el mendigo, en tiempos de la cuarentena

homeless feet onlyEs viernes (creo que «santo», no recuerdo y no importa demasiado). Cae una llovizna fina que casi parece nieve. Se nos ha acabado la leche. El aguacate que compramos hace tres días finalmente maduró.  Cuomo nos ha invitado a estar «cautelosamente optimistas».

Desde que se nos rompió nuestro carrito de compras, hay que hacer compra con mayor frecuencia.

La muerte prematura del carrito fue cosa de la epidemia también. Es uno de esos que funciona solo en línea recta, que no tiene la capacidad de torque para ejecutar una curva. Andaba mi esposo empujando el carrito cuando se encontró de frente con una señora con cara de susto y desenmascarada (qué cosas, en estos días son los desenmascarados, no los enmascarados, los que meten miedo) y, tratando de evitarla, viró el carrito de forma tal que se rompió.

Pero ese es un cuento pequeño y aparte del que hoy me ocupa. Hoy fui a hacer compra, con mis dos bolsas gigantes, una en cada brazo, donde llevo lo pesado, y dos más pequeñas, una para cada brazo también, donde llevo lo liviano y/o delicado. En tiempos de cuarentena solemos desarrollar sistemas como éste para todo hacer o quehacer cotidiano. Esperando el cambio de luz en la esquina, se me acerca un mendigo, me dice (en inglés) Tengo hambre, deme un par de pesos, le digo No tengo efectivo (y es cierto, porque mi sistema involucra el uso, más simple, de una tarjeta de crédito, ya que pertenezco al sector privilegiado de los que tienen esa cosa, crédito, en este sistema), me insiste Tengo hambre, le sugiero que ya que voy al mercado, le puedo traer, cuando salga, alguna cosa. Mi sistema, añado con cierto orgullo, toma 10-15 minutos, a lo sumo. Y qué me trae, pregunta, Bueno, contesto, podría ser guineos, o manzanas, algún dulce, platanutres, Pues tráigame guineos, que sean dos y no estén demasiado maduros, porque no me gustan maduros, pero tampoco verdes, por supuesto, y ensalada de atún, asegúrese de que NO sea pollo sino atún, y que traiga uno de esos cuchillitos de plástico para untarle el atún a las galletas, Algo de beber, pregunto, No, gracias, contesta. Nos vemos aquí mismo, en quince más o menos, prometo.

Dentro del supermercado, tomo especial cuidado en conseguir lo que me ha pedido, en elegir los guineos del color preciso y asegurarme de agarrar el meal kit de atún, y no el de pollo. Añado unas barras de granola y un chocolate.

Otro cuento dentro del cuento, que viene, aunque no venga, al caso: en el proceso de ayudar a la cajera  a acomodar mis muchos artículos, y de separar los del hombre que me espera en una bolsita aparte, la tela de mi mascarilla homemade invade el área de mis ojos y digo en voz alta, en español y por impulso, Pera que no veo tres carajos, y la cajera se sonríe (que duchos nos hemos vuelto, en esto de reconocer sonrisas por encima de las máscaras que las cubren), y entre risitas y en un español muy boricua me contesta No se preocupe, que no hay prisa.

Regresando a la historia original, al fragmento de este diario wanabí que mantengo de mi Nueva York en los tiempos del coronavirus: salgo a la calle balanceando el peso de cuatro bolsas, miro el reloj, han pasado exactamente quince minutos, y mi mendigo no está en la esquina acordada. De hecho no está en ninguna esquina visible.

Pero allí, frente al mismo super, me encuentro con una mendiga, desenmascarada y con rosácea, tengo hambre, me dice, con la sonrisa más triste que he visto en mucho tiempo. Pues mire, le contesto, resulta que tengo esta bolsita, tiene guineos, atún, barras de granola… Y sin dejarme terminar, extiende unas manos muy blancas, muy limpias, y toma de las mías la bolsa que le ofrezco, con la sonrisa más feliz que he visto en mucho tiempo, Gracias, dice, Bendiciones, No es nada, le contesto. Y sé que realmente no lo es.

Me pregunto dónde podrá sentarse a comer, ahora que todos los parques de la ciudad están cerrados y los albergues, esos focos de infección ignorados, están llenos y no tienen sillas y mesas pa’ tanta gente.

Acabo de regresar a casa y terminar el tedioso trabajo de limpiar cada artículo. Mientras escribo en este diario, se me ocurre que hoy re-aprendí dos viejas lecciones. Una, que los mendigos no están como cualquiera pero son como cualquiera, que pueden tener preferencias alimentarias y capacidad para la travesura, para sonreír, agradecer, impacientarse. Tendencia al enojo, alergias a las nueces, canas, rosácea, manos de violinista clásica.

La otra, que la caridad es un mal parcho, que el capitalismo está lleno de agujeros, y que los pobres no nos deben nada.


Esta entrada forma parte de un diario de campo que voy escribiendo en los tiempos de la pandemia de COVID-19. Pulse aquí para ver la anterior, «el numerito diario en tiempos de la cuarentena». 

tetas,penes y silencios

muralLlevo un par de días tratando de entender este asunto de los penes. Bueno, no un par de días, realmente, porque durante estos dos días he estado haciendo muchas otras cosas que no necesariamente involucran esta preocupación.

Tampoco el asunto de los penes en general, aclaro, en cuanto a tema literario u objeto anatómico, sino a la exhibición de dos penes particulares frente a un mural, una exhibición que se lleva a cabo, supuestamente, como una especie de…protesta. De protesta a…la protesta. Porque los individuos que así se exhiben lo hacen, aparentemente y según la noticia de TuNoticia, en protesta a la protesta reciente que un grupo de mujeres sin camisa hiciera frente al mismo mural.

La lógica de los pechos desnudos de las mujeres estaba clara: Al mural, que mostraba senos descubiertos, lo habían vandalizado (en inglés se diría que le habían quitado la cara, «defaced», y esa expresión me parece que viene al caso aquí) seres anónimos que cubrieron esa sección del mural con pintura blanca en forma de sostén.  De modo que la protesta de las mujeres con los senos al aire es una forma de decir «aquí estamos», «al que no quiere caldo le dan tres tazas», ese tipo de cosa. En fin, que hay una relación directa entre la acción simbólica a través de la cual se protesta y el objeto de la protesta en cuestión. Usté borra los senos, le mostramos otros senos. Simple. Directo.

¿Cuál es entonces, me he estado preguntando, la relación entre los penes al aire y lo que sus dueños protestan?

No debe ser un «aquí estamos» o un «al que no quiere caldo», debo suponer, porque las tetas expuestas no suprimen a estos señores de modo alguno, no persiguen invisibilizar su hombría o mucho menos el arte, si alguno, que dicha hombría pudiese inspirar. El «aquí estamos» que estos sujetos plantean tendría tal vez sentido si las dueñas de las tetas, en lugar de protestar sin camisa, le hubiesen puesto calzoncillos de Glidden al David u otra estatua por el estilo. Pero eso no fue lo que pasó.

Supongo que no he estado preocupada con el asunto de los penes, entonces y después de todo, sino más bien con esto de protestar la protesta. De protestar «este tipo de protesta feminista», dice la noticia. O sea ¿que están protestando al feminismo que se desnuda, a un feminismo físico que usa al cuerpo como vehículo de expresión?

Y si esa es la protesta, ¿no pertenecen acaso a la misma categoría de seres que le puso brassiere al mural?  Creo que sí, y creo también que, curiosa cosa, aparecen así combinadas dos estrategias aparentemente opuestas, la de tapar y la de exhibir, ambas con el mismo fin:silenciar al cuerpo del otro, o más concretamente, de la otra, porque es de otredad y de otredad femenina, que se trata esto. Esto no es tan paradójico como parece: es la misma combinación familiar que vemos, por ejemplo, en el uso de la estridencia y la censura como estrategias para silenciar oposiciones. Te silencio obligándote a callar, y te silencio gritando más duro que tú.

En fin, que me tomo un vinito y concluyo que esto no tiene conclusión inmediata, y que eso es una buena noticia, tal vez la única que puedo ver en este paisaje. Porque la discusión es otra forma, tal vez menos física pero no menos corpórea, de recordar que lo borrado existe, de resistir el silencio.

doctor libro

huck finnEn un artículo reciente del New Yorker, me encontré con una de esas cosas que conocemos sin saberlo, que hemos usado sin proponérnoslo. Se llama biblioterapia, la cosa, y tiene que ver con usar la lectura (especialmente de ficción, poesía y ciertas formas creativas de no-ficción) para atender dilemas o situaciones personales, o más bien para procesar las emociones que nos acarrean esas situaciones. La pena y el duelo, el amor y el desengaño, la infelicidad, la insatisfacción, la crianza, nuestra propia mortalidad, la pérdida, el exilio, todas ellas y más son temas tratados en la literatura por mentes diestras, y la lectura de esa literatura puede ser un acto no solamente entretenido, sino además sanador.  Esa es la premisa básica de la biblioterapia.
     Ojo, sin embargo: No hay que confundir esta práctica con la lectura de libros de auto-ayuda o “self-help”. Si bien estos últimos pueden ser de utilidad, y si bien hay algunos (me temo que pocos) que son además buena literatura, la biblioterapia no consiste en leer libros escritos por psicólogos, diseñados para hacernos sentir mejor. Más bien se trata de leer obras literarias buenas y en el proceso, vivir un poco más plenamente.  Igual que pasa, argumentarían los amantes de otras artes, con una sinfonía, una canción, un cuadro, una película.
     Creo que cualquier lector más o menos voraz sabe a lo que me refiero, y comparto un par de ejemplos. A Diane Ackerman, la autora del delicioso “Historia natural de los sentidos”, se le enfermó el marido, que es también escritor. El hombre quedó con afasia severa como consecuencia de un derrame. La historia de cómo la pareja brega con el asunto es un libro digno de leerse por sí mismo (está bellamente escrito, y sirve, en el enfoque biblioterapéutico, para pensar en el amor, la escritura, la enfermedad y la pérdida), pero el asunto es que Ackerman se enfrenta al desafío, en parte, haciendo la misma cosa que ha hecho casi toda la vida: Leer. Y que la lectura de libros sobre, o escritos por, autores que también sufrieron de afasia, como Ralph Waldo Emerson y William Carlos Williams, le sirvió para procesar sus experiencias cuidando a un ser amado con afasia tanto o mejor que sus lecturas más prácticas, diseñadas para entender el desorden. En otro ejemplo, tal vez más dramático en escala, Nina Sankovitch decidió leer un libro por día poco después de perder a su hermana, que murió de cáncer, y pasó un año completo (documentado en su memoria “Tolstoy y la silla púrpura)” leyendo y reseñando un libro diario. Algunos le sirvieron para pensar en su hermana, otros para pensar en el duelo y la pérdida, aún otros para pensar en la vida y todo lo triste y feliz que ella contiene.
     A mí la idea de que los libros te sirvan para entender, para crecer y para sanar más allá del que sea su contenido o propósito explícito me hace sentido intuitivamente y en el contexto de mi propia historia. Recuerdo bien tener ocho años, por ejemplo, y estar viviendo en condiciones difíciles. Había hambre en mi casa, había pobreza, había enfermedad, había desesperanza, había vulnerabilidad. Había también un libro–no el único en la casa pero ciertamente el más grueso– que me había regalado mi papá, una edición completa y adulta de Las Mil y una noches. No sé cuántas veces leí ese libro, pero sé que fueron muchas. Es difícil expresar lo importante de leer una y otra vez a Sherazade tejer historias para escapar de la muerte cada noche, de ver que los paisajes de miseria son parte de historias en otros espacios, en otros tiempos, de escapar con una alfombra, de ubicar el sufrimiento individual en el contexto del de un pueblo. Las lecciones de la ficción pueden ser tan precisas, y tan complejas, como las de la historia. Y tener un buen libro a la mano, creo firmemente hoy, de algún modo me salvó. Más de una vez.
     Pero creo que he escrito o hablado suficiente por hoy. Lo que más quisiera es escuchar o leer sobre otras experiencias, las tuyas, lector, lectora. Cuéntame de los libros que te han ayudado a trabajar con emociones o situaciones difíciles. Me puedes contar aquí, en tumblr, en Facebook, o enviarme un mensaje a: rbrusi@gmail.com. Comparte conmigo (y si te animas, ¡anímate! con la audiencia) el rol, si alguno, de la biblioterapia en tu vida.

decoración de interiores

changó
artista:roberto silva ortiz, puerto rico.

Ando buscando dónde poner a Julia.

Julia de Burgos, la poeta puertorriqueña que aprendí a llamar «poetisa» en la escuela. Tengo en una pared de nuestra salita un poster sencillo –el rostro de Julia flota sobre un fragmento de Río Grande de Loíza-–en un marco barato.

Llevamos años con las paredes medio desnudas en casa. Pero hoy coinciden dos condiciones que nos catapultan al súbito estatus de gente «normal», los seres que tienen suficientes obras para casi todas las paredes de la casa: 1)nos hemos mudado a un apartamentito de dos habitaciones, uno de esos espacios encantadores donde sala, comedor y cocina son uno, y 2) le hemos pedido a un amigo querido, una especie de hermano que para mi fortuna, es también uno de los mejores artistas plásticos puertoriqueños de hoy, que nos envíe cinco prints de su fabulosa colección Amen-Aché. Esa colección adornará la mayoría de nuestras paredes importantes, y algunas de las cositas que actualmente cuelgan en nuestras paredes tendrán que cambiar de lugar.

Hay obras que lograrán quedarse y acompañarán a las nuevas–la Torre Universitaria de Martorell, el jazz callejero que me regaló mi tío, Verdeluz del Mar de Omar Quiñones (que he estado arrastrando, pobre cuadro, conmigo a donde quiera que me mudo por los últimos veinte años)…Pero otras, como el poster de Julia, han de trasladarse a otras paredes. Su forma es parte del motivo: Es un desafío–por ser poema, y como otras obras con la imagen de Julia, el cuadro es un rectángulo alargado que no necesariamente cuadra en toda pared. Busco una pared estrecha, y mi salita cuenta con dos: una para la bella mulata roja que es changó en la colección de mi hermanito, otra para la torre de la yupi.

Busco así dónde poner a Julia.

Considero brevemente una pared en el baño.

Me escandalizo. Me regaño. El baño merece arte, por supuesto, pobre baño discriminado, incomprendido, generoso. Pero Julia no se merece el baño.

Pienso en mi libro sobre Puerto Rico y la década de los setenta, el libro que debería estar en progreso pero cuyo progreso hoy se ha rendido, espero que brevemente, a la pregunta de dónde poner a Julia.

La respuesta lógica es mi escritorio, y tendré que hacer algunos movimientos medio extraños, y en realidad no «pega», pero es la que hay.

Pienso que Julia es una de esas figuras que representan la isla pero que no sabemos a ciencia cierta dónde poner.

Perla del Caribe, Isla del Caribe…

Es Borinquen la hija del mar y el sol….

Los himnos oficiales y extra oficiales de Puerto Rico la representan así, como una doncella tan primorosa y bella como mórbida. Nuestras mujeres e himnos aguerridos, sobrevivientes (Lolita, Blanca, la Borinqueña de Lola) no tienen el mismo arraigo en la imaginación y canción populares. Marta Aponte describió  no hace mucho algunas de las metáforas femeninas (las jibaritas, por ejemplo,  prostituidas o mancilladas) que son parte de nuestro pequeño universo de metáforas madres (y yo respondí con una reflexión sobre las metáforas «hijas».) Hoy añadiría que Antonia Martínez y Julia de Burgos se crecen en nuestra historia en tanto mueren, su fama tan sembrada en la muerte misma que es difícil imaginarlas vivas y a la vez famosas. Casi imposible, en el caso de Julia, y absolutamente imposible en el de Antonia.

Esas doncellas son una faceta de nuestro peculiar lamento borincano, donde la «madre patria» es la madre ausente, cruel, violenta que mata y coloniza y nuestra patria es doncella víctima que muere, que dejamos morir, que muere porque estamos pendientes de otra cosa. Esa patria o matria o isla-metáfora nuestra es frágil, como el corazón que denuncia la mentira, que se desnuda sobre la página y ante los ojos ingratos, como un balcón abierto en medio del corre y corre de una huelga que la policía detesta y a la vez no entiende. Es frágil, como la «juventud en flor tronchada» que describía el periódico El Mundo el cinco de marzo de 1970, como el cuerpo delgado que se esfuma en la adicción y en el exilio.

Es frágil, como un poema.

Melchor Jackson

michael-jackson-christmas-jumper-smallDe un tiempo a esta parte, Puerto Rico parecería haberse llenado de inflables.  De hecho hasta la palabra se ha vuelto coloquial, normalita, susceptible de mención sin necesidad de definición.  Los inflables son un poco como los billboards, esos carteles enormes que anuncian cosas.  Hace diez años, no había casi ninguno, ahora, están por todas partes.

Los puertorriqueños inflamos y acomodamos esos aparatos frente a nuestras casas para conmemorar cosas como Halloween y Pascua…pero especialmente, para conmemorar la Navidad.  Santa Closes barrigones, o personajes de Disney (Mickey, Pooh) vestidos como él; Duendes, venados, trineos; Muñecos de nieve; Y, tal vez en una onda más criolla y más tierna, Jesuses recien nacidos junto a sus papás.

nacimiento

Ayer, desde mi auto, ví un inflable de los Tres Reyes Magos.  Si lo veo de nuevo, le tomo una foto y la traigo al blog.  Estaban juntos, abrazados, alegres, sonrientes, celebratorios y….BLANCOS.  Los tres eran blancos.

«¿Y Melchor?», le pregunté en voz alta a mis amigos imaginarios, un poco indignada.  «¿Dónde está Melchor?  ¡Me han blanqueado a Melchor!  ¡O me lo han cambiado por un rey blanquito!»

Dice el antropólogo y sociólogo Chuco Quintero que la importancia y la negritud de Melchor radican probablemente en las particularidades de la historia del Caribe Hispanoparlante:

«Los sitios donde más se celebran los Reyes Magos son los lugares en los que hubo problemas étnicos relacionados a la colonia, como Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana. Son figuras que tratan de apaciguar las tensiones sociales en torno a la diferencia.»

Resulta interesante, continúa Quintero, que en la tradición bíblica el rey negro sea Baltasar (y yo que siempre creí que Baltasar era el más barbudo), pero que en la nuestra sea Melchor, quien es también concebido como el más sabio-en una especie de sincretismo que sirve para aunar, mezclar y armonizar, y que se completa con el uso de caballos en lugar de camellos como modo de transporte para los Reyes Boricuas.

Los amigos imaginarios que pacientemente escuchan la articulación de mis pequeñas indignaciones cotidianas me respondieron que la blancura del Melchor  del inflable obedecía probablemente a consideraciones prácticas-tal vez, suspiraron, la homogeneidad del color hacía más simple la fabricación de la cosa.  O quizá los/las chinos/as que diseñaron y fabricaron el inflable para vendérselo a Walmart no conocen la tradición caribeña y no saben que para nosotros es importante que uno de los tres queridos personajes sea, por lo menos, marrón.  Y que preferiblemente tenga la barba rizada.

La antropóloga Isar Godreau ha descrito en varios trabajos académicos el proceso de blanqueamiento que caracteriza la historia de nuestro país – un blanqueamiento evidente en textos, discursos y prácticas, en el distanciamiento que siempre coloca al elemento negro en «otro» lugar (Loíza, Santo Domigo, África), en la asociación de lo negro con lo ignorante o supersticioso,  y en el mismo lenguaje cotidiano, fugitivo, ambiguo, cambiante y evasivo cuando de caracterizaciones «raciales» se trata y en el cual preferimos decir «trigueñito», «indio», y «moreno» y cambiamos de término según el contexto y el interlocutor.

Claro que los chinos/as que hicieron los reyes del inflable que provoca esta entrada no sabían  nada de eso.  Pero la ausencia de color en las caras de esos reyes de plástico me produce un rechazo visceral.  En una especie de simbólica cirugía estética que ni siquiera cuenta con las justificaciones médicas (por flojas que fuesen) del atormentado Michael Jackson, le extirpan la negritud a uno de los poquísimos espacios en donde ésta subsiste con alguna dosis de cariño, respeto, y aceptación, sin burla y sin asociaciones macabras.

Me dirá el lector que al final del día, la negritud de Melchor no es sino una concesión un poco boba a la negritud del país, y que peco de romanticona al nostalgiarlo.  Y tiene razón. Pero igual, cuando busque yerba para los caballos de los Reyes esta noche con mi hijo de cuatro años, la imagen que tendré en mi cabeza (y en la pantalla de la computadora) será la de un trío lo más oscuro posible.  Y será el sabio Melchor el que firme la tarjeta del regalo más deseado.

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Sobre ese pobre lechón

Sobre Michael Jackson

Sobre la taínofilia (Diálogo Digital)

Imagen tomada de: News Items Today, dic 2008

todo por la belleza

brookeHace algunos días hablaba con mis estudiantes acerca de la paradoja de la belleza. La de cualquiera, pero especialmente la femenina.  Nos referimos al mito de la belleza, una noción acuñada por Naomi Wolf y que se refiere a la existencia de criterios de belleza poco realistas, reforzados por el mercadeo de cada vez más (y más caras, y más sofisticadas) rutas para alcanzar una belleza…inalcanzable.  Decíamos que es la imposibilidad misma de esa belleza lo que la vuelve poderosísima en términos de la mercantilización, porque abre espacios infinitos para la creación de productos que «ayuden» a las pobres mujeres, todas ellas inevitablemente  imperfectas, a acercarse a la meta.

Los ejemplos cotidianos del mito de la belleza abundan: Maniquíes insólitamente flacos, y sin rostro, nos espían desde los escaparates; las muestras que reciben las modelos para vestirse son de tamaño «cero», un tamaño matemáticamente absurdo porque implica no pequeñez sino inexistencia; la alquimia de  unguentos milagrosos es una industria millonaria; y en un mundo donde los médicos escasean, las cirugías plásticas cosméticas son la orden del día.  La misma lógica mercantil post-industrial que nos atosiga de comida chatarra nos ofrece también el rímel,  la faja, el gimnasio y el fataché.

Poco después de la clase, una estudiante me envió un video que a pesar de ser en sí mismo una herramienta de mercadeo de una marca de productos particular, ilustra muy bien lo remoto que resulta este falso ideal de belleza:

El video es útil (gracias a Karla por compartirlo) porque muestra con claridad dos niveles de «falsificación» en esto de vendernos el mito de la belleza.  Primero, la modelo es maquillada, peinada, y arreglada hasta parecer otra.  Más adelante, su foto es manipulada hasta lograr una representación de la belleza que es todo excepto «natural».

La modificación de una imagen usando photoshop (o su equivalente) implica la manipulación tanto de la imagen o foto como de las mentes vulnerables de consumidores potenciales. Otro tipo de manipulación, igualmente interesante, lo es el uso y modificación del arsenal médico para corregir «defectos» físicos según la moda.  Tratando de alcanzar lo inalcanzable, no solamente nos tostamos y pintamos el pelo y la piel, sino que le metemos cuchillo a párpados, narices, muslos, senos, batatas y panzas, unas veces para agrandar y otras para achicar.

Hace unos días me alertaron sobre la existencia de un producto que bota la bola; Latisse, se llama, y su portavoz Brooke Shields adorna este «post».  Si usted no está contenta con el largo y densidad de sus pestañas, ya no tiene que pasar trabajo usando mascara, sino que puede untarse este líquido, que contiene a saber que químicos, en su párpado y voilá – pestañas gruesas y saludables.  Claro que puede enrojecer, irritar u oscurecer su piel, o causarle picor o conjuntivitis, y ni hablar de los efectos secundarios desconocidos en virtud de la premura con la que tenemos que lanzar todo fármaco al mercado, pero no importa. Todo sea por la belleza, y ahora hasta su doctor se apunta en esa gesta.

wallpaper

bozo1Cada cuatro años, las elecciones nos dejan una especie de país fantasma.  O cuando menos, un paisaje fantasmal.

Me refiero a los pasquines políticos, los de las caras sonrientes que con quince, tal vez  treinta caracteres, proyectan y resumen las siempre buenas intenciones del/a candidato/a.  (Fulano de Tal…Un hombre de pueblo! Zutana de Tal…No te arrepentirás!!!] Son una parte tan familiar del paisaje boricua, y sin embargo, mirándolo dos veces, son un fenómeno tan extraño…Hoy los miraba desde la luz roja y una imagen surreal, ciencia-ficticia, insistía en materializarse en mi mentecita cansada: arqueólogos marcianos desenterrando, y preservando cuidadosamente, las imágenes que empapelan nuestros tablones de expresión pública,muros, parques, postes y monumentos, elaborado quién sabe que teorías para explicarlas.

«Que tontería», me contesto, en el tapón…»Los pasquines no duran miles de años. A lo sumo, unos cuatro…»

Pero, ¿no son acaso cuatro años demasiados años, en la temporalidad (de tiempo, ojo, no de temporal) política del patio? Porque pensándolo bien, estos señores que me sonríen, multiplicados en el muro de la avenida, pertenecen a tres tipos principales, y ninguno de esos tres debería beneficiarse particularmente de esa especie de eco visual que las huestes político-partidistas pegan con grandes brochas de cola en nuestro entorno. Veamos.

Están, en primer lugar, los ganadores.  Por ejemplo, en mi hábitat, cientos de rectángulos que, con anacrónico optimismo, me dicen con grandes signos de admiración que la elegante señora con traje y cabellos igualmente claros y planchados «TE AYUDARA!!!!»  Supongo que muchos le creyeron, porque ganó. No se a quién ha ayudado todavía.  Al pueblo que la eligió (o al que le votó en contra, o al que como yo, se quedó «callao» en casita mirándolo todo por internet) no ha sido. Esos pasquines, con el tiempo, todo lo que logran es insultarme un poco.  Los ganadores todavía pasquinados parecerían estar burlándose.  «Ilusos», dicen sus sonrisas….

Luego están los perdedores.  Esos resultan menos antipáticos, no porque lo sean, sino porque perdieron.  Creo que fue Borges que dijo que había una dignididad particular que estaba fuera del alcance del vencedor. Pues algo así.  Estos otros perdieron, así que de alguna manera me resultan menos odiosos.  Por un ratito. A medida que recorro la ciudad y se multiplican sus sonrientes caras empiezo a cuestionarme su derecho a estar molestando mi pupila.  Especialmente si pertenecen al partido  que NUNCA gana.  Como que hay algo de descarado en esta idea de que puedo poner mi cara muchas muchas veces en cuanta superficie vertical me encuentre hasta que los ojos de los ciudadanos queden como los de las moscas y las abejitas, sin que me salve al menos la probabilidad de ganar…

Tal vez los peores, sin embargo, son los desconocidos. Esos que están ahí, me sonríen con sus deditos pulgares mirando hacia arriba y yo…no sé quienes son.  Tal vez se debe a que no veo suficiente televisión.  O a que son irrelevantes.

En todo caso, los pasquines (legalizados en 1972 para facilitar la libertad de expresión, aunque debo admitir que me parece que es muy poco lo que expresan, al menos en términos de información) envejeciendo en los postes del país son como una caricatura mal dibujada, como un eco distorsionado, del fenómeno ese de aferrarse al trono, al poder, que le adjudica el folclor a los políticos.  Como si hasta en efigie, quisieran permanecer a toda costa…Tan irrelevantes o incluso  problemáticos para el paisaje como la mayoría de ellos lo son para el bienestar del país.

«vente-conmigo…»

velas

«Dedicado a Gela y Julián, que le daban a sus clientes el cariño y la esperanza que ningún ‘producto’, por bonito que sea su empaque, puede dar.  Y que lo hacían a cambio de una visita o de un racimo de plátanos.»

Creo que tenía unos nueve años las primeras veces que visité una botánica.  Era en la plaza del mercado de algún pueblo (tal vez Rio Piedras, o Luquillo), y estaba en un rincón, frente a una esquina en forma de letra «L», que tenía dos puestos de vegetales y viandas.  El diseño de éstos últimos era simple, y muy parecido al de casi todos los puestos de la plaza: Un mostrador de madera lisa, por debajo del cual pasaba el/la vendedor(a) y detrás del cual se exhibían, colgando en ganchos o descansando en tablillas y canastas, los productos.  Plátanos, yautías, recao, cebollas, ajos, mazorcas de maíz.  No así la botánica, que tenía tres paredes arregladas en forma de biombo o bastidor, y multitud de cajones, canastas y tablillas con frascos (algunos etiquetados, otros no), velas de diversos tamaños, flores, plantas, y figuras del santoral cristiano.  El vendedor era también un especialista (por lo general espiritista o santero), de modo que si el cliente no traía una receta de alguna otra parte, se la hacían allí. Los clientes entraban con un papelito (o sencillamente una preocupación) y salían con los brazos llenos:  una vela, dos frascos, varias flores, algunas hojas, y tal vez una figurilla, que utilizarían para hacer alguna pócima o baño, en un orden determinado y con algún fin en mente: resolver un problema de salud, atraer a un ser amado, o sencillamente «despojarse», limpiarse de una racha de mala suerte o de la influencia de algún espíritu oscuro.

Como parte de mis incursiones iniciales en la etnografía como método, visité y observé botánicas diez años más tarde, cuando estaba en la universidad.  Al principio me parecía que no habían cambiado mucho.  Las que ví en la plaza se parecían mucho, en su estructura física, a las de mi niñez.  Había otras, de mayor tamaño, en los «cascos del pueblo» en lugares como Lajas, San Germán y Aguada.  Al mirar más de cerca noté, con curiosidad, que las plantas no eran tan frecuentes como antes.  De hecho, varias botánicas que visité no tenían flora, punto.  Las velas eran las mismas, pero había muchas más – producidas comercialmente en alguna línea de ensamblaje y trayendo incluída la oración impresa en el frasco, tal vez porque los compradores preferían un acercamiento más de tipo «do it yourself» o porque los vendedores ya no conocían las recetas.

Tal vez lo más interesante era que los frascos ya no constituían esa especie de misterio reciclable de antaño. Ahora de plástico, lucían colorines y etiquetas comerciales, con nombres atractivos como «vente-conmigo», «espanta-males» y «amor-eterno». Eliminaban la necesidad de la receta (y del espiritista, y de las plantas) porque alegaban incluir todos los ingredientes tradicionales, destilados en una fórmula resumida y empacados de manera atractiva.  Más sorprendente aún, y tal vez emulando el comportamiento de otros productos, (esos que te recomiendan comprar juntos el champú, el acondicionador y el unguento, para un mayor efecto), los «despojos» y los «vente-conmigo» eran ahora líneas enteras, completas con aceite, aerosol, líquido para el agua del mapo y velas aromáticas.  El elemento humano del proceso folkórico ritual, así como el vegetal, perdían importancia, opacados por el poder del capital y de sus líneas de ensamblaje, que desde Miami surtían al dueño de botánica sin necesidad de conocimiento religioso, contactos con espiritistas y santeros locales, o huerto.

El cliente ya no salía con los brazos llenos de flores, sino llenos de potes.

Hace unos cinco años, en San Germán, ví a un representante de ventas entrar a una botánica con su línea, La Gitana, quien además de los productos básicos como agua para el despojo con mapo y perfume, tenía también para la venta prendas de fantasía, pañuelos, anillos que cambiaban de color, tarot simplificado  y caramelos sin azúcar, todo de la misma línea. Pensé entonces que la botánica ya había llegado al colmo de su propia posmodernidad.  Que se había mezclado del todo con el mercado contemporáneo.

Olvidé que todavía le faltaba un paso: Desaparecer.   He visto recientemente despliegues de góndolas de velas con santos y oraciones en lugares como Pueblo, Walmart y KMart. Y eso me hace pensar que, del mismo modo que la botánica ha dejado atrás al espiritista, al huerto, al conocimiento milenario y al frasco de cristal, la mega tienda amenaza hoy con dejar a la botánica, como a tantos otros negocios pequeños, atrás, vacía e irrelevante en las vidas y travesías cotidianas de los puertorriqueños.  Y no porque ya no quieran buscar milagros recurriendo a los personajes secundarios del cristianismo y al optimismo mágico del floclór, sino porque pueden comprarlos más rápido, barato y bonito en alguna megatienda cercana.

artefactos: el álbum de bodas

rosesEste «post» inaugura una categoría nueva, la de los «artefactos».  En la antropología cultural, un artefacto es un objeto producto de la acción, la inventiva, la cultura  humana.  La subdisciplina de la arqueología, de hecho, se basa casi por completo en el estudio de artefactos (vasijas, tumbas) que nos permitan entender culturas en el pasado.  Pero el uso de un artefacto para entender un poco mejor al grupo humano que lo produce no se limita a las culturas «muertas»; todos y todas podemos entender mejor nuestro mundo social, ese conjunto de significados y redes sociales que nos limitan y a la vez nos liberan, que nos permiten existir como humanos, mirando los artefactos que ese mundo contiene. Hasta los más cotidianos.  Tal vez especialmente los más cotidianos, los que nunca miramos dos veces.

Podríamos empezar con cualquiera.  El zafacón. El inodoro. El pilón de machacar ajo.  El plato del perro.   Pero hoy quiero hablar del álbum de fotografías.  Lo tengo en la mente porque una de mis estudiantes trabaja en este momento el tema de la boda puertorriqueña y sus artefactos-el bizcocho, el álbum, el vestido…y en más de una ocasión hemos conversado acerca de la construcción del álbum.  Un álbum de boda más o menos típico tiene unas secciones bastante predecibles, que coinciden con momentos igualmente estructurados en el ritual mismo.  Algunas fotos de la novia preparándose (mi estudiante dice, y estoy de acuerdo, que estos eventos son novia-céntricos, con la novia como eje y centro) seguidas de otras de «la ceremonia» (la novia entrando al lugar,  novios frente a algún tipo de púlpito con un ministro/cura/juez/capitán de barco, intercambio de anillos, «el» beso…)

Otras son del segundo ritual, denominado «recepción», que aunque definido como espacio de solaz y celebración es tan estructurado como el anterior: brindis, baile, liga, corte de bizcocho, ramo a las solteras, etc.  Y en algún punto del album, casi siempre hay una serie bastante larga de fotografías de grupos de diversos tamaños – la pareja sola, la pareja con la familia de él/ella, novia con sus padres, novia con sus suegros, novio con los suyos, novio con suegro, novia con madre, novios con multitudes diversas para que nadie se quede fuera de la foto, y así por el estilo.  Y cada vez con más frecuencia, algunas fotos espontáneas.  Novia riendo con las amigas, novio bailando con la sobrinita, madre llorando, el tío X  borracho, qué se yo.

Una de las cosas interesantes que tiene este particular artefacto es que está diseñado para que el evento que retrata pueda ser recordado.  En ello radica su función.  Los artesanos que lo producen son expertos en retratar la cosa de la manera que mejor se preste para que el album llene plenamente su propósito. Y ahí es que se pone la cosa interesante, desde el punto de vista de parpadear, de mirar las cosas dos veces, porque tenemos una de esas situaciones de huevo y gallina (¿qué viene primero?) entre manos. El álbum refleja los eventos que ocurren en la boda. La gallina pone el huevo.  Pero hasta cierto punto, parecería que las bodas son secuencias para llenar un álbum – de la misma forma en que la gallina es, desde cierto ángulo, un vehículo para que el huevo produzca un huevo…

Me refiero a que en todas las bodas en que he estado, la toma de fotografías no ocurre al margen de los eventos sino que es parte crucial de los mismos.  La cosa se acelera o se hace más lenta en función del lente.  Avanza, Fulanito, que van a tirar la foto.  Espérate, todavía no la abrace, que el fotógrafo está buscando el flash.  Esto es cierto hasta para las fotos «espontáneas» – los mejores fotógrafos de boda son aquellos que sutil o no tan sutilmente crean las condiciones para que esas fotos tiernas y/o inesperadas ocurran. Es él o ella, o alguno de sus secuaces (la tía, el suegro) el que se asegura de que el nene de los anillos halándole el pelo a la nena de las flores o el novio que baila con su sobrinita queden plasmados en el libro de recuerdos que es el álbum. También se aseguran de que cualquier evento espontáneo pero desagradable quede excluído: el tío ya muy, muy borracho persigue a una dama de honor, a la novia se le corre el rímel, el niño de los anillos se orina encima.  El álbum, en otras palabras, no refleja fielmente lo que ocurre, sino que nos permite ajustar, construir, matizar nuestro recuerdo de lo que ocurre.

Una cosa curiosa es que el énfasis, al planificar una boda o al compartir un álbum, tiende a ser sobre la originalidad, lo que hace al evento y a su álbum distinto de otros.  Pero como tantas otras instancias de «individualidad», el caso es que nos parecemos mucho.  Los álbumes son crónicas de una boda, vástagos de las anteriores y receta de las próximas.  Son un artefacto de nuestra capacidad humana para construir memorias individuales basadas en conjuntos de ideas culturales compartidas con otros humanos.  Ideas que incluyen elementos de tradición, de historia, de idiosincracia y de mercado.

Que quede claro que no estoy criticando bodas o fotos.  Yo hice boda, tengo álbum, y me enternece mirarlo de vez en cuando. Me alegra que mi fotógrafo haya sido un poco impertinente y nos haya obligado a tomarnos una foto más, o a sonreír en su dirección, o a soltar el bizcocho o la pareja de baile para una pose adicional.  Todos los recuerdos son de una manera u otra construidos, filtrados, según las opciones que los contenidos de la cultura nos proveen.  Pero mirado de este modo, el álbum es tanto un producto de la boda como productor de la misma.  Los eventos que retrata son los eventos que ocurren…para el álbum, en el orden que los álbumes decretan o recetan.  Y esto se debe, en gran medida, al super-artefacto que es la fotografía misma, el arte y la tecnología de preservar un momento particular en el tiempo.  Pero ese tema de las fotos y su historia lo dejo para una entrada próxima.