como objeto, una nymphet hacia la cual el narrador se siente atraído no a pesar de su inmadurez sino precisamente porque es inmadura, porque es una niñita.

He escrito, he llegado hasta aquí, y francamente la incomodidad no se me quita, de manera que creo que me voy a detener. No sin antes plantear lo que me resulta una implicación clara de este fenómeno: la reacción de los adultos ante este tipo de cosa es importante. Los adultos que me acompañaban no tenían que haberse reído porque el payaso me hacía “cucasmonas”. Que un hombre adulto coquetee con una niña está mal, punto, y tolerarlo, o encontrarlo divertido, le hace violencia, ultimadamente, a la niña, aunque esa niña no recuerde lo sucedido durante treinta años. Ignorar estos sucesos reproduce un orden social donde las niñas (y las mujeres) son vistas como un blanco fácil, una presa legítima, una cosa.

 

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