Exilio

calypso[Este es un trabajo muy preliminar y muy en progreso. Me interesan sus comentarios e ideas, preferiblemente constructivos.-rb]

Exilio

Para pasar juicio sobre la importancia relativa de  eventos o  personas, usamos el vocablo “memorable”.  Pero se me ocurre que no es una palabra demasiado útil, porque la memoria y sus predilecciones cambian con la edad. Recuerdo mejor, por ejemplo, las tramas y los personajes de libros, buenos o flojos, que leí en mi adolescencia, que las de algunos libros magníficos que he leído recientemente.

Esto de la memoria me ha estado ocupando bastante tiempo en la cabeza y espacio en la libreta últimamente, por varias razones. Dos de ellas vienen al caso aquí.

Primera: actualmente vivo en el exilio y desde aquí he estado pensando en y sintiendo nostalgia de mi país, Puerto Rico.  Dice Kundera que hay lazos semánticos muy reveladores entre la nostalgia y la memoria. Más precisamente, que la palabra viene de nostos, que en griego significa regreso, y algos, que significa dolor…Dolor, entonces, causado por el deseo incumplido de regresar. Un sinónimo importante en español es añoranza, que proviene del latín ignorare, y nos revela que nostalgia es también el dolor de la ignorancia, del no saber, o del olvidar.

Kundera refuerza estas conexiones examinando el caso de exilio y nostalgia más famoso de la literatura: Ulises, que añora a su patria y su mujer justamente en tanto las olvida en la bruma de los brazos de Calipso, un olvido que tiene su contrapunto en el recuerdo insistente que de él tenían en Ítaca, un recuerdo a su vez desprovisto de nostalgia y encarnado, en muchos casos, en sentimientos poco amables: Penélope estaba resentida, Telémaco rebelde, los pretendientes abiertamente amotinados y odiosos, en fin, nadie, excepto el viejo perrito, estaba particularmente contento con él. Añade Kundera que en el exilio, el emigrante olvida y añora a su país, mientras que en ese país, otros recuerdan pero no añoran.

Segunda: me ha dado por recordar, insistentemente, los primeros versos (y sólo los primeros) de un poema que leí hace unos quince años en internet, escrito por un autor desconocido y aparentemente nunca publicado formalmente.  Según recuerdo, el autor era argentino y el poema se titula o titulaba “exilio. Empieza así:

Yo ya me fui de mi país

Me autoexilié de mí mismo

Me saqué un pasaporte de bronca

Y me fui,

Me abandoné

Ya no estoy.

Hacía mucho que no recordaba ese poema. De hecho no estaba consciente de recordarlo. ¿Por qué ahora, esta súbita memoria?  Supongo que por mi propio exilio. Pero ¿por qué llamar exilio a lo que podría llamar migración, vaivén, o diáspora? Después de todo, nuestro exilio puertorriqueño no es es como los exilios argentinos durante la guerra sucia o los chilenos que se tuvieron que ir para que Pinochet no los desapareciera. Nosotros no estamos escapando tortura o muerte. Pero creo que igual prefiero la palabra “exilio” por lo que dice acerca de la condición subjetiva de estar lejos de la patria y añorarla. Por eso, y por lo que nos falta para poder hablar cabalmente de “diáspora”, para convertir “diáspora” en algo que pueda definir también un estado emocional personal.

Digo esto porque creo que nos falta mucho camino por recorrer en cuanto a lo que conceptualizar (y por ende, poder actuar inteligentemente sobre) la gran migración puertorriqueña hacia Estados Unidos se refiere. Que la conversación nacional se queda, francamente, bastante corta, especialmente si tenemos en cuenta que los puertorriqueños llevamos mucho tiempo emigrando, exiliados o no, que esa migración ha sido particularmente intensa a partir de los cuarenta, y que en años recientes, a raíz de la crisis económica, se ha vuelto a recrudecer. A estas alturas, ¿no deberíamos tener una conversación nacional más sofisticada sobre nuestra diáspora? ¿No deberían tener mayor relevancia cultural, en nuestro día a día, trabajos como los de Jorge Duany o el Centro de Estudios Puertorriqueños de CUNY, por ejemplo?

Digamos que a veces siento que el país nos recuerda y a la vez nos invita a olvidar, que nuestra nostalgia está, como la de Kundera y la de Ulises, de alguna manera predicada sobre la desconexión y el olvido.

Pongo algunos ejemplos. Recientemente, en los medios sociales, cobró auge y popularidad el movimiento #yonomequito. Parte del discurso popular pegado al hashtag (contrario, según su creador, a sus intenciones iniciales) era más o menos así: el que se va se está quitando, es un cobarde o no quiere a su patria, yo me quedo porque soy un valiente y/o quiero a mi patria. En respuesta, hubo un movimiento un tanto más débil de #yosimequito, donde el discurso era más o menos tipo: el que se va es porque no aguanta más porque  la isla está insoportable, aquí no hay nada que querer o al menos sí mucho que odiar.

Estuve mucho tiempo pendiente en los medios sociales, a ver si de esa batalla simplona surgía alguna síntesis cultural interesante que nos permitiera conceptualizar a la diáspora de manera social/política/económicamente útil. Me quedé esperando. Tal vez me perdí algo.

El asunto no es trivial. La población puertorriqueña en Estados Unidos crece cada día y ya es más grande que la población isleña.  Pero ese crecimiento no está acompañado de un ejercicio colectivo para pensarla como parte del país.

Otro ejemplo: los políticos y la prensa. Cada vez que hablan de la diáspora que crece, es más o menos con el siguiente discurso: Sí, se está yendo mucha gente. Muchos profesionales, mucha gente joven. Y eso es malo, muy malo para el país.

Se quitaron. Y eso es malo. ¿En serio que a eso se reduce nuestro engagement con la realidad demográfica aplastante de más de cuatro millones a este lado del charco?

Luego están las apologistas, que con cariño y buenas intenciones nos dicen cosas como se tuvieron que ir porque acá no había trabajo. Esto es básicamente bastante cierto–la tasa de desempleo de la isla es mayor, por mucho, que la de cualquier estado de la unión, y mucha gente toma la decisión (difícil, dolorosa y de resultados inciertos para los más) de irse porque van en busca de un trabajo que no tienen.

Pero no es toda la historia. Más aún, reducir la migración a un tema de empleo vs. desempleo es restarle importancia a toda una serie de factores que impulsan la migración, y restársela además a la agencia o libre albedrío del que se va.  Por poner un ejemplo muy personal: Nosotros nos fuimos por varias razones, y ninguna de ellas era no tener trabajo. Teníamos trabajo. Nos fuimos porque apareció, de repente (una de las cosas con las que tenemos que bregar conceptualmente es con eso, con el reclutamiento) una oportunidad laboral y de crecimiento con la que no habíamos contado; nos fuimos porque nuestro nene, en escuela pública, no estaba aprendiendo casi nada y nuestra nena, en escuela privada, aprendía más sobre la doctrina de la iglesia católica que sobre matemáticas o historia; nos fuimos porque nos robaron todo, todo, todo en la casa, hasta la tubería de cobre, los álbumes de fotos, las bombillas y los libros; nos fuimos porque invertimos mucho tiempo y mucho esfuerzo en usar nuestras destrezas y energía para tener un impacto en términos de justicia social y el ochenta por ciento del esfuerzo se iba en cosas que nada tenían que ver con la consecución de la meta; nos fuimos porque conseguir tan sólo ver un neurólogo, cualquier neurólogo, necesitaba tres meses o una pala, aún si uno de nosotros estaba convulsando; nos fuimos porque la isla un poco nos escupió o nos tosió fuera de sí, como si se defendiera de nosotros; nos fuimos por esas y tantas razones, y de todos modos sentimos nostalgia. Tal vez nuestra nostalgia, como la de Ulises, necesita un poco el olvido de esas razones. De hecho ésta es la primera vez que hago la lista. Había medio olvidado esas cosas, las había reemplazado en mi imaginación con el mar, las buenas amigas, los aguacates.

Ese párrafo de arriba, que parte de mí desea borrar para hacer de esta entrada una más gentil pero que me salió de muy adentro, NO es un #yosimequito. Yo no me he quitado, y resiento que desde la isla algunos asuman mi ausencia física y mi geografía – y las de millones – como una separación conceptual y emocional. Desde acá me mantengo tan al tanto de lo que pasa en la isla como puedo; me apunto a los proyectos, celebro las victorias, lloro las tristezas y comparto las rabias.  Abandonar a la isla emocionalmente sería abandonarme a mí misma, sacarme un pasaporte de bronca, ya no estar…

Pero también tengo que preguntarme: ¿Cómo es que desde la isla no ha habido intentos organizados, más allá de decir lo mala que es la migración, por involucrarnos en los eventos que le dan forma a nuestro futuro? Pienso por ejemplo en la famosa Junta que ocupa el ancho de banda nacional. A ver: Los rectores y el presidente de la UPR, por ejemplo, le han dicho a la Junta (que aún no existe) con mucha solemnidad y mucho bombo (para los oídos de otros, porque de nuevo, aún no hay junta) que con la Universidad no se metan (cuando la junta exista hará caso omiso de esa orden de todos modos); El Nuevo Día le ha pedido al pueblo de Puerto Rico que acepte la Junta (de nuevo, que aceptemos algo que aún no existe y cuya composición aún no conocemos.) ¿Por qué hago tanto hincapié en que la junta no existe todavía? No porque dude de su eventual existencia (y a este paso más) sino porque el aparato en cuestión es parte de un proyecto de ley en proceso de construcción. De ese proceso sabemos poco. No sabemos, por ejemplo, qué cosas están impulsando los cabilderos. No sabemos qué dice el borrador, más allá de eso de la junta, aunque sí sabemos que contiene provisiones adicionales como por ejemplo, la de desarrollar de manera privada ciertas zonas protegidas de la isla. De esas provisiones no estamos hablando mucho. Los demócratas (en particular Pelosi y Sanders) han hecho comentarios sobre la importancia de preservar la autonomía de Puerto Rico en ese proyecto, pero en general no contamos con muchos defensores en este asunto. Entonces pregunto: ¿qué les pasa a los puertorriqueños que no movilizan a la diáspora de sobre cuatro millones que pudiesen involucrar representantes de Florida, Nueva York, Illinois, Nueva Jersey, Connecticut o Texas? ¿Qué les pasa que cuando el creador de “Hamilton” se tira inocentemente al ruedo, a hacer expresiones que a todas luces pretendían ser buenas para la isla, sólo pudieron criticarlo y decirle que se callara porque de Puerto Rico y su historia no sabía nada? De hecho muchos lo acusaron de no ser siquiera, cabalmente, puertorriqueño…Si la diáspora no está diciendo o haciendo lo correcto, tal vez es porque desde la isla escasean los intentos concertados de involucrarla en las soluciones. En lugar de ese esfuerzo, lo que escuchamos es Te quitaste y Eso es malo. En el peor de los casos escuchamos Cállate, no eres de/no estás aquí, no nos representas.

Hay que empezar a trascender esto de la geografía, creo, y arrancar desde la “puertorriqueñidad” a la hora de pensar y actuar sobre la situación de la isla. Eso, o eliminar de la ecuación a más de la mitad de la gente puertorriqueña. El imperativo del momento político es claro: urge que hagamos algo por el futuro y las posibilidades de la isla. El hecho de que eso no esté ocurriendo tiene que ver con que no sabemos exactamente o no nos ponemos de acuerdo sobre cuál es el “algo”, sí, pero también tiene mucho que ver con que no hemos logrado crear una conversación culturalmente rica que incluya a todo el mundo, sin acusaciones de ignorancia o de “quitarse”. Marginar a las personas puertorriqueñas que no están en la isla es contribuir al aislamiento e invisibilidad de Puerto Rico.  A calzón quitao; Creo que la puertorriqueñidad va más allá de las cien por treinta y cinco, que tiene que hacerlo. Pero tal vez me equivoco, tal vez el país es sólo de las que nacieron allí y lo habitan físicamente toda la vida. O de aquellas que pueden responder “sí” a tres o más de las siguientes condiciones: 1)vivo en Puerto Rico todo el  año, 2)nunca he vivido en Estados Unidos, 3) el español es mi primer o único idioma, 4)mis padres y abuelos son puertorriqueños y además poseo un hogar en Puerto Rico, 5)pago impuestos puertorriqueños y  hablo español, 6)…Usted me entiende. Si nos ponemos así de estrechas, ¿quién define lo que es ser “puertorriqueño”, y cómo lo hace?  Prefiero pensar que ese no puede ser el caso, que podemos ser inclusivas, y las banderas boricuas que vi en tantos balcones neoyorkinos hace dos semanas confirman mi postura. #BoricuaEnlaLuna #LaDiasporaPresente

Ojo: Estoy hablando aquí de la conversación pública y el discurso, no del sentimiento personal de las muchas y los muchos que conocen y quieren a alguien en la diáspora.  A nivel individual sé que pocas personas le recriminan al exiliado conocido su partida, y que existen lazos económicos y afectivos entre el acá y el allá. ¿Cómo podemos usar esos lazos para potenciar vínculos colectivos socio-políticos y culturales más productivos?

Con esto de la migración recrudecida, en internet se ha estado moviendo de nuevo el hermoso ensayo que Magali García Ramis escribió en los ochenta sobre los cerebros que se van y el corazón que se queda. Mucho más generoso que el “me quito” o “no me quito”, en ese ensayo “cerebro” emigra y va a la isla sólo de visita, mientras “corazón” queda a cargo de hacer patria y recibir a “cerebro” con cariño.

Es un hermoso ensayo. Pero hay que reconocer que a veces el único corazón que nos recibe con cariño es el de nuestra familia y amigos, porque la isla conceptualmente nos sigue tosiendo; que no todo el que se queda está haciendo patria; y que muchas nos trajimos el corazón con nosotras. Ese corazón que me traje, y su nostalgia, me protegen ahora de la desazón y el desapego que podría provocarme la estrechez de la conversación del país sobre gente como yo. Ulisa lejos de Ítaca y en la bruma de los brazos de Calipso, casi puedo olvidar o ignorar los hashtags y los titulares bobos. Ignorar u olvidar, dulcemente, para así poder seguir queriendo.

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9 comentarios en “Exilio

  1. Querida, amiga querida: Nuestro exilio ha sido siempre más crucial de lo que hemos reconocido desde las islas. Las campañas a las que aludes de “quitarse” y “no quitarse” me dan grima. Las rechazo. No me representan en lo más mínimo. Vivimos una coyuntura en la que la articulación de alternativas –políticas y cotidianas– con nuestra diáspora es imprescindible. Si todo sigue como va, pronto, nuestra diáspora, nuestro Puerto Rico, estará mayoritariamente en la errancia y el vaivén. Es preciso construir el debate más allá del aeropuerto y los canjes de lágrimas y de rosas (con espinas). Es urgente que gente como tú –o como toda persona que se anime– participen del debate, de la búsqueda de soluciones, de su diseño y de su acción.

    En este momento el regateo, el resentimiento porque lxs que nos hemos quedado seguimos viviendo lo que te escupió a ti y a tu familia, no es una opción para la solidaridad urgente. Sencillamente, no nos llevará muy lejos en la conversación y al punto de encuentro con lo que serán necesidades apremiantes para la mayoría de lxs que se queden.

    Nos llega la hora en que se multiplicarán las razones para irnos, pero la mayoría no se podrá ir. Cómo nos agenciamos la vida aquí, cómo ejercemos la solidaridad para con lxs más vulnerables –que son la mayoría– como movilizamos política y cotidianamente nuestras diásporas para que sean nuestrxs cabilderxs, nuestra voz, nuestro rostro, nuestra lucha sea donde sea que se encuentren…

    Gracias por animarte a empezar esta conversación. Me sabe a puente, a maderita en la víspera del naufragio, pero si tú eres quien estará en la otra orilla, no será tan difícil echarse al mar 😉 (y te lo dice alguien que no sabe nadar). Participa. Eres parte nuestra. Nos van a hacer falta todos los cariños y todas las nostalgias para salir de esta debacle.

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    1. Gracias por comentar, querida Lisi. Creo que hay que involucrar a la diáspora (y que la diáspora debe estar dispuesta a involucrarse) no solamente a nivel individual sino como grupo, como movimiento. Ya sabes lo que dice el poema-en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos…

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  2. No se a donde más quiera llegar con este preliminar, no se que más piensas añadir a esta urgente reflexión. Tu mensaje es claro, hay que pensar que nadie se quita del fluir de este país, ni los de aquí ni los de allá. Independiente del espacio geográfico donde estemos ubicados en esta nave planetaria el llamado es a participar del devenir de la patria, no a recriminarnos unos a otros con el tema de si me quedo o no me quedo. Aun algunos de los que se quedan están realmente quitao, mucho más ausentes que los que se fueron. No es cuestión de espacio físico, es cuestión de compromiso, es cuestión de movilizar toda la fuerza boricua planetaria, para emprender, para resolver.

    En estos tiempos de comunicaciones cibernéticas las distancias las achica uno si quiere. Muchas veces estoy mas distante de mi vecino inmediato que de amigas como tu a cientos de millas de distancia. La aldea ya no existe, únicamente el contacto físico la sostiene aún, pero como va la tecnología, tal vez ese obstáculo también se supere.

    Los principales obstáculos no nacen de la distancia, las islas son por naturales lugares menos accesibles. Lo que necesitamos es diversificar los puentes de acceso, aprovechar las telecomunicaciones para acercarnos. Los principales obstáculos sabemos que son, primeros estructurales, el régimen, y segundo la viciada clase dirigente, incapaz de crear hojas de rutas por donde transitar, aún cuando todos carguemos las maletas de nuestros intereses y diferencias. Por esos tu llamado es urgente y monumental, porque es el llamado a actuar para que no nos desaparezcan. Eso por ahora.

    sergio

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  3. Estimada Rima, llegué a tu reflexión a través de una amiga del Recinto de Río Piedras. Me ha gustado muchísimo. No tenía la menor idea del asunto de “Yo no me quito” pues vivo auto-exiliada y me pierdo muchas cosas, especialmente si pasan rápido. La semana pasada justamente hacía un taller con mis estudiantes del curso de poesía puertorriqueña en el Recinto de Mayagüez en el que teníamos que analizar las técnicas del “crossing” y el “passing” en uno de los dos poemas que Julia de Burgos escribió en inglés al final de su vida. Analizamos los conceptos desde la perspectiva lingüística y cultural. La discusión se tornó apasionada. Algunas de las perspectivas que aquí analizas afloraron y resultó fascinante darnos cuenta de lo poco que sabemos sobre la diáspora puertorriqueña en EU. Aunque debo decir, diásporas. Ojalá esta reflexión tuya dé pie a proyectos en los que se amplíe la discusión. Necesitamos, por ejemplo, historiar las diásporas de puertorriqueños a EU desde finales del siglo XIX y, por supuesto, considerar todos los factores y perfiles posibles. Como sabemos, no es lo mismo la emigración por motivos profesionales que la emigración mal planificada, por decirlo de algún modo, de gente que se está yendo a tropel a la Florida sin tener la menor idea de lo que estarán enfrentando o sin contar con las destrezas mínimas (el dominio del inglés, por ejemplo) para sobrevivir. El inicio de tu reflexión, por otra parte, me hizo recordar el episodio The Wheel de Mad Men. No sé si has visto la serie. En ese episodio, Don Draper tiene que reinventar el concepto del proyector de diapositivas Kodak. Hace gala de su talento persuasivo para sugerir el nombre de “carrusel”. Mira estas líneas: “This is not a spaceship, it’s a time machine. “It goes backwards and forwards, and it takes us to a place where we ache to go again.” “It’s not called ‘The Wheel. It’s called The Carousel. It lets us travel around and around and back home again.” Tal vez la metáfora te pueda servir para continuar pensando el tema. Es necesario. Aceptar, incluir, estudiar la diáspora puertorriqueña es necesario. Crearía un espacio para lidiar con la ansiedad que provoca en algunos académicos pensar que la diáspora puede de, alguna manera, ser la excusa para, entre otras cosas, privilegiar el idioma inglés y desplazar poco a poco la lengua materna en la Isla. De ahí que la literatura de la diáspora se lea en los departamentos de Inglés pero no tanto (o nada de nada) en los departamentos de Español o Estudios Hispánicos. Otro tema para explorar. Gracias, gracias.

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    1. ¡Muchas gracias por pasar y leer, Carmen!He visto Mad Men, si bien no el episodio que menciona. El carrusel es una metáfora justa. Me recuerda un poco el vaivén, que fue la metáfora que usó Jorge Duany para describir el movimiento de los puertorriqueños entre la isla y Estados Unidos (y la idea de nación que compartimos, también.) Necesitamos conectar más y mejor con nuestras diásporas.

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  4. Saludos,

    Siempre se agradece el pensamiento sobre el exilio para los que estamos fuera. Este asunto de la memoria y el exilio, es al fin y al cabo un constante retorno en nuestra historia caribeña. Lo curioso, quizá por la misma desmemoria, es la sensación de novedad que ofrece esta nueva ola migratoria (considero que sus consecuencias tienen un potencial maravilloso a largo plazo). Como si el hecho de que miles de personas dejen la isla sea un evento inédito, a pesar de que nuestra literatura y nuestro arte se han fraguado en esa experiencia. Ciertamente el “aquí y el allá” que nos ocupa este presente tiene poco que ver con ese “aquí y allá” del siglo pasado, más que nada porque las posibilidades de comunicación y la transversalidad de esta migración (aunque los más pobres siempre se quedan varados en uno y otro puerto) permiten una “enunciación” que antes estaba relegada a las élites economico-sociales-políticas.

    Si bien el que migra entra en un lugar desconocido, ése del “dejar de ser de”; me parece que gran parte de esta masa que ha tenido que salir de PR, nunca tuvo realmente (whatever that meas) la intención de abandonar la isla. Así, el lugar que asumirán en la nuevas comunidades, teniendo en cuenta el asentamiento y el discurso de los puertorriqueños de las migraciones anteriores, será, supongo, de cuestionamiento constante ante varias comunidades imaginadas: la de aquí, la de allá. Los nuevos en el “in between”.

    Mi exilio, fuera de arrogancias egocéntricas, me parece particular. Llevo 11 años en Madrid, España, y mi ética como adulto (again, whatever that means) se ha configurado en esa ausencia, en el hilo entrecortado con la realidad puertorriqueña y la familia. Carezco de una comunidad puertorriqueña que me acoja y que me permita configurar un discurso diaspórico “puertorriqueñista”. Aquí cofundé una asociación para difusión de la cultura caribeña, ante la ignorancia sobre el caribe, la preponderancia del discurso cubano y los referentes turísticos. Asumí como propia esa invisibilización del caribe, del orgullo herido de que no sepan dónde está PR ni exactamente qué es dentro del experimento nacionalista del siglo xx. Aprendí que si bien debo apreciar mi historia, nadie tiene por qué saber dónde está PR, que esa nostalgia del centro(la famosa llave de las américas) no es más que un invento y que si bien desde la “intelectualidad” entendemos su falacia, sigue operando desde una cierta arrogancia que se manifiesta desde el antiguo #puertoricolohacemejor hasta #nomequito. Un ejercicio de humildad ante la debacle y el fracaso, asumir el fracaso, puede ser una tentativa necesaria para reimaginar el futuro de la comunidad puertorriqueña más allá de la isla.

    Lo cierto, ante la imposibilidad de certezas, es que el estar “afuera” de las dos comunidades puertorriqueñas identificables, repensar la colonia desde el antiguo imperio que vive de sus rentas, asumirme (con sus vicios) como parte de una comunidad cultural mucho más amplia, disfrutar y soportar una soledad autoimpuesta, me permite un distanciamiento. Venir de una cultura en los márgenes, y estar (cómodos márgenes los míos, no lo voy a negar) en los márgenes de esa propia cultura y elaborando pensamiento desde un lugar conectado a la historia de PR pero excéntrico, no se, ayuda a un desapasionamiento que quizá es necesario ante la catástrofe mundial que se avecina.

    Se me ocurre que en el panorama actual, según se desarrollan los eventos, en el futuro la comunidad puertorriqueña será toda un exilio, algo así como el mismo destino de los judíos. Aunque esto sea una ironía histórica, nos permite repensar el exilio y analizarlo en búsqueda de nuevas posibilidades de comunidad para cuando la isla sea solo un gran cultivo tecnificado de soja aderezado con algunos “cutting-edge beach and forest resorts”.

    Te recomiendo que además de las tesis de la Historia de Benjamin y el famoso orientalismo de Said, revises los artículos de Iris Zavala en el libro La cuestión Caribeña (http://www.ladiscreta.com/iris_zavala.htm) donde trabaja los temas de exilio y memoria. La virtud de su escritura, quizás, estriba precisamente en que su exilio no estuvo inmerso en la experiencia del exilio puertorriqueño en Estados Unidos, y puede ofrecer quizá alguna intuición que también te sirva.

    Saludos desde Madrid y gracias.

    Jesús Del Valle
    http://jesusdelvallevelez.blogspot.com.es/

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    1. Jesús, gracias por leer, y disculpa la tardanza en contestar tu–tan cuidadoso y bien articulado–comentario. Buscaré la referencia de Zavala. Mi exilio también es, al menos de momento, un poco “exótico”: estoy en Estados Unidos, sí, pero en el sur de California, donde no hay comunidades puertorriqueñas. La idea de un futuro errante me parece interesante y provocadora.

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  5. Me gustaría escribir algo con más tiempo y detenimiento más adelante pronto. Pero no quisiera dejar de llamar la atención sobre una novela de una profesora puertorriqueña de la Universidad de Loyala y que trata desde su propia experiencia de una manera estupenda y, creo que única, las paradojas y conflictos del emigrado que nunca se va realmente, que tampoco nunca regresa, y que no sabe si va o regresa. BLANCA ANDERSON CÓRDOVA: LA EDAD DEL ARREPENTIMIENTO (Ediciones Nuevo Espaio, New Jersey, 2003). Me pregunto si alguien ha reflexionado tan radicalmente como Blanca este problema, con una ironía insuperable de alguien que, no importa las distancias ni los desgarramientos, no se dejará seducir por “puertorriquenidades” ni “patrias pérdidas” de ningún tipo. Me parece una obra imprescindible.

    Importante en todo esto es la invisibilidad “acá en la Isla” que sufren los escritores y artistas puertorriqueños que, desde y en el exilio, en sus obras reflexionan las paradojas de ese ir y venir, estar y no estar, llegar e irse de muchos. (Me resisto a reclamar dimensiones bíblicas para esta experiencia histórica; es lo que se hace con el término “diáspora”. No es propiamente dispersión, quizá más bien una migración por definición centrífuga que no cesa de afirmarse precisamente con su dinámica centrípeta. La nostalgia aquí es muy particular: se alimenta con la posibilidad de cada verano o cada Navidad regresar y volverse a ir; con la posibilidad -provista entre otras cosas por un pasaporte- de un entrar y salir cuando se quiera.

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