colonialismo, saqueo y reforma educativa

foto:periódico El Vocero.

El huracán María arrasó con Puerto Rico hace ya más de seis meses, y la frustración de los puertorriqueños con sus funcionarios públicos es palpable. Motivos y personajes para indignarse sobran: ahí estaba, por ejemplo, hasta hace unos pocos días, el director de PREPA, Ricardo Ramos, quien presidió la comedia de errores y horrores de los apagones que aún no terminan y que, para muchos, limitan y definen la vida cotidiana; ahí está Héctor Pesquera, ignorando, insistentemente, miles de muertes provocadas por el huracán y la negligencia de las autoridades; ahí está el gobernador Rosselló, quien repartió millones de nuestro quebrado erario entre contratistas de dudosa reputación y escasos resultados.

Pero la funcionaria más controversial es probablemente la secretaria de educación, una consultora de Filadelfia llamada Julia Keleher, quien se ha convertido en el blanco de una campaña viral que la invita a renunciar y dejar la isla usando el hashtag #JuliaGoHome, y de miles de maestros que se unieron a un paro el pasado lunes en protesta al proyecto de ley que su oficina ha generado y que conocemos popularmente como “la reforma educativa”.

Keleher es la primera persona no-puertorriqueña que ocupa el cargo desde principios del pasado siglo, cuando todos los funcionarios de la colonia eran estadounidenses. Durante los cuatro años anteriores a su nombramiento, su firma le había prestado servicios, por contrato, de “diseño e implementación de reformas educativas” al Departamento de Educación, servicios que costaron casi un millón de dólares y cuyos resultados no están claros.

La resistencia inicial se enfocó en su salario, $250,000 anuales. En una isla quebrada que vive bajo el yugo de una deuda impagable (y de las medidas de austeridad que se han impuesto para que la paguemos), Keleher se las ha arreglado para ganar diez veces más que el maestro promedio, más del doble que los secretarios que la preceden, tres veces lo que gana el gobernador Rosselló, 25 por ciento más que la secretaria de educación de EEUU, Betsy DeVos, y más que el 95 por ciento de los líderes de educación pública en todo el mundo.

El salario máximo de los funcionarios gubernamentales en Puerto Rico está limitado por ley, de modo que para poder pagarle esa cantidad, la Autoridad de Asesoría Financiera y Agencia Fiscal– creada, irónicamente, en el 2016 para implementar medidas de ahorro y austeridad– facilitó un contrato aparte que de facto la ha convertido en asesora para la misma agencia que dirige. Su salario exorbitante, así como el de otros nombramientos, incluyendo el de la directora de la Junta de Control Fiscal, Natalie Jaresko, ha sido justificado en los medios como “necesario” para atraer el talento que la isla y la crisis requieren urgentemente.

En respuesta a las críticas, los que defendieron su confirmación hicieron hincapié en sus credenciales y destrezas “de calibre global”, alabándola como una tecnócrata hábil, experta en el análisis de datos y el uso de evidencia para implementar prácticas y formular métricas.  La describieron además como alguien que, precisamente por ser “de afuera”, sería inmune a las presiones de la política partidista que corrompía la gestión de otros secretarios y del gobierno en general. Este último argumento se encuentra ya en entredicho: la Comisión Puertorriqueña de Derechos Civiles está investigando a su oficina por violaciones éticas y favoritismo político.

Pero el caso es que la evidencia y los “datos” que Keleher alegadamente usa como base para las reformas que implementa y propone no han sido comunicados de forma transparente. La lógica para escoger, por ejemplo, las más de 150 escuelas que cerró (y las trescientas que propone cerrar) no ha sido explicada, al menos no más allá de vagas referencias a la pérdida de estudiantes que han emigrado recientemente a Estados Unidos.

La decisión de cerrar escuelas no parece ser inocente, aislada o trivial. Para empezar, Puerto Rico carece de transportación pública confiable, y el Departamento opera muy pocas guaguas escolares. En una isla donde más de la mitad de los niños vive bajo el nivel de pobreza, muchos padres carecen de los medios para llevar a sus hijos a escuelas más lejanas. A muchos les preocupa el impacto de la consolidación de escuelas sobre niños que aún están lidiando con el trauma y las consecuencias de la tormenta. Ni hablar de la pérdida inminente de empleos docentes que cerrar escuelas implica. Con el apoyo y ayuda de la oficina de DeVos, el departamento que dirige Keleher ha producido un proyecto de “reforma educativa”, diseñado para aumentar la libertad y opciones educativas (“school choice” es un término muy popular entre los partidarios de reformas neoliberales en Estados Unidos) mediante la implantación de escuelas chárter (Keleher las llama “escuelas alianza”) y vales educativos. En las vistas que el Senado convocó para discutir el proyecto, el decano de educación de la Universidad de Puerto Rico-Río Piedras testificó en contra de las chárters utilizando argumentos basados en estudios concretos y fue despedido posteriormente por el presidente interino del sistema UPR, quien ha apoyado la reforma públicamente. El paro del lunes buscaba presionar a los senadores para que no aprobaran el proyecto, pero este pasóde todas formas, y la versión final necesita solo la firma del gobernador (quien también ha sido explícito en su apoyo) para convertirse en ley. Los vales y las chárters del proyecto están acompañados, predeciblemente, por el anuncio del cierre de 300 escuelas más (casi una tercera parte del sistema público) y un proyecto aprobado el año pasado que facilita la creación, en fast track, de las llamadas “escuelas-iglesia”, combinando así dos de los principios favoritos de la derecha: el “school choice” y la (mal llamada) “libertad religiosa”.

Resulta difícil no interpretar esa combinación–eliminar escuelas públicas y a la vez traer vales y chárters a la mesa– como otra cosa que no sea una privatización a gran escala del sistema educativo y una luz verde al uso de fondos públicos para alimentarla. No nos parece que el vínculo que existe entre los fondos buitre que esgrimen nuestra deuda y la industria de escuelas chárter en Estados Unidos sea una coincidencia. Por su parte, Keleher niega que el proceso sea uno de privatización. Y el borrador final del proyecto es notablemente vago en lo que respecta a aspectos críticos de sus propuestas: las chárter podrían ser organizaciones con o sin fines de lucro, los vales podrían o no usarse en escuelas religiosas, y tanto las chárter como las privadas podrían o no aceptar estudiantes de educación especial.

Este último tema, el de educación especial, es particularmente crucial, y la falta de énfasis de Keleher sobre el mismo resulta reveladora. En los cincuenta estados, la población de educación especial constituye un 13 por ciento del total del estudiantado. En Puerto Rico, sin embargo, 40 por ciento de los estudiantes requieren (por ley) estos servicios.  Numerosas investigaciones sugieren que las chárter admiten y retienen menos estudiantes de educación especial que las escuelas públicas tradicionales. La secretaria no parece particularmente preocupada por esta población o por las implicaciones que su reforma tiene para la demografía y presupuesto de las escuelas públicas.

Keleher ha sido confrontada, tanto por maestros como por la prensa, con preguntas sobre los cambios que propone. Sus respuestas suelen ser inadecuadas, inapropiadas y a veces sencillamente groseras. Tiende a reaccionar con aseveraciones bruscas, desinformadas, o sarcásticas. En una ocasión, descontenta con las preguntas de unas maestras, y aparentemente no preparada para contestarlas, simplemente abandonó la reunión.

Su reacción a las críticas en torno al contrato reciente, por $16.9 millones, que le otorgó al también estadounidense Josephson Institute of Ethics para enseñar “valores” en las escuelas públicas puertorriqueñas es reveladora: tras justificar el cierre de las primeras 179 escuelas como necesario para crear un ahorro de 7 millones, le restó importancia al monto del contrato de Josephson y lo describió (tras hacer, frente a la prensa, gestos de estar haciendo la matemática del asunto) como un gasto relativamente menor, menos del 1 por ciento del presupuesto total de la agencia. Pero para muchos puertorriqueños, que trabajan en y asisten a escuelas donde escasean los recursos, el equipo y los materiales, la suma de 16.9 millones es extraordinaria. Cuando los periodistas le preguntaron acerca de las trabajadoras sociales que en principio están a cargo de esa función en las escuelas, contestó que estas carecen de las destrezas de liderato y administración que hacen falta para la tarea. Cuando se le preguntó por qué no explorar la posible contratación de la Universidad de Puerto Rico (que de hecho tiene experiencia con la creación de currículos de ética), preguntó, retóricamente y con expresión de fastidio, “qué obligación” tenía ella de hacer eso.

Más tarde, cuando le preguntaron por qué, concretamente, había elegido (sin subasta pública) a la firma de Josephson, contestó bruscamente “porque sí”, añadiendo más adelante que tenía “evidencia” de que la compañía californiana había tenido buenos resultados con una versión más pequeña del mismo programa que, bajo el nombre de “Tus Valores Cuentan”, llevaron a cabo durante la gobernación de Luis Fortuño. Los que apoyan a Keleher, incluyendo al gobernador mismo, han repetido esto de la “evidencia de buenos resultados” en numerosas ocasiones. Este argumento es, sin embargo, debatible: el instituto nunca ha corrido su programa, Character Counts, a esta escala, y la única evaluación que pudimos encontrar (financiada por el mismo instituto Josephson) no parece adecuadamente profunda o rigurosa y sugiere, como mucho, resultados modestos. Cuando le preguntaron a Keleher cómo supo de la existencia del programa y del instituto, alegó no recordar nada, pero poco después salió a relucir que una funcionaria (con una larga trayectoria en el PNP y directora nada menos que de la oficina de Ética) había traído el programa a su atención. Gran parte de los contratos del Instituto Josephson son financiados con fondos públicos y sus clientes incluyen al FBI, el Departamento de Defensa, y la CIA. El mismo Josephson ha aceptado, sin embargo, que el nuevo contrato en Puerto Rico es el más caro y complejo que han obtenido hasta ahora.

Ahora que ha aumentado la presión del público, Keleher y sus partidarios están acusando a los críticos de prejuicio y xenofobia. Alegan que Keleher no agrada porque es estadounidense, o que su audiencia puertorriqueña no la entiende bien porque el español no es su primer idioma. Insisten en que Keleher está haciendo un gran esfuerzo (por nuestros niños, y por comunicarse) y que sugerir que alguien de Filadelfia no debería correr el Departamento de Educación es equivalente a decir que un puertorriqueño no podría correr una agencia en Estados Unidos. Estos argumentos, sin embargo, oscurecen los procesos históricos y las diferencias de poder que le sirven de base a esta controversia. ¿Le permitirían acaso, a una puertorriqueña, manejar un departamento de educación en Estados Unidos sin exhibir conocimientos plenos del idioma inglés y la cultura e historia del país?

Tomando en cuenta la falta de competencia cultural que ella misma admite, Keleher tal vez desconoce el hecho histórico de que Estados Unidos trató una vez de importar maestros a Puerto Rico con la intención explícita de transformar el idioma, la cultura, y la memoria histórica del pueblo y así convertir a Puerto Rico en un Porto Rico más aceptable. Los maestros locales protagonizaron entonces la resistencia a la imposición de las políticas educativas de “English-only” y la preservación de la historia y tradiciones culturales puertorriqueñas en el currículo.

La relación colonial entre Puerto Rico y Estados Unidos implica que cualquier nombramiento estadounidense a una posición de poder en la isla constituye una regresión y exacerba años y años de mensajes ideológicos que afirman la incompetencia de los puertorriqueños, su falta de preparación, su ética monga y, en general, sus deficiencias, una ideología que redunda en una “solución” obvia: traer a otra persona, preferiblemente estadounidense, para “arreglar” los desastres que los nativos crean. El mensaje de esa incompetencia, de esa incapacidad para gobernarse a sí mismos, es uno que resurge y se repite con frecuencia últimamente y que refuerza medidas extremas: desde la imposición de una junta todopoderosa bajo la ley PROMESA, pasando por la creación de un mecanismo separado para administrar fondos federales destinados a la reconstrucción post-huracán, hasta el reclutamiento, desde la oficina de Keleher, de personas fuera de la isla, en los cincuenta estados, para ocupar posiciones de alta gerencia (incluyendo directores de asuntos académicos y recursos humanos) en Puerto Rico.

Es importante que ubiquemos conceptualmente el fenómeno Keleher en el paisaje más amplio de un Puerto Rico post-María. Si bien es cierto que su nominación provocó algunas dudas, es también cierto que ha preparado el camino para nombramientos que, aunque igualmente escandalosos, han enfrentado menor resistencia. Ese es el caso por ejemplo de Walter Higgins III, seleccionado para poner en marcha la privatización de la autoridad de energía eléctrica, y Brad Dean, el CEO de una nueva organización sin fines de lucro creada a través de legislación especial, llamada Destination Marketing Organization (DMO) y diseñadapara privatizar los trabajos a cargo anteriormente de las agencias de turismo gubernamentales. La creación de DMO dice mucho sobre la escala de la transferencia de responsabilidades y recursos del ámbito de lo público al de lo privado.

Está claro que la privatización y la entrada de capital privado están siendo asumidos y presentados como los motores de la recuperación económica de Puerto Rico. El énfasis del gobierno local y la junta fiscal ha estado, incluso antes de María, en reducir agencias gubernamentales, atraer inversionistas externos a través de incentivos contributivos, privatizar servicios públicos–incluyendo servicios esenciales como educación, energía y salud– y asegurar ganancias para los bonistas e inversionistas privados. No debe sorprendernos entonces que los especuladores paren la oreja y que los bonos del país estén repuntando.

La “reforma” de Keleher ilustra y surge así de un proceso que, aunque acelerado, sigue la receta tradicional de los sicarios del capitalismo del desastre: reducir recursos y encoger instituciones públicas, otorgar contratos lucrativos a individuos y entidades privadas basados en Estados Unidos, redirigir fondos públicos para crear escuelas nuevas, cerrar escuelas tradicionales, despedir maestros para facilitar y financiar sus planes, y hacer todo lo anterior al tiempo que se lucra y beneficia personalmente.

Desafortunadamente, Julia Keleher no parece ser una excepción o una anomalía. Falta ver si la insatisfacción detrás del reclamo #JuliaGoHome puede convertirse en una marejada mayor de descontento y resistencia contra la explotación y desmantelamiento de los recursos de Puerto Rico y el endurecimiento del dominio colonial.

*nota: esta pieza la escribí en colaboración con Yarimar Bonilla y Natasha Bannan. La versión original en inglés fue publicada en el periódico The Nation. 

Los chulos

ilustración de Primera Hora.

El decrépito edificio estaba en una de esas áreas donde sobreviven sólo gomeras, garajes y gasolineras. Tal vez algún kiosko de pinchos o fritanga. Al principio creí que me había equivocado de dirección. La puerta principal daba hacia la calle y (a pesar de la vejez) su marco, doble hoja, y picaporte anticuados le daban un aire de cierta dignidad descascarada. Pero el número a la derecha no coincidía del todo: #710, decía. Decidí darle la vuelta al edificio. Y efectivamente allí, al costado, estaba la puerta (también descascarada, pero sin marco, picaporte o dignidad) de una especie de sótano. #710-a.

“La privatizadora”, la llamaban y llaman en el caserío. Siempre me ha llamado la atención ese nombre tan orgánico. Actúa como sustantivo pero también evoca un verbo, “privatizar”, transparente y pintoresco, que le da sabor local a una movida típica de las economías en “shock” sujetas a reglas neoliberales de “ajuste estructural”.

Nos había enviado, a “pedir permiso”, María, presidenta del Consejo de Residentes y guardiana designada del centro comunal, el único espacio apto para llevar a cabo actividades que requirieran techo y produjeran sonido: la biblioteca cercana exigía silencio, y la cancha estaba permanentemente rodeada de jeringuillas usadas que nadie quería pisar.  

Nos abrió una mujer joven con tacones y ropa ceñida. Al fondo, nos ignoraba una segunda mujer, de más edad, vestida con uno de esos uniformes que suelen usar las maestras y las monjas dominicas, y protegida por una de esas barreras plásticas con media claraboya que le ponen a ciertas gasolineras u oficinas gubernamentales.

La interacción fue más o menos así: Saludos,tenemos cita para tal hora…Espere aquí, que le voy a preguntar a Míster Ortiz…Puede bajar, la está esperando.

Bajamos las escaleras para llegar a lo que, se me ocurre ahora, era básicamente el sótano de un sótano. El espacio era amplio pero oscuro, iluminado por la luz de un ventanuco y tres tubos desnudos incrustados en el  techo. En contraste ,el mobiliario me pareció lujoso. Madera pesada, cuero, grandes cuadros, todo reluciente y nuevo, tan nuevo como la “privatizadora” que se incorporó justo a tiempo para la subasta gubernamental que le otorgó la administración de los caseríos de nuestra región.

Míster Ortiz lucía corbata roja y traje azul, de rayas y brillo leves. Eso que llaman “power suit” y que, supongo, complementaba su “power desk” y su “power table.” No le estaba claro nuestro propósito, dijo. Es muy simple, contesté. Una docena de muchachos, algunos días de repaso para el college board, todo gratis. Lo único que queremos, añadí, es conectar a los estudiantes del residencial X con la UPR, con la universidad pública….

Tal vez fue ese adjetivo, “público”. O la palabra “gratis”. El caso es que parecía muy confundido. Okay,dijo, le sacamos las copias del flyer aquí, con nuestro logo, y le decimos a los del consejo de residentes que las repartan…

No gracias,las repartimos nosotros, muchas gracias por atendernos, adiós.

Nos fuimos con ese “permiso” perplejo y robado.  

En algunos residenciales, los consejos tienen un liderato significativo. Pero en muchos, como el nuestro, su autoridad se limita a seguir las órdenes de individuos como Ortiz: repartir pintura, pegar flyers, establecer o romper alianzas. Ser los cerberos de la llave del centro. Esto es especialmente cierto en residenciales, como el nuestro, en donde  la “privatizadora” establece su oficina fuera del residencial, en este caso a dos millas.

Así funcionan los “poverty pimps”, los chulos de la pobreza. El epíteto describe individuos y entidades que aprovechan la pobreza de los sectores más vulnerables para generar ganancias. Esta “privatizadora”, como tantos otros “chulos”, funciona como una operación piramidal, multinivel: algún rico hace donativos de campaña y crea la compañía para poder participar en la subasta de servicios públicos y esenciales (como vivienda) que operan con fondos nuestros, federales o ambos. Ese, y sus accionistas, hacen chavos, riqueza de verdad. Contratan a su vez esbirros finos para poblar las oficinas centrales y ganar excelentes salarios. Estos tipos finos, por su parte, establecen oficinas regionales y contratan unos menos finos pero con experiencia, no tanto en el tema en cuestión como en la gansería.  Esos ganan bien, y contratan…a gente como Ortiz. Los “Ortiz”, por su parte, decoran sus sótanos, se protegen y distancian lo mejor posible de la pobreza, y contratan alguna muchacha anónima para que les sirva de interfaz con el caserío que ellos rara vez visitan.

Ortiz gana poco dinero pero bastante prestigio. Al fin y al cabo, en estos tiempos, basta con tener un traje y un empleo de escritorio, cualquiera, para tener más prestigio que la mayor parte del prójimo. Para que te llamen Míster y usté. ¿La muchacha? Su madre ha sido despedida, su padre teme por su pensión. Paga la luz y ahorra para casarse y montar una Massó en el techo. Gana poco (algo es algo, le dicen, por lo menos tienes trabajo) e interactúa con el residencial sólo a través del consejo.

Por su parte María, “la presidenta” del consejo, no gana dinero pero sí algún capital social. Su posición atrae, por ejemplo, la atención de algunos políticos locales, dispuestos a proporcionarle un empleo a, digamos, un sobrino, a cambio de usar sus conexiones (y la llave del centro comunal) para unas festividades que a su vez traigan votos, muchos votos…

Los chulos de la pobreza aparecen con mayor frecuencia en ciertos espacios. En los residenciales, por ejemplo. Administran complejos de vivienda, cobran renta, cortan grama, y hacen chavos. Tiburonean tutorías escolares para los chicos y talleres para los maestros, y hacen chavos. Reclutan universitarios que les entregan su beca pell a cambio de un certificado inútil, y hacen chavos. Bailan, cantan, pescan votos, y hacen chavos. Y, por qué no, reclutan nenes para velar el punto de drogas, y adolescentes para convertir en gatilleros…y hacen chavos. La chulería es siempre piramidal: riqueza arriba, migajas abajo. A través de los años, me he encontrado de frente y conversado con ejemplos de todos los anteriores. Así los vi, así conversé con ellos, así los escribo…

Por aquello de que estamos más que nunca en “shock” y “ajuste estructural”, permítanme atacuñar aquí una idea final:cuando un país pobre vende lo público, los chulos se multiplican. Chulos de toda pinta y nivel que en el corillo, el carro o la fiesta, repiten que los del caserío son unos “manteníos” que han llevado al país a la quiebra.

Notas: Publiqué esta entrada ayer en la columna “Será otra cosa”, del periódico Claridad. Los nombres propios y algunos detalles de estos eventos han sido alterados o combinados. 

 

 

Escupitajo

A veces tenemos que escribir sin fijarnos mucho en la prosa, en su elocuencia, incluso en su belleza o funcionalidad.  El tema es (¿o nos resulta?) urgente.  Me ha pasado antes.  Me ha pasado hoy.

Y ayer. Porque fue ayer que supe del escupitajo.

La cosa va más o menos (más menos que más, probablemente, porque estoy lejos, y mi visión se basa en la combinación de una prensa superficial y un facebook más profundo pero diverso, y hasta caótico) así: Los estudiantes están en huelga, protestan contra los impactos de PROMESA y los recortes por venir en la universidad y otras esferas, y han cerrado el recinto de Río Piedras; un profesor llega, trata de entrar, los estudiantes resisten, alguien le tira agua y escupe.

El caso no es tanto el evento (que es ciertamente un tanto grosero, vamos, piénselo, imagínese el espectáculo de un individuo que se aparece, como ha hecho otras veces, para provocar, imagine la baba volando por el aire, en fin, aceptemos que bonito no es, el asunto) como nuestra inclinación a evaluarlo de la siguiente manera:

“Ah, no. Yo entendía a los estudiantes, y hasta les perdonaba la huelga esa, pero así no.  Ya se me salieron. No estoy de acuerdo con esa violencia, y se acabó.”

 

O de la siguiente manera:

 

“Ves, te lo dije–esos estudiantes son un chorro de sirvenguenzas, cacos, troublemakers…Te dije que la huelga era una mala idea.  La universidad tiene que permanecer abierta. Ese pobre profesor trató de entrar y no sólo no lo dejaron, sino que lo atacaron. Y lo atacaron de manera vulgar.”

 

Y así, con sus múltiples variantes.

 

Aquí me concentro en este tipo de reacción, en el asquito o rechazo que nos produce la respuesta violenta de un grupo del cual esperamos pacifismo. Porque pasa que es la reacción no sólo de los amigos, sino de los enemigos de la universidad, que hay mucha gente buena, chévere, decente y hasta solidaria que tienen una opinión como esa, gente buena que se friqueó con el escupitajo. No estoy escribiendo, no aquí, sobre si la universidad debe estar abierta o cerrada, sobre el valor de la huelga, sobre el mejor modo de enfrentar la crisis que la presencia de la junta encarna…Estoy escribiendo sobre el escupitajo y sobre la reacción del tipo “ay no, que feo, eso de escupir, muy mal, estudiantes”,  en particular.

 

Me concentro en ella no para burlarme sino porque es una reacción humana y frecuente. No sólo con este asunto sino con muchos otros. Y es de los otros que quiero hablar–porque creo que para entender el rechazo social y generalizado al escupitajo, hay que estudiar un poco a los primos de ese rechazo. A los otros rechazos similares.

 

Me refiero a rechazos como éste: Digamos que hay una profesora universitaria. Más o menos feminista. Habla de violencia de género en clase. Seis individuos varones expresan (siempre lo hacen con una expresión triunfante, como si la idea fuera magníficamente original) cosas como “también hay violencia de mujeres contra hombres.” De nada sirve que la profe anote que sí, cierto, pero que los casos contra las mujeres son mucho más numerosos, o que redundan en muerte con mucha más frecuencia. No importa. Si las mujeres se cantan víctimas, esperamos de ellas comportamientos perfectamente racionales y moralmente apropiados: no puede haber cuernos, deben dejar al tipo a la primera gaznatá, no deben tener hijos con él, no deben juntarse con él para empezar. Ah–y si otra mujer, en otro pueblo, en otro año, le da al marido con un palo de escoba, entonces se chavó el concepto mismo de violencia de género, porque “las mujeres también golpean a sus maridos.” Para ser claras: si pretendemos que la violencia de género sea parte de la conversación social, entonces tenemos que, de alguna manera, evitar que una mujer, cualquiera, cometa un acto de violencia contra su pareja, porque nos afectamos todas, nos daña la reputación y la causa.

 

Esto del género tiene otra dimensión, aún más complicada. Regresemos al salón de clases de nuestra colega. Digamos que ante los numerosos reclamos de “hay mujeres abusivas también”, la profe comienza una discusión sobre el tema del patriarcado y su cómplice, el machismo. Sonamos–no hace más que emitir la palabrota, “machismo”, y se agita alguien, indicando (de nuevo, con expresión de triunfo) que también hay mujeres machistas. [Ah, y que ellas crían a los hijos machistas, añaden, pero en eso no voy a entrar porque si lo hago, no termino.]

 

Se complica la cosa aún más, porque nuestra profesora feminista está preparada para obtener esas respuestas de estudiantes varones, pero se friquea cuando sus estudiantes hembras dicen cosas por el estilo. Es decir–del macho lo espera, de la hembra no. Es una “mujer no solidaria.” Así nos acusamos.

 

Pero el caso es que ahí lo tiene. Si una mujer le pega al marido, todas las mujeres, es más, el concepto mismo de violencia de género, son cuestionables. Basta con una manchita, y años de trabajo se van al cuerno.

 

Basta con un escupitajo. ¿Me sigues? Sí, lector, ya tú sabes por dónde va la cosa.

 

De modo que a lo que voy: el fenómeno del escupitajo y su consecuencia (es decir, el rechazo al movimiento estudiantil y a la huelga en su totalidad) es uno de varios rechazos clásicos, típicos, que hay que entender para mejor actuar. Hay otros igualmente importantes.

 

Por ejemplo: Digamos que la profesora del ejemplo anterior está frente a otra clase, otro día. Digamos que (pobre señora, esto sigue) le da por hablar de racismo (por qué no estudié química, se pregunta, pero ya es tarde.)  Ya sabes, lectora, quién va a hablar y qué va a decir: es el mismo o la misma que, para cuestionar el concepto de “violencia de género”, aclaró que “hay mujeres que abusan”. En esta ocasión, y ya más envalentonado, anota que “hay negros racistas”. Y no olvidemos la interseccionalidad y todo eso: “Hay negras”, aclara, “que crían a sus hijos racistas.” Digo, por aquello de atacar a las mujeres otra vez.

 

El racismo de una persona negra es una cosa culturalmente imperdonable. Qué persona, esa, decimos. Qué barbaridad, cómo es posible. Nos encontramos a esa persona racista (igual de racista que su contraparte blanca, ojo, pero negra) y nos cuestionamos todo este asunto del racismo. Cada vez que pensamos en “racismo”, pensamos también en esa persona negra, y nos cuestionamos el asunto.

 

De  nuevo, ya ves, lectora, por dónde va la cosa. Otro tanto podría decirse del homosexual homofóbico–mancha y desgracia a todo el movimiento con su homofobia, piensan algunos. O no lo piensan, sino que lo sienten. Que es peor, francamente, y más nocivo, que pensarlo.

 

En una entrada anterior, en una reflexión anterior, dije algo parecido sobre nuestra relación con la pobreza y las personas pobres:

 

Y es que parecería que socialmente, le exigimos a las víctimas de la injusticia y la opresión unas cualidades que no le exigimos a actores más grandes. Le exigimos a las víctimas cosas como cordura, racionalidad, limpieza, gratitud, interés educativo e intelectual, un manejo razonable de sus magras finanzas, buenas decisiones nutricionales y sentimentales.  Les exigimos que sean responsables de sus vidas.

 

Esa exigencia, esa pregunta, ese cuestionamiento, siempre están dirigidos al marginado.  Hablamos críticamente de su “falta de interés”, de la importancia de que “esa gente” desarrolle responsabilidad social…Lo interesante es que rara vez le dirigimos la pregunta del interés y el reclamo de responsabilidad social a las instituciones.

 

¿Qué tiene que ver todo esto con las estudiantes?

 

Pues mira: no hizo sino lanzar ese estudiante el escupitajo, y la gente estaba alzada en contra, no de esta persona,  sino del movimiento estudiantil en su totalidad. Es interesante que el profesor escupido (un señor con una historia de provocación, violencia y demandas frívolas contra la universidad y otros) no se convirtiera en símbolo de, qué se yo, el movimiento anti-huelga, o los docentes…No. En los medios y en muchas mentes,  el escupido es una persona, incluso una víctima.   El escupidor (o más bien, el retrato que de él hacen los medios) representa al movimiento estudiantil en su totalidad.

 

De los pobres esperamos mesura, agradecimiento, y un manejo racional de sus magras finanzas. De las mujeres, un feminismo mansito.  De los negros, nada de racismo pero a la vez nada de rabia. De los que asociamos con el acrónimo LGBTT, solidaridad absoluta pero también blandita, sin exabruptos.

 

De los pacifistas (estudiantes) esperamos docilidad y pacifismo absolutos. Si alguien se sale del redil, rechazamos a todos los pacifistas, a todas las estudiantes. Si hay un momento de violencia, el movimiento entero se va a juste–no importa que haya días, semanas, años: si no hacemos esto del pacifismo a lo Ghandi, no valemos ná. La policía puede entrar a macanazo limpio (lo ha hecho antes); los hombres pueden ser machistas; los blancos pueden ser racistas; los homofóbicos pueden ser homofóbicos. Pero las marginadas no pueden serlo, aún en su carácter individual, aún a veces, aún cuando la presión institucional sea mucha– y seguidita.

 

En fin: que en todos los casos arriba (la mujer violenta, la mujer machista, el negro racista, la lesbiana homofóbica) hay una sinécdoque que le aplicamos sólo al grupo marginado: la parte por el todo. No fue este estudiante (que no es, por cierto, ya estudiante) sino todas las estudiantes. El movimiento en pleno. El estudiantado. La huelga.

 

Al grupo dominante le aceptamos sus individuos. No fueron los profesores, sino este señor Colman. No fue el movimiento anti-huelga, sino este personaje. Por cierto, este personaje, y no los que defienden la universidad de un recorte que equivale a su destrucción, es la verdadera víctima, en esta sinécdoque endemoniada.

 

Esa es la movida psicológica sobre la cual nos quiero alertar hoy, porque creo que se trata de una reacción muy humana y a la vez profundamente peligrosa, en los tiempos en que vivimos.

 

Porque estos tiempos nuestros requieren que evaluemos a la resistencia no sólo en tanto movimiento sino también en tanto sectores e individuos.

 

Requieren también que evaluemos al status quo no sólo en tanto personas sino en tanto instituciones y movimientos (porque el movimiento para quedarse quieto es tan “movimiento” como cualquier otro, en la medida en que se trate de un colectivo. Veáse la famosa cita de Dante sobre la neutralidad.)

 

Requieren de un corazón abierto y una mente capaz de diferenciar el daño que, de una parte,  le hace un recorte de 450 millones a la universidad, y una colección de medidas clásicas de austeridad al país; y de otra parte, el escupitajo que le ofende la dignidad a este señor con un poco de baba.

 

cinco gatos

cinco-gatosHe estado pensando y leyendo últimamente sobre este asunto de la esperanza y, naturalmente, ello me llevó a pensar en la universidad y en los gatos. Cuatro o cinco, no recuerdo la frase coloquial. Digamos cinco. Cinco gatos.

Cierto que en estos días, la situación en Puerto Rico (y en Estados Unidos también, pero dejemos eso para otro día) no parece esperanzadora. Tenemos una junta con total poder y cero interés en el bien del país bailando, bastante armoniosamente, con un gobierno de juguete, uno de esos juguetes peligrosos de las películas de horror, un payaso asesino.

Uno de los ataques más recientes ha sido contra el sistema UPR.

En estas condiciones, ¿cómo preservar, nutrir y compartir la esperanza?

Habría que empezar por definirla. Esperanza no es lo mismo que optimismo, aunque puede servir para combatir el derrotismo (que a su vez, no es lo mismo que pesimismo.) La esperanza, nos recuerda Rebecca Solnit, es una invitación a la acción y el activismo. No es la creencia bobalicona tipo “todo estará bien, no te preocupes”, sino la creencia de que un mundo mejor y más justo es posible, si bien no inevitable; y que ese mundo mejor no llegará si nos quedamos quietos, dóciles, confiados en lo mejor o derrotados porque viene lo peor.

La esperanza de la que hablo se educa, constantemente, para entender mejor la realidad. Es idealista, pero también realista. Los individuos que cultivan la esperanza suelen plantar firmemente los pies en esa tierra viva que es la realidad; los colectivos que cultivan la esperanza suelen plantar firmemente los pies en la realidad de la tierra propia y lo local. Ello no los hace necesariamente nacionalistas en el sentido en que se definen como “nacionalistas” los movimientos recientes en Inglaterra y Estados Unidos, que están basados en identificar y excluir chivos expiatorios, no en proteger la educación, la cultura, los principios democráticos o los recursos naturales.

Me refiero a individuos cuyo activismo depende del conocer, que no es lo mismo que aceptar, la realidad. Me refiero a colectivos que actúan sobre los espacios y principios que urgen y que están a la mano.

Pero aquí va mi punto, aquí está la cosa: ese conocimiento personal del cual dependen los individuos activistas no implica renunciar a la esperanza; y esos colectivos de quienes dependen los cambios históricos no son necesariamente masivos.

De hecho, por lo general y al menos al principio, suelen ser cinco gatos.

El cambio hacia adelante, hacia lo justo y lo bueno, suele reventar inesperado y de repente, para luego, en retrospectiva, parecernos gradual e inevitable. Y en su origen se encuentra, sospecho que siempre, no un individuo solitario y luminoso sino un grupito de cinco gatos anónimos, realistas pero no cínicos, esperanzados pero no pendejos.

¡Piense en cuánto le debemos a esos pequeños grupos que desafiaron la ley y las ideologías dominantes para difundir la causa, entonces inaudita, de sacar a la Marina de Vieques!  Esos grupos trabajaron en la oscuridad durante décadas, mucho antes de que fueran posibles las manifestaciones y arrestos masivos. Ha sido así con causas grandes y pequeñas en todo el mundo: la primavera árabe, los derechos civiles, el sufragio femenino, la derogación (legal) del apartheid o la esclavitud, el reconocimiento popular y jurídico de los derechos de la comunidad LGBTT…

Se me ocurre que tal vez, cuando nuestro presente sea ya “historia”, miraremos hacia atrás desde algún triunfo y tendremos que agradecerle a los cinco gatos que montaron el Campamento contra la Junta, a los cinco gatos que nos enseñaron a sembrar y comer localmente de nuevo, a los cinco gatos que llevan el arte y la ilusión a la calle a través del teatro.

Como diría Zygmunt Bauman: allí donde se encuentran la imaginación y el compás moral, allí, nace inevitable la esperanza.

Y aquí va un segundo punto: Es por ese reconocer la combinación inevitable de cambio, justicia, esperanza, realidad y acción, que tenemos que defender a la UPR en el hoy. No nos engañemos: la realidad es que la junta y el gobierno posible o probablemente la rompan, sí. Los elementos de esta destrucción parcial o total son bastante predecibles: la UPR se reduciría en tamaño y por ende en acceso y alcance para los sectores más desventajados del país; y/o aumentarían los costos de matrícula; y/o se reducirían salarios, pensiones, planes médicos; y/o disminuiría la calidad de la educación.

Pero la posibilidad de un fracaso inmediato no debe, no puede, conducirnos a la derrota y al cinismo. No “esperemos”, mejor “esperancémonos”.  La esperanza nos permitirá la acción, la inactividad nos conduciría a la desesperanza. Si actuamos, es posible, incluso probable, que cualquier momento ahora o después reviente, glorioso, el triunfo grande o pequeño, repentino o gradual.

Y en el origen y trayectoria de ese triunfo, en el núcleo de las masa activistas, habrá tal vez líderes, sí, pero de seguro hay y habrá pequeños grupos de cinco gatos, realistas pero no cínicos, esperanzados pero no pendejos, activos, necesarios, aquí.

 

Trump y mis conejos

Image by Irene from deviantart.com
Imagen por:Irene, via deviantart.com

Hace días que intento escribir sobre Trump. Bueno, no tanto o necesariamente sobre Trump sino sobre lo que representa o lo que implica. No lo he logrado, de hecho dejé pasar un deadline para una columna, porque me siento abrumada. La sensación es en parte una reacción al constante estado de alarma y alerta, al quiebre cognitivo y al chorro venenoso de adrenalina, que la avalancha de noticias causa. Es en parte también una función de la cantidad misma de temas posibles. He tomado páginas y páginas y páginas de notas…. Por lo general cada blog o columna (me) necesita unas tres o cuatro páginas de notas a mano. Esta vez han sido decenas de páginas, noticias, ensayos, marcas en libros, miradas repetidas a lo que otros escriben en facebook… y no me siento más cerca de poder escribir esto. Al final, francamente, me senté frente al ordenador porque si no lo hago no voy a poder barrer el piso de la cocina, que es un asco, o comerme algo, o hacer cualquier otra cosa práctica e importante. Ni siquiera sé si lo publicaré. Probablemente no importe.

Tal vez por mi entrenamiento como antropóloga, al principio traté de codificar un poco la cosa, de dividir el lío de anotaciones en temas como los siguientes:

  • Mis notas sobre la marcha de las mujeres en Washington, DC, donde caminé en protesta con cientos de miles de mujeres y aliados, así como sobre las muchas otras marchas dentro y fuera de Estados Unidos;
  • Los variados atropellos, en palabra u obra, a grupos o categorías de gente como mujeres y personas queer, negras, latinas, inmigrantes, musulmanes, etc.;
  • Las implicaciones de lo que está pasando aquí sobre otros países, incluyendo Puerto Rico;
  • Las implicaciones del triunfo y gobierno del “equipo Trump” sobre nuestra relación con la “verdad”, manifestada particularmente en su tratamiento de la prensa y los científicos (lo que implica por supuesto una discusión de lo que es “verdad” y digresiones varias sobre temas como 1984, la libertad de prensa y sus limitaciones, la cultura “post-verdad” que varios denuncian, la “objetividad” de las ciencias, la necesidad de las ciencias, Sócrates, etc.);
  • El uso sin precedentes (o más bien con precedentes pero a una escala y un nivel de flexibilidad hasta ahora nunca vistos) de lo que llamamos “big data” y sus implicaciones; El microtargeting, la manipulación más exquisita, el uso federal y corporativo de cientos de miles de datos sobre cada una y uno de nosotros, el ataque hacia (y la transformación inevitable de) nuestra privacidad;
  • La genealogía (de demócratas, republicanos, populistas) que culmina naturalmente con Trump y sus secuaces pero que no vimos venir;
  • La abundancia de noticias, el ciclo noticioso y sus implicaciones, el fracaso frecuente de la prensa “mainstream”;
  • Las noticias pueden ser a su vez agrupadas en temas, horror dijo la gallina, tales como el asalto frontal y sexual a las mujeres, cada orden ejecutiva y sus implicaciones, las “conferencias de prensa”, los tweets, los rallies, la convención, la noche de las elecciones, los debates (tanto de primarias como presidenciales), en fin, que una de las características de esta gente es que producen noticias a un ritmo nuevo, confuso y vertiginoso, y cada una es digna de ser “tema” pero si las agarramos todas nos volvemos locas y locos, tal vez ya nos volvimos locas y locos, o al menos yo ando por ese camino…
  • Algunas razones explícitas y posibles de los y las que votaron por Trump (he estado no solamente leyendo sobre esto sino preguntándole a los trompistas en mi Facebook), incluyendo una discusión sobre la supuesta importancia del tema económico sobre las demás motivaciones;
  • La esperanza en estos tiempos, o su posibilidad, y su relación con los activismos…De hecho cada forma de activismo amerita una columna;
  • Hay más, pero se me ha cansado el cerebro.

Ya usted ve, lector, lectora, porqué he estado bloqueada. Cada uno de estos asuntos representa un agujero conejil por el que he estado cayendo, Alicia rumbo al país de las porquerías, y, como hizo Alicia, recogiendo objetos en mi lento tránsito hacia abajo, siempre hacia abajo, en ánimo y energía.

Tengo que elegir uno de estos temas solamente, pero si no hago la lista primero, reviento, como dice alguna “analista” por ahí. La lista podría ser una especie de wish list, podría servirme de guía, excepto que esta gente seguirá produciendo noticias y extendiendo mi lista más y más, otro tema sería, junto con el de la esperanza, algo sobre cómo mantener la cordura, y de paso el uso de la sintaxis y la puntuación correctas, porque en este mundo de locura no parece haber ya puntos posibles, sólo comas…

Creo que con este desahogo puedo ir a vestirme, fregar un par de platos, pasar un rato con mi hijo menor, usar un punto. Tal vez hasta olvidar, al menos por momentos, mi descenso inevitable por el agujero en apariencia infinito, siguiendo al conejo de la verdad y la discusión serena, recogiendo frascos noticiosos, por el camino, a la espera de lo que sea que nos espera. Luego regreso y trato de meterle mano a alguno de estos temas.


Editado para borrar los numerosos enlaces a la información sobre algunos de los asuntos mencionados aquí.Pero si alguien desea ver los enlaces no tiene más que pedirlos. -rb

 

Exilio

calypso[Este es un trabajo muy preliminar y muy en progreso. Me interesan sus comentarios e ideas, preferiblemente constructivos.-rb]

Exilio

Para pasar juicio sobre la importancia relativa de  eventos o  personas, usamos el vocablo “memorable”.  Pero se me ocurre que no es una palabra demasiado útil, porque la memoria y sus predilecciones cambian con la edad. Recuerdo mejor, por ejemplo, las tramas y los personajes de libros, buenos o flojos, que leí en mi adolescencia, que las de algunos libros magníficos que he leído recientemente.

Esto de la memoria me ha estado ocupando bastante tiempo en la cabeza y espacio en la libreta últimamente, por varias razones. Dos de ellas vienen al caso aquí.

Primera: actualmente vivo en el exilio y desde aquí he estado pensando en y sintiendo nostalgia de mi país, Puerto Rico.  Dice Kundera que hay lazos semánticos muy reveladores entre la nostalgia y la memoria. Más precisamente, que la palabra viene de nostos, que en griego significa regreso, y algos, que significa dolor…Dolor, entonces, causado por el deseo incumplido de regresar. Un sinónimo importante en español es añoranza, que proviene del latín ignorare, y nos revela que nostalgia es también el dolor de la ignorancia, del no saber, o del olvidar.

Kundera refuerza estas conexiones examinando el caso de exilio y nostalgia más famoso de la literatura: Ulises, que añora a su patria y su mujer justamente en tanto las olvida en la bruma de los brazos de Calipso, un olvido que tiene su contrapunto en el recuerdo insistente que de él tenían en Ítaca, un recuerdo a su vez desprovisto de nostalgia y encarnado, en muchos casos, en sentimientos poco amables: Penélope estaba resentida, Telémaco rebelde, los pretendientes abiertamente amotinados y odiosos, en fin, nadie, excepto el viejo perrito, estaba particularmente contento con él. Añade Kundera que en el exilio, el emigrante olvida y añora a su país, mientras que en ese país, otros recuerdan pero no añoran.

Segunda: me ha dado por recordar, insistentemente, los primeros versos (y sólo los primeros) de un poema que leí hace unos quince años en internet, escrito por un autor desconocido y aparentemente nunca publicado formalmente.  Según recuerdo, el autor era argentino y el poema se titula o titulaba “exilio. Empieza así:

Yo ya me fui de mi país

Me autoexilié de mí mismo

Me saqué un pasaporte de bronca

Y me fui,

Me abandoné

Ya no estoy.

Hacía mucho que no recordaba ese poema. De hecho no estaba consciente de recordarlo. ¿Por qué ahora, esta súbita memoria?  Supongo que por mi propio exilio. Pero ¿por qué llamar exilio a lo que podría llamar migración, vaivén, o diáspora? Después de todo, nuestro exilio puertorriqueño no es es como los exilios argentinos durante la guerra sucia o los chilenos que se tuvieron que ir para que Pinochet no los desapareciera. Nosotros no estamos escapando tortura o muerte. Pero creo que igual prefiero la palabra “exilio” por lo que dice acerca de la condición subjetiva de estar lejos de la patria y añorarla. Por eso, y por lo que nos falta para poder hablar cabalmente de “diáspora”, para convertir “diáspora” en algo que pueda definir también un estado emocional personal.

Digo esto porque creo que nos falta mucho camino por recorrer en cuanto a lo que conceptualizar (y por ende, poder actuar inteligentemente sobre) la gran migración puertorriqueña hacia Estados Unidos se refiere. Que la conversación nacional se queda, francamente, bastante corta, especialmente si tenemos en cuenta que los puertorriqueños llevamos mucho tiempo emigrando, exiliados o no, que esa migración ha sido particularmente intensa a partir de los cuarenta, y que en años recientes, a raíz de la crisis económica, se ha vuelto a recrudecer. A estas alturas, ¿no deberíamos tener una conversación nacional más sofisticada sobre nuestra diáspora? ¿No deberían tener mayor relevancia cultural, en nuestro día a día, trabajos como los de Jorge Duany o el Centro de Estudios Puertorriqueños de CUNY, por ejemplo?

Digamos que a veces siento que el país nos recuerda y a la vez nos invita a olvidar, que nuestra nostalgia está, como la de Kundera y la de Ulises, de alguna manera predicada sobre la desconexión y el olvido.

Pongo algunos ejemplos. Recientemente, en los medios sociales, cobró auge y popularidad el movimiento #yonomequito. Parte del discurso popular pegado al hashtag (contrario, según su creador, a sus intenciones iniciales) era más o menos así: el que se va se está quitando, es un cobarde o no quiere a su patria, yo me quedo porque soy un valiente y/o quiero a mi patria. En respuesta, hubo un movimiento un tanto más débil de #yosimequito, donde el discurso era más o menos tipo: el que se va es porque no aguanta más porque  la isla está insoportable, aquí no hay nada que querer o al menos sí mucho que odiar.

Estuve mucho tiempo pendiente en los medios sociales, a ver si de esa batalla simplona surgía alguna síntesis cultural interesante que nos permitiera conceptualizar a la diáspora de manera social/política/económicamente útil. Me quedé esperando. Tal vez me perdí algo.

El asunto no es trivial. La población puertorriqueña en Estados Unidos crece cada día y ya es más grande que la población isleña.  Pero ese crecimiento no está acompañado de un ejercicio colectivo para pensarla como parte del país.

Otro ejemplo: los políticos y la prensa. Cada vez que hablan de la diáspora que crece, es más o menos con el siguiente discurso: Sí, se está yendo mucha gente. Muchos profesionales, mucha gente joven. Y eso es malo, muy malo para el país.

Se quitaron. Y eso es malo. ¿En serio que a eso se reduce nuestro engagement con la realidad demográfica aplastante de más de cuatro millones a este lado del charco?

Luego están las apologistas, que con cariño y buenas intenciones nos dicen cosas como se tuvieron que ir porque acá no había trabajo. Esto es básicamente bastante cierto–la tasa de desempleo de la isla es mayor, por mucho, que la de cualquier estado de la unión, y mucha gente toma la decisión (difícil, dolorosa y de resultados inciertos para los más) de irse porque van en busca de un trabajo que no tienen.

Pero no es toda la historia. Más aún, reducir la migración a un tema de empleo vs. desempleo es restarle importancia a toda una serie de factores que impulsan la migración, y restársela además a la agencia o libre albedrío del que se va.  Por poner un ejemplo muy personal: Nosotros nos fuimos por varias razones, y ninguna de ellas era no tener trabajo. Teníamos trabajo. Nos fuimos porque apareció, de repente (una de las cosas con las que tenemos que bregar conceptualmente es con eso, con el reclutamiento) una oportunidad laboral y de crecimiento con la que no habíamos contado; nos fuimos porque nuestro nene, en escuela pública, no estaba aprendiendo casi nada y nuestra nena, en escuela privada, aprendía más sobre la doctrina de la iglesia católica que sobre matemáticas o historia; nos fuimos porque nos robaron todo, todo, todo en la casa, hasta la tubería de cobre, los álbumes de fotos, las bombillas y los libros; nos fuimos porque invertimos mucho tiempo y mucho esfuerzo en usar nuestras destrezas y energía para tener un impacto en términos de justicia social y el ochenta por ciento del esfuerzo se iba en cosas que nada tenían que ver con la consecución de la meta; nos fuimos porque conseguir tan sólo ver un neurólogo, cualquier neurólogo, necesitaba tres meses o una pala, aún si uno de nosotros estaba convulsando; nos fuimos porque la isla un poco nos escupió o nos tosió fuera de sí, como si se defendiera de nosotros; nos fuimos por esas y tantas razones, y de todos modos sentimos nostalgia. Tal vez nuestra nostalgia, como la de Ulises, necesita un poco el olvido de esas razones. De hecho ésta es la primera vez que hago la lista. Había medio olvidado esas cosas, las había reemplazado en mi imaginación con el mar, las buenas amigas, los aguacates.

Ese párrafo de arriba, que parte de mí desea borrar para hacer de esta entrada una más gentil pero que me salió de muy adentro, NO es un #yosimequito. Yo no me he quitado, y resiento que desde la isla algunos asuman mi ausencia física y mi geografía – y las de millones – como una separación conceptual y emocional. Desde acá me mantengo tan al tanto de lo que pasa en la isla como puedo; me apunto a los proyectos, celebro las victorias, lloro las tristezas y comparto las rabias.  Abandonar a la isla emocionalmente sería abandonarme a mí misma, sacarme un pasaporte de bronca, ya no estar…

Pero también tengo que preguntarme: ¿Cómo es que desde la isla no ha habido intentos organizados, más allá de decir lo mala que es la migración, por involucrarnos en los eventos que le dan forma a nuestro futuro? Pienso por ejemplo en la famosa Junta que ocupa el ancho de banda nacional. A ver: Los rectores y el presidente de la UPR, por ejemplo, le han dicho a la Junta (que aún no existe) con mucha solemnidad y mucho bombo (para los oídos de otros, porque de nuevo, aún no hay junta) que con la Universidad no se metan (cuando la junta exista hará caso omiso de esa orden de todos modos); El Nuevo Día le ha pedido al pueblo de Puerto Rico que acepte la Junta (de nuevo, que aceptemos algo que aún no existe y cuya composición aún no conocemos.) ¿Por qué hago tanto hincapié en que la junta no existe todavía? No porque dude de su eventual existencia (y a este paso más) sino porque el aparato en cuestión es parte de un proyecto de ley en proceso de construcción. De ese proceso sabemos poco. No sabemos, por ejemplo, qué cosas están impulsando los cabilderos. No sabemos qué dice el borrador, más allá de eso de la junta, aunque sí sabemos que contiene provisiones adicionales como por ejemplo, la de desarrollar de manera privada ciertas zonas protegidas de la isla. De esas provisiones no estamos hablando mucho. Los demócratas (en particular Pelosi y Sanders) han hecho comentarios sobre la importancia de preservar la autonomía de Puerto Rico en ese proyecto, pero en general no contamos con muchos defensores en este asunto. Entonces pregunto: ¿qué les pasa a los puertorriqueños que no movilizan a la diáspora de sobre cuatro millones que pudiesen involucrar representantes de Florida, Nueva York, Illinois, Nueva Jersey, Connecticut o Texas? ¿Qué les pasa que cuando el creador de “Hamilton” se tira inocentemente al ruedo, a hacer expresiones que a todas luces pretendían ser buenas para la isla, sólo pudieron criticarlo y decirle que se callara porque de Puerto Rico y su historia no sabía nada? De hecho muchos lo acusaron de no ser siquiera, cabalmente, puertorriqueño…Si la diáspora no está diciendo o haciendo lo correcto, tal vez es porque desde la isla escasean los intentos concertados de involucrarla en las soluciones. En lugar de ese esfuerzo, lo que escuchamos es Te quitaste y Eso es malo. En el peor de los casos escuchamos Cállate, no eres de/no estás aquí, no nos representas.

Hay que empezar a trascender esto de la geografía, creo, y arrancar desde la “puertorriqueñidad” a la hora de pensar y actuar sobre la situación de la isla. Eso, o eliminar de la ecuación a más de la mitad de la gente puertorriqueña. El imperativo del momento político es claro: urge que hagamos algo por el futuro y las posibilidades de la isla. El hecho de que eso no esté ocurriendo tiene que ver con que no sabemos exactamente o no nos ponemos de acuerdo sobre cuál es el “algo”, sí, pero también tiene mucho que ver con que no hemos logrado crear una conversación culturalmente rica que incluya a todo el mundo, sin acusaciones de ignorancia o de “quitarse”. Marginar a las personas puertorriqueñas que no están en la isla es contribuir al aislamiento e invisibilidad de Puerto Rico.  A calzón quitao; Creo que la puertorriqueñidad va más allá de las cien por treinta y cinco, que tiene que hacerlo. Pero tal vez me equivoco, tal vez el país es sólo de las que nacieron allí y lo habitan físicamente toda la vida. O de aquellas que pueden responder “sí” a tres o más de las siguientes condiciones: 1)vivo en Puerto Rico todo el  año, 2)nunca he vivido en Estados Unidos, 3) el español es mi primer o único idioma, 4)mis padres y abuelos son puertorriqueños y además poseo un hogar en Puerto Rico, 5)pago impuestos puertorriqueños y  hablo español, 6)…Usted me entiende. Si nos ponemos así de estrechas, ¿quién define lo que es ser “puertorriqueño”, y cómo lo hace?  Prefiero pensar que ese no puede ser el caso, que podemos ser inclusivas, y las banderas boricuas que vi en tantos balcones neoyorkinos hace dos semanas confirman mi postura. #BoricuaEnlaLuna #LaDiasporaPresente

Ojo: Estoy hablando aquí de la conversación pública y el discurso, no del sentimiento personal de las muchas y los muchos que conocen y quieren a alguien en la diáspora.  A nivel individual sé que pocas personas le recriminan al exiliado conocido su partida, y que existen lazos económicos y afectivos entre el acá y el allá. ¿Cómo podemos usar esos lazos para potenciar vínculos colectivos socio-políticos y culturales más productivos?

Con esto de la migración recrudecida, en internet se ha estado moviendo de nuevo el hermoso ensayo que Magali García Ramis escribió en los ochenta sobre los cerebros que se van y el corazón que se queda. Mucho más generoso que el “me quito” o “no me quito”, en ese ensayo “cerebro” emigra y va a la isla sólo de visita, mientras “corazón” queda a cargo de hacer patria y recibir a “cerebro” con cariño.

Es un hermoso ensayo. Pero hay que reconocer que a veces el único corazón que nos recibe con cariño es el de nuestra familia y amigos, porque la isla conceptualmente nos sigue tosiendo; que no todo el que se queda está haciendo patria; y que muchas nos trajimos el corazón con nosotras. Ese corazón que me traje, y su nostalgia, me protegen ahora de la desazón y el desapego que podría provocarme la estrechez de la conversación del país sobre gente como yo. Ulisa lejos de Ítaca y en la bruma de los brazos de Calipso, casi puedo olvidar o ignorar los hashtags y los titulares bobos. Ignorar u olvidar, dulcemente, para así poder seguir queriendo.

la visita

 

la visita
foto:primerahora.com

A Lissette Rolón y Marta Aponte.  Gracias por escribir y por pensar.

Quisiera escribir algo sobre el CILE, el Congreso Internacional de la Lengua Española, que se celebró en Puerto Rico esta semana que termina.  Quisiera hablar de los bloopers–los nuestros y los de la visita. Entre los nuestros, el más serio parecería ser ese de escribir “Majestad” con “g” de ganas en lugar de jota de joder. Luego está el escándalo provocado por el vestido de la primera dama de Puerto Rico, que al parecer estaba demasiado ajustado y  colorido para los gustos populares y fashion.

Quisiera ondear ese vestido colorido y apretao al viento, como una bandera de orgullosa cafrería, y decir que así somos, coloridos y prestos al abrazo, al apretón. Sospecho que esa no era la intención de la que llevaba el traje y se ganó la crítica. Pero igual me identifico más con ese cuerpo sinuoso y caribeño que se exhibe que con el cuerpo europeo que nos visita y que se oculta casi al punto de desaparecer.

Quisiera enfocarme ahora en los bloopers de la visita, que son en todo caso más serios que los de los anfitriones. Estos españoles ilustres que inauguraron el asunto nos declararon–sin contexto, sin historia, sin otra razón que no fuese la interpretación más simplona y liviana de nuestra realidad política–parte de Estados Unidos. Peor aún, nos declararon no-parte de Hispanoamérica.  El primero me parece el producto de la chapucería más crasa: ¿qué se leyeron para preparar el discurso? ¿los primeros dos párrafos de la página de wikipedia? El segundo es más serio. Es la primera vez que el congreso se celebra fuera de Hispanoamérica, dijeron.  La aseveración constituye una especie de expulsión conceptual, inapropiada y problemática porque 1) el poder que expulsa es el mismo que, en su momento, nos regaló y 2) el poder que expulsa no debería tener la potestad para decidir quién es Hispanoamérica y quién no lo es.

Quisiera gritar: ¿a cuenta de qué es la monarquía española la que nos arma “hispanoamericanos” a los pueblos de América Latina?

Quisiera decir que el español me vale madre y que el congreso también. Pero no es cierto. Amo al español puertorriqueño–es mi idioma, con él existo, me manifiesto, me construyo y construyo. Amo y aprendo también el español de otros pueblos, sus palabras y cadencias especiales. Y estaría en el congreso de metiche si estuviera en las islas, asomándome a los paneles y a las conversaciones de pasillo, repleta de curiosidad antropológica. Pero si me preguntan, diría que la celebración del idioma no es la celebración de España, sino la de todos los pueblos que la historia ha hecho hispanohablantes. Porque cualquier conversación adulta y colectiva sobre lengua es también sobre historia y política. ¿A quién se le ocurre decir “este no es el lugar para hablar de historia” en el congreso? Al rey de España. La prensa española no parece sentir, por cierto, particular vergüenza por su monarca. Nos trata más bien con cierta sorpresa, tipo ay, estos puertorriqueños, figúrate tú, qué sensibles…y qué terrible, la ortografía…

Quisiera decir que los asesores de la esposa del gobernador tal vez no hicieron bien al darle el go ahead al traje de colores sin pensar en el chismorreo por venir. Pero creo que los asesores que verdaderamente la cagaron fueron los que le dieron el go ahead o, peor aún, escribieron, los discursos que el rey y el director del Instituto Cervantes  pronunciaron en la inauguración.

Quisiera que todo esto nos sirva de lección, nos ayude a recordar que podemos amarnos y amar nuestro(s) idioma(s) sin estar loquitos (tan lejos, tan pendejos) por cualquiera de los dos países que nos colonizaron. Ni pitiyanquis ni hispanófilos, escribiría en una bandera apretá, sinuosa, con cuerpo imprudente y con los colores del Caribe.

 

hulk y la barbi:por una niñez libre de clósets

hulk[Leído en ocasión de la presentación del libro “Borrador de auto-ayuda queer y otros ensayos raritos”, de Lissette Rolón Collazo, en el VI Coloquio ¿Del otro lao?: perspectivas sobre sexualidades queer, 1ro de marzo de 2016.] 

Mi presentación es muy simple: Quiero tomar como punto de partida algo que establece Lissette Rolón en su libro, ese “anhelo de establecer puentes con todas las personas posibles”, un anhelo que la autora describe como bastante queer y que ubica en el contexto del proyecto planteado por Paco Vidarte, un proyecto de “ética marica” que propone la solidaridad del movimiento queer con todas las otras causas que tienen que ver con atender el discrimen y la opresión. Creo que el reverso de ese planteamiento de Lissette y de Vidarte también es cierto. Es decir, creo que cualquier persona que se identifique con proyectos o movimientos en contra de cualquier forma de discrimen y opresión necesita (y sí, digo “necesita” tanto en el sentido filosófico como práctico de la palabra) solidarizarse con la causa, con el movimiento, que este coloquio encarna, y de hecho darle a esa causa prioridad en la conciencia, en el pensamiento, en la práctica y en el activismo.

Mi primer planteamiento es entonces que este libro que presentamos hoy es lectura obligada no sólo para aquellas personas que enfrenten, en su identidad o en su comportamiento,  los muchos desafíos que implica alejarse de la heteronormatividad, sino también para aquellas que, como yo, son heterosexuales. O, como diría la amiga Ángela Figueroa, también citada por Lissette en el libro, las personas que “estamos heterosexuales.”

Dice Rolón en este Borrador de auto-ayuda que la lucha por un mundo libre de discrimen necesita “más referencias, más empatías, más identificaciones.” (23) Mi segundo planteamiento tiene que ver precisamente con que la empatía es un requisito para cualquier reclamo de justicia que sea genuino y sentido, que sea real en el sentido más personal de la palabra.  Cada quien puede conectarse y solidarizarse a través de la familiaridad con el otro y la otra, pero es aún mejor si lo hace también a través de la empatía que se hace posible cuando miramos de cerca, con otro lente, nuestra propia experiencia.  De hecho cada quien se solidariza inevitablemente desde quien es, desde su propia experiencia. La mía es la de una mujer heterosexual, casada en segundas nupcias, con un fracatán de hijos e hijastros. Es desde ahí que les quiero proponer un espacio de lucha, un espacio en el que pensé numerosas veces mientras leía el Borrador de auto-ayuda. Se trata de la niñez.

¿Por qué la niñez? Por varias razones. Primero porque casi todas las personas tienen cierto grado de influencia sobre la crianza de algún niño o niña (de aquí en adelante utilizaré ambos indistintamente para referirme a una personita o adolescente de cualquier sexo). Segundo porque nuestra capacidad para mover hacia adelante la agenda de un mundo más justo depende de nuestra capacidad para cultivar los buenos sentimientos en los seres humanos que lo van a hacer posible. Tercero porque la niñez es uno de esos espacios en donde muchas personas heterosexuales tienen una responsabilidad particular: La mayor parte de los niños que crecen se cría bajo el cuidado de una o más personas heterosexuales. Esto incluye a la mayoría de las niñas que se identifican o identificarán dentro del espectro LBGTT o alguna otra categoría fuera de la heteronormatividad. De modo que parte de la agenda de nuestro movimiento tiene que incluir esos puentes con los adultos que crían niñas hoy, tanto para que éstas crezcan libres de prejuicios como para que puedan explorar y aceptar y celebrar su propia sexualidad e identidad, queer o hetero, fluida o establecida, no importa.

Quiero explorar estas dos ideas atando las lecciones del Borrador con la evidencia de mi experiencia personal. El primer cuento es de mi propia infancia. Me da un poco de pachó, pero aquí va.  Tendría yo unos doce años, y estaba jugando barbis con una amiguita.  Por lo general éramos tres amiguitas–vamos a llamarlas Betty y Lucy, para efectos del cuento y para preservar su anonimato– y cada una traía su barbi. Lucy, que tenía más juguetes, traía también un Ken, que como algunos de ustedes saben, es una especie de barbi macho.

Pero ese día Lucy no estaba, así que Betty y yo estábamos jugando sin Ken. Ahora bien: yo no sé si ustedes jugaron alguna vez con barbis, pero a esa edad, parte del juego consiste en que barbi y ken se besuquean, se esnúan y se meten en la cama. Por lo menos así era nuestro juego.

Y ese día no había Ken…¿qué hacer, nos preguntábamos? Había una alternativa, una suerte de macho alternativo: El hermano de Betty tenía un muñeco del  Increíble Hulk –monstruoso, enorme y verde– y por unos momentos pensamos que a lo mejor Hulk podía ser el novio de Barbi, pero la verdad es que nos resultaba bastante grotesco, y además no podíamos quitarle los pantalones porque estaban pintados sobre su cuerpo. Entonces yo tuve una genial idea, que hasta el día de hoy me parece bastante obvia:a falta de ken, nuestras dos barbis podían besuquearse y meterse en la cama. Santo remedio. Así lo hicimos, todo muy sencillo y de hecho bastante inocente, porque de todos modos una vez esnúas y en la cama se nos acababa el repertorio, no sabíamos qué más hacer con ellas, no había el juego actos sexuales específicos más allá de los besos.

El caso es que Betty se lo contó a su mamá. Y su mamá llamó escandalizada a mi abuela. Y mi abuela se puso como una furia: me jamaqueó, me cuestionó, me gritó, me castigó. La palabra que recuerdo y que hasta el día de hoy me quema un poco es “pocavergüenza”. Dijo que estábamos haciendo pocavergüenzas. Y quedaba claro que no era porque mi barbi se esnuaba–era porque se había esnuado con otra barbi, con la barbi de mi amiguita. Le expliqué el dilema, traté de hablarle sobre los problemas que teníamos con Hulk, pero nada la calmó. Sentía dolor, me dijo, y sentía mucha vergüenza.

Así que mi abuela, que era para todos los efectos mi madre, sentía vergüenza de mí. Ese día empezó mi closet. Porque yo podré ser o estar heterosexual, pero sé que ese día guardé un pedacito de algo “queer” en un armario cerrado por las puertas de la vergüenza y la culpa. Como dice Rolón en el libro, “el closet nos habita”, y yo estoy convencida de que aún las personas heterosexuales tienen un closet y que reconocer y explorar ese closet nos facilita la empatía con la que no es heterosexual. Esas dos adultas crearon un closet para mí y otro para Betty, de paso manchando irreparablemente nuestra amistad (no volvimos a jugar juntas) y coartando nuestra imaginación, nuestra creatividad, nuestra ilusión y francamente nuestro derecho al juego, un derecho que debería ser inalienable para todos los niños, probablemente para todos los adultos también. De los juegos infantiles, de hecho, puede decirse lo que dice Lissette en el libro sobre los ritos cuando estos excluyen a lo queer o a la persona queer: “Los ritos se desfiguran, se degradan, se corrompen y nos quedamos con una fiesta vacía de los mejores sentidos posibles. Despojar a las personas de los ritos [o a las niñas del juego] supone exiliarlas de lo social, expulsarlas de su reconocimiento en los otros.” (54) Para poder jugar, teníamos que negar parte de nuestros impulsos, de nuestra imaginación, de nuestras personas. Y qué mensaje jodido, además, el de que el monstruo verde, violento, peligroso y medio bruto, pero del sexo opuesto, musculoso, hipermasculino, es preferible como pareja a la barbi de tu mismo sexo…

El closet impuesto por la opresión heteronormativa es una tragedia para aquellas personas que están fuera de la norma heterosexual. Pero creo que también es una tragedia, aunque tal vez menor o de menor consecuencia, para todas las personas, porque con eventos como el que describí arriba, le creamos un closet que habita y oprime a todos nuestros niños. Estoy convencida de que de la niñez puede decirse lo que dice en el libro Rolón sobre la vejez: “Es queer en sí misma…maneja otro calendario y por ende otro modo de habitar en el mundo y ocupar las horas…Marca otro paso y se le opone al ritmo voraz y leonino de la productividad.” (45)  Si la niñez es queer por definición, nos corresponde a todas proteger a nuestras criaturas queer del embate del discrimen, así como educarlos para que no discriminen a otras. Nos corresponde amarlos como personas raritas y completas, con la “incondicionalidad insobornable” que describe Lissette cuando habla de la maternidad que su madre pudo eventualmente proveerle. No “toleremos” a los niños y sus cosas “queer” o su exploración natural de lo queer; no los querramos a pesar de ello; vamos a amarlos y a celebrarlos así, tal y como son, tal y como se van descubriendo.

La niñez y la adolescencia están repletas de momentos como el de las barbis, momentos en los cuales tenemos opciones,  podemos meter un niño en el closet o permitirle crecer fuera de él. Hace algunos años, tuvimos en casa un momento así cuando se fue acercando la noche del prom. Uno de nuestros hijos tenía deseos de participar en el prom (de nuevo, los ritos pueden ser importantes, y ese rito, en ese momento, resultaba significativo) pero la persona que quería invitar no era una nena, sino un nene. La heteronormatividad trasciende lo meramente sexual, exigiendo, por ejemplo, que vayamos al prom en parejas de hombre y mujer, vestido vaporoso y tuxedo riguroso. Pero después de discutirlo entre ellos, decidieron ir al prom juntos, como pareja. Se vistieron igual–traje gris, y un clavel rosado en el bolsillo de la chaqueta. Por fortuna, tenían un grupo grande de amigos absolutamente maravilloso que los quiere y los escudó de los ceños fruncidos de los criticones. [De hecho, ese es otro rol que le toca al heterosexual solidario, el rol de no quedarse callao y pasivo cuando tiene el discrimen al frente, porque con estas cosas no se puede ser “neutral”. Pero ese es otro tema.] El caso es que la niñez es queer, y como las sexualidades queer, viene obligada a “transitar las fronteras, las periferias, los espacios clandestinos”; y, también como ellas, “desarrolla destrezas de resistencia inusitadas.”

Los momentos y espacios con el potencial de aceptar o atacar lo “queer” en un niño que va creciendo empiezan por supuesto mucho antes del prom. Recuerdo un incidente con mi hijo mayor: El año era 1997, el nene tenía tres añitos, y estábamos viendo por televisión la visita del papa a Cuba. Quien es ese, mama? Ese es Fidel, hijo. Quien es ese otro, mama? Ese es el papa, hijo. Fidel estaba vestido no con su uniforme verde acostumbrado sino con un traje severo de chaquetón negro, y fue a recibir al papa, que tenía su batola blanca usual. El papa ya estaba viejito, así que Fidel le dio el brazo,y caminaron agarraditos sobre la alfombra roja que se extendía desde el avión hasta el terminal del aeropuerto. Mirando la escena, mi hijo de pronto entiende, o piensa que entiende, vira su carita sonriente hacia mí y me dice, con gran júbilo, “Mira mamá!!! Fidel y el papa se están casando!!!”

Sentado con nosotros estaba mi amigo Robert, quien es un hombre gay. Pueden imaginar nuestra reacción: Primero fue la risa, por lo cómico de la idea. Luego el regocijo, por la expresión inocente de un niño a quien nadie le había dicho todavía que los hombres no se podían casar con otros hombres en 1997. Pero luego fue la duda: ¿qué decirle al muchacho? ¿Nos tocaba acaso romper esa alegre burbuja con la noticia de que el matrimonio legal en esos momentos era solamente entre un hombre y una mujer? Nos toca a los adultos no solamente amar a nuestras niñas en toda su rareza, sino también servir de mediadores entre ellas y un mundo que todavía no está a la altura de nuestras aspiraciones de justicia y amor.

En el caso de esa interacción con mi chiquitín, el mundo era una abstracción: la ley, el estado de derecho, multitudes homofóbicas lejanas, fuera de nuestro círculo. Pero a veces ese mundo hostil está más cerca. Por ejemplo: Nuestra hija suele cambiar frecuentemente los “amigos” que son “familiares” en facebook. Es decir, pone a una amiguita de madre, a otro amigo de padre, a otro en el estatus de “in a relationship”, a otra de hija…Tal vez está un poco ensayando lo de “la familia-otra” que describe Lissette en el Borrador. En cualquier caso, en una ocasión puso a una amiguita como geva, o “in a relationship”. Primero reaccionó un supuesto “amigo”: qué es eso? Nuestra hija le contesta nada, es chavando, pero by the way, eso no es malo. A lo que el tipo le dice yo se que no es malo pero creo que no es para ti, falta que conozcas al que te enamore, te regale flores, te cante una canción…En fin, el viejo argumento de que el lesbianismo ocurre por mala suerte, porque no te has encontrado con el hombre adecuado. Pero la peor reacción no fue esa, sino la de la abuela: Qué que es eso, que cómo va a ser. De nada valió que la muchacha le explicara que se trataba de una broma. De hecho la abuela sabía que la nena solía bromear con eso de los roles familiares. Nuestro hijo mayor incluso intervino para explicarle a la abuela que eso no es ná, abuela, los tiempos han cambiado, pero no había caso: Con eso, dijo públicamente la señora en facebook, no se bromea. No es gracioso. Ni de chiste.

A mí me consta que la abuela ama a la nena. Pero también me consta que trató de meterla en un closet. Actualmente, por cierto, nuestra hija está saliendo (esta vez de verdad, no de broma) con otra nena, y su estatus de “in a relationship” así lo proclama, con nombre y apellido: pero los abuelos/as y algunas otras personas están bloqueadas de ver ese estatus, por si acaso.  Los tiempos habrán cambiado, y este closet es relativamente pequeño, pero eso que le pasa en facebook sigue siendo un closet, y no es justo que así sea.  Quiero pensar que algún día tal vez será posible darles el libro de Lissette a las abuelas de regalo, a ver si comienzan a escuchar, de ahí a entender, de ahí a sentir empatía, y de ahí a comportarse de manera más justa y amorosa.

Los tiempos cambian, en efecto. Hace poco, cuando la Corte Suprema de los Estados Unidos declaró la constitucionalidad del matrimonio entre dos personas del mismo sexo, mi esposo y yo nos pusimos a bailar y saltar y celebrar. Nuestro hijo menor, que tenía en ese momento nueve años, preguntó que pasaba. Le explicamos. ¿Su reacción? El muchacho no se había enterado de que no era legal. Es decir, pensaba que una persona podía casarse con la persona que ama, independientemente de su sexo. Tal vez porque es medio espaseao, o tal vez porque estamos viviendo en California, el caso es que hubo que explicarle el asunto como una cosa histórica.

Creo que se me acaba el tiempo. Quiero enfatizar, antes de callarme, que a todos los adultos pero especialmente a las madres y a los padres nos toca, heterosexuales o no, proteger a nuestras niñas y niños del closet que nos habita, preferiblemente antes de que ese closet tenga oportunidad de formarse. Que nos toca protegerlos con esa “incondicionalidad insobornable” que propone Lissette. Y que a todas las personas, heterosexuales o no, les toca aceptar que ha llegado el momento de la definición, como dicen Paco Vidarte y Lissette Rolón: “Es preciso que definamos en qué lado queremos estar: entre los cómplices de la norma o entre los maricones de toda ralea.” En mi familia hay diversidad, y nos queremos así, complicaditos, pero en la lucha para combatir el discrimen y la opresión estamos claros: allí nos verán, dentro de la comunidad de los que actúan, firmemente del lado de los maricones de toda ralea. Muchas gracias.

 

ninfas

Por lo general–no siempre, pero sí casi siempre– llego a la ventana donde escribo las entradas del blog resuelta, con muchas ganas de escribir, aún cuando el tema es triste. Pero el tema de hoy me resulta no solamente triste sino profundamente incómodo. He empezado a escribir esta entrada como tres veces y las tres me he detenido. Las oraciones no fluyen con facilidad, las palabras apropiadas se me esconden. Decidí no escribir, pero luego decidí que sí había que escribir, precisamente porque el tema es incómodo.

La inspiración, por llamarlo de alguna manera, fue un enlace que una amiga a quien recurro como curadora/agregadora de noticias compartió en Facebook. El artículo enlazado, publicado en el periódico británico The Guardian, narra la experiencia de dos mujeres, madre e hija, en el tren. La niña, apenas asomándose a la adolescencia, fue hostigada por un hombre adulto que tras sentarse junto a ellas empezó a hacerle preguntas y comentarios como “pretty, pretty, pretty” de una forma que hizo que niña y madre se tensaran pero que también, a la vez, se sintieran profundamente indefensas.

El ensayo es bueno e importante, y me trae aquí a escribir por dos razones: 1)porque me trajo recuerdos de eventos que hace mucho, mucho tiempo no recordaba y 2)porque repite o refuerza una manera de ver la situación que me parece un tanto desacertada.

Describo el recuerdo primero, para poder atender entonces el #2. Es una colección de recuerdos, más bien, eventos que de nuevo, hace mucho, mucho tiempo (treinta años o más) que no me pasaban, al menos conscientemente, por la mente. A los once o doce años, sentada en las gradas de un circo que visitaba mi pueblo, noté que uno de los payasos me guiñaba el ojo repetidamente. Al principio pensé que el pobre hombre tenía un tic. Eventualmente me di cuenta de que algo  estaba mal, que había algo mal en esa interacción, en su sonrisa, y me sentí, lo recuerdo bien, sucia, contaminada de algún modo. Se lo conté a la persona adulta que andaba conmigo, no recuerdo quien era, y a la persona–esto es importante–le pareció de lo más divertido. Mira qué cómico, a Rimita le está haciendo cucasmonas el payaso.  El segundo recuerdo: estoy sentada con mi familia, también a los once o doce años, en un restorán. Recuerdo que era un restorán de pescado y mariscos pero no recuerdo dónde, o quiénes estaban exactamente sentados a la mesa. Lo que sí recuerdo es un hombre adulto, sentado a una mesa cercana con la que claramente se trataba de su esposa y con su bebé en una sillita, que también empezó con las guiñadas y las sonrisas. En esta ocasión no se lo dije a nadie, aunque me sentí igualmente ensuciada, tal vez hasta más. Lo mismo me pasó en otra ocasión (tercer recuerdo), para esa misma época, con un mesero en un restorán a donde fui a comer con mis abuelos. En esa tercera ocasión tampoco le dije nada a los adultos que andaban conmigo, aunque –ya más preparada por mis dos experiencias anteriores– logré mirar para otro lado e “ignorar” los avances del tipo (en las dos ocasiones anteriores los había mirado de vuelta, no por atracción sino por puro pasme). En esos tres casos, los individuos se limitaron a sonrisas y a guiñadas. Poco después tuve otros encuentros donde otros hombres adultos abiertamente me hicieron comentarios parecidos al “pretty, pretty, pretty” del artículo, pero ya no quiero escribir más sobre esos episodios, así que me disculpan.

Y ahora sí, al #2: en el ensayo que escribe la madre sobre la experiencia con la hija, la señora se culpa un poco de lo sucedido porque la niña salió de la casa con una falda corta y con una chaqueta (blazer) de la madre, atuendo que la hacía parecer tal vez mayor. El motivo por el que esta aseveración me parece desacertada no es tanto que la ropa no debería importar (aunque eso es cierto) como que me parece, basándome en mi experiencia, que el individuo que hostigó a la muchachita no lo hizo por confundirla con alguien mayor sino todo lo contrario, justamente porque era muy jovencita. Hay un estereotipo muy común, y a mi manera de ver muy dañino, que sugiere que las niñas que reciben estos avances con mayor frecuencia son jovencitas que se han desarrollado físicamente más que sus compañeras y/o que son particularmente coquetas o seductoras. Yo no creo que eso sea cierto. Creo que las niñas que desarrollan curvas antes que sus compañeras reciben más atención de sus pares, de otros niños, y tal vez de adultos confundidos o inescrupulosos, pero que muchos de los tipos que hostigan nenas extremadamente jovencitas saben muy bien que se trata de nenas. Los eventos que describí arriba me ocurrieron cuando yo tenía doce años, y yo no estaba, para nada, particularmente desarrollada. En todo caso, mi físico flaquito era más consistente con lo que llaman late bloomers, y no era coqueta sino por el contrario, extremadamente tímida.

El tema del hombre que se siente atraído por niñas muy jóvenes se trata famosamente en la literatura en la novela Lolita. Aunque la palabra “lolita”, tal vez debido a ese estereotipo que menciono, se usa con frecuencia para referirse a niñas seductoras, en la novela de Nabokov vemos a la niña solamente a través del ojo distorsionado y perverso del narrador, y por ende la vemos solamente como objeto, una nymphet hacia la cual el narrador se siente atraído no a pesar de su inmadurez sino precisamente porque es inmadura, porque es una niñita.

He escrito, he llegado hasta aquí, y francamente la incomodidad no se me quita, de manera que creo que me voy a detener. No sin antes plantear lo que me resulta una implicación clara de este fenómeno: la reacción de los adultos ante este tipo de cosa es importante. Los adultos que me acompañaban no tenían que haberse reído porque el payaso me hacía “cucasmonas”. Que un hombre adulto coquetee con una niña está mal, punto, y tolerarlo, o encontrarlo divertido, le hace violencia, ultimadamente, a la niña, aunque esa niña no recuerde lo sucedido durante treinta años. Ignorar estos sucesos reproduce un orden social donde las niñas (y las mujeres) son vistas como un blanco fácil, una presa legítima, una cosa.

 

doctor libro

huck finnEn un artículo reciente del New Yorker, me encontré con una de esas cosas que conocemos sin saberlo, que hemos usado sin proponérnoslo. Se llama biblioterapia, la cosa, y tiene que ver con usar la lectura (especialmente de ficción, poesía y ciertas formas creativas de no-ficción) para atender dilemas o situaciones personales, o más bien para procesar las emociones que nos acarrean esas situaciones. La pena y el duelo, el amor y el desengaño, la infelicidad, la insatisfacción, la crianza, nuestra propia mortalidad, la pérdida, el exilio, todas ellas y más son temas tratados en la literatura por mentes diestras, y la lectura de esa literatura puede ser un acto no solamente entretenido, sino además sanador.  Esa es la premisa básica de la biblioterapia.
     Ojo, sin embargo: No hay que confundir esta práctica con la lectura de libros de auto-ayuda o “self-help”. Si bien estos últimos pueden ser de utilidad, y si bien hay algunos (me temo que pocos) que son además buena literatura, la biblioterapia no consiste en leer libros escritos por psicólogos, diseñados para hacernos sentir mejor. Más bien se trata de leer obras literarias buenas y en el proceso, vivir un poco más plenamente.  Igual que pasa, argumentarían los amantes de otras artes, con una sinfonía, una canción, un cuadro, una película.
     Creo que cualquier lector más o menos voraz sabe a lo que me refiero, y comparto un par de ejemplos. A Diane Ackerman, la autora del delicioso “Historia natural de los sentidos”, se le enfermó el marido, que es también escritor. El hombre quedó con afasia severa como consecuencia de un derrame. La historia de cómo la pareja brega con el asunto es un libro digno de leerse por sí mismo (está bellamente escrito, y sirve, en el enfoque biblioterapéutico, para pensar en el amor, la escritura, la enfermedad y la pérdida), pero el asunto es que Ackerman se enfrenta al desafío, en parte, haciendo la misma cosa que ha hecho casi toda la vida: Leer. Y que la lectura de libros sobre, o escritos por, autores que también sufrieron de afasia, como Ralph Waldo Emerson y William Carlos Williams, le sirvió para procesar sus experiencias cuidando a un ser amado con afasia tanto o mejor que sus lecturas más prácticas, diseñadas para entender el desorden. En otro ejemplo, tal vez más dramático en escala, Nina Sankovitch decidió leer un libro por día poco después de perder a su hermana, que murió de cáncer, y pasó un año completo (documentado en su memoria “Tolstoy y la silla púrpura)” leyendo y reseñando un libro diario. Algunos le sirvieron para pensar en su hermana, otros para pensar en el duelo y la pérdida, aún otros para pensar en la vida y todo lo triste y feliz que ella contiene.
     A mí la idea de que los libros te sirvan para entender, para crecer y para sanar más allá del que sea su contenido o propósito explícito me hace sentido intuitivamente y en el contexto de mi propia historia. Recuerdo bien tener ocho años, por ejemplo, y estar viviendo en condiciones difíciles. Había hambre en mi casa, había pobreza, había enfermedad, había desesperanza, había vulnerabilidad. Había también un libro–no el único en la casa pero ciertamente el más grueso– que me había regalado mi papá, una edición completa y adulta de Las Mil y una noches. No sé cuántas veces leí ese libro, pero sé que fueron muchas. Es difícil expresar lo importante de leer una y otra vez a Sherazade tejer historias para escapar de la muerte cada noche, de ver que los paisajes de miseria son parte de historias en otros espacios, en otros tiempos, de escapar con una alfombra, de ubicar el sufrimiento individual en el contexto del de un pueblo. Las lecciones de la ficción pueden ser tan precisas, y tan complejas, como las de la historia. Y tener un buen libro a la mano, creo firmemente hoy, de algún modo me salvó. Más de una vez.
     Pero creo que he escrito o hablado suficiente por hoy. Lo que más quisiera es escuchar o leer sobre otras experiencias, las tuyas, lector, lectora. Cuéntame de los libros que te han ayudado a trabajar con emociones o situaciones difíciles. Me puedes contar aquí, en tumblr, en Facebook, o enviarme un mensaje a: rbrusi@gmail.com. Comparte conmigo (y si te animas, ¡anímate! con la audiencia) el rol, si alguno, de la biblioterapia en tu vida.