musa

storm birdA veces (¿tal vez ahora mismo?), y por lo general de repente, se me presenta o experimento un vacío distinto, extraño…Una especie de silencio en expansión: material, corpóreo, físico.  Es como la calma terrible y misteriosa que precede a la tormenta, la sensación casi insoportable de que algo está a punto de pasar.

Ese silencio donde nos damos cuenta, sobrecogidos, de que se han callado todos los pájaros.

A veces (¿siempre?) se trata de un anuncio de la inspiración, de la visita de la musa. No siempre redunda en visita, pero lo ha hecho con la frecuencia suficiente para que mi lápiz salive como un perrito de Pavlov. Mientras espero que se me pase, no puedo hacer otra cosa que escribir. No puedo aprovechar la calma para atender alguna cosa práctica.

Quisiera–atender, ser práctica–pero no hay caso.

La calma abrumadora antes de la musa es muy distinta a la calma que sucede a la tormenta, la que aparece poco después de escribir, durante la cual la gente abandona su refugio y sale a la calle a ver qué se rompió, quién se murió, cuánto se perdió. Esta otra calma es la del estropicio y el escombro, de la reconstrucción y el nuevo orden, la de lo que queda de mí después de la visita. El silencio es distinto: ya no está vacío sino puntuado por el sonido del agua que corre en forma de improvisado riachuelo o cae en forma de sorprendida gota, por los ruidos del quehacer, por los murmullos que celebran la vida o lamentan la pérdida.

Por los pájaros, que han vuelto a cantar.

Le tengo cariño, reverencia y, francamente, un poco de miedo, a esta musa mía. No es como la dama marmórea y diligente de los clásicos: mi musa es más bien como Oyá, la deidad negra del viento y la centella.  Como ella, es taciturna, terca, y amiga de los muertos.

De los esqueletos.

En estos días, ando cortejando, con delicadeza, a otras musas. Musas más gentiles, más sencillas, menos intensas, menos huracanadas. Me vendría bien una deidad de la brisa, por ejemplo, las mariposas, o el rayo de luna.  Pero coqueteo de lejos, tentativamente, tratando de no ofender a esa mujerona formidable que me ha traído a la libreta tantas veces, y a quien le debo tanto.

No estoy lista (¿todavía?) para perderla.

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