Mamá Inés y la nostalgia

Publicado originalmente en 80grados.

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Sube el telón, ruge el león: aparece un niño negro. Negro en su piel y “negro”, también en sus rasgos, rasgos tales como el grosor exagerado y el color imposible de sus labios. Persiguiendo y siendo perseguido por animales como leones divertidos y tigres dientudos, una combinación que ahora sé geográficamente imposible, pero no necesariamente más imposible que un niño cazando un león, o un pájaro miná asiático caminando por una jungla africana. 

Lo recuerdo mejor, más claramente, que algunas películas que ví tan recientemente como el mes pasado. No estoy sola en eso: la ciencia sugiere que recordamos (y aprendemos) mejor en el periodo entre los diez y treinta años. Y fue a los once, justamente, que me mudé a casa de mis abuelos, tuve acceso consistente a un televisor, y me enamoré de “los muñequitos” sabatinos. 

Esto de la memoria y sus caprichos no es trivial. Lo que recordamos forja nuestro pensamiento, nuestra ideología, nuestro sentido de lo que es “natural” y familiar, y hasta los contenidos de nuestras  nostalgias. 

Recuerdo también, si bien menos claramente, que el niño negro se las arreglaba para meter a un explorador blanco en un caldero, con la intención implícita de merendárselo. Con todo y ropa, aparentemente, porque contrario al niño y otros caníbales de piel oscura en los muñequitos, al explorador nunca lo mostraban semi-desnudo. Siempre vestía el atuendo clásico de safari, con sombrero y todo. 

Las mañanas de los sábados me traían también a los Jetsons (todos blancos), los Picapiedra (blancos), el equipo de Scooby Doo (blancos), y la bruja (verde). No había muchos personajes negros, aunque sí uno que otro, de vez en cuando, como los Harlem Globetrotters que memorablemente se unieron en un episodio al grupo de Scooby Doo. Sí había abundante representación de la fauna: Droopy el perro, el Pájaro Loco, Yogi el oso,y dos ratones importantes: super-ratón (de rostro claro), y el (casi igual de súper) ratón (mexicano), Speedy González. Algunos venían en dúo, como el zorrillo hostigador y la gata (a veces llamada, en inglés, “pussy”, por cierto) perseguida, y Tom (gato) y Jerry (el ratón.)  

Ah. Tom y Jerry. Sí que había un personaje negro, allí. O más bien, partes de uno, porque solo escuchábamos su voz y veíamos sus piernas negras, sus pies enchancletados, el borde de su delantal. Esta señora regañaba a Tom y lo sacaba afuera. Yo creía que se trataba de la dueña de Tom, hasta que mi abuela me aclaró que era “la sirvienta”. 

Alguna vez imaginé el torso y la cabeza de esta señora. En mi imaginación, se parecía a Mamá Inés, a quien también le decíamos Mamaimé. En parte por lo ubicuo de ese referente en mi muy cafetero entorno, y en parte, estoy segura, como parte de la intención de sus creadores. Después de todo, eran los años setenta y ochenta, y esto quiere decir que en Puerto Rico, esos muñequitos doblados al español eran de los sesenta, incluso los cincuenta. Hasta el Indio Joe nos parecía entonces “natural”. ¿Recuerdan al Indio Joe? Era grande, rojizo y bobalicón. Trataba de atrapar, sin éxito, al cerdito Porky. Resultaba derrotado, al final, por un personaje (de piel azul) que básicamente lo asesinaba (literalmente) haciéndole cosquillas. Al final del episodio, aparecía un mapa de los Estados Unidos, una animación ilustrando el cambio del “territorio del Indio Joe” a “territorio de los Estados Unidos”, y una voz solemne celebraba que “América se convirtió en el gran país que es hoy.” 

En serio. Verifiqué en You Tube todo esto, porque ni yo misma me creía ese recuerdo horrendo. Pero es así. 

Baja el telón.

Isar Godreau y otros estudiosos han planteado cómo las estrategias de distanciamiento son parte del racismo sistémico. Y se me ocurre que nuestros muñequitos setentosos nos distanciaron de la negritud y de hecho, de la otredad racial en general, a través de la invisibilidad y la distancia en tiempo y geografía. También justificaron el racismo de maneras más directas: los personajes no-blancos eran cómicos, salvajes, peligrosos, y a veces, como la señora que me recordaba a Mamá Inés, hasta picados en pedazos, reducidos a un par de pies, una voz pintoresca, y un delantal.  

Lo que me trae de nuevo al asunto de Mamá Inés, que ha surgido como tema de conversación y pelea en medios sociales y columnas de opinión. Pasa que el fabricante de syrup y pancakes marca Aunt Jemima ha estado reconociendo el racismo del emblema de sus productos, una mujer negra que evocaba a los esclavos de otro tiempo (a quienes de hecho, si eran “buenos”, se les llamaba así, “aunt” y “uncle”), le hizo un makeover moderno, y recientemente anunció que la retiraría completamente. 

Sube el telón, o más bien entra el hashtag: se arman el salpafuera cultural y el rasgado de vestiduras. La Aunt Jemima de apariencia esclava y origen en el género de entretenimiento (con blackface) minstrel, gritan los quejones, no tenía nada de malo, era una figura muy querida, la recordamos con nostalgia, representa nuestra niñez, ni siquiera sabíamos que era esclava. Y un denso, o al menos vocal, coro de puertorriqueños empezaron a quejarse en las redes y columnas de opinión, anclando su desacuerdo en la igualmente estereotipada figura de Mamá Inés, quien, alegan, no tenía nada de malo, era una figura muy querida, la recordamos con nostalgia, representa nuestra niñez, ni siquiera sabíamos que era esclava, etcétera.  

Pero pasa con Mamá Inés lo que pasa con tantos recuerdos, lo que planteé más arriba: Esto de la memoria y sus caprichos no es trivial. Lo que recordamos forja nuestro pensamiento, nuestra ideología, nuestro sentido de lo que es “natural” y familiar, y hasta los contenidos de nuestras  nostalgias. 

Un referente no tiene que ser explícitamente “malo”, o intencionalmente insultante, para ser racista. Mamá Inés (como Aunt Jemima, Uncle Ben, el Injun Joe, Los Pequeños Traviesos, Chianita, las piernas sin cabeza de la sirvienta de Tom y Jerry, y así) nos educó en la idea, el “sentido común” (a)histórico de la esclavitud “benévola”, del afro-puertorriqueño como sirviente, y de la mujer negra como ubicada en el ámbito de la domesticidad, al menos para poder merecer un recuerdo lindo. 

Lo que nos parece “natural” no es necesariamente bueno. De hecho a veces es y ha sido horrendo: las ideas de que la pobreza es inevitable y el egoísmo es “natural” sirven para justificar el lado más oscuro del capitalismo; las bondades de “la pureza” y “la mejoría” conformaron la base ideológica del nazismo y el Holocausto; la certeza “científica” de la inferioridad del “otro”  permitieron medidas como la esterilización masiva de tantas mujeres en Puerto Rico y la separación y orfandad forzadas de niños nativos en lugares como Estados Unidos y Australia.  

La nostalgia por lo históricamente familiar, benévolo, y “natural” se convirtió de hecho en uno de los slogans políticos más efectivos en la historia electoral estadounidense: Make America Great Again facilitó la elección de Reagan y la implementación e implantación del neoliberalismo como nuestro mejor y más lógico estado. Más recientemente, abrió la puerta para la elección y popularidad de ese personaje siniestro que es Donald Trump –y la amenaza del proto-facismo.  

Recordar contenidos de nuestra niñez con nostalgia no significa que esos recuerdos sean buenos. Sencillamente significa que estaban allí, asociados a cosas como el alimento o la diversión, naturalizados a fuerza de exposición y/o distancia. Especialmente cuando nuestro recuerdo bonito tenía su raíz o servía (y sirve) para justificar y reproducir la miseria ajena. 

Nos toca observar los símbolos que nos forjan, con las herramientas de la razón y la ética. Nos toca reconocer el racismo cotidiano, así esté convertido en Mamá Inés o Tía Jemima,  en nuestros más queridos recuerdos, en nuestra identidad misma. 

 

 

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