Críptidos*

En la foto, un personaje de espaldas, vestido y accesoriado de negro: largo chaleco de cuero sin mangas, sombrero panamá, múltiples brazaletes. Una bellísima ventana que me resulta familiar, por sanjuanera.

En el titular, las palabras “crypto” y “utopia”. “The Dawn of a new Crypto Utopia?”.

Los lectores regulares de la sección de negocios del New York Times (yo, la verdad, voy directo a “magazine” y “book review”, aunque así como están las cosas,  me vendría bien saber algo sobre finanzas) vieron lo mismo que yo: el titular, la foto. Es lo que todas vemos, lo que absorbemos sin pensar, lo que inicia la nube de palabras que redunda en la decisión de leer o no.

Pero sospecho que el proceso de libre asociación de esos lectores fue probablemente racional, y que pensaron cosas así como “bitcoin” o “blockchain”.

¿La palabra que llegó primero a esta atormentada mentecita mía?

CHUPACABRAS.

Sí, ya sé, qué pachó. A estas alturas todas deberíamos saber alguito del nuevo mundo de la moneda virtual. Especialmente teniendo en cuenta que algunos de sus protagonistas evidentemente le han echado el ojo a esta isla nuestra que se vacía. Pero déjeme describir mi tren de pensamiento: la palabra “cripto” significa “oculto”, y la  “criptozoología” (algunos la llaman “ disciplina”, otros “pseudociencia”) se refiere al estudio de criaturas tipo chupacabras, monstruo del lago Ness, y Patota (A.K.A. Big Foot.) Los criptozoólogos boricuas, el más famoso de los cuales es posiblemente Chemo, antiguo alcalde de Canóvanas1, se ocupan del estudio y cacería de entes esquivos e improbables como el chupacabras, la gárgola, la pantera, el alien de Lajas, y el vampiro de Moca.

Estas criaturas misteriosas se llaman “críptidos”. No todas son malévolas: Las hadas, y los elfos, por ejemplo, son también “críptidos”. Pero en Puerto Rico, los críptidos tienden a ser bastante siniestros.

Así que ya ve usted por qué la imagen del personaje de negro, encima de ese titular tan misterioso, me puso a pensar en chupacabras y vampiros.

Se trata, sin embargo (según me fui enterando al leer) de Brock Pierce, un joven magnate que ha hecho una fortuna produciendo y especulando con modalidades digitales de moneda que son descentralizadas e independientes de bancos o gobiernos. Pierce y sus crypto-amigos se han mudado a Puerto Rico y se han puesto a comprar edificios y terrenos. Aún no deciden si montar su ciudad (PuertoCrypto) en Roosevelt Roads, el Viejo San Juan u otra parte, pero en el interín se pasan el día comprando propiedades (como el antiguo Museo del Niño), jangueando y haciendo turismo. Se van a reunir en una cripto-cumbre en marzo y confían en recibir allí el espaldarazo público de nuestro gobernador.

Esta cumbre que viene no es la primera que Pierce protagoniza en Puerto Rico, por cierto. Hubo una en San Juan el pasado marzo de 2017, donde se reunieron criptomillonarios de todas partes del mundo, ilusionados con esto de las cripto-utopías. Algunos preferían Puerto Rico, otros Barbados… En general parecen gustarle las islas tropicales, a los cripto-empresarios, tanto para ubicar sus utopías como para celebrar sus cumbres y reuniones, que aparentan ser muy divertidas y originales, por cierto.

A Pierce le gustan las metáforas. La economía tradicional es una araña, la cripto-economía es una estrella de mar, y la comunidad solidaria que su utopía isleña propone es….wait for it…¡un unicornio! Este hombre está clamando por una criptozoóloga que lo siga y lo estudie. Bueno, quien sabe, si consigo los $1,400 pesitos que cuesta la entrada a la cumbre que viene, y si Chemo no se me adelanta, tal vez me apunto…Si esto del unicornio pega, enriquecerá nuestro cripto-bestiario local: La pantera de Guaynabo, el vampiro de Moca, la llorona de Sabana Grande, el alien de Lajas, el comepantis de Gurabo, el unicornio de Puertopia…

A Pierce le gustan también los rituales. Frente a la periodista del NYT, se acurrucó en una ceiba a meditar y rezar, y luego le besó los pies a un mendigo que pasaba por allí. ¡De complejo de buda a complejo de cristo en veinte minutos! El suyo es un cripto-sincretismo de lo más pintoresco: cree en los poderes de los cristales; predica las virtudes sagradas del discurso de Chaplin en su personaje de Hitler; recoge basuritas de metal para su altar. En una foto tomada en diciembre, Pierce tiene en sus manos algo que llama “semilla de la vida” (“seed of life”). No me queda claro, aún después de leer el texto y mirar la foto muchas veces, qué es, exactamente, la semilla esa. Es un objeto alargado. Podría ser una semilla de mangle.  O un collar santero. A saber.

En fin. Los acólitos de Pierce en varios blogs se refieren a él como un “líder espiritual”, a nuestra situación como una “tormenta perfecta”, y al cripto-movimiento como “una nueva religión”. Uno de sus más fieles seguidores lo llama, sin tapujos y sin ironía, “Grand Wizard.” En serio. De seguro que el pobre (¡¿pobre?!) no sabe nada del Ku Klux Klan y piensa que está haciendo referencia a…qué sé yo. No debe ser el mago de Oz…¿Harry Potter, quizás?

Esta excentricidad y este gustito por lo espiritual no parecen ser solamente parte del peculiar carácter de Pierce. El año pasado hubo un evento en Brooklyn titulado nada menos que “Cumbre Etérea” y organizado por una cripto-empresa llamada “Ethereum”. Los participantes la han descrito en los medios sociales como “una experiencia espiritual”. Yo no sé si espiritual, pero fue ciertamente amena: uno de los conferenciantes, por ejemplo, lleno de vigoroso entusiasmo, se quitó los pantalones y dictó el resto de su charla en calzoncillos.

Debo ser justa con este señor, y aclarar que, según explicó, se esnuó para ilustrar con brío su rechazo al abuso de la mano de obra barata que caracteriza a las industrias de moda y textiles. Debo añadir que, según el parte noticioso, era pleno verano y hacía mucho calor.

Pierce era parte del mismo panel, pero se dejó sus pantalones de lentejuelas rojas puestos. Tal vez porque no puede darse el lujo de esnuarse en público, no después de las acusaciones y demandas en su contra, alegando su conexión con un caso notorio de abuso sexual de menores.

Una se ríe, pero esto es serio. Los adinerados crypto-chicos que han decidido vivir entre nosotros en nuestra isla exhiben esa extraña combinación– inconsciencia, egocentrismo adolescente, y una especie de delirio, de crédula inocencia–que suelen padecer los billonarios. Tal vez porque creer que la fuente de su fortuna es su (extraordinario) talento, combinado con la voluntad divina o con fuerzas espirituales que residen en ceibas y cristales, es una manera eficaz de protegerse de la terrible verdad: que las mismas estructuras que les permiten enriquecerse mantienen a otros humanos en la pobreza.

Que su riqueza y nuestra miseria son dos caras de la misma (cripto)moneda.

Que la biblia la pegó, con eso del camello y el ojo de la aguja. Que su talento es privilegio, que la ceiba es una ceiba y no un bodhi tree, que el mendigo es un mendigo y no un asceta.

No saben qué hacer con sus montones de dinero, pero sí tienen muy clara una cosa: que no se lo quieren dar al gobierno. De hecho están aquí porque por alguna razón los puertorriqueños hemos decidido no cobrarle impuestos a la gente rica, con la loca esperanza de darnos una mojaíta en el trickle down de su actividad económica.

A la periodista del New York Times, sin embargo, le explicaron que están aquí motivados por la “compasión” y la “transparencia”. Que vienen a salvar la isla de 500 años de  abuso. Que son “capitalistas benévolos”. Muy altruistas, en fin, nuestros cripto-salvadores. Dos meses antes de salir en el NYT y alarmarnos a todas con esta cuestión tan críptica, uno de ellos describió al grupo2 como “pensadores avanzados” que “no están aquí por el dinero” sino para predicar una nueva religión, “la religión de la paz, la religión de la economía, la religión de todas las cosas bellas y de todas las cosas que queremos para este mundo.” Más recientemente, Pierce ha anunciado en muchos foros que donará un billón de dólares para ayudar a Puerto Rico a salir del hoyo. No explica claramente cómo funcionará ese donativo. Va a crear una organización, dice, para manejarlo y hacer la cripto-caridad. En la reciente Puerto Rico Investment Summit, esta vez ataviado, native-style, en guayabera blanca y chancletas, declaró nuevamente sus buenas intenciones y, moviendo muchos los brazos y mirando fijamente a la cámara, nos dijo que el huracán nos presentaba una “gran oportunidad” y solicitó sugerencias de todas nosotras, ideas para que el cripto-desarrollo le sea más útil al país3.

Hay algo grotesco, en esto de la llegada de extranjeros millo y billonarios, con su ocio espiritualoide y sus chavos de fantasía, a la isla de donde tienen que salir los puertorriqueños, endeudados y empobrecidos, a buscar mucho trabajo y poco dinero en otra parte, para poder pagar cosas muy concretas como comida y albergue.

No que la manada de ricos que llegó hace algunos años atraídos por la ausencia de impuestos y la invitación a iluminarnos con su buen ejemplo (A.K.A. Ley 22 del 2012) sea mejor o menos…críptida. Rob Hill, por ejemplo, ha dicho públicamente que desconfía de los cripto-hipsters, que no le gustan para nada…Pero estos ex-pats ricos más maduritos que hoy critican a los jóvenes cripto-ricos tampoco pasan el test de la aguja, y sus instrumentos financieros (derivativas, fondos de cobertura, acciones, aparatos así) me parecen tan especulativos y misteriosos como el bitcoin, francamente.

De nuevo, yo de finanzas nada, pero desde mi humilde esquinita veo lo siguiente: las derivadas y los portafolios que nos trajeron la recesión en el ayer cogen las ilusiones del pueblo (la hipoteca de la casita, la pensión del viejito), llevan a cabo complejas y ocultas manipulaciones matemáticas, las mueven en un mercado imaginario, y las convierten en dinero para los los ricos como Rob Hill. La minería y el blockchain que nos ofrecen los cripto-chicos en el hoy cogen la electricidad del pueblo, llevan a cabo complejas y ocultas operaciones matemáticas, las mueven en un mercado imaginario, y las convierten en dinero para ricos como Brock Pierce.

Al final del día, son todos una partida de críptidos, comprando la isla a precios de liquidación, con la complicidad de los chupacabras y vampiros del patio.

*Una versión más breve de este texto se publicó en Claridad, el 15 de febrero de 2018, y esta versión salió en la revista digital 80grados.net el 23 de febrero. Las fotos son de Érika P. Rodríguez, del NYT. 

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Recorrido

Llevo ya algún tiempo viviendo acá (¿o allá?) en el país que hace más de un siglo se proclamó a sí mismo dueño del mío. Al principio y durante un par de años, trabajo en una ciudad que no me recibe ni mal ni bien, porque es una ciudad que verdaderamente no “recibe”, punto. Una ciudad en donde se amigan los adinerados y los poderosos. Donde pasan cosas y a la vez no pasa nada. Donde coexisten, sin llegar a convivir, los importantes y los invisibles, la velocidad y la lentitud.

Mi recorrido matutino comienza saliendo de la mano de mi hijo menor por la puerta de un gran edificio de apartamentos.

A nuestro alrededor, los empleados de empresas, ONG’s y gobierno caminan rápidamente. Son muchos, y suelen ser esbeltos y blancos. Llevan audífonos en las orejas. Visten los colores claros y brillantes del verano.

A nuestro alrededor hay también jardineros. Son muchos, y suelen ser salvadoreños o bolivianos. Llevan herramientas en las manos. Visten mamelucos pardos pero siembran flores en los colores claros y brillantes del verano.

Nos subimos al tren. Llevo meses viajando en tren, pero no se me pasa la sensación de novedad: el tren me encanta. Los vecinos se burlan cariñosamente de mi entusiasmo. El tren, me dicen, anda siempre atrasado, sus escaleras siempre están averiadas, está muy lleno, a veces apesta. Pero a mí me resulta liberador. Aún en el rush hour, aún con el codo de un desconocido en mis costillas, aún escuchando las protestas de mi pequeñín, que pregunta en voz chillona y en dos idiomas dónde nos hemos dejado la miniván, aún entonces, sonrío y me regodeo por un momento en mi nueva condición de peatona.

Nos bajamos en la estación de Foggy Bottom y caminamos media milla hasta el campamento de verano. Allí suelto a mi pequeño acompañante y emprendo el camino hacia el trabajo. Todas las mañanas le paso por el lado a unos ocho homeless. Así les llaman acá a las personas sin hogar, a las personas que en Puerto Rico llamamos deambulantes.

Son una presencia familiar en esta ciudad. Suelen ser negros y por lo general muy gruesos. Se mueven, cuando se mueven, con lentitud. Las más de las veces, están más bien estacionarios. Y tiene sentido que lo estén, porque llevan su vida a cuestas: en un carrito de compra, en un coche de bebé sin bebé, sobre sus mismos cuerpos abultados, llevan los sleeping bags, los bártulos varios, los mementos de la guerra, lo que les queda de la vida que se fue, de la vida que se va.

Les rodea y les sirve de contraste la masa ágil y atractiva de tantos otros seres, tan distintos, tan blancos, tan delgados, tan bien vestidos, tan livianos, tan veloces, seres que no tienen que llevar su vida a cuestas porque la ubican, la ordenan y la decoran en otras partes: en viajes, en apartamentos, en sus agendas, en sus teléfonos “inteligentes”, en el futuro.

Uno de los hombres sin hogar suele plantarse, obstinadamente, en un banco del parque. Lleva su vida en un carrito verde de supermercado, al cual protege del clima y las miradas curiosas con una manta decorada con el águila y la bandera americanas. Abandona su banco una o dos veces a la semana, expulsado del parque por un policía desganado y mustio que suele ubicarse en una esquina cercana y cuyo mantra puedo adivinar, y en cierto modo compadecer, desde mi caminar: I’m just doing my job.

Al principio me costaba reconocer a los deambulantes en Virginia y D.C. Tal vez porque realmente no “deambulan” mucho. Los homeless más visibles en Puerto Rico suelen ser muy distintos: flacos, móviles, cargados con pocas cosas, pidiendo dinero de carro en carro en las luces rojas. Las etiquetas que usamos para nombrar a unos y otros le hacen eco a esa diferencia: una implica movimiento, la otra desamparo. Puede ser que tome, además, cierto grado de familiaridad, esto de reconocer y asignarle el nombre culturalmente adecuado a la pobreza, o a cualquier otra cosa.

Voy llegando a la acera frente a la Casa Blanca. Una masa de hombres sonrientes que identifico, por su apariencia y lenguaje, como provenientes de algún país del este de Asia (primero pienso “chinos”, pero me corrijo rápidamente), surge de un lujoso autobús. El hormiguero en movimiento se bifurca y me rodea al enfrentar el inofensivo obstáculo que representa mi cuerpo, este cuerpo (¿exiliado/ migrante?) que a veces me pesa y otras flota. Me imagino una cámara filmando la escena desde arriba; ellos (turistas, muchos, cargando con mochilas y cámaras) caminando rápidamente en dirección norte, y yo (residente, sola, cargando con carpetas y nostalgias) caminando lentamente en dirección sur. Me sorprendo preguntándome si el tour bus será una suerte de diáspora artificial, pasajera, cómoda, densa. Si la escena será un agüero, o la metáfora torpe, escurridiza, de alguna cosa relativa a mi vida, a este extraño país, a la historia, o al mundo.

Y es que cuando una empieza con esto de la escritura distante (¿exiliada?¿migrante?), comienza también a atisbar significado en todas partes. Es una especie de paranoia tristona y gentil, la del escritor perseguido por todo lo que se asoma pero no se deja ver. Por una idea, por un recuerdo, por un dolor, por un color, por un olor. Por una isla, por un paisaje, por un amor, por un fantasma.


nota:publicado también en #SeráOtraCosa, en el Periódico Claridad

Exilio

calypso[Este es un trabajo muy preliminar y muy en progreso. Me interesan sus comentarios e ideas, preferiblemente constructivos.-rb]

Exilio

Para pasar juicio sobre la importancia relativa de  eventos o  personas, usamos el vocablo “memorable”.  Pero se me ocurre que no es una palabra demasiado útil, porque la memoria y sus predilecciones cambian con la edad. Recuerdo mejor, por ejemplo, las tramas y los personajes de libros, buenos o flojos, que leí en mi adolescencia, que las de algunos libros magníficos que he leído recientemente.

Esto de la memoria me ha estado ocupando bastante tiempo en la cabeza y espacio en la libreta últimamente, por varias razones. Dos de ellas vienen al caso aquí.

Primera: actualmente vivo en el exilio y desde aquí he estado pensando en y sintiendo nostalgia de mi país, Puerto Rico.  Dice Kundera que hay lazos semánticos muy reveladores entre la nostalgia y la memoria. Más precisamente, que la palabra viene de nostos, que en griego significa regreso, y algos, que significa dolor…Dolor, entonces, causado por el deseo incumplido de regresar. Un sinónimo importante en español es añoranza, que proviene del latín ignorare, y nos revela que nostalgia es también el dolor de la ignorancia, del no saber, o del olvidar.

Kundera refuerza estas conexiones examinando el caso de exilio y nostalgia más famoso de la literatura: Ulises, que añora a su patria y su mujer justamente en tanto las olvida en la bruma de los brazos de Calipso, un olvido que tiene su contrapunto en el recuerdo insistente que de él tenían en Ítaca, un recuerdo a su vez desprovisto de nostalgia y encarnado, en muchos casos, en sentimientos poco amables: Penélope estaba resentida, Telémaco rebelde, los pretendientes abiertamente amotinados y odiosos, en fin, nadie, excepto el viejo perrito, estaba particularmente contento con él. Añade Kundera que en el exilio, el emigrante olvida y añora a su país, mientras que en ese país, otros recuerdan pero no añoran.

Segunda: me ha dado por recordar, insistentemente, los primeros versos (y sólo los primeros) de un poema que leí hace unos quince años en internet, escrito por un autor desconocido y aparentemente nunca publicado formalmente.  Según recuerdo, el autor era argentino y el poema se titula o titulaba “exilio. Empieza así:

Yo ya me fui de mi país

Me autoexilié de mí mismo

Me saqué un pasaporte de bronca

Y me fui,

Me abandoné

Ya no estoy.

Hacía mucho que no recordaba ese poema. De hecho no estaba consciente de recordarlo. ¿Por qué ahora, esta súbita memoria?  Supongo que por mi propio exilio. Pero ¿por qué llamar exilio a lo que podría llamar migración, vaivén, o diáspora? Después de todo, nuestro exilio puertorriqueño no es es como los exilios argentinos durante la guerra sucia o los chilenos que se tuvieron que ir para que Pinochet no los desapareciera. Nosotros no estamos escapando tortura o muerte. Pero creo que igual prefiero la palabra “exilio” por lo que dice acerca de la condición subjetiva de estar lejos de la patria y añorarla. Por eso, y por lo que nos falta para poder hablar cabalmente de “diáspora”, para convertir “diáspora” en algo que pueda definir también un estado emocional personal.

Digo esto porque creo que nos falta mucho camino por recorrer en cuanto a lo que conceptualizar (y por ende, poder actuar inteligentemente sobre) la gran migración puertorriqueña hacia Estados Unidos se refiere. Que la conversación nacional se queda, francamente, bastante corta, especialmente si tenemos en cuenta que los puertorriqueños llevamos mucho tiempo emigrando, exiliados o no, que esa migración ha sido particularmente intensa a partir de los cuarenta, y que en años recientes, a raíz de la crisis económica, se ha vuelto a recrudecer. A estas alturas, ¿no deberíamos tener una conversación nacional más sofisticada sobre nuestra diáspora? ¿No deberían tener mayor relevancia cultural, en nuestro día a día, trabajos como los de Jorge Duany o el Centro de Estudios Puertorriqueños de CUNY, por ejemplo?

Digamos que a veces siento que el país nos recuerda y a la vez nos invita a olvidar, que nuestra nostalgia está, como la de Kundera y la de Ulises, de alguna manera predicada sobre la desconexión y el olvido.

Pongo algunos ejemplos. Recientemente, en los medios sociales, cobró auge y popularidad el movimiento #yonomequito. Parte del discurso popular pegado al hashtag (contrario, según su creador, a sus intenciones iniciales) era más o menos así: el que se va se está quitando, es un cobarde o no quiere a su patria, yo me quedo porque soy un valiente y/o quiero a mi patria. En respuesta, hubo un movimiento un tanto más débil de #yosimequito, donde el discurso era más o menos tipo: el que se va es porque no aguanta más porque  la isla está insoportable, aquí no hay nada que querer o al menos sí mucho que odiar.

Estuve mucho tiempo pendiente en los medios sociales, a ver si de esa batalla simplona surgía alguna síntesis cultural interesante que nos permitiera conceptualizar a la diáspora de manera social/política/económicamente útil. Me quedé esperando. Tal vez me perdí algo.

El asunto no es trivial. La población puertorriqueña en Estados Unidos crece cada día y ya es más grande que la población isleña.  Pero ese crecimiento no está acompañado de un ejercicio colectivo para pensarla como parte del país.

Otro ejemplo: los políticos y la prensa. Cada vez que hablan de la diáspora que crece, es más o menos con el siguiente discurso: Sí, se está yendo mucha gente. Muchos profesionales, mucha gente joven. Y eso es malo, muy malo para el país.

Se quitaron. Y eso es malo. ¿En serio que a eso se reduce nuestro engagement con la realidad demográfica aplastante de más de cuatro millones a este lado del charco?

Luego están las apologistas, que con cariño y buenas intenciones nos dicen cosas como se tuvieron que ir porque acá no había trabajo. Esto es básicamente bastante cierto–la tasa de desempleo de la isla es mayor, por mucho, que la de cualquier estado de la unión, y mucha gente toma la decisión (difícil, dolorosa y de resultados inciertos para los más) de irse porque van en busca de un trabajo que no tienen.

Pero no es toda la historia. Más aún, reducir la migración a un tema de empleo vs. desempleo es restarle importancia a toda una serie de factores que impulsan la migración, y restársela además a la agencia o libre albedrío del que se va.  Por poner un ejemplo muy personal: Nosotros nos fuimos por varias razones, y ninguna de ellas era no tener trabajo. Teníamos trabajo. Nos fuimos porque apareció, de repente (una de las cosas con las que tenemos que bregar conceptualmente es con eso, con el reclutamiento) una oportunidad laboral y de crecimiento con la que no habíamos contado; nos fuimos porque nuestro nene, en escuela pública, no estaba aprendiendo casi nada y nuestra nena, en escuela privada, aprendía más sobre la doctrina de la iglesia católica que sobre matemáticas o historia; nos fuimos porque nos robaron todo, todo, todo en la casa, hasta la tubería de cobre, los álbumes de fotos, las bombillas y los libros; nos fuimos porque invertimos mucho tiempo y mucho esfuerzo en usar nuestras destrezas y energía para tener un impacto en términos de justicia social y el ochenta por ciento del esfuerzo se iba en cosas que nada tenían que ver con la consecución de la meta; nos fuimos porque conseguir tan sólo ver un neurólogo, cualquier neurólogo, necesitaba tres meses o una pala, aún si uno de nosotros estaba convulsando; nos fuimos porque la isla un poco nos escupió o nos tosió fuera de sí, como si se defendiera de nosotros; nos fuimos por esas y tantas razones, y de todos modos sentimos nostalgia. Tal vez nuestra nostalgia, como la de Ulises, necesita un poco el olvido de esas razones. De hecho ésta es la primera vez que hago la lista. Había medio olvidado esas cosas, las había reemplazado en mi imaginación con el mar, las buenas amigas, los aguacates.

Ese párrafo de arriba, que parte de mí desea borrar para hacer de esta entrada una más gentil pero que me salió de muy adentro, NO es un #yosimequito. Yo no me he quitado, y resiento que desde la isla algunos asuman mi ausencia física y mi geografía – y las de millones – como una separación conceptual y emocional. Desde acá me mantengo tan al tanto de lo que pasa en la isla como puedo; me apunto a los proyectos, celebro las victorias, lloro las tristezas y comparto las rabias.  Abandonar a la isla emocionalmente sería abandonarme a mí misma, sacarme un pasaporte de bronca, ya no estar…

Pero también tengo que preguntarme: ¿Cómo es que desde la isla no ha habido intentos organizados, más allá de decir lo mala que es la migración, por involucrarnos en los eventos que le dan forma a nuestro futuro? Pienso por ejemplo en la famosa Junta que ocupa el ancho de banda nacional. A ver: Los rectores y el presidente de la UPR, por ejemplo, le han dicho a la Junta (que aún no existe) con mucha solemnidad y mucho bombo (para los oídos de otros, porque de nuevo, aún no hay junta) que con la Universidad no se metan (cuando la junta exista hará caso omiso de esa orden de todos modos); El Nuevo Día le ha pedido al pueblo de Puerto Rico que acepte la Junta (de nuevo, que aceptemos algo que aún no existe y cuya composición aún no conocemos.) ¿Por qué hago tanto hincapié en que la junta no existe todavía? No porque dude de su eventual existencia (y a este paso más) sino porque el aparato en cuestión es parte de un proyecto de ley en proceso de construcción. De ese proceso sabemos poco. No sabemos, por ejemplo, qué cosas están impulsando los cabilderos. No sabemos qué dice el borrador, más allá de eso de la junta, aunque sí sabemos que contiene provisiones adicionales como por ejemplo, la de desarrollar de manera privada ciertas zonas protegidas de la isla. De esas provisiones no estamos hablando mucho. Los demócratas (en particular Pelosi y Sanders) han hecho comentarios sobre la importancia de preservar la autonomía de Puerto Rico en ese proyecto, pero en general no contamos con muchos defensores en este asunto. Entonces pregunto: ¿qué les pasa a los puertorriqueños que no movilizan a la diáspora de sobre cuatro millones que pudiesen involucrar representantes de Florida, Nueva York, Illinois, Nueva Jersey, Connecticut o Texas? ¿Qué les pasa que cuando el creador de “Hamilton” se tira inocentemente al ruedo, a hacer expresiones que a todas luces pretendían ser buenas para la isla, sólo pudieron criticarlo y decirle que se callara porque de Puerto Rico y su historia no sabía nada? De hecho muchos lo acusaron de no ser siquiera, cabalmente, puertorriqueño…Si la diáspora no está diciendo o haciendo lo correcto, tal vez es porque desde la isla escasean los intentos concertados de involucrarla en las soluciones. En lugar de ese esfuerzo, lo que escuchamos es Te quitaste y Eso es malo. En el peor de los casos escuchamos Cállate, no eres de/no estás aquí, no nos representas.

Hay que empezar a trascender esto de la geografía, creo, y arrancar desde la “puertorriqueñidad” a la hora de pensar y actuar sobre la situación de la isla. Eso, o eliminar de la ecuación a más de la mitad de la gente puertorriqueña. El imperativo del momento político es claro: urge que hagamos algo por el futuro y las posibilidades de la isla. El hecho de que eso no esté ocurriendo tiene que ver con que no sabemos exactamente o no nos ponemos de acuerdo sobre cuál es el “algo”, sí, pero también tiene mucho que ver con que no hemos logrado crear una conversación culturalmente rica que incluya a todo el mundo, sin acusaciones de ignorancia o de “quitarse”. Marginar a las personas puertorriqueñas que no están en la isla es contribuir al aislamiento e invisibilidad de Puerto Rico.  A calzón quitao; Creo que la puertorriqueñidad va más allá de las cien por treinta y cinco, que tiene que hacerlo. Pero tal vez me equivoco, tal vez el país es sólo de las que nacieron allí y lo habitan físicamente toda la vida. O de aquellas que pueden responder “sí” a tres o más de las siguientes condiciones: 1)vivo en Puerto Rico todo el  año, 2)nunca he vivido en Estados Unidos, 3) el español es mi primer o único idioma, 4)mis padres y abuelos son puertorriqueños y además poseo un hogar en Puerto Rico, 5)pago impuestos puertorriqueños y  hablo español, 6)…Usted me entiende. Si nos ponemos así de estrechas, ¿quién define lo que es ser “puertorriqueño”, y cómo lo hace?  Prefiero pensar que ese no puede ser el caso, que podemos ser inclusivas, y las banderas boricuas que vi en tantos balcones neoyorkinos hace dos semanas confirman mi postura. #BoricuaEnlaLuna #LaDiasporaPresente

Ojo: Estoy hablando aquí de la conversación pública y el discurso, no del sentimiento personal de las muchas y los muchos que conocen y quieren a alguien en la diáspora.  A nivel individual sé que pocas personas le recriminan al exiliado conocido su partida, y que existen lazos económicos y afectivos entre el acá y el allá. ¿Cómo podemos usar esos lazos para potenciar vínculos colectivos socio-políticos y culturales más productivos?

Con esto de la migración recrudecida, en internet se ha estado moviendo de nuevo el hermoso ensayo que Magali García Ramis escribió en los ochenta sobre los cerebros que se van y el corazón que se queda. Mucho más generoso que el “me quito” o “no me quito”, en ese ensayo “cerebro” emigra y va a la isla sólo de visita, mientras “corazón” queda a cargo de hacer patria y recibir a “cerebro” con cariño.

Es un hermoso ensayo. Pero hay que reconocer que a veces el único corazón que nos recibe con cariño es el de nuestra familia y amigos, porque la isla conceptualmente nos sigue tosiendo; que no todo el que se queda está haciendo patria; y que muchas nos trajimos el corazón con nosotras. Ese corazón que me traje, y su nostalgia, me protegen ahora de la desazón y el desapego que podría provocarme la estrechez de la conversación del país sobre gente como yo. Ulisa lejos de Ítaca y en la bruma de los brazos de Calipso, casi puedo olvidar o ignorar los hashtags y los titulares bobos. Ignorar u olvidar, dulcemente, para así poder seguir queriendo.

decoración de interiores

changó
artista:roberto silva ortiz, puerto rico.

Ando buscando dónde poner a Julia.

Julia de Burgos, la poeta puertorriqueña que aprendí a llamar “poetisa” en la escuela. Tengo en una pared de nuestra salita un poster sencillo –el rostro de Julia flota sobre un fragmento de Río Grande de Loíza-–en un marco barato.

Llevamos años con las paredes medio desnudas en casa. Pero hoy coinciden dos condiciones que nos catapultan al súbito estatus de gente “normal”, los seres que tienen suficientes obras para casi todas las paredes de la casa: 1)nos hemos mudado a un apartamentito de dos habitaciones, uno de esos espacios encantadores donde sala, comedor y cocina son uno, y 2) le hemos pedido a un amigo querido, una especie de hermano que para mi fortuna, es también uno de los mejores artistas plásticos puertoriqueños de hoy, que nos envíe cinco prints de su fabulosa colección Amen-Aché. Esa colección adornará la mayoría de nuestras paredes importantes, y algunas de las cositas que actualmente cuelgan en nuestras paredes tendrán que cambiar de lugar.

Hay obras que lograrán quedarse y acompañarán a las nuevas–la Torre Universitaria de Martorell, el jazz callejero que me regaló mi tío, Verdeluz del Mar de Omar Quiñones (que he estado arrastrando, pobre cuadro, conmigo a donde quiera que me mudo por los últimos veinte años)…Pero otras, como el poster de Julia, han de trasladarse a otras paredes. Su forma es parte del motivo: Es un desafío–por ser poema, y como otras obras con la imagen de Julia, el cuadro es un rectángulo alargado que no necesariamente cuadra en toda pared. Busco una pared estrecha, y mi salita cuenta con dos: una para la bella mulata roja que es changó en la colección de mi hermanito, otra para la torre de la yupi.

Busco así dónde poner a Julia.

Considero brevemente una pared en el baño.

Me escandalizo. Me regaño. El baño merece arte, por supuesto, pobre baño discriminado, incomprendido, generoso. Pero Julia no se merece el baño.

Pienso en mi libro sobre Puerto Rico y la década de los setenta, el libro que debería estar en progreso pero cuyo progreso hoy se ha rendido, espero que brevemente, a la pregunta de dónde poner a Julia.

La respuesta lógica es mi escritorio, y tendré que hacer algunos movimientos medio extraños, y en realidad no “pega”, pero es la que hay.

Pienso que Julia es una de esas figuras que representan la isla pero que no sabemos a ciencia cierta dónde poner.

Perla del Caribe, Isla del Caribe…

Es Borinquen la hija del mar y el sol….

Los himnos oficiales y extra oficiales de Puerto Rico la representan así, como una doncella tan primorosa y bella como mórbida. Nuestras mujeres e himnos aguerridos, sobrevivientes (Lolita, Blanca, la Borinqueña de Lola) no tienen el mismo arraigo en la imaginación y canción populares. Marta Aponte describió  no hace mucho algunas de las metáforas femeninas (las jibaritas, por ejemplo,  prostituidas o mancilladas) que son parte de nuestro pequeño universo de metáforas madres (y yo respondí con una reflexión sobre las metáforas “hijas”.) Hoy añadiría que Antonia Martínez y Julia de Burgos se crecen en nuestra historia en tanto mueren, su fama tan sembrada en la muerte misma que es difícil imaginarlas vivas y a la vez famosas. Casi imposible, en el caso de Julia, y absolutamente imposible en el de Antonia.

Esas doncellas son una faceta de nuestro peculiar lamento borincano, donde la “madre patria” es la madre ausente, cruel, violenta que mata y coloniza y nuestra patria es doncella víctima que muere, que dejamos morir, que muere porque estamos pendientes de otra cosa. Esa patria o matria o isla-metáfora nuestra es frágil, como el corazón que denuncia la mentira, que se desnuda sobre la página y ante los ojos ingratos, como un balcón abierto en medio del corre y corre de una huelga que la policía detesta y a la vez no entiende. Es frágil, como la “juventud en flor tronchada” que describía el periódico El Mundo el cinco de marzo de 1970, como el cuerpo delgado que se esfuma en la adicción y en el exilio.

Es frágil, como un poema.

ío

Esto no es una estampa puertorriqueña, pero sí se trata de un fenómeno internacional, al menos a juzgar por su impacto en las redes sociales.  Me refiero al caso de Ivonne, una vaquita bávara que se escapó de su granja.  Al parecer fue perseguida intensamente, en una búsqueda inicialmente reforzada con la presencia  de su becerro, su hermana y un “novio” potencial, y eventualmente  convertida en una cacería y una sentencia de muerte.

Entran las redes sociales: Se arma una campaña en Facebook y otros sitios, la vaca se “roba el corazón del pueblo alemán y del mundo“, se levanta la sentencia de muerte, y un refugio de animales  bávaro decide adoptar a Ivonne, plantándose   al frente de la campaña, que ya no es cacería sino rescate.

Yo miro las fotos de la vaquita huyendo, y leo la historia de su huída, y no puedo evitar hacer algunas conexiones.  Después de todo, es domingo, y estoy tomando café y tratando de evadir temas como la criminalidad o el huracán que viene.   El caso es que leo la historia de Ivonne y, tal vez por  su especie o tal vez por la inicial de su nombre, pienso en otra vaca, la mitológica Ío.  Recuerdo los contornos generales de la historia clásica y los comparto acá: Ío era una joven sacerdotisa de Hera (Juno), la celosa esposa de Zeus (Júpiter).  Zeus, que tenía lo que llaman “commitment issues”, decide enamorar a Io  a espaldas de su mujer. Pero Hera no es boba, se da cuenta de la movida, y baja a investigar.  Para proteger a Ío, Zeus la convierte en una vaquita blanca.

Hera aún sospecha, y pone a su sirviente Argos, el de los cien ojos, a cuidar a la vaca.  Argos duerme con 50 ojos abiertos, de modo que la pobre Ío, que para empezar ni estaba particularmente interesada en Zeus, ha perdido ahora no sólo la forma humana, sino también la libertad.  Alguien (creo que era Hermes (Mercurio)) emborracha a Argos, quien cierra por fin todos los ojos, y la vaca escapa.

(Por cierto, Hera se enoja mucho con Argos, lo tilda de ebrio irresponsable y para castigarlo, lo convierte en pavo y le pone los ojos en la cola, con lo que la historia explica no solamente el origen de la vaca sino también el del pavo real. )

Zás.  La vaca está libre, pero Hera la odia más que nunca.  La huída de Ío, como ahora la de Ivonnne, es épica.  No recuerdo bien toda la historia, pero sí que fue perseguida, que cruzó valles y montañas, que al final logró cruzar el mar y llegar a Egipto donde (presumo que todavía con su forma de vaca) se convirtió en una deidad egipcia.  Los egipcios, como los bávaros del refugio que adoptó a Ivonne, la adoptaron para sí y le hicieron un lugarcito en un panteón distinto y aparentemente menos hostil.

¿Por qué recibe Ivonne toda esa atención?  No puedo sino pensar que los consumidores de noticias del mundo compartimos, por las razones que sean, una inclinación a favorecer la excepción.  Después de todo, ¿cuántos de los que hoy protegen la vida de Ivonne no se comen, alegremente,  a sus hermanos y hermanas todos los días?  Ese excepcionalismo nuestro define lo que se convierte en material noticioso (la vaca que se escapa) y lo que no (las muchas más vacas que no escapan, y que nos comemos.)

Este excepcionalismo ocurre en muchas otras esferas.  Pienso por ejemplo en la educación, tanto en Puerto Rico como en Estados Unidos y otras partes: Nos encantan las excepciones educativas, los casos extraordinarios y esperanzadores.  Mantenemos millones de niños en una situación educativa que sólo puede describirse como inferior, incluso deprivada, pero a veces descubrimos una excepción (un estudiante que a pesar de todo logra salir adelante, tal vez convertirse en músico famoso, o neurocirujano), y a esa excepción la abrumamos con atención mediática, alabanzas, becas…Los otros millones de niños siguen destinados al matadero laboral y cultural que representa la combinación de una educación mediocre y una economía hostil. Pero no los vemos.  O no los vemos igual.  No seguimos sus tribulaciones con la misma emoción, con el mismo suspenso.

Y no hay nada malo, por sí sola, en la atención que se le destina a Ivonne, o al estudiante pobre y prodigioso.  Pero sí habría que examinar los cómos y los porqués de la invisibilidad mediática y emocional de los muchos.

Nada. Que estaba tomando café, y evitando pensar en el huracán, o en los asesinatos, y me encontré con Ivonne-Ío.  Feliz domingo.

recorrido

Llevo algunos meses viviendo acá en el continente, la metrópoli, los Estados Unidos (¿desunidos? ¿hundidos?), el país del segundo invasor, la madrastra-patria, en mi pequeña diáspora de cuatro.  Trabajo en DC pero vivo en Virginia, conectada por bus y metro al hígado de la nación americana.

Mi recorrido mañanero comienza así en Virginia, saliendo de la mano de mi hijo menor por la puerta de un gran edificio de apartamentos.  A nuestro alrededor, los empleados de empresas, ONG’s y gobierno caminan rápidamente.  Son muchos, y suelen ser esbeltos/as y blancos/as.  Llevan audífonos en las orejas y visten los colores claros y brillantes del verano. También hay jardineros.  Son muchos, y suelen ser salvadoreños o bolivianos. Siembran flores en los colores claros y brillantes del verano.

Nos subimos al tren.  Llevo meses viajando en tren, y todavía me encanta.  Nuestras amistades locales se burlan cariñosamente de mi entusiasmo.  El tren, me dicen, anda siempre atrasado, sus escaleras siempre están averiadas, está muy lleno.  Pero a mí, jíbara de Mayagüez, acostumbrada a tener que manejar un auto para ir a cualquier parte, el metro me resulta tremendamente liberador.  Aún en el rush hour, aún con el codo de un desconocido en mis costillas, aún escuchando las protestas de mi pequeñín, que pregunta en voz chillona y en dos idiomas for if the flies dónde nos hemos dejado la miniván, aún entonces, sonrío y me regodeo en mi nuevo estatus de peatona, calculo con fruición las millas que diariamente se cuelan, sin compartamentalización y sin gimnasio, en mi vida.

Nos bajamos en DC y caminamos media milla hasta el campamento de verano. Allí suelto a mi acompañante y emprendo el camino hacia el trabajo. Todas las mañanas le paso por el lado a unos ocho homeless, personas sin hogar.  Son una presencia familiar en esta ciudad.  Suelen ser negros y gruesos, y se mueven, cuando se mueven, con lentitud. Muchas veces están mas bien estacionarios.  Y tiene sentido que lo estén, porque llevan su vida a cuestas, en un carrito de compra, en un coche de bebé sin bebé, sobre sus mismos cuerpos abultados por los sleeping bags, los bártulos varios, los mementos de la guerra, de la vida que se fue, de la vida que se va.  Los rodea y les sirve de contraste la masa dinámica, en movimiento ágil y constante, de tantos otros seres, tan distintos, blancos, delgadísimos, bien vestidos, livianos, seres que no llevan su vida a cuestas porque la ubican en otras partes.  En viajes, en apartamentos, en el futuro.

Uno de los hombres sin hogar suele ubicarse, obstinadamente, en un banco del parque.  Lleva su vida en un carrito de compra, que protege del clima y de las miradas curiosas con una manta decorada con el águila y la bandera americanas.  Abandona su banco periódicamente, echado (sin muchas ganas) por un policía que suele ubicarse en una esquina cercana y cuyo mantra puedo adivinar, y de algún modo compadecer, desde mi caminar: I’m just doing my job.

Estoy llegando a la acera frente a la Casa Blanca, y una masa de chinos,surgida de un autobús cercano y bifurcada al enfrentar el inofensivo obstáculo representado por moi, me rodea. Me imagino una cámara filmando la escena desde arriba, la una caminando hacia el sur, los muchos hacia el norte, y me sorprendo esperando que la escena no sea un agüero, o la metáfora torpe de alguna cosa relativa a mi vida, a la historia o al mundo.

Miro el reloj.  Tengo veinte minutos antes de mi próximo compromiso.  Entro en un café lindo, me compro un café malo, y escribo esto. Para mí, para usted, desde acá, desde mi diáspora de cuatro.


 

vida de costo

Hoy, en el autobús entre Washington D.C. y Arlington, viajando con mi hijo menor, vi una mujer, más o menos de mi edad, subir al aparato acompañada de un niño, más o menos de la edad de mi hijo.  Sacó una bolsa de monedas de su cartera, y comenzo a depositarlas en el receptáculo de pago, bajo un letrero que leía “$1.70”.  El asunto tomó algunos segundos, que se hacían largos en la temporalidad particular de las filas, y los pasajeros que esperaban su turno la miraban con alguna impaciencia, pero nadie dijo nada. Terminó de depositar las monedas para pagar su tarifa y la de su hijo, y se sentó, como el mío y yo.

Al subir, yo había pagado con mi tarjeta de metro y metro bus, adquirida en línea con una tarjeta de crédito.  Y como usé la tarjeta, mi tarifa fue de veinte centavos menos, por persona, que la de la señora de las monedas.  A cuarenta centavos por viaje, multiplicado por dos veces al día, calculo que la desconocida acaba pagando casi un dólar diario más que yo, por moverse la misma distancia. Las suelas de sus zapatos estaban gastadas. Su ropa, el material y hechura de su bolso y otras señas contextualizan lo que podría parecer una decision neutral de pagar con monedas: La señora era pobre.

Y recordé el título de un ensayo de Barbara Ehenreich que leí hace mucho (Could you afford to be poor?) y que documentaba las múltiples formas en que la pobreza, irónicamente, encarece la vida.  Si usted es pobre, suele vivir a mayor distancia de cosas como comida de buena calidad o posibilidades de empleo; suele atender sus dolencias, tarde y mal, en salas de emergencia porque el cuidado de salud pública está roto o porque usted gana demasiado para cualificar para el seguro público pero muy poco para pagar el privado; paga intereses más altos, en promedio, por cosas como hipotecas, seguros de autos, y muebles.  Su presupuesto está por definición agujereado, repleto de costos indirectos que los sectores más privilegiados no sienten ni conocen como parte de su diario recorrer: los diez pesos (o cincuenta pesos) que le cobran por cambiarle un cheque, por ejemplo.  El financiamiento de los muebles.  Andar sin repuesta porque no había suficiente dinero para cinco gomas.  O accidentarse por verse obligado a andar con las gomas lisas.

Lo interesante es que en el discurso popular, suelen dominar no tanto la preocupación por los múltiples modos en que ser pobre encarece y dificulta la vida de la gente, sino más bien las supuestas “ventajas” que acarrea la pobreza.  Ventajas como rentas y utilidades subsidiadas, por ejemplo. O los cupones para alimentos.  Pero al mirar de cerca, y mirar dos veces, hay que reconocer que ser pobre sale…caro.  Hace unos días visité unos familiares que andan en aprietos económicos, aprietos que ilustran bien lo que nos cuenta Ehenreich. Al marido, que trabaja en promedio ochenta horas semanales en los muelles (¡y todavía hay quien se atreve a decir que la gente no quiere trabajar!)  le bajaron las horas a cuarenta, de modo que en ese mes, hubo que tomar una decisión difícil: o se paga la renta o se paga el seguro del auto. Optaron por pagar la renta “porque si no, nos ponen los muebles en la calle”, me cuenta la esposa.  Una mañana, de camino al trabajo, se explotó una goma, se bajaron a cambiarla, un policía buena gente se detuvo a ayudar…Y se quedaron sin auto, porque es ilegal andar por ahí sin seguro y el policía era buena gente pero no tanto.  Las decisiones difíciles se acumulan: ¿alquilar uno, o tomar un taxi, a precios que ascienden al equivalente de medio día de trabajo, para poder llegar a tiempo y evitar que le corten más las horas, o faltar, y arriesgarse a quedar desempleado?

Y ese es un caso borderline, en términos de eso que llamamos “clase social”.  Al menos allí hay empleo, hay salud, hay esperanza de movilidad social.  Los casos más extremos, los pobres más pobres,  acaban pagando de modos que son casi inimaginables, desde la óptica de clase media que predomina en mi cabeza y probablemente en la de la mayoría de mis lectores: Las personas sin hogar, por ejemplo, se ven obligadas a pagar por comidas pre-cocinadas  a diario, porque no tienen nevera ni casa donde ponerla.  Para las mujeres sin hogar la cosa es aún peor; son víctimas frecuentes de violaciones y asaltos físicos. Hace mucho una me dijo, refiriéndose a los y las deambulantes, que “de noche, los hombres buscan dónde dormir: las mujeres buscan dónde esconderse”. En un ejemplo casi surreal de lo cara que resulta la pobreza, esta mujer se veía obligada a pagarle con monedas o favores a otros deambulantes por su “protección”.

Pienso todo esto en el metrobus, camino a casa. Lo pienso mientras miro a la señora que podría ser yo, con su hijo que es como el mío, mirando el mismo paisaje, al mismo tiempo, por una ventana igual, en un viaje que se parece mucho, en distancia y contenido, al nuestro, pero que  le costó veinte centavos más, y cuyo destino es probablemente muy distinto.