Escupitajo

A veces tenemos que escribir sin fijarnos mucho en la prosa, en su elocuencia, incluso en su belleza o funcionalidad.  El tema es (¿o nos resulta?) urgente.  Me ha pasado antes.  Me ha pasado hoy.

Y ayer. Porque fue ayer que supe del escupitajo.

La cosa va más o menos (más menos que más, probablemente, porque estoy lejos, y mi visión se basa en la combinación de una prensa superficial y un facebook más profundo pero diverso, y hasta caótico) así: Los estudiantes están en huelga, protestan contra los impactos de PROMESA y los recortes por venir en la universidad y otras esferas, y han cerrado el recinto de Río Piedras; un profesor llega, trata de entrar, los estudiantes resisten, alguien le tira agua y escupe.

El caso no es tanto el evento (que es ciertamente un tanto grosero, vamos, piénselo, imagínese el espectáculo de un individuo que se aparece, como ha hecho otras veces, para provocar, imagine la baba volando por el aire, en fin, aceptemos que bonito no es, el asunto) como nuestra inclinación a evaluarlo de la siguiente manera:

“Ah, no. Yo entendía a los estudiantes, y hasta les perdonaba la huelga esa, pero así no.  Ya se me salieron. No estoy de acuerdo con esa violencia, y se acabó.”

 

O de la siguiente manera:

 

“Ves, te lo dije–esos estudiantes son un chorro de sirvenguenzas, cacos, troublemakers…Te dije que la huelga era una mala idea.  La universidad tiene que permanecer abierta. Ese pobre profesor trató de entrar y no sólo no lo dejaron, sino que lo atacaron. Y lo atacaron de manera vulgar.”

 

Y así, con sus múltiples variantes.

 

Aquí me concentro en este tipo de reacción, en el asquito o rechazo que nos produce la respuesta violenta de un grupo del cual esperamos pacifismo. Porque pasa que es la reacción no sólo de los amigos, sino de los enemigos de la universidad, que hay mucha gente buena, chévere, decente y hasta solidaria que tienen una opinión como esa, gente buena que se friqueó con el escupitajo. No estoy escribiendo, no aquí, sobre si la universidad debe estar abierta o cerrada, sobre el valor de la huelga, sobre el mejor modo de enfrentar la crisis que la presencia de la junta encarna…Estoy escribiendo sobre el escupitajo y sobre la reacción del tipo “ay no, que feo, eso de escupir, muy mal, estudiantes”,  en particular.

 

Me concentro en ella no para burlarme sino porque es una reacción humana y frecuente. No sólo con este asunto sino con muchos otros. Y es de los otros que quiero hablar–porque creo que para entender el rechazo social y generalizado al escupitajo, hay que estudiar un poco a los primos de ese rechazo. A los otros rechazos similares.

 

Me refiero a rechazos como éste: Digamos que hay una profesora universitaria. Más o menos feminista. Habla de violencia de género en clase. Seis individuos varones expresan (siempre lo hacen con una expresión triunfante, como si la idea fuera magníficamente original) cosas como “también hay violencia de mujeres contra hombres.” De nada sirve que la profe anote que sí, cierto, pero que los casos contra las mujeres son mucho más numerosos, o que redundan en muerte con mucha más frecuencia. No importa. Si las mujeres se cantan víctimas, esperamos de ellas comportamientos perfectamente racionales y moralmente apropiados: no puede haber cuernos, deben dejar al tipo a la primera gaznatá, no deben tener hijos con él, no deben juntarse con él para empezar. Ah–y si otra mujer, en otro pueblo, en otro año, le da al marido con un palo de escoba, entonces se chavó el concepto mismo de violencia de género, porque “las mujeres también golpean a sus maridos.” Para ser claras: si pretendemos que la violencia de género sea parte de la conversación social, entonces tenemos que, de alguna manera, evitar que una mujer, cualquiera, cometa un acto de violencia contra su pareja, porque nos afectamos todas, nos daña la reputación y la causa.

 

Esto del género tiene otra dimensión, aún más complicada. Regresemos al salón de clases de nuestra colega. Digamos que ante los numerosos reclamos de “hay mujeres abusivas también”, la profe comienza una discusión sobre el tema del patriarcado y su cómplice, el machismo. Sonamos–no hace más que emitir la palabrota, “machismo”, y se agita alguien, indicando (de nuevo, con expresión de triunfo) que también hay mujeres machistas. [Ah, y que ellas crían a los hijos machistas, añaden, pero en eso no voy a entrar porque si lo hago, no termino.]

 

Se complica la cosa aún más, porque nuestra profesora feminista está preparada para obtener esas respuestas de estudiantes varones, pero se friquea cuando sus estudiantes hembras dicen cosas por el estilo. Es decir–del macho lo espera, de la hembra no. Es una “mujer no solidaria.” Así nos acusamos.

 

Pero el caso es que ahí lo tiene. Si una mujer le pega al marido, todas las mujeres, es más, el concepto mismo de violencia de género, son cuestionables. Basta con una manchita, y años de trabajo se van al cuerno.

 

Basta con un escupitajo. ¿Me sigues? Sí, lector, ya tú sabes por dónde va la cosa.

 

De modo que a lo que voy: el fenómeno del escupitajo y su consecuencia (es decir, el rechazo al movimiento estudiantil y a la huelga en su totalidad) es uno de varios rechazos clásicos, típicos, que hay que entender para mejor actuar. Hay otros igualmente importantes.

 

Por ejemplo: Digamos que la profesora del ejemplo anterior está frente a otra clase, otro día. Digamos que (pobre señora, esto sigue) le da por hablar de racismo (por qué no estudié química, se pregunta, pero ya es tarde.)  Ya sabes, lectora, quién va a hablar y qué va a decir: es el mismo o la misma que, para cuestionar el concepto de “violencia de género”, aclaró que “hay mujeres que abusan”. En esta ocasión, y ya más envalentonado, anota que “hay negros racistas”. Y no olvidemos la interseccionalidad y todo eso: “Hay negras”, aclara, “que crían a sus hijos racistas.” Digo, por aquello de atacar a las mujeres otra vez.

 

El racismo de una persona negra es una cosa culturalmente imperdonable. Qué persona, esa, decimos. Qué barbaridad, cómo es posible. Nos encontramos a esa persona racista (igual de racista que su contraparte blanca, ojo, pero negra) y nos cuestionamos todo este asunto del racismo. Cada vez que pensamos en “racismo”, pensamos también en esa persona negra, y nos cuestionamos el asunto.

 

De  nuevo, ya ves, lectora, por dónde va la cosa. Otro tanto podría decirse del homosexual homofóbico–mancha y desgracia a todo el movimiento con su homofobia, piensan algunos. O no lo piensan, sino que lo sienten. Que es peor, francamente, y más nocivo, que pensarlo.

 

En una entrada anterior, en una reflexión anterior, dije algo parecido sobre nuestra relación con la pobreza y las personas pobres:

 

Y es que parecería que socialmente, le exigimos a las víctimas de la injusticia y la opresión unas cualidades que no le exigimos a actores más grandes. Le exigimos a las víctimas cosas como cordura, racionalidad, limpieza, gratitud, interés educativo e intelectual, un manejo razonable de sus magras finanzas, buenas decisiones nutricionales y sentimentales.  Les exigimos que sean responsables de sus vidas.

 

Esa exigencia, esa pregunta, ese cuestionamiento, siempre están dirigidos al marginado.  Hablamos críticamente de su “falta de interés”, de la importancia de que “esa gente” desarrolle responsabilidad social…Lo interesante es que rara vez le dirigimos la pregunta del interés y el reclamo de responsabilidad social a las instituciones.

 

¿Qué tiene que ver todo esto con las estudiantes?

 

Pues mira: no hizo sino lanzar ese estudiante el escupitajo, y la gente estaba alzada en contra, no de esta persona,  sino del movimiento estudiantil en su totalidad. Es interesante que el profesor escupido (un señor con una historia de provocación, violencia y demandas frívolas contra la universidad y otros) no se convirtiera en símbolo de, qué se yo, el movimiento anti-huelga, o los docentes…No. En los medios y en muchas mentes,  el escupido es una persona, incluso una víctima.   El escupidor (o más bien, el retrato que de él hacen los medios) representa al movimiento estudiantil en su totalidad.

 

De los pobres esperamos mesura, agradecimiento, y un manejo racional de sus magras finanzas. De las mujeres, un feminismo mansito.  De los negros, nada de racismo pero a la vez nada de rabia. De los que asociamos con el acrónimo LGBTT, solidaridad absoluta pero también blandita, sin exabruptos.

 

De los pacifistas (estudiantes) esperamos docilidad y pacifismo absolutos. Si alguien se sale del redil, rechazamos a todos los pacifistas, a todas las estudiantes. Si hay un momento de violencia, el movimiento entero se va a juste–no importa que haya días, semanas, años: si no hacemos esto del pacifismo a lo Ghandi, no valemos ná. La policía puede entrar a macanazo limpio (lo ha hecho antes); los hombres pueden ser machistas; los blancos pueden ser racistas; los homofóbicos pueden ser homofóbicos. Pero las marginadas no pueden serlo, aún en su carácter individual, aún a veces, aún cuando la presión institucional sea mucha– y seguidita.

 

En fin: que en todos los casos arriba (la mujer violenta, la mujer machista, el negro racista, la lesbiana homofóbica) hay una sinécdoque que le aplicamos sólo al grupo marginado: la parte por el todo. No fue este estudiante (que no es, por cierto, ya estudiante) sino todas las estudiantes. El movimiento en pleno. El estudiantado. La huelga.

 

Al grupo dominante le aceptamos sus individuos. No fueron los profesores, sino este señor Colman. No fue el movimiento anti-huelga, sino este personaje. Por cierto, este personaje, y no los que defienden la universidad de un recorte que equivale a su destrucción, es la verdadera víctima, en esta sinécdoque endemoniada.

 

Esa es la movida psicológica sobre la cual nos quiero alertar hoy, porque creo que se trata de una reacción muy humana y a la vez profundamente peligrosa, en los tiempos en que vivimos.

 

Porque estos tiempos nuestros requieren que evaluemos a la resistencia no sólo en tanto movimiento sino también en tanto sectores e individuos.

 

Requieren también que evaluemos al status quo no sólo en tanto personas sino en tanto instituciones y movimientos (porque el movimiento para quedarse quieto es tan “movimiento” como cualquier otro, en la medida en que se trate de un colectivo. Veáse la famosa cita de Dante sobre la neutralidad.)

 

Requieren de un corazón abierto y una mente capaz de diferenciar el daño que, de una parte,  le hace un recorte de 450 millones a la universidad, y una colección de medidas clásicas de austeridad al país; y de otra parte, el escupitajo que le ofende la dignidad a este señor con un poco de baba.

 

Repasando el 2016, pensando en el 2017

notebook-and-laptopEn diciembre se cumplieron ocho años de PARPADEANDO. Es mi primer blog, y todavía el principal. Al principio (y en gran medida todavía) se trató de un proyecto de mini-etnografía y crónica, en el cual mi intención era hacer de lo familiar, extraño, y de lo extraño, familiar: observar algún objeto, personaje o evento cotidianos y mirarlo desde otro ángulo—o describir algo distante, extraño y ajeno de forma tal que me pareciera y nos pareciera más inteligible. La primera entrada del blog es justamente eso: una mirada distinta a los inflables navideños en Puerto Rico y a Frosty en particular.

Todavía ese tipo de miradas son el corazón del proyecto, y a falta de otro término lo hemos identificado como crónicas. A ese estilo le he sumado, especialmente durante este año que acabamos de dejar atrás,  un par de acercamientos más; he estado explorando 1. el género de ensayo personal, en donde utilizo momentos de mi propia experiencia para hablar de otros temas, y 2. el tema de la escritura. He estado colaborando además, con columnas regulares, con dos proyectos periodísticos y culturales que admiro y me enorgullecen: Por varios años ya, la revista digital 80grados, y más recientemente la columna de relevo de En Rojo “Será otra cosa”, en el periódico Claridad. Llevo algún tiempo además trabajando con un libro que (creo y espero) está casi terminado, y cuyo prólogo pueden leer, en una versión temprana, aquí. 

Los cambios de espacio y circunstancia para mí y para mi familia continúan: Tres de nuestros hijos ya están en la universidad y el menor, que era un bebé cuando comencé esta blog, está a punto de entrar a escuela intermedia. Ya no vivimos en Mayagüez sino en el Bronx. Nuestra perrita Lucy murió, y ahora tenemos otra igual de cariñosa que se llama Leia.

Escribí algunas entradas (incluyo las más visitadas abajo) y dejé sin escribir otras: no escribí sobre las elecciones recientes en Puerto Rico y Estados Unidos, por ejemplo, o más bien intenté escribir sobre el tema y me bloqueé. Mis metas o posibles metas para el 2017 incluyen concluir el libro actual y comenzar el trabajo preliminar para mi tercer libro; escribir  más sobre eventos históricos, una especie de crónica retrospectiva; tal vez revivir el aspecto de audio de PARPADEANDO, que tuvo una encarnación de radio y podcast que recuerdo como interesante y divertida; y, ciertamente, dedicarle un poco más de cariño a las páginas de PARPADEANDO en Facebook (donde en el 2017 me gustaría llegar al millar) y Goodreads.

Gracias por el regalo inmenso que es su lectura. Parafraseando a Borges: los buenos lectores son pájaros aún más raros, infrecuentes, que los buenos escritores. Gracias por los mensajes y comentarios. Recuerden que me pueden escribir  su comentario-crítica-idea-saludo-reacción por Facebook,  aquí en el blog, en Goodreads, o a mi correo, rbrusi at gmail.com. Que el 2017 les traiga muchas cosas buenas, así como mucha paciencia con las muchas cosas malas que enfrentamos. Cariños–Rima

Las entradas más visitadas del 2016:

 

picada de ojos: propuestas y protestas

gay marijuana¿De modo que el gobernador quiere, dice, “propuestas, no protestas”?

No es que me quiera poner protestona, pero no puedo evitar protestar ante esa dicotomía malsana. Las protestas son propuestas – proponen que se haga algo distinto. Las propuestas pueden ser protestas, por la misma razón.

Pero en fin. Supongo que entiendo a lo que se refiere, o lo que insinúa: que con quejarse no es suficiente.  Que el que se queja no aporta. Yo creo que en una democracia representativa la gente elige individuos precisamente con ese fin, pero no vine al bló a hablar de política, así que dejamos ese asunto para otra ocasión. Yo hoy vine a hablar de economía chavá, que es el tema o uno de los temas del momento, junto con la educación (malita), y la criminalidad (robusta y galopante.)  La combinación de esas tres cosas tampoco es casualidad, sino más bien predecible y dialéctica: descuide usté la educación de un país, y notará que la criminalidad aumentará y que la economía reventará, en el peor de los sentidos. Contrario a los chavos, el conocimiento no es algo que se pueda tomar prestado con intereses durante décadas para tapar los agujeros locales. Pero ese también es otro tema.

El tema de este parpadeo es que quiero hacer algunas propuestas.  Me he levantado inspirada. No soy economista ni politóloga, de modo que si digo algún disparate proteste o corrígame, lector, lectora, pero soy ciudadana y tengo derecho a protestar, digo, a proponer, así que propongo. Si me inspiro más y si ustedes comentan tal vez podemos hacer una serie de propuestas aquí, en PARPADEANDO.

[Paréntesis: la palabra “protesta” contiene, significativamente, a la palabra “testa”, que significa cabeza, que a su vez representa al pensamiento….Hmmmmm…]

Vamos a las propuestas de hoy.  Un par de supuestos iniciales, sin embargo: Estas propuestas que traigo asumen lo siguiente:

1) Que no podemos meterle mano desde la isla al sistema global y los bonistas invisibles que hoy nos aprietan las tuercas, pero suponemos que a los invisibles “bonistas” les conviene que la economía mejore, digo, por lo menos a los bonistas bona fide que compraron bonos a precios razonables (como mi abuelito, que invirtió chavitos en bonos tras una vida de trabajo clase mediero, para su retiro), no a los aparatos que hoy se reúnen tras puertas cerradas a comprar bonos a quemarropa, velando güira como los tiburones que le dan vueltitas a la presa que sangra y la puyan para que sangre un poquito más…

Y

2)Que cualquier propuesta, incluso aquellas del llamado territorio “moderado” o “reformista”, tiene que sin embargo traer a la mesa alguito distinto, porque lo que hemos estado haciendo evidentemente no funciona, y me refiero especialmente a babosadas como el cultivo de los “valores” a través de rezos oraciones reflexiones matutinas en las escuelas, o seguir anestesiando entrenando gente en los moles para que mejoren su resumé.

Vamos a las propuestas. Traigo dos que son tres.

1. Legalizar y celebrar el matrimonio gay.  

¿Qué eso no es economía, sino religión, o política? Por el contrario, amiga, amigo. El matrimonio, para empezar, surge en nuestra historia como una asociación de bienes gananciales. Y además, ir más allá de esa otra babosada, la “tolerancia”, sería un palo, económicamente hablando. Fíjese que a pesar de que tenemos playitas lindas y sol todo el año, el turismo en Puerto Rico constituye un patético seis (6!!!!!) porciento de la economía de la isla.  Legalizar el matrimonio gay con bombas y platillos abre la puerta para todo tipo de cosas buenas para la economía: Destination weddings, por ejemplo, con los cuales podrían hacer chavitos y generar empleos secundarios nuestros hoteles, proveedores de eco-turismo, paradores, restaurantes, caterers, DJ’s, planificadores de bodas, agentes de viajes, alquileres de etiquetas, floristas, músicos…

Esto no es una idea alocada. El matrimonio gay es la que hay. Se ha legalizado en mil sitios y si no avanzamos, vamos a acabar legalizándolo de todas maneras pero sin la ventaja económica de ser los que se establezcan como el destino caribeño donde puedes hacer tu boda tropical y tus amigos y familiares gringos pueden entrar sin pasaporte y gastar sus dólares. Dólares que, a diferencia de los dólares que se gastan en Walmart, ese famoso “creador de empleos”, se quedan en Puerto Rico y alimentan pequeños y medianos negocios (y por ende a la gente que esos negocios alimentan.)

Las buenas propuestas económicas, dijo alguien en algún momento, construyen sobre los recursos existentes. Y para esta idea existen amplios recursos: Tenemos una robusta tradición de pequeños comerciantes que proveen servicios como los arriba descritos, de comida, entretenimiento y planificación de bodas.  Tenemos sol y playa. Tenemos tradición hotelera y una población interesada, hambrienta de trabajo en esa área. Y ciertamente tenemos gente que se enamora de gente de su mismo sexo y se quiere casar y hacer una fiesta para celebrarlo con sus seres queridos.

El obstáculo principal para mover esta idea es el fundamentalismo religioso. Y es natural que así sea: a los fundamentalismos no les conviene que la economía mejore. Mientras más crimen, menos educación, y más pobreza haya, el fundamentalismo se pone más feliz y saludable. Eso es cierto en nuestro país y en cualquier otro. Así que amigos fundamentalistas (y amigos yoítos), breguen con eso porque esa es la que hay.  El matrimonio gay es como el voto de las mujeres y los negros. Le tocó su momento y francamente, ya era hora.

¿Qué usted no cree en el matrimonio gay, dice, porque no cree en el matrimonio? Pues está bien, no vaya a la boda, o mejor aún, invéntese un colectivo de librepensadores que trabaje la idea, porque hacen falta tanto libertad como pensamiento, en este país. Y hablando de libertades, vamos a la segunda propuesta.

2. Legalizar (y celebrar) la marihuana.

Sí, hablo de legalizarla, no de “medicalizarla”.  Legalizarla para usos médicos y recreativos.

Claro que parte del uso que se le daría a este pobre y difamado cultivo es médico: Hace rato que pacientes de quimoterapia, dolor crónico, y otras condiciones merecen el alivio de una medicina que se sabe es buena para ellos. Pero de nuevo, pensemos en las posibilidades económicas y otra vez, en la conexión con el turismo. Cuba ha hecho muchos chavitos creando turismo especializado en atender pacientes de otros países con ciertas condiciones de la piel y de los ojos. Legalizar la marihuana médica nos permitiría crear alianzas entre hospitales, hoteles, terapistas, psicólogos, yoguis, agricultores orgánicos, maestras de zumba…Y de paso, atender a nuestra propia población de pacientes que quiera acceso a esta medicina.

Pero pensemos más allá. Hace poco, en Venice Beach, California, me encontré en la playa con un quiosquito de lo más chuchin: los Green Doctors. Dos jóvenes médicos (vestidos de verde quirófano) atendían allí clientes con documentación relativa  a las condiciones protegidas por la ley de marihuana médica en California, y los ayudaban a tramitar su licencia para obtener productos conteniendo dicha planta. Y de paso, mantienen un local muy mono repleto de brownies, confites, bizcochitos, pipas, papeles, y artefactos cuyo nombre no conozco pero que supongo permiten inhalar los vapores de algo que contiene la cosa en cuestión…

¿No le gusta la idea del quiosco ese? ¿Le parece inmoral? Antes de rasgarse las vestiduras, fíjese en los quioscos donde actualmente obtenemos los certificados médicos de la licencia de conducir, esos que proliferan alrededor de las oficinas del DTOP, donde le venden el “examen” médico, los sellos, y lo ayudan con la solicitud…Si no le parecen inmorales esos espacios, no se meta con los doctores verdes de Venice.

¡¡Mejor imaginémonos las posibilidades que abre la legalización!!! Desde quioscos callejeros con combo de bacalaíto, soda y porro, pasando por panaderías muy monas con café boricua y postres “reforzados” con cannabis, siguiendo a servicios de “delivery”, y llegando hasta restaurantes y barras gourmet con variedades exóticas de la cosa….

De hecho, ¿qué tal si combinamos 1 y 2, y nos convertimos en el primer país capitalizando sobre los destination weddings, gay y straight, “marihuana themed”? No se ría, que digo esto medio en broma pero también en serio. Centros de mesa con matitas de marihuana, manteles de hemp, souvenirs….

De nuevo, tenemos los recursos: Nuestro clima nos permite el cultivo todo el año sin tener que invertir en control climático; tenemos una población sub-empleada de jóvenes emprendedores y energéticos interesados en cultivos orgánicos y con conocimiento en agricultura; y ciertamente tenemos una población considerable de clientes potenciales que ya fuman marihuana. Empleos, empleos….jardineros, botánicos, enfermeros/terapistas, cocineros, artesanos, floristas, masajistas y aromaterapeutas…Mecánicos renovando  y choferes manejando guaguas volky “vintage” pintadas de colores bonitos, para proveer servicios tales como 1)quioscos móviles y 2)transportación tipo “taxi” para llevarlo a usted a su casa después de fumar, para que no guíe, o incluso 3)tours de la isla, con paradas para probar comidas típicas, cervecitas locales, y cigarrillos de marihuana artesanales, con sabores y olores especiales!

¿Obstáculos? Creo que principalmente la mojigatería y la hipocresía, francamente, porque en este país donde hay tanto borracho y tanto comelón, la marihuana constituye un mal muy menor, desde la perspectiva de la salud.

¿Que tiene usted temor, porque la marihuana es lo que llaman un “gateway drug”, con la cual se inicia la gente en el camino fatídico de las drogas? Pues considere lo siguiente: es muy, muy posible que la marihuana sea un “gateway drug”, si lo es, porque DE MOMENTO, LA TENEMOS CRIMINALIZADA Y POR ENDE EN EL FOKIN GATE. Perdón. Es que una se agita.  Quiero decir que ahora mismo, obligamos a los usuarios de marihuana a ir al punto a comprar, donde se exponen a otras drogas y de paso, a las famosas balas perdidas y daños colaterales del narcotráfico. O los metemos presos y así los encaminamos dentro de las estructuras del narcotráfico. O los metemos presos y los matamos.  Yo sospecho que si la marihuana fuera legal, podríamos acabar no provocando sino evitando la adicción a drogas más peligrosas. Algunos estudios sugieren que fumar marihuana hace que la gente beba menos alcohol.  Por ahí tal vez hasta nos ponga más sanos, la plantita esa.Sin duda que su legalización hará las cárceles mas espaciosas y dejará fuera de la cárcel a toda esa gente que acaba en ella por usar y vender marihuana.

Sin ir más lejos: Uruguay ha legalizado tanto el matrimonio gay como la marihuana. Y fueron felicitados, de hecho declarados “país del año”,  nada menos que por The Economist, una de las revistas de economía más respetadas (y conservadoras!) del mundo. Y por supuesto, el precedente de Colorado, que acaba de legalizar el uso médico y recreativo de la marihuana.

Tengo más propuestas, pero ya casi llegamos a las 1800 palabras y por lo general trato de evitar los mamotretos en el bló. Gracias por visitar, déjeme sus comentarios, y proteste tranquilo, que aquí, en PARPADEANDO, creemos que la pro-testa articulada, pensada, compartida y genuina es, en su fondo, una propuesta. Y buena para la “testa”, buena para pensar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Universidad para muchos

CUA(publicado en El Nuevo Día electrónico, 3 de mayo de 2013)

Mis colegas y yo hemos estudiado la relación entre educación superior y pobreza en Puerto Rico desde el 2006. A raíz del trabajo comunitario y de la investigación con jóvenes y adultos en espacios económicamente desaventajados, podemos decir hoy que compartimos una meta, un norte académico y moral.

Creemos firmemente en que, por el bien del país y de sus individuos, más jóvenes puertorriqueños, y especialmente aquellos que vienen de los hogares más pobres, deben graduarse de la universidad. Es decir, nos parece urgente lograr que nuestros jóvenes más pobres, 1) estén mejor preparados para la universidad y más expuestos al rigor académico en sus escuelas, 2) soliciten y sean admitidos a la universidad que más les convenga, y 3) se gradúen de la universidad.

La reacción a este mensaje ha sido mixta. Ha habido mucho apoyo, resonancia y entusiasmo, pero también serias dudas, algunas de las cuales quiero atender.

Nos han dicho, por ejemplo: “Ya hay demasiada gente en las universidades y no hay suficiente empleo”. La crisis de empleos es real. Pero resulta dudoso plantear, como respuesta, que la gente se eduque menos o que los universitarios son “demasiados”. El censo indica que solamente cerca del 20% de la población cuenta con un grado de bachillerato, y casi el 34% de la población puertorriqueña mayor de 25 años no tiene un diploma de escuela superior.

Más dudosa todavía es la idea de que reducir la proporción de universitarios es bueno para la economía: el ingreso mediano de un graduado de escuela superior ronda los $11,000, mientras que el de un graduado de bachillerato se acerca a los $46,000. Peor aún: nuestros hallazgos demuestran que mientras más pobre un estudiante, menor es la probabilidad de que solicite, sea admitido y se gradúe de la universidad. Además, esto es especialmente cierto en los programas que ofrecen mayor movilidad social como las ciencias, la medicina y las ingenierías. Cabe preguntarse, cuando hablamos de “universidad para algunos”: ¿a quiénes estamos excluyendo?

Nos dicen también cosas como “aumentar el acceso a la universidad implica debilitar los currículos y devaluar el conocimiento universitario”. Eso no es ni cierto ni deseable. De lo que estamos hablando es de proveer oportunidades reales en las escuelas y universidades. Que los estudiantes aprendan más, no menos.

Dos universidades públicas californianas ilustran bien este concepto. En San Diego, la universidad trabaja directamente con distritos escolares de mucha pobreza, educando y apoyando a estudiantes, maestros y consejeros, y logrando que más estudiantes logren ser admitidos. En Northridge, la universidad invierte recursos humanos y económicos, incluyendo a sus mejores profesores, en cursos y programas remediales para los estudiantes admitidos con mayor necesidad académica, que (allá y acá) tienden a ser también los de mayor necesidad económica.

¿Nuestra realidad? No hay suficientes oportunidades académicas en nuestras escuelas.  Casi el 80% de nuestros estudiantes asiste a escuela pública. En mi pueblo, por ejemplo, hay dos escuelas públicas superiores. En una de ellas, no hay currículo preparatorio (mal llamado “avanzado”). En la otra sí lo hay, pero está por lo general disponible solamente para una minoría (menos del 10%) del estudiantado.

Muchos estudiantes deciden, temprano en su vida, que la universidad y el conocimiento no son para ellos, y el País, a veces, parece hacerles eco. “Esos nenes no tienen interés”, es probablemente lo más doloroso (y frecuente) que nos ha tocado escuchar. “No quieren estudiar, no les interesa la universidad”.

Pero, como dicen mis colegas: poder es querer. Si alguien (o su hijo) nace en una circunstancia en la cual la motivación, la expectativa y la preparación para la universidad están presentes, resulta muy difícil que no se convierta en universitario. Lo inverso también es cierto.

Si queremos más “interés”, tenemos que convertir el desarrollo de ese interés y de la preparación académica que debe acompañarlo, en un proyecto de país.

Tal vez es nuestro proyecto más urgente.

Nota:  El Centro Universitario para el Acceso ha estado realizando trabajo de investigación y alcance comunitario con esta meta desde el 2007.  Este escrito está dedicado a sus investigadores actuales, Lissette Rolón y David González, y a su clase graduanda, que celebrará sus muchos logros el próximo sábado.  CUA! CUA! CUA! 🙂 Para más información sobre el CUA, o para donar tiempo o recursos, favor de escribir a: centro.acceso@upr.edu, o visitar http://cua.uprm.edu.

a propósito del viernes negro, y del baúl: calabaza

Alguna vez leí una leyenda taína, tal vez apócrifa. Decía que el mundo había nacido de una gran calabaza, rota a consecuencia de la batalla fratricida de dos dioses hermanos, desparramada en baboso semillero para crear los animales, las plantas, los humanos…

La mañana (bueno, eran las once) de jalogüín me sorprendió en el mall. Uno de mis cachorros necesitaba camisas, otro pantalones, otra medias de colores para completar su disfraz para esta noche. Yo, como me pasa siempre en ese espacio, quería muchas cosas y a la vez ninguna, y al final me fui con las manos vacías porque mi salud mental era más importante que lo que fuere que “necesitaba”.  Pero mis issues de consumidora ambivalente no vienen al caso, al menos no en este párrafo.

Lo que viene al caso es que el mall estaba lleno de niños y niñas disfrazados y disfrazadas, calabazas plásticas en mano, de tricortrí.  Y en cada tienda eran recibidos no por sus vecinos habituales, si es que los tienen, sino por amables empleados de los comercios, bolsas de dulces también en mano. Era temprano, nadie estaba muy cansado todavía, todos sonreían.

Y es que estaban encantadores, los chicos.  Especialmente los pequeños, que suelen enternecer bastante.  Ví una abejita que no podía tener más de un año, en su coche, la madre a cargo de la calabaza. Un ninja de tres pies, tan amenazante como un peluche. Un iron man que aún no hablaba.

Por alguna razón, sin embargo, el tierno espectáculo me daba una de esas tristezas parpadeantes que suelen preceder un blog de estos.  Yo soy muy escéptica cuando escucho alegatos del tipo “todo tiempo pasado fue mejor”, pero igual….igual se me ocurría que sí, que era mejor cuando salíamos por el vecindario, cuando algunos vecinos regalaban dulces y otros no, cuando los “dulces” eran todos distintos, y algunos hechos en casa, cuando algún vecino maceta se llevaba un huevazo en el balcón…

¡No, lector, no me juzgues! No condono el huevazo y hasta creo que (casi) nunca lancé uno.  El punto está en la constelación de relaciones sociales que le sirve de marco al carnaval que hemos heredado de nuestro segundo conquistador. Por un lado, el vecindario, que para bien o para mal tiene cierto yo no se qué de gemeinschaft, de comunidad, de mundo pequeño más o menos ajeno (bueno, no seamos inocentes, nunca ajeno pero por lo menos un poco más distante) a la fría, friísima, amoral realidad de los mercados y por otro lado el MALL, representante por excelencia del mercado mismo, espacio en donde vamos a conocer todo lo que nos falta, todo lo que necesariamente nos hace incompletos, todo lo que nos susurra “cómprame, que si me compras, estarás mejor, estarás más feliz…”, una promesa falsa, por demás, porque lo finito del poder adquisitivo, en combinación con lo infinito del deseo por poseer y de las posibilidades de cosas para comprar nos condena, irremediablemente, a la insatisfacción…

Y entonces he ahí la tristeza que me visita mientras le sonrío a la abejita que dulcemente se duerme, ajena a los significados que mi mente inoportunamente pondera.  Porque es terriblemente inoportuna, esa tristeza. Me pone en la incómoda posición de juzgar, silenciosamente, al prójimo adulto.  Y rechazo el juicio, porque los entiendo. ¿Cómo no entender? ¿Así, como están las cosas, y con el calor que hace, no hace acaso todo el sentido del mundo llevar al nene  a hacer su tricortrí a la seguridad y el aire acondicionado del mall? Igualmente razonable es comprar el disfraz, semi-desechable, de plástico o alguna fibra por el estilo en alguna tienda por departamentos, ignorando la voz interior que nos dice algo del chino o de la china o del chinito que seguramente lo cosió, de prisa y mal pagado, o del paisaje extranjero o local en donde se acumulan cientos, millares, millones de disfraces como esos, convertidos en basura casi irremediablemente y casi inmediatamente y contaminando el pobre planeta, pero que es lo único que hace sentido ponerse porque seamos serios, quién tiene tiempo para ponerse a coser? Yo de eso (de no saber coser y de haber comprado un disfraz de esos) soy tan culpable como cualquiera: economía doméstica fue mi única C en la escuela, para la gran verguenza de mi pobre abuela, que en paz descanse, y trabajo fuera de casa, con lo que el asunto de comprar disfraz vs hacerlo ni siquiera es una opción…

Pero igual hay tristeza, e igual opto por contaminarte un poco  a tí, lector, con ella. Porque ese mundo de fantasía que es el mall y que crece, nutrido y a la vez mórbido, saludable y putrefacto, de los contenidos babosos de la gran calabaza que es el ciclo implacable de extracción, producción, consumo y desecho, ese mundo, me da tristeza, y compartir esa tristeza con el otro en el gemeinschaft virtual que me provee esta plataforma es, al menos, tan legítimo como una conversación sobre zapatos.

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el PAN nuestro

Por lo general leo y disfruto la columna dominical de Mayra Montero.  La de hoy, sin embargo, me inquieta.  En ella la autora trata el tema (escabroso e inquietante por demás) de la reacción iracunda de muchos ante la posibilidad de perder el 25% de la asignación del PAN que puede usarse en efectivo, e invertir (o gastar, que los verbos y las moralidades que los verbos arrastran están siempre presentes en toda esta discusión, no lo olvidemos) en pañales, lotería, papel de inodoro, cigarrillos, gasolina…

Tiene probablemente razón, la autora, cuando sugiere que es más deseable aceptar el uso totalmente alimentario de los fondos y aumentar el presupuesto total del programa, que mantener el bendito 25% de cash  por el que claman dueños de gasolineras y farmacias varios y perder la posibilidad de participar en el programa a la usanza de los 50 estados de la unión.  Tiene también razón, qué tristeza, cuando denuncia el populismo de los políticos del patio y las motivaciones turbias de los que reconocen el dudoso “derecho al cash” del pobre puertorriqueño.  Después de todo dice, de nuevo con razón, el programa fue diseñado para alimentos, no para otra cosa.

Lo que a mí me inquieta es un no se qué de subtexto en el lenguaje elegido, en la acusación dirigida al que protesta.  “No voy a entrar en la especulación sobre lo que se gastan algunos en lotería electrónica, cigarrillos o alcohol.” dice Montero, pero ya entró, inevitablemente, donde siempre acabamos entrando cuando hablamos del PAN y la pobreza en Puerto Rico. Y añade:  “Lo grave aquí es la mentalidad de una buena parte de las 640,000 familias que reciben el PAN, y cuyos niños y jóvenes van creciendo en un mundo vegetativo, persuadidos de que esa tarjetita sirve para comprar comida, sí, pero también para que el padre o la madre los complazcan en algún capricho….Protesta todo el mundo, hasta el dueño de una gasolinera, porque se da por sentado que esa cuarta parte es para gasolina.”

Voy a tratar de explicarme aquí, aunque sé que probablemente levantaré ronchas, que me caerán chinches, que se aparecerán algunos troles,  y  otros gajes del oficio bloguero. La mentalidad que denuncia Montero (y que denunciamos muchos y muchas cada vez que pasamos frente a un caserío y bufamos “mira pa’llá, todas esas antenas, todos esos carros”)  se le atribuye con frecuencia a los pobres del país, pero rara vez se reconoce que no es exclusiva de los pobres.  Ni siquiera, francamente, es especialmente más frecuente o dañina en el pobre que en el rico.  [De hecho, podríamos argumentar que el capricho del rico, o especialmente del mega-rico, es más dañino porque resulta en daños en escala global, pero esa es otra historia y otro tema.]  El “capricho” del niño pobre que ha crecido pensando que “merece” un celular o una caja de chicles no es distinto, moralmente, del capricho del niño de clase media o rico que ha crecido pensando lo mismo.   La diferencia estriba en la capacidad adquisitiva de los padres, con lo que la acusación a los beneficiarios del PAN puede convertirse, en este discurso, en una acusación de “parejería”.

Es más: el auto-engaño de ese niño que piensa que merece su juguete no es muy distinto del engaño de un país pobre que piensa que se merece un Nordstrom.

Más preocupante me resulta la aparente dicotomía necesario-innecesario que suele producirse cuando se habla de alimentos-no alimentos en este contexto.  Montero dice que el papel toalla es un lujo.  Puede ser. Ciertamente que una toallita reusable es mejor para el bolsillo y para el ambiente.  ¿Pero y qué tal el papel de inodoro?  ¿Debo pensar que eso es un lujo también?  ¿Qué tal los pañales?  Vayamos más lejos:  El celular era un lujo cuando había teléfonos públicos disponibles en la calle.  Pero ¿cuándo fue la última vez que usted vio un teléfono público funcional en la calle?  Son una reliquia, una antigüedad.

De nuevo, ciertamente que la idea del PAN son los alimentos, y que los políticos de la isla necesitan enfrentar la indignación de la plebe y hacer lo que tienen que hacer.  Pero…pero…estudiémonos. Pensémonos.  Somos un país con unas desigualdades tremendas, un país en donde el mensaje del paisaje es compra compra compra ten ten ten posee posee posee, donde el consumo es el camino más evidente a la valía y en donde las rutas concretas, legítimas, para tener el dinero que el consumo requiere son pocas, y no alcanzan para todos.  Dice Montero que lo grave es la mentalidad de las familias del PAN, pero creo que lo grave es que nos constituimos, desde pequeñitos, en sujetos que se definen por lo que consumen y que para una buena parte de los puertorriqueños, las únicas rutas a ese consumo son el mantengo y la economía informal.  Y esa mentalidad, aceptémoslo, es colectiva y la tenemos que trabajar colectivamente. No es algo que hay que “decirles” a los pobres (a quienes, dice Montero, “nadie les ha dicho” que el PAN es para comida) sino que tenemos que decirnos todos a todos, y pronto, porque se nos hunde el país, señores, se nos hunde, y no hay Nordstrom que nos salve.

 

Educación, desigualdad, e indiferencia

Michael, Julio, Sara y David tienen varias cosas en común.  Los cuatro nacieron y se criaron en residenciales públicos del área oeste.  Los cuatro tenían excelentes notas en escuela intermedia.  Los cuatro ilustran la relación estrecha que existe entre educación y desigualdad social en Puerto Rico.

 La historia de Michael contiene una abuela cariñosa, una madre ausente, y varios muertos: El tío, de un tiro en la cabeza, la tía, de SIDA. Michael se describe a sí mismo en esos años como “un chamaquito sinvergüenza pero de buenas notas.”  Dejó la escuela porque vender drogas le tomaba mucho tiempo y no quería “dañar” esas notas. Ahora, a los treinta y tantos y después de pasar varios años en instituciones carcelarias juveniles, vive en el residencial, trabaja como barbero en la economía informal, y teme por el futuro de sus propios hijos.

Supongo que podríamos decir que fue culpa de Michael, de su madre, o del narcotráfico. Pero piénselo un momento; aquí hay también una indiferencia social e institucional fenomenal.  Un nene de doce o trece años y buenas notas se nos va de la escuela, se mete en el punto, y no pasa nada. Su partida no es percibida como un escándalo, sino como una cosa natural.

Esa resignación general se refleja hasta en el modo en que recogemos (o mas bien no recogemos) los datos relativos al problema.  Las estadísticas de deserción escolar son incompletas y confusas. Algunos estiman que sobre la mitad de los jóvenes que comienza la escuela en Puerto Rico no se gradúa.  El Censo del 2010 indica que el 17% de la población entre los 18 y los 24 años no tiene diploma de escuela superior.  Considerando que muchos diplomas se obtienen a través de mecanismos no tradicionales, la deserción es con seguridad más alta.

Julio no desertó.  Tras graduarse con honores de escuela intermedia,  pasó a una superior vocacional porque ahí es donde siempre iban, y siempre van, los nenes de su escuela intermedia.  Lo que no sería un problema, si nuestros currículos vocacionales tuvieran el rigor académico suficiente como para no afectar las posibilidades universitarias de los muchachos.  Pero la mayoría de los programas vocacionales en el país (no todos) son académicamente más livianos que el currículo regular (que por cierto tampoco tiene, en muchos casos, el rigor adecuado.) De modo que Julio, a pesar de ser muy bueno en matemáticas, tomó sólo dos años de matemáticas “light.”  Se graduó con buen promedio y  trabajó en las atuneras de Mayagüez. Cuando éstas fueron cerrando, Julio se quedó sin empleo. Al día de hoy, está desempleado y se gana la vida “chiripeando”.

Le pregunté a Julio si alguna vez había considerado la universidad. No, me dijo, no se le había ocurrido. “Nunca nadie me habló nada de eso.”  Piénselo  un momento: Un nene tiene buenas notas, es excelente en matemáticas, pero no se le prepara, ni se le habla de la universidad.  Y ese descuido no es percibido como un escándalo, sino como una cosa natural.

Al entrar a escuela superior, Sara también fue ubicada en un currículo vocacional.  Pero ella sí solicitó a la universidad, y fue admitida.   Llegó a un recinto de la Universidad de Puerto Rico con muchas ganas, pero poca preparación.  Se colgó en matemáticas y en química en su primer año.  Fueron las primeras F’s de su vida, y lloró mucho.  Yo no soy así, yo soy de buena nota, me explicó.

¿Qué pasó entonces? Pasó que en la universidad logramos descorazonarla, desinflarle las ganas que tenía de educarse.  Por sus malas notas, le tocó uno de los últimos turnos de matrícula y no quedaban cursos;  para poder completar sus doce créditos mínimos y no perder su beca tomó cursos de concentración que no estaba lista para tomar; se colgó de nuevo;  la suspendieron;  la perdimos.

La historia de Sara ilustra el fallo de sus escuelas, donde le dieron buenas notas pero no la prepararon. También ilustra la complicidad de la universidad. Es fácil echarle la culpa al “interés” o a la preparación académica de la muchacha o de su familia.  Pero las escuelas que no la prepararon, y la universidad que no la pudo retener y cultivar, son todas cómplices.  Cómplices de reproducir las condiciones que hacen probable su fracaso, y cómplices de percibir el mismo no como un escándalo, sino como una cosa natural.

Los jóvenes que nacen en la pobreza reciben un paquete de oportunidades muy magro, a todos los niveles.  Lo dicen las historias, lo dicen los números.  En mi recinto, por ejemplo, la tasa de graduación general es de 56%.  La tasa de graduación de los estudiantes de residencial es, en contraste, sólo 36%[1].

A veces logran, de algún modo, hacerlo todo bien.  David, por ejemplo,  llegó a la universidad. Logró conseguir el apoyo académico necesario para bregar con sus clases.  Obtuvo dos empleos a tiempo parcial para mantenerse a sí mismo y a su pequeña familia.  Logró hacer todo eso, y sacar buenas notas en uno de los recintos más exigentes del sistema UPR.

Pero también lo perdimos.   Cuando la matrícula subió con la nueva cuota, David pidió una prórroga.  No se la concedieron, de modo que no pudo pagar, y perdió los créditos que había logrado matricular.  Cuando juntó el dinero de la cuota para matricularse tardíamente, ya no quedaban clases, y no pudo conseguir suficientes créditos para conservar su beca.

No sé cuantos estudiantes como David hemos perdido.  Sé que no los estamos contando, que no nos estamos planteando su partida como un problema, que no estamos haciendo un esfuerzo particular para retenerlos, y que su ausencia debería  ser un escándalo, pero la tratamos como una cosa natural.

Las cuatro historias que resumí arriba nos dicen algo sobre el estado del país y sus problemas. Pero también nos recuerdan que la pasividad de las instituciones educativas reproduce esos problemas.  Tenemos mucho que hacer, en las escuelas y universidades puertorriqueñas:  Recolectar más y mejores datos; inyectarle un mayor rigor al trabajo escolar; fortalecer apoyos y servicios universitarios.

Sobre todo reconocer, urgentemente, la indiferencia que mostramos como colectivo hacia el destino académico de las poblaciones más desventajadas.  Ver que su destino es el nuestro, y que no es inevitable, ni natural.

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 Para ver más datos sobre educación y desigualdad en Puerto Rico, puede bajar los Cuadernos de Trabajo del Centro Universitario para el Acceso: 1)Geografía y Desigualdad; 2)Clase Social y Logro Educativo; 3)Student Persistence y 4)College Access and Urban Poverty

 


[1] Y esa es una de las tasas más altas, si no la más, de Puerto Rico.  Entre los recintos de la UPR, hay tasas tan bajas como 20%.  Entre las universidades privadas, las hay de 11% y 12%.  Pulse aquí para ver tasas de graduación de miles de instituciones en la isla y en Estados Unidos.

ío

Esto no es una estampa puertorriqueña, pero sí se trata de un fenómeno internacional, al menos a juzgar por su impacto en las redes sociales.  Me refiero al caso de Ivonne, una vaquita bávara que se escapó de su granja.  Al parecer fue perseguida intensamente, en una búsqueda inicialmente reforzada con la presencia  de su becerro, su hermana y un “novio” potencial, y eventualmente  convertida en una cacería y una sentencia de muerte.

Entran las redes sociales: Se arma una campaña en Facebook y otros sitios, la vaca se “roba el corazón del pueblo alemán y del mundo“, se levanta la sentencia de muerte, y un refugio de animales  bávaro decide adoptar a Ivonne, plantándose   al frente de la campaña, que ya no es cacería sino rescate.

Yo miro las fotos de la vaquita huyendo, y leo la historia de su huída, y no puedo evitar hacer algunas conexiones.  Después de todo, es domingo, y estoy tomando café y tratando de evadir temas como la criminalidad o el huracán que viene.   El caso es que leo la historia de Ivonne y, tal vez por  su especie o tal vez por la inicial de su nombre, pienso en otra vaca, la mitológica Ío.  Recuerdo los contornos generales de la historia clásica y los comparto acá: Ío era una joven sacerdotisa de Hera (Juno), la celosa esposa de Zeus (Júpiter).  Zeus, que tenía lo que llaman “commitment issues”, decide enamorar a Io  a espaldas de su mujer. Pero Hera no es boba, se da cuenta de la movida, y baja a investigar.  Para proteger a Ío, Zeus la convierte en una vaquita blanca.

Hera aún sospecha, y pone a su sirviente Argos, el de los cien ojos, a cuidar a la vaca.  Argos duerme con 50 ojos abiertos, de modo que la pobre Ío, que para empezar ni estaba particularmente interesada en Zeus, ha perdido ahora no sólo la forma humana, sino también la libertad.  Alguien (creo que era Hermes (Mercurio)) emborracha a Argos, quien cierra por fin todos los ojos, y la vaca escapa.

(Por cierto, Hera se enoja mucho con Argos, lo tilda de ebrio irresponsable y para castigarlo, lo convierte en pavo y le pone los ojos en la cola, con lo que la historia explica no solamente el origen de la vaca sino también el del pavo real. )

Zás.  La vaca está libre, pero Hera la odia más que nunca.  La huída de Ío, como ahora la de Ivonnne, es épica.  No recuerdo bien toda la historia, pero sí que fue perseguida, que cruzó valles y montañas, que al final logró cruzar el mar y llegar a Egipto donde (presumo que todavía con su forma de vaca) se convirtió en una deidad egipcia.  Los egipcios, como los bávaros del refugio que adoptó a Ivonne, la adoptaron para sí y le hicieron un lugarcito en un panteón distinto y aparentemente menos hostil.

¿Por qué recibe Ivonne toda esa atención?  No puedo sino pensar que los consumidores de noticias del mundo compartimos, por las razones que sean, una inclinación a favorecer la excepción.  Después de todo, ¿cuántos de los que hoy protegen la vida de Ivonne no se comen, alegremente,  a sus hermanos y hermanas todos los días?  Ese excepcionalismo nuestro define lo que se convierte en material noticioso (la vaca que se escapa) y lo que no (las muchas más vacas que no escapan, y que nos comemos.)

Este excepcionalismo ocurre en muchas otras esferas.  Pienso por ejemplo en la educación, tanto en Puerto Rico como en Estados Unidos y otras partes: Nos encantan las excepciones educativas, los casos extraordinarios y esperanzadores.  Mantenemos millones de niños en una situación educativa que sólo puede describirse como inferior, incluso deprivada, pero a veces descubrimos una excepción (un estudiante que a pesar de todo logra salir adelante, tal vez convertirse en músico famoso, o neurocirujano), y a esa excepción la abrumamos con atención mediática, alabanzas, becas…Los otros millones de niños siguen destinados al matadero laboral y cultural que representa la combinación de una educación mediocre y una economía hostil. Pero no los vemos.  O no los vemos igual.  No seguimos sus tribulaciones con la misma emoción, con el mismo suspenso.

Y no hay nada malo, por sí sola, en la atención que se le destina a Ivonne, o al estudiante pobre y prodigioso.  Pero sí habría que examinar los cómos y los porqués de la invisibilidad mediática y emocional de los muchos.

Nada. Que estaba tomando café, y evitando pensar en el huracán, o en los asesinatos, y me encontré con Ivonne-Ío.  Feliz domingo.

jicotea

Su edad no me molestaba, pero sí me resultaba inconveniente.  Tendría yo unos veinte años, tal vez menos, y en mi prisa por conseguir un santero que viviera en el area oeste y que estuviese dispuesto a hablar conmigo y a ser grabado, no conté con que se cansaría durante las sesiones largas.  Tampoco conté con el olor de su casita, ese olor indefinible que tienen las casas de los viejos, aún cuando están muy limpias.  Ni con su curiosa insistencia de que lo visitara más a menudo.

No sabía que sus manos temblarían al matar un pollo. No se suponía que temblaran; después de todo, Don Julián había sacrificado cientos, tal vez miles, de pollos, gallos, guineas, cabritos.  Y no se suponía que yo tuviera que ayudar.

La santería es una religión caribeña, el producto de la mezcla sincrética de panteones, mitologías y folclór del catolicismo de los españoles y la religión yoruba de los esclavos que venían del África occidental.  Prima hermana del candomblé brasilero, la santería nació en Cuba bajo el dominio español y se expandió a Puerto Rico, Miami, Venezuela y Nueva Jersey durante la segunda mitad del siglo veinte.

Tan interesada estaba yo en conocer la historia y los ritos de la santería, que temo haberme perdido los de Julián.

El día de los pollos y las manos temblorosas, yo me había sentado con mi grabadora y mi lista de preguntas, silenciosamente esperando obtener más información sobre cosmología y ritual, silenciosamente sabiendo que Julián se distraería, que hablaría de otra cosa.  Y así fue. Hoy le había dado por hablar de animalitos.  En particular, estuvo un rato explicándome a mí, incipiente, impaciente antropóloga, que era más fácil cuidar tortugas que palomas.  Usaba los nombres africanos de ambas, pero he olvidado el de las palomas.  A las tortugas las llamaba jicoteas.  Las palomas, decía, siempre se están ensuciando, sobre todo si son blancas, blancas, para Obatalá: Se cagan encima, ensucian la jaula, se ensucian hasta sus propias plumas, y al santo no le gustan las plumas sucias.  Pero las jicoteas, sonreía, se esconden ahí, en la tierra, no molestan a nadie.  La jicotea se esconde y espera.

Mi grabadora de baterías seguía apagada, a la espera de información de verdad.

Además, añadió de repente, mientras caminaba, pensativo, sobre el lodo endurecido del patio, a las jicoteas no hay que matarlas, ¿sabías eso?  Nada más las pones en el agua, un día o dos, y esa es el agua que usas para hacer el omiero.

El omiero es una poción común, e importante.  Encendí la grabadora.  Yo ya conocía algunos ingredientes-pescao, agua de río, aceite de palma.  Ahora podía añadirle agua de jicotea.  Los ingredientes y sus proporciones le eran conocidos solamente a los santeros, no a los creyentes en la santería sino a aquellos que han sido ordenados formalmente como sacerdotes en la religión.  Yo estaba a punto de obtener lo que en la botánica llamarían una “receta”.

O tal vez no.  En lugar de hablarme del omiero, don Julián se puso a contarme algo sobre uno de sus clientes. Alguien que vino a que le echaran el caracol, y Julián lo mandó al médico a chequearse la sangre, salvándole la vida. Luego se quedó mirando mi carro, hundido y despintado en el área de la puerta del conductor.  Se preocupó. Los carros y la gente joven, suspiró.  ¿Estaba yo manejando con cuidado? ¿Obedecía los límites de velocidad? ¿Bebía?

Yo también suspiré, mientras apagaba la grabadora. Sí, sí, no, le contesté, obediente.

Se puso a escribir algo en un pedacito de papel.  Me leyó los ingredientes en voz alta-cuatro ohíos, o pollitos, dulces, y un coco seco.  Lo consigues todo en la plaza, añadió, mientras me daba un empujoncito.  Yo tengo lo demás acá.  Lo demás, pregunté.  Sí, las otras cosas que voy a usar.  Vamos a proteger tu carro, para que no tengas más accidentes. Para eso no hay nada mejor que los ohíosOchosi te va a cuidar.

Se ponía buena la cosa.  Aparentemente estaba a punto de ver un ritual de cerca, un ritual de verdad.  Un sacrificio ritual, nada menos.  El tema de estudio de todos mis compañeros se me antojó de pronto aburrido, soso. El mío era infinitamente mejor.  Me fui a la plaza del mercado contenta, a buscar los pollos, el coco, los dulces.  Regresé de prisa.  Tan de prisa que por poco choco al entrar al vecindario de Julián. Menos mal que Ochosi va a estar pendiente, sonreí.

Cuando entré lo ví inclinado sobre la pileta, preparando el cuchillo.  Tenía cerca un plato con algunas yerbas y un frasquito con un líquido opaco.  Omiero, me dijo, y yo me acordé de las tortugas y calladamente esperé que el procedimiento no envolviera la ingestión del omiero.

Rompió el coco contra el borde de la pileta, y seleccionó cuatro pedazos.  El coco es un método de adivinación rápida, mucho menos complejo que el caracol, o que el opelé.  El coco contesta preguntas directas, con un no definitivo, un sí definitivo, o tres tipos de quizás. ¿Estaba yo en peligro de tener un accidente de carro?  Quizás, muy quizás, nos dijo el coco.

Creo que fue en ese momento que supe que íbamos a matar a los pollitos.  Por supuesto que ya  lo sabía cuando fui a comprarlos.  Pero no fue hasta que completamos el asunto del coco que de verdad supe.  Titubeé un poco.

Mi santero no pareció darse cuenta.  Estaba ocupado, desplumando un poco los cuellitos, preparando la cosa.  Le temblaban un poco las manos.  Estaba viejito, estaba frágil, tenía diabetes y presión alta, no veía bien, y le temblaban las manos.

Cuando era joven, Julián tocaba la trompeta.  Se enamoró, se casó, siguió tocando.  Era músico de orquesta, católico y masón. Lo de santero vino mucho más tarde, y era una historia complicada, que escuché a retazos, nerviosa, en parte porque lo ponía triste y en parte porque no la entendía bien y tampoco me atrevía a preguntar mucho sobre cosas personales, biográficas.  Fue una casualidad, decía, para luego añadir que no hay casualidades.  Estuvo muchos días, demasiados, parado frente a la Casa Blanca, en D.C.  Le habían matado al hijo en la guerra.  Fue la indiferencia, me explicaba.  El egoísmo del gran edificio blanco y de los pastos verdes y de los turistas, rodeándolos a él y a su pena, sin reconocerlos.  Tal vez en parte por su piel marrón y por estar mascullando en español, lo cierto es que fue “removido” (ese verbo que reservamos para los tumores, las verrugas y los desobedientes) por la policía y metido en una celda donde pudiese lamentarse con mayor privacidad.  Lo rescató una santera, a quien no conocía, y un año después era un yawó, sacerdote santero recién iniciado en los misterios de Obatalá, el santo de la pureza, la paz y la compasión.

Sus manos temblaban tanto ahora que me pidió que yo agarrara el pollo.  Tenía una sonrisa triste.  Tu dijiste que querías aprender de esto, así que ahora, a aprender. Agarra el ohío.  Eres mi asistente.

Sostuve el cuerpito pequeño en mi mano semiabierta.  Estaba tibio y se movía, suave, vulnerable, como esas mariposas nocturnas que se esconden del alba en un rincón visible de la cocina o del baño.

Sólo habían parido un hijo, así que se quedaron solos. La esposa se inició también, hija ella de Yemayá, Yemayá la madre, Yemayá del mar.  Cada uno tenía un cuartito para las cosas del santo: El altar con las soperas, los libros, una alfombra para echar el caracol, elegguá y sus guerreros en una esquina.  Un espacio para meditar, estar, y recibir clientes.  Ella casi nunca hablaba, pero sí sonreía, y sus ojos se volvían aún más pequeños y negros cuando lo hacía.

El cuchillo entró en el cuello del ohío.  Yo había leído sobre cuchillo.  La palabra se refiere al objeto, a la acción, y al ritual de iniciación necesario para poder sacrificar animales para el santo. El santero con cuchillo mata rápido, con el menor dolor posible para el animal.  Julián lo hizo así.  Sus manos temblaban, sin embargo, y yo resulté ser una asistente torpe, de modo que el resultado, aunque rápido, fue bastante más sangriento de lo necesario. Julián cogió un poco de sangre, la mezcló con omiero y con algunas plumas, y le untó el mejunje a una de las gomas de mi auto.

Tres veces más.  Tres pollos.  Tres gomas.

Nunca supo, cabalmente, cómo había muerto el hijo.  Sólo le dijeron que había muerto. La escena clásica, tipo película, los militares con malas noticias y ademán severo en la puerta, con el color criollo adicional de la familia extendida, los vecinos, las gallinas.  La biografía que nunca perseguí estaba llena de agujeros. Creo que llegó al continente para bregar con el papeleo de la muerte, que la esposa se quedó atrás, todavía en shock, y que él de algún modo terminó frente a la Casa Blanca.  No sé si fueron días o semanas.  Sí me contó que le salió y creció barba, mientras esperaba.  Que había gente que le llevaba comida.  Tal vez me dijo más, pero no recuerdo.  Sus divagaciones de abuelito rebotaban contra la grabadora apagada y me hacían sentir vagamente culpable, por no visitarlo más.

Nos sentamos. Estaba visiblemente agotado.  La esposa nos trajo limonada.  Yo me fui a lavar las manos en la pileta, y los pedazos de coco que habíamos dejado allí se sonrojaron.

Al volverme lo ví, de nuevo en el lodo del patio, limonada en mano.  Señalaba el suelo con el dedo.  Mira, sonrió.  La jicotea.  Con sus dedos, aún temblorosos, acariciaba la patita gris.

chencha patria

Tengo esta historia en la cabeza desde hace un par de meses.  De hecho la pensé como historia en real time, mientras los micro eventos aquí descritos ocurrían. Pero sin tiempo, sin ganas, no la escribí hasta hoy. ¿Por qué hoy? Tal vez porque pensaba en las tasas de desempleo en crecimiento, en la proliferación de “colleges” y “universidades” privadas  que andan por ahí reclutando estudiantes y becas pell, y especialmente en el misterioso anuncio gubernamental que nos conmina a alegrarnos porque aunque la categoría de los bonos puertorriqueños sigue igual (bbb-), la “perspectiva” de los bonistas ha mejorado porque el gobierno ha recortado “gasto”…pensando en todo eso, recordé a la pelirroja protagonista de esta historia, y lloré un poquito.

Esperando por el médico me dieron las doce.  Y mi hijo menor, que tiene un reloj interno afinadísimo para las cuestiones alimentarias, me anunció que tenía hambre. Suspiré.  El cafetín del edificio (uno de los prototípicos edificios de oficinas médicas del país) estaría lleno, porque en eso de tener un estómago que gruñe predeciblemente a mediodía, mi hijo es muy boricua.

Debo hacer un paréntesis para aclarar eso de “cafetín”, antes de que el amable lector me denuncie a servicios sociales por andar alcoholizando a mi hijo de cinco años a mediodía.  “Cafetín” tiene dos significados en el vernáculo nuestro: se trata de un negocio pequeño, tipo 1)barra, activa principalmente durante la tarde/noche y despachando cervezas, canecas, y música de vellonera para “machos en pena”, como dirían vega y lugo filipi o 2)cafetería  menor, ubicada en o cerca de un espacio de trabajo (oficinas, fábricas) en donde haya muchos empleados que a las doce anden en busca de un pincho, un sandwich, o un arroz con habichuelas y “mixtura”.

Claro que llevé a mi hijo a un cafetín del segundo tipo. Pero los dos tipos de cafetín, aclaro, me resultan encantadores, al menos conceptualmente. Ambos ejemplifican esa cosa que es simultáneamente cultura y economía, entrepeneurship folclórico, sincretismo de pulpería criolla y fast food gringo….Pero mejor cierro el paréntesis antropológico del cafetín, porque si no me detengo, no les cuento de Chencha.

Chencha la Roja, la llamó mi voz interior, que evidentemente no estaba en su mejor momento.  Chencha porque no sé su nombre, y Roja porque su cabello estaba teñido de ese rojo-marrón que no existe en la naturaleza pero sí en las tres cuartas partes de las cabezas femeninas boricuas, desde las más famosas, tipo Jeniffer López, hasta las menos, tipo….

Bueno, tipo Chencha la Roja.

Chencha tiene los codos sobre el mostrador, las mejillas en las palmas, la edad indefinible de las mujeres puertoriqueñas que ya cumplieron cuarenta pero aún no llegan al senior citizenship, los brazos regordetes, el delantal limpio.  Limpio porque no hay clientes.

El cafetín de Chencha está vacío.

Bueno, casi vacío.  Hay dos empleados en la cocina, limpiando sin prisas, y un muchacho sentado frente al counter, tomando café.

Chencha se anima un poco al vernos llegar.  Llama a Pepe, que procede a atendernos. (No, tampoco sé cómo se llama Pepe. Y soy muy tímida para andar preguntando los nombres de los futuros protagonistas del bló, de modo que tendremos que conformarnos con Chencha y Pepe, de momento.  Y con Pipo, que ya mismo entra en acción.) Pepe, decía, nos toma la orden de bocadillo y fruit punch, y se va a prepararla. Le pago, pregunto.  No, horita, me responde Chencha con una sonrisa. Después de que coma, no hay prisas.

Y descubro, allí y entonces, que me cae irremediable e inexplicablemente bien. Por roja, por gordita, por sonreír, por ser la dueña de un cafetín vacío, porque no tiene clientes, porque no tiene clientes porque la gente no tiene trabajo, porque como ella hay tantas, y porque ella es mi país.

Pipo termina el café y pide “un vasito de agua”.  De la pluma, pregunta Pepe, y añade que son cinco chavos por el vaso con hielo. Chencha lo interrumpe, Dale el jodío vaso al muchacho.  Mira en mi dirección, con la finísima ceja levantada en señal de alarma. Yo sonrío.  Ella también, y comienza a interrogar a Pipo sobre “la universidad”. Yo paro oreja.

Pipo bebe agua y cuenta que se graduó del “instituto” hace tres meses, pero que no encuentra trabajo. Qué estudiaste, pregunta Chencha, y le sirve más agua.  Masaje. La Roja suspira.  Ay, mijo. Pipo sigue bebiendo agua. Mi muy averiguada voz interior me pregunta si el líquido le sirve para matar el hambre, o el tiempo. YTal vez son la misma cosa. O mas bien, tiene hambre porque tiene tiempo.  Me pregunto si la beca le cubrió el certificado de masaje completo, o si se habrá tenido que endeudar.

En el televisor hay una novela, muda. No hace falta el sonido para saber que una mujer malvada le está mintiendo a la protagonista. O para saber que todo saldrá bien, al final.

Chencha mira la puerta, y parece evaluar la posibilidad de clientela.  Su cara se contrae en uno de esos gestos que hacemos cuando tomamos una decisión importante.  Pues dame un masaje, dice. ¿Te atreves?

Pipo, austero, asiente con la cabeza, se soba las manos, se estira. La Roja le da la vuelta al counter, permitiéndome conocer su estatura, que no llega a los cinco pies, y se encarama en una silla.   Pipo examina el cuello y la espalda de su inesperada clienta, y comienza.

Ambos se concentran por unos minutos. Yo observo, con el rabillo del ojo.  La cosa va en serio. Pipo está fajao, Chencha se relaja y sonríe. Cuando abre los ojos veo que los tiene brillantes, llenos de lágrimas.

Yo también sonrío. Y también lagrimeo.

La Roja se ríe, ahora en voz alta, entre mocos, y le dice al masajista desempleado: Muchacho, esto está bien bueno, tú sigue ahí, y si  mi marido llega y dice algo, le das un masaje a él también.

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