cinco gatos

cinco-gatosHe estado pensando y leyendo últimamente sobre este asunto de la esperanza y, naturalmente, ello me llevó a pensar en la universidad y en los gatos. Cuatro o cinco, no recuerdo la frase coloquial. Digamos cinco. Cinco gatos.

Cierto que en estos días, la situación en Puerto Rico (y en Estados Unidos también, pero dejemos eso para otro día) no parece esperanzadora. Tenemos una junta con total poder y cero interés en el bien del país bailando, bastante armoniosamente, con un gobierno de juguete, uno de esos juguetes peligrosos de las películas de horror, un payaso asesino.

Uno de los ataques más recientes ha sido contra el sistema UPR.

En estas condiciones, ¿cómo preservar, nutrir y compartir la esperanza?

Habría que empezar por definirla. Esperanza no es lo mismo que optimismo, aunque puede servir para combatir el derrotismo (que a su vez, no es lo mismo que pesimismo.) La esperanza, nos recuerda Rebecca Solnit, es una invitación a la acción y el activismo. No es la creencia bobalicona tipo “todo estará bien, no te preocupes”, sino la creencia de que un mundo mejor y más justo es posible, si bien no inevitable; y que ese mundo mejor no llegará si nos quedamos quietos, dóciles, confiados en lo mejor o derrotados porque viene lo peor.

La esperanza de la que hablo se educa, constantemente, para entender mejor la realidad. Es idealista, pero también realista. Los individuos que cultivan la esperanza suelen plantar firmemente los pies en esa tierra viva que es la realidad; los colectivos que cultivan la esperanza suelen plantar firmemente los pies en la realidad de la tierra propia y lo local. Ello no los hace necesariamente nacionalistas en el sentido en que se definen como “nacionalistas” los movimientos recientes en Inglaterra y Estados Unidos, que están basados en identificar y excluir chivos expiatorios, no en proteger la educación, la cultura, los principios democráticos o los recursos naturales.

Me refiero a individuos cuyo activismo depende del conocer, que no es lo mismo que aceptar, la realidad. Me refiero a colectivos que actúan sobre los espacios y principios que urgen y que están a la mano.

Pero aquí va mi punto, aquí está la cosa: ese conocimiento personal del cual dependen los individuos activistas no implica renunciar a la esperanza; y esos colectivos de quienes dependen los cambios históricos no son necesariamente masivos.

De hecho, por lo general y al menos al principio, suelen ser cinco gatos.

El cambio hacia adelante, hacia lo justo y lo bueno, suele reventar inesperado y de repente, para luego, en retrospectiva, parecernos gradual e inevitable. Y en su origen se encuentra, sospecho que siempre, no un individuo solitario y luminoso sino un grupito de cinco gatos anónimos, realistas pero no cínicos, esperanzados pero no pendejos.

¡Piense en cuánto le debemos a esos pequeños grupos que desafiaron la ley y las ideologías dominantes para difundir la causa, entonces inaudita, de sacar a la Marina de Vieques!  Esos grupos trabajaron en la oscuridad durante décadas, mucho antes de que fueran posibles las manifestaciones y arrestos masivos. Ha sido así con causas grandes y pequeñas en todo el mundo: la primavera árabe, los derechos civiles, el sufragio femenino, la derogación (legal) del apartheid o la esclavitud, el reconocimiento popular y jurídico de los derechos de la comunidad LGBTT…

Se me ocurre que tal vez, cuando nuestro presente sea ya “historia”, miraremos hacia atrás desde algún triunfo y tendremos que agradecerle a los cinco gatos que montaron el Campamento contra la Junta, a los cinco gatos que nos enseñaron a sembrar y comer localmente de nuevo, a los cinco gatos que llevan el arte y la ilusión a la calle a través del teatro.

Como diría Zygmunt Bauman: allí donde se encuentran la imaginación y el compás moral, allí, nace inevitable la esperanza.

Y aquí va un segundo punto: Es por ese reconocer la combinación inevitable de cambio, justicia, esperanza, realidad y acción, que tenemos que defender a la UPR en el hoy. No nos engañemos: la realidad es que la junta y el gobierno posible o probablemente la rompan, sí. Los elementos de esta destrucción parcial o total son bastante predecibles: la UPR se reduciría en tamaño y por ende en acceso y alcance para los sectores más desventajados del país; y/o aumentarían los costos de matrícula; y/o se reducirían salarios, pensiones, planes médicos; y/o disminuiría la calidad de la educación.

Pero la posibilidad de un fracaso inmediato no debe, no puede, conducirnos a la derrota y al cinismo. No “esperemos”, mejor “esperancémonos”.  La esperanza nos permitirá la acción, la inactividad nos conduciría a la desesperanza. Si actuamos, es posible, incluso probable, que cualquier momento ahora o después reviente, glorioso, el triunfo grande o pequeño, repentino o gradual.

Y en el origen y trayectoria de ese triunfo, en el núcleo de las masa activistas, habrá tal vez líderes, sí, pero de seguro hay y habrá pequeños grupos de cinco gatos, realistas pero no cínicos, esperanzados pero no pendejos, activos, necesarios, aquí.

 

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