cajera

La cajera que me atiende en el supermercado es joven, blanca y gruesa. Lleva el pelo recogido en una cola de caballo que sospecho empezó pizpireta en la mañana pero ahora se ve como triste. Tiene un lunar coqueto cerca de la boca, otro más tímido junto a la oreja derecha, y un saludo cansado, pero amable, en los labios. Un agujerito, del tamaño de la goma de un lápiz, adorna su uniforme a la altura del pecho.

Fue ese agujerito en la blusa gastada lo que me invitó a prestar atención. Si no hubiera sido por él, hubiera seguido con mi día, sin detenerme a mirarla, pensando en otra cosa.

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