El curioso caso del síndrome Goya

No recuerdo quién empezó.  Quién fue la “llorona cero” de nuestra epidemia. El caso es que a la hora del recreo, todas estábamos llorando.

Quedaba solo una nena con los ojos secos. Caminaba por ahí, desconcertada, llamándonos “tontas” e invitándonos a jugar. Las demás le lanzaban, a viva voz, epítetos como “insensible”, “fría”, y “cruel”.  Esa niña sin lágrimas era española, así que también se gritaron  cosas más bien xenofóbicas, como “extranjera”, o “se nota que tú no eres de aquí.” Creo que alguien llegó a decirle “vete a España”. Lo correcto y apropiado era, evidentemente, llorar.

Abundaban los abrazos y gestos de consuelo, pero servían solo para poner nuestro llanto en turbo, para convertir un sollozo quedo en un lamento sonoro, un gemido melodramático, o un chillido estridente.

Las maestras cancelaron las clases de la tarde, para que pudiésemos llorar a gusto y mantener el antipedagógico despliegue emocional fuera del salón. Algunas nos acompañaron y sonreían, divertidas.

Mi abuela se quedó boquiabierta, cuando sonó la campana y entró a buscarme al patio. Yo la esperaba sentada (llorando) en un banco, abrazada a una amiga. Las maestras se movían de un adulto a otro, explicándoles la situación para evitar que se alarmaran.

Al subirnos al auto, mi abuela se refirió a mi llanto como el de “una magdalena”, y dijo que mi amiga estaba “llorando a grito pelado.” Todas nosotras, añadió más tarde cuando le hizo el cuento a sus amigas, chillábamos “a moco tendido”. Su pintoresca apreciación del asunto me causó un poco de vergüenza. En parte porque una vez separada de mis compañeras de clase, el llanto amainó rápidamente, a pesar de mis esfuerzos para prolongarlo y demostrarle a mi vieja que se trataba de un llanto legítimo y justificado.

He aquí la explicación de la pena colectiva: Nuestra escuela era mixta en los grados elementales, pero admitía solo niñas en los niveles intermedio y superior. Al terminar el sexto grado, los estudiantes varones tenían entonces que cambiar de escuela. En algún momento mítico y remoto de la historia del colegio, esa despedida inevitable había desatado una epidemia de llanto femenino. Desde entonces, la clase de sexto grado de cada año lloraba en masa pocos días antes del fin de curso. La curiosa epidemia se había convertido en tradición.

Se trataba, probablemente, de un caso clásico de contagio emocional.

“Contagio emocional” es uno de varios términos (“contagio de comportamiento”, “contagio histérico”) que se usan para nombrar casos en los cuales ciertos comportamientos, emociones, o incluso síntomas, se replican en otras personas, a veces hasta desatando una suerte de epidemia.

Esta idea del contagio se usa en el contexto de la historia para hablar sobre las acciones de un grupo, por ejemplo, que se transforma en una turba capaz de comportamientos aberrantes, tales como un linchamiento.  Se utiliza también para describir el “comportamiento” epidémico de ciertos síntomas (risa incontrolable, llanto, tics, desmayos) en una población particular, frecuentemente escuelas pero en algunos casos barrios enteros.

En estos días, la palabra “contagio” repica dentro de mi cabeza, cada vez que veo alguna corporación o grupo retirando su tradicional apoyo a la Parada Puertorriqueña en Nueva York, debido al homenaje que recibirá en el evento el ex-prisionero político Oscar López.

A diferencia del patio de mi escuela, en este caso está claro cuál fue el “paciente cero” de la retirada de auspicios que va alcanzando proporciones epidémicas: Goya, la compañía de alimentos y sazones hispanos que había auspiciado el evento desde sus inicios, en 1958. La compañía describió la movida como una “decisión comercial”, producto del miedo a un boicot potencial de clientes hispanos ofendidos por la celebración del que describen como un “terrorista”. Goya tiene productos diseñados para distintos grupos de hispanos (mexicanos, puertorriqueños, salvadoreños, etc.), de modo que el miedo a un boicot sobre un asunto tan específico, tan boricua,  me pareció un poco raro. ¿Les importan mucho Oscar y la parada acaso a, por ejemplo, los mexicanos en Los Ángeles ? ¿Habrán azuzado a Goya ciertos grupos o individuos conservadores puertorriqueños? Tengo que pensar que la compañía hizo algún tipo de análisis de mercado, y descubrió que habría más clientes indignados con su participación que con su ausencia. Ellos sabrán.

Por otra parte, los auspicios no son solamente monetarios.  Con dinero o sin él, son un mensaje, un endoso, una expresión de acuerdo y apoyo. El contagio de esto que podríamos llamar el “síndrome Goya” comenzó a manifestarse poco después de las parcas declaraciones de la compañía, cuando la Sociedad Hispana de la Policía Neoyorkina, que desde siempre había marchado en la parada, anunció que este año no lo haría. Lo mismo dijeron la Sociedad Hispana de la Asociación Benevolente de Tenientes,  así como la fundación Rafael Ramos. Estas tres agrupaciones  presentaron un argumento moral, no financiero: se niegan a apoyar, con su presencia, el homenaje a un “terrorista”.

En cuestión de días, se contagiaron del síndrome la aerolínea Jet Blue, el equipo de pelota los Yankees, los bomberos de la ciudad de Nueva York, AT&T, Coca Cola…Mientras escribo esto, de seguro que la cosa continuará propagándose y afectará otras organizaciones, individuos y compañías.

Resulta interesante que Jet Blue (la aerolínea de mayor presencia en Puerto Rico) no se expresa en contra de Oscar directamente. Más bien apela al “respeto” que le tiene a la comunidad, y a la consideración que le merecen los “diversos puntos de vista” sobre el asunto.  La justificación pública de compañías con un mercado puertorriqueño significativo, como Goya o Jet Blue, tienden a referirse al “respeto” por las diferencias ideológicas, así como a sus propios intereses comerciales. La explicación que plantean las organizaciones no-comerciales tiene más que ver con ideas sobre “moral” y “valores”. Los políticos, por su parte, usan argumentos tanto morales como quasi-sociológicos, aunque todos sabemos que en este caso, estamos hablando más de votos que de principios. El alcalde, por ejemplo, ha decidido apoyar la parada; la candidata republicana a la alcaldía expresa pública y frecuentemente su repudio a Oscar, y por ende al desfile. El gobernador Cuomo ha estado culipandeando, evadiendo el tema cuando los periodistas le preguntan, diciendo cosas como “no tengo la información necesaria para pronunciarme sobre este asunto.”

Parecerían entonces ser tres tipos de discurso, pero en realidad se reducen a uno: el moral. El mensaje de organizaciones como bomberos y policías es explícitamente uno sobre moral y valores: Oscar representa para ellos el terrorismo y la violencia, y, por ende, la maldad. Es la dicotomía del mal y el bien la que está en juego. El mensaje de los políticos, tanto de los que marcharán como los que no, también es implícitamente moral. Marchar ensalza el heroísmo, no marchar repudia el terrorismo. De nuevo, se trata del bien y el mal, de moral y de valores. La decisión de Goya, nuestra paciente cero, fue explícitamente financiera. Pero el discurso financiero tiene también mucho contenido moral. Fíjese por ejemplo en nuestro sistema legal: el crimen de un individuo que asesina sin motivo aparente es castigado con más severidad que el de un individuo que mata para robar dinero. Esa ambición constituye un atenuante, hace del acto criminal uno menos malvado.

Otro ejemplo, muy relevante en el contexto de la situación actual de Puerto Rico: he tenido que dejar de contar las instancias en donde algún personaje me explica, orgulloso de sí y astutamente, que hay que pagar la deuda porque es nuestra “obligación”, porque es lo “correcto”, porque nosotros mismos tenemos “la culpa”, o porque “no pagar es como robar”.  De nuevo el lenguaje del bien y el mal,  de la moral y los valores.

De hecho, ya que estamos en las de hablar de la deuda y los chavos, tengo que añadir que en el universo de lo financiero hay, no solo mucho contenido moral, sino también mucho contagio. El valor de objetos como bonos y acciones, por ejemplo, depende de la “confianza” que en ellos tengan los inversionistas y agencias como Moody’s. Y la confianza –o desconfianza– se pega. El susto, el interés o el desdén de un sector o actor importante en ese mundo puede propagarse, contagiar, e influenciar el valor de un objeto financiero, tanto o más que los criterios “objetivos” tradicionales.  En los mercados se propagan cosas como “confianza” y “optimismo”, y usted (no importa cuán buitre y carroñero sea) siente que tiene un derecho moral a confiar en el valor (y el repago) de un bono, del mismo modo que puede confiar en la decencia de un amigo.

De modo que tenemos un fenómeno de contagio que ocurre en más de una esfera y se expresa en posturas y discursos morales. Cuando lo pienso así, me sorprendo un poco. Pero de inmediato caigo en cuenta: el contagio de comportamientos definidos en estos términos morales es en realidad muy común.  Expuestos a ciertos síntomas, emociones, o comportamientos ajenos, nos ponemos a llorar o a hablar en lenguas, porque es lo “correcto”, porque hacerlo está del lado del “bien”. También linchamos negros, quemamos brujas, chismeamos sobre la nena que se preñó, o donamos sangre y dinero, porque cualquiera de estas cosas puede ser pegajosa y se define, en su contexto, como lo “correcto”. The right thing to do.

No todos los casos de contagio tienen que ver con ética, claro está. Históricamente, se han documentado instancias como, por ejemplo, el contagio emocional y social de risas incontrolables entre estudiantes de una escuela superior en Tanzania, un escenario que en Puerto Rico probablemente describiríamos simplemente como un caso extremo de “pavera”. Se han estudiado otros casos en los cuales el aparente contagio pudiera tener en realidad raíces físicas, tales como la reacción a contaminantes en el aire o en el agua.

Pero el contagio de comportamientos “morales” o “correctos” existe, es relativamente frecuente, y, diría yo, es una parte importante de esta retirada colectiva de individuos, organizaciones y compañías que, de súbito y empezando con Goya, no quieren tener nada que ver con la parada puertorriqueña en Nueva York.  En el contexto de eventos recientes como la explosión terrorista en Manchester, es comprensible que algunos piensen en Oscar como un “terrorista”, una encarnación del mal, especialmente si están desinformados o bajo presión. También es comprensible que algunos (quiero pensar que mejor informados e independientes) lo pensemos como un héroe nacional y más aún, como una encarnación de la pureza, la honestidad, la integridad, en fin, del “bien”.

Falta ver si el apoyo al desfile, y al mismo Oscar, se propaga más y mejor que el repudio. Si lo nuestro es moral o moralina. Si cambiamos de opinión, como uno de esos gallitos de veleta, por seguir a nuestro equipo de pelota, o si nos interesa más la comunidad que lo que digan Goya, Jet Blue, o Coca Cola.

Falta ver si se nos pega el miedo, o si nos contagiamos de solidaridad y celebración.

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2 comentarios en “El curioso caso del síndrome Goya

  1. Otra pieza bien fina, de un asunto al que no le había dado pensamiento… A partir de tu párrafo sobre la moralidad de pagar la deuda de PR, se me ocurre preguntarte si has leído Debt: The First 5000 Years, de David Graeber. Es un libro bien gordo, bien scholarly, que me doy cantazos en el pecho por haberlo leído y –creo– entendido bastante, y parte precisamente de ese tipo de comentario, en sus primeras páginas. Y de ahí se mete en cosas mucho más lejanas pero, creo, igual de interesantes. Te lo recomiendo si no lo has leído.

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