nieve

snow_flurryEstá nevando.

“Flurries”, le dicen a estos copos. No sé como decir “flurries” en español. El diccionario me responde “ráfagas”, y  se me ocurren también asociaciones como “avalancha” y “abundantes”, así como en “a flurry of documents”, pero todas esas palabras designan otros significados que poco o nada tienen que ver con estos copos de hoy, los del paisaje que veo por mi ventana.

De modo que hasta donde sé, en español los que estoy viendo se llaman “copos”, así como se llama toda partícula de nieve al caer, independientemente de su grosor, densidad, textura o destino.

Al final todo es agua, supongo.

Pero estos copos son livianos y pequeños, más parecidos a la espuma que al hielo, a la esperanza que a la expectativa, aunque a los primeros los pensemos como modos de “agua” y a las segundas como formas de “esperar”.

Como la espuma al tocar la arena, estos copos que observo se disuelven al tocar el suelo. Su existencia es posible sólo en movimiento y sólo en tanto se dirijan, zigzagueando o en línea recta, hacia su propio final, que parecería ser también su fin.


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Sacando el día

rebeca-hastingNota:Publicado anteriormente en Claridad y en 80GRADOS.

Es mediodía. Observo a mi hijo menor, que está jugando pelota. Del deporte sé muy poco, pero no puedo evitar admirar la delicada coreografía del juego, y ésta me lleva a pensar en la igualmente delicada coreografía de movimientos y acciones que se conectan y redundan en este pedacito de “vida normal” que con tanta naturalidad se despliega frente a mí: el calendario; la transportación; los esfuerzos para que el pequeño jugador quiera, en efecto, jugar; las comidas; los uniformes; la socialización.

 

Le han puesto el uniforme de catcher, y sé que tiene calor, porque la temperatura está sobre los cien grados y el sol está alto en el cielo.  Pero el niño dobla las rodillas, fija su vista en el pitcher, captura la bola, se incorpora, devuelve la bola…Para llegar hasta este momento tan simple, tan poco extraordinario, hubo que practicar un poco con el muchacho para que no empezara demasiado atrasado (porque aquí en California le ponen el bate y la bola a los nenes en la mano desde los tres años, y lo de practicar le toca a mi esposo porque de eso yo, como de tantas otras cosas, no sé ni jota), buscar información en línea sobre las pequeñas ligas, ir a las reuniones, crear un equipo, construir un horario, conversar con naturalidad (con la que pueda) con otras madres y padres durante los juegos, recoger las bases, cepillar la arena, negociar desacuerdos…

En fin, que cualquier cosa “normal” y cotidiana que logramos requiere cierta habilidad, ciertos recursos, cierta gracia, y es maravilloso cuando lo logramos, pero no siempre lo logramos. O al menos yo no siempre lo logro. De hecho lo logro con poca frecuencia, y cuando fracaso en esa gestión de crear cotidianidad me pongo muy triste y pienso en mi madre, Teté, en lo pesada y difícil que siempre le resultó la vida diaria.

Esta mañana, antes del juego, estuve leyendo La piel del cielo, de Elena Poniatowska, y allí me encontré con las mañanas de Florencia, la granjera, un personaje hermoso y simpático a quien le cobré cariño de inmediato. “Florencia”, dice la autora, “investía las labores matutinas de la huerta con un ritual exacto que las sacralizaba; Nada más importante que hacerlo bien, sacar el día adelante.”

“Ritual exacto…sacar el día adelante…” Leo y releo la oración, en parte porque es una hermosa oración y las oraciones hermosas me pueden, pero en mayor medida porque denuncia la aflicción que provoca mi empatía con Teté. Quiero decir que con frecuencia me cuesta mucho eso de “sacar el día adelante”. Que lo que me aqueja no es tanto incompetencia –porque en el trabajo “trabajo”, ese que hacemos para subsistir, me ha ido generalmente bien–, sino otra cosa, más bien asociada al ámbito de lo doméstico. Que reconozco que vivir, que vivir intensamente, que vivir feliz, tiene mucho que ver con esa capacidad para “sacralizar” lo cotidiano, para “hacerlo bien”, para agarrar al día y sacarlo adelante.  Que en estos días, esa capacidad la tengo que cultivar mucho, y un tanto cómicamente, por escrito, escribiendo mientras escribo, llenando el margen de notas como “cuando termine este párrafo voy a picar cebolla”, para lograr sacar adelante, mínimamente, mi día. Que a veces recuerdo y reconozco la ausencia casi absoluta, y en todas las esferas, de esa capacidad en Teté, quien pasó buena parte de mi infancia acostada boca abajo en el colchón, debajo del mosquitero, dejándonos, impotente, a la merced de calamidades varias: hambre, violencia, pobreza, enfermedad.

Por la noche, después del juego de pelota, recuerdo a Florencia la granjera durante un agradable momento de normalidad doméstica. Estoy guardando ropa limpia en los cajones del cuarto de mi hijo. Hablo con él, bromeamos, paseamos a la perrita, hablamos un ratito más mientras nos comemos algo juntos… Es un pequeño logro hogareño, uno de esos instantes en que de repente las tareas que otras veces me resultan pesadas, intrincadas, incomprensibles, se bañan con la luz de mi cachorro y se me presentan llevaderas, agradables, posibles y hasta naturales. En esos momentos me distancio de Teté y de esa parte de mí que no sabe qué hacer o qué hacerse frente a las demandas de la cotidianidad. Cuando piso o traspaso las fronteras de la incompetencia doméstica, me acerco a Teté, me acerco al entendimiento azul que nos regala, generosa, la tristeza. Me acerco tal vez hasta al arte mismo, a su posibilidad hecha palabra, pero me alejo de los míos, me alejo de la vida.

Florencia me inspira–y es que, tal vez como tú que me lees, suelo buscar respuestas a mis “issues” no tanto en la psicología como en la literatura–a reanudar mis esfuerzos por forjar una rutina, diaria y sencilla, que me permita atender mínimamente el cuerpo, la familia, la casa y el alma. A veces me pregunto si, entre aquellas que logran sacar su día adelante, habrá acaso dos tipos de personas (que también podrían ser dos modos de estar, incluso en la misma persona): las que se dedican a buscar la novedad que las saque de la rutina, y las que, como Florencia, forjan y sacralizan su rutina con amor. Sospecho que, al menos últimamente, quiero ser de las segundas.

Sospecho también que al final, ambos modos de estar son formas un poco supersticiosas de no postrarse, de espantar a la muerte, de rozar la eternidad.

hulk y la barbi:por una niñez libre de clósets

hulk[Leído en ocasión de la presentación del libro “Borrador de auto-ayuda queer y otros ensayos raritos”, de Lissette Rolón Collazo, en el VI Coloquio ¿Del otro lao?: perspectivas sobre sexualidades queer, 1ro de marzo de 2016.] 

Mi presentación es muy simple: Quiero tomar como punto de partida algo que establece Lissette Rolón en su libro, ese “anhelo de establecer puentes con todas las personas posibles”, un anhelo que la autora describe como bastante queer y que ubica en el contexto del proyecto planteado por Paco Vidarte, un proyecto de “ética marica” que propone la solidaridad del movimiento queer con todas las otras causas que tienen que ver con atender el discrimen y la opresión. Creo que el reverso de ese planteamiento de Lissette y de Vidarte también es cierto. Es decir, creo que cualquier persona que se identifique con proyectos o movimientos en contra de cualquier forma de discrimen y opresión necesita (y sí, digo “necesita” tanto en el sentido filosófico como práctico de la palabra) solidarizarse con la causa, con el movimiento, que este coloquio encarna, y de hecho darle a esa causa prioridad en la conciencia, en el pensamiento, en la práctica y en el activismo.

Mi primer planteamiento es entonces que este libro que presentamos hoy es lectura obligada no sólo para aquellas personas que enfrenten, en su identidad o en su comportamiento,  los muchos desafíos que implica alejarse de la heteronormatividad, sino también para aquellas que, como yo, son heterosexuales. O, como diría la amiga Ángela Figueroa, también citada por Lissette en el libro, las personas que “estamos heterosexuales.”

Dice Rolón en este Borrador de auto-ayuda que la lucha por un mundo libre de discrimen necesita “más referencias, más empatías, más identificaciones.” (23) Mi segundo planteamiento tiene que ver precisamente con que la empatía es un requisito para cualquier reclamo de justicia que sea genuino y sentido, que sea real en el sentido más personal de la palabra.  Cada quien puede conectarse y solidarizarse a través de la familiaridad con el otro y la otra, pero es aún mejor si lo hace también a través de la empatía que se hace posible cuando miramos de cerca, con otro lente, nuestra propia experiencia.  De hecho cada quien se solidariza inevitablemente desde quien es, desde su propia experiencia. La mía es la de una mujer heterosexual, casada en segundas nupcias, con un fracatán de hijos e hijastros. Es desde ahí que les quiero proponer un espacio de lucha, un espacio en el que pensé numerosas veces mientras leía el Borrador de auto-ayuda. Se trata de la niñez.

¿Por qué la niñez? Por varias razones. Primero porque casi todas las personas tienen cierto grado de influencia sobre la crianza de algún niño o niña (de aquí en adelante utilizaré ambos indistintamente para referirme a una personita o adolescente de cualquier sexo). Segundo porque nuestra capacidad para mover hacia adelante la agenda de un mundo más justo depende de nuestra capacidad para cultivar los buenos sentimientos en los seres humanos que lo van a hacer posible. Tercero porque la niñez es uno de esos espacios en donde muchas personas heterosexuales tienen una responsabilidad particular: La mayor parte de los niños que crecen se cría bajo el cuidado de una o más personas heterosexuales. Esto incluye a la mayoría de las niñas que se identifican o identificarán dentro del espectro LBGTT o alguna otra categoría fuera de la heteronormatividad. De modo que parte de la agenda de nuestro movimiento tiene que incluir esos puentes con los adultos que crían niñas hoy, tanto para que éstas crezcan libres de prejuicios como para que puedan explorar y aceptar y celebrar su propia sexualidad e identidad, queer o hetero, fluida o establecida, no importa.

Quiero explorar estas dos ideas atando las lecciones del Borrador con la evidencia de mi experiencia personal. El primer cuento es de mi propia infancia. Me da un poco de pachó, pero aquí va.  Tendría yo unos doce años, y estaba jugando barbis con una amiguita.  Por lo general éramos tres amiguitas–vamos a llamarlas Betty y Lucy, para efectos del cuento y para preservar su anonimato– y cada una traía su barbi. Lucy, que tenía más juguetes, traía también un Ken, que como algunos de ustedes saben, es una especie de barbi macho.

Pero ese día Lucy no estaba, así que Betty y yo estábamos jugando sin Ken. Ahora bien: yo no sé si ustedes jugaron alguna vez con barbis, pero a esa edad, parte del juego consiste en que barbi y ken se besuquean, se esnúan y se meten en la cama. Por lo menos así era nuestro juego.

Y ese día no había Ken…¿qué hacer, nos preguntábamos? Había una alternativa, una suerte de macho alternativo: El hermano de Betty tenía un muñeco del  Increíble Hulk –monstruoso, enorme y verde– y por unos momentos pensamos que a lo mejor Hulk podía ser el novio de Barbi, pero la verdad es que nos resultaba bastante grotesco, y además no podíamos quitarle los pantalones porque estaban pintados sobre su cuerpo. Entonces yo tuve una genial idea, que hasta el día de hoy me parece bastante obvia:a falta de ken, nuestras dos barbis podían besuquearse y meterse en la cama. Santo remedio. Así lo hicimos, todo muy sencillo y de hecho bastante inocente, porque de todos modos una vez esnúas y en la cama se nos acababa el repertorio, no sabíamos qué más hacer con ellas, no había el juego actos sexuales específicos más allá de los besos.

El caso es que Betty se lo contó a su mamá. Y su mamá llamó escandalizada a mi abuela. Y mi abuela se puso como una furia: me jamaqueó, me cuestionó, me gritó, me castigó. La palabra que recuerdo y que hasta el día de hoy me quema un poco es “pocavergüenza”. Dijo que estábamos haciendo pocavergüenzas. Y quedaba claro que no era porque mi barbi se esnuaba–era porque se había esnuado con otra barbi, con la barbi de mi amiguita. Le expliqué el dilema, traté de hablarle sobre los problemas que teníamos con Hulk, pero nada la calmó. Sentía dolor, me dijo, y sentía mucha vergüenza.

Así que mi abuela, que era para todos los efectos mi madre, sentía vergüenza de mí. Ese día empezó mi closet. Porque yo podré ser o estar heterosexual, pero sé que ese día guardé un pedacito de algo “queer” en un armario cerrado por las puertas de la vergüenza y la culpa. Como dice Rolón en el libro, “el closet nos habita”, y yo estoy convencida de que aún las personas heterosexuales tienen un closet y que reconocer y explorar ese closet nos facilita la empatía con la que no es heterosexual. Esas dos adultas crearon un closet para mí y otro para Betty, de paso manchando irreparablemente nuestra amistad (no volvimos a jugar juntas) y coartando nuestra imaginación, nuestra creatividad, nuestra ilusión y francamente nuestro derecho al juego, un derecho que debería ser inalienable para todos los niños, probablemente para todos los adultos también. De los juegos infantiles, de hecho, puede decirse lo que dice Lissette en el libro sobre los ritos cuando estos excluyen a lo queer o a la persona queer: “Los ritos se desfiguran, se degradan, se corrompen y nos quedamos con una fiesta vacía de los mejores sentidos posibles. Despojar a las personas de los ritos [o a las niñas del juego] supone exiliarlas de lo social, expulsarlas de su reconocimiento en los otros.” (54) Para poder jugar, teníamos que negar parte de nuestros impulsos, de nuestra imaginación, de nuestras personas. Y qué mensaje jodido, además, el de que el monstruo verde, violento, peligroso y medio bruto, pero del sexo opuesto, musculoso, hipermasculino, es preferible como pareja a la barbi de tu mismo sexo…

El closet impuesto por la opresión heteronormativa es una tragedia para aquellas personas que están fuera de la norma heterosexual. Pero creo que también es una tragedia, aunque tal vez menor o de menor consecuencia, para todas las personas, porque con eventos como el que describí arriba, le creamos un closet que habita y oprime a todos nuestros niños. Estoy convencida de que de la niñez puede decirse lo que dice en el libro Rolón sobre la vejez: “Es queer en sí misma…maneja otro calendario y por ende otro modo de habitar en el mundo y ocupar las horas…Marca otro paso y se le opone al ritmo voraz y leonino de la productividad.” (45)  Si la niñez es queer por definición, nos corresponde a todas proteger a nuestras criaturas queer del embate del discrimen, así como educarlos para que no discriminen a otras. Nos corresponde amarlos como personas raritas y completas, con la “incondicionalidad insobornable” que describe Lissette cuando habla de la maternidad que su madre pudo eventualmente proveerle. No “toleremos” a los niños y sus cosas “queer” o su exploración natural de lo queer; no los querramos a pesar de ello; vamos a amarlos y a celebrarlos así, tal y como son, tal y como se van descubriendo.

La niñez y la adolescencia están repletas de momentos como el de las barbis, momentos en los cuales tenemos opciones,  podemos meter un niño en el closet o permitirle crecer fuera de él. Hace algunos años, tuvimos en casa un momento así cuando se fue acercando la noche del prom. Uno de nuestros hijos tenía deseos de participar en el prom (de nuevo, los ritos pueden ser importantes, y ese rito, en ese momento, resultaba significativo) pero la persona que quería invitar no era una nena, sino un nene. La heteronormatividad trasciende lo meramente sexual, exigiendo, por ejemplo, que vayamos al prom en parejas de hombre y mujer, vestido vaporoso y tuxedo riguroso. Pero después de discutirlo entre ellos, decidieron ir al prom juntos, como pareja. Se vistieron igual–traje gris, y un clavel rosado en el bolsillo de la chaqueta. Por fortuna, tenían un grupo grande de amigos absolutamente maravilloso que los quiere y los escudó de los ceños fruncidos de los criticones. [De hecho, ese es otro rol que le toca al heterosexual solidario, el rol de no quedarse callao y pasivo cuando tiene el discrimen al frente, porque con estas cosas no se puede ser “neutral”. Pero ese es otro tema.] El caso es que la niñez es queer, y como las sexualidades queer, viene obligada a “transitar las fronteras, las periferias, los espacios clandestinos”; y, también como ellas, “desarrolla destrezas de resistencia inusitadas.”

Los momentos y espacios con el potencial de aceptar o atacar lo “queer” en un niño que va creciendo empiezan por supuesto mucho antes del prom. Recuerdo un incidente con mi hijo mayor: El año era 1997, el nene tenía tres añitos, y estábamos viendo por televisión la visita del papa a Cuba. Quien es ese, mama? Ese es Fidel, hijo. Quien es ese otro, mama? Ese es el papa, hijo. Fidel estaba vestido no con su uniforme verde acostumbrado sino con un traje severo de chaquetón negro, y fue a recibir al papa, que tenía su batola blanca usual. El papa ya estaba viejito, así que Fidel le dio el brazo,y caminaron agarraditos sobre la alfombra roja que se extendía desde el avión hasta el terminal del aeropuerto. Mirando la escena, mi hijo de pronto entiende, o piensa que entiende, vira su carita sonriente hacia mí y me dice, con gran júbilo, “Mira mamá!!! Fidel y el papa se están casando!!!”

Sentado con nosotros estaba mi amigo Robert, quien es un hombre gay. Pueden imaginar nuestra reacción: Primero fue la risa, por lo cómico de la idea. Luego el regocijo, por la expresión inocente de un niño a quien nadie le había dicho todavía que los hombres no se podían casar con otros hombres en 1997. Pero luego fue la duda: ¿qué decirle al muchacho? ¿Nos tocaba acaso romper esa alegre burbuja con la noticia de que el matrimonio legal en esos momentos era solamente entre un hombre y una mujer? Nos toca a los adultos no solamente amar a nuestras niñas en toda su rareza, sino también servir de mediadores entre ellas y un mundo que todavía no está a la altura de nuestras aspiraciones de justicia y amor.

En el caso de esa interacción con mi chiquitín, el mundo era una abstracción: la ley, el estado de derecho, multitudes homofóbicas lejanas, fuera de nuestro círculo. Pero a veces ese mundo hostil está más cerca. Por ejemplo: Nuestra hija suele cambiar frecuentemente los “amigos” que son “familiares” en facebook. Es decir, pone a una amiguita de madre, a otro amigo de padre, a otro en el estatus de “in a relationship”, a otra de hija…Tal vez está un poco ensayando lo de “la familia-otra” que describe Lissette en el Borrador. En cualquier caso, en una ocasión puso a una amiguita como geva, o “in a relationship”. Primero reaccionó un supuesto “amigo”: qué es eso? Nuestra hija le contesta nada, es chavando, pero by the way, eso no es malo. A lo que el tipo le dice yo se que no es malo pero creo que no es para ti, falta que conozcas al que te enamore, te regale flores, te cante una canción…En fin, el viejo argumento de que el lesbianismo ocurre por mala suerte, porque no te has encontrado con el hombre adecuado. Pero la peor reacción no fue esa, sino la de la abuela: Qué que es eso, que cómo va a ser. De nada valió que la muchacha le explicara que se trataba de una broma. De hecho la abuela sabía que la nena solía bromear con eso de los roles familiares. Nuestro hijo mayor incluso intervino para explicarle a la abuela que eso no es ná, abuela, los tiempos han cambiado, pero no había caso: Con eso, dijo públicamente la señora en facebook, no se bromea. No es gracioso. Ni de chiste.

A mí me consta que la abuela ama a la nena. Pero también me consta que trató de meterla en un closet. Actualmente, por cierto, nuestra hija está saliendo (esta vez de verdad, no de broma) con otra nena, y su estatus de “in a relationship” así lo proclama, con nombre y apellido: pero los abuelos/as y algunas otras personas están bloqueadas de ver ese estatus, por si acaso.  Los tiempos habrán cambiado, y este closet es relativamente pequeño, pero eso que le pasa en facebook sigue siendo un closet, y no es justo que así sea.  Quiero pensar que algún día tal vez será posible darles el libro de Lissette a las abuelas de regalo, a ver si comienzan a escuchar, de ahí a entender, de ahí a sentir empatía, y de ahí a comportarse de manera más justa y amorosa.

Los tiempos cambian, en efecto. Hace poco, cuando la Corte Suprema de los Estados Unidos declaró la constitucionalidad del matrimonio entre dos personas del mismo sexo, mi esposo y yo nos pusimos a bailar y saltar y celebrar. Nuestro hijo menor, que tenía en ese momento nueve años, preguntó que pasaba. Le explicamos. ¿Su reacción? El muchacho no se había enterado de que no era legal. Es decir, pensaba que una persona podía casarse con la persona que ama, independientemente de su sexo. Tal vez porque es medio espaseao, o tal vez porque estamos viviendo en California, el caso es que hubo que explicarle el asunto como una cosa histórica.

Creo que se me acaba el tiempo. Quiero enfatizar, antes de callarme, que a todos los adultos pero especialmente a las madres y a los padres nos toca, heterosexuales o no, proteger a nuestras niñas y niños del closet que nos habita, preferiblemente antes de que ese closet tenga oportunidad de formarse. Que nos toca protegerlos con esa “incondicionalidad insobornable” que propone Lissette. Y que a todas las personas, heterosexuales o no, les toca aceptar que ha llegado el momento de la definición, como dicen Paco Vidarte y Lissette Rolón: “Es preciso que definamos en qué lado queremos estar: entre los cómplices de la norma o entre los maricones de toda ralea.” En mi familia hay diversidad, y nos queremos así, complicaditos, pero en la lucha para combatir el discrimen y la opresión estamos claros: allí nos verán, dentro de la comunidad de los que actúan, firmemente del lado de los maricones de toda ralea. Muchas gracias.

 

zombis

Como tantas otras parejas, mi esposo y yo solemos tener series favoritas, cuyos episodios vamos guardando en espacios como Netflix y Hulu para verlas juntos, en algún wikén de asueto, acurrucados en el sofá, vaso de vino, plato de queso, candungo de helado en mano. Así, al unísono, hemos visto The Wire, House of Cards, The Sopranos, Making a Murderer y muchas otras…Nuestros gustos son parecidos.  Ahora bien: hay un programa en particular que es solamente suyo. Yo no lo veo. No es que me aburra o que cuestione su calidad, es mucho más que eso:  Es que evito pasar cerca de la tele cuando mi esposo lo está viendo, es que me repliego hacia otra parte de nuestra pequeña casa, cualquier parte, con tal de no tener que escucharlo.  Es que siento miedo.

Sí. Soy una mujer adulta, cuarentona incluso, que le tiene miedo a los zombis de The Walking Dead.  

Y eso que los protagonistas de la serie no son los zombis, sino un grupo de seres humanos ingeniosos, guapos y heroicos que avanzan y sobreviven en el paisaje distópico que es nuestro planeta tras una epidemia que zombificó a la mayor parte de la población. La epidemia, estrictamente, no ha terminado: cualquiera de los héroes puede contagiarse en cualquier momento.  Los zombis tenían un papel importante al principio de la serie y constituían la amenaza más mortal para los protagonistas, pero pronto, a medida que el programa avanzaba, se fueron convirtiendo en una amenaza mucho menor, casi una especie de  telón de fondo para la saga de los humanos, que ahora pelean mayormente entre sí. Mi esposo me explica todas estas cosas desde la sala, me invita a regresar al sofá. Los zombis ya no importan mucho, dice, los malos del asunto son ahora Fulano y Perencejo, echa pa’cá. Pero  los ruidos que hacen las bocas y los pasos lentos de esos seres muertos en vida, siempre presentes en el programa, son insoportables para mí, son una bandera roja que me invita a proteger la mirada y los oídos del paraje de horror que la serie retrata, que me conmina a replegarme a mi escritorio, como hice ahora para escribir esto.

No se trata de un terror que arrastro desde la infancia. Desde que tenía, cuando más, unos diez años, he sido agnóstica, y entonces era también bastante irreverente. Como no creía en seres sobrenaturales, tampoco creía en criaturas de pesadilla, de modo que los zombis no me daban mucho miedo, y evitaba las películas de horror solo porque me asqueaban o aburrían.  Así que no, los zombis no son una pesadilla de mi niñez. Mi miedo a los zombis comienza en 1994, cuando yo tenía veintitantos, y creo que surgió poco después de ver una película (bastante floja) que se llamaba El príncipe de las tinieblas. Allí los zombis tampoco eran una amenaza concreta, o por lo menos una amenaza importante: el malo de la película era satanás o algún aparato por el estilo.  Pero fíjate, lectora, qué cosas: a mí no me causó miedo el diablo de la película, pero me infundieron espanto los pobres zombis, que ni siquiera, que recuerde yo, atacaban a alguien en la película. Sencillamente deambulaban por ahí, y su vagar, su mera existencia, fueron suficientes para atemorizarme.

Yo estaba embarazada en aquel momento, cargaba en la panza a mi primer hijo. De modo que le atribuí este terror nuevo –a la película y a las pesadillas posteriores sobre los zombis caminando hacia mí, o hacia mi bebé– a las hormonas. No es una idea del todo descabellada. De hecho a partir de cada uno de mis dos embarazos, mi talante ya nerviosito de fábrica se volvió más alerta aún, y en los meses posteriores a cada nacimiento exhibí  síntomas que son bastante comunes entre madres ansiosas, cosas como escuchar llantos de bebé mientras nuestro infante duerme apaciblemente, tener pesadillas absurdas en donde el bebé corre peligro, pasar noches en vela con la angustia de que pueda sobrevenir alguna catástrofe.  Pero hoy, escribiendo esto, se me ocurre que hay algo más. ¿Por qué precisamente los zombis?  ¿Por qué no los vampiros, los hombres-lobo, o el diablo mismo? Cucos de sobra hay, pero mis ansiedades parecen enfocadas en zombis, y no en fantasmas o monstruos, y parecerían haber perdurado mucho más allá de ese primer embarazo.

Como en otras tantas ocasiones, traigo mis preguntas a la página, con la ilusión de que la página, tan generosa como otras veces, me ayude a dilucidar mi propio y desordenado pensamiento. A veces no pensamos para escribir sino que escribimos para pensar, o para pensar mejor. Así, y evitando los sonidos de los zombis en la sala, escribo y recuerdo.

El año 1994 no fue solamente el de la película y de mi parto. Fue también el año en que me alejé de mi propia madre, por segunda vez. La primera vez que nos separamos bruscamente, en 1980, yo era una nena de nueve años, y el alejamiento fue provocado por fuerzas externas a mí: Incapaz de criarnos o cuidarnos, incapaz incluso de cuidarse a sí misma, mi madre, Teté, accedió a desprenderse de mí y de mi hermanito, y nos llevaron a vivir con otros familiares. No tuve contacto real con ella hasta una década más tarde, cuando ya yo estaba en la universidad, tenía un trabajito, y me movía bastante libremente por el mundo en mi propio y destartalado automóvil.  No recuerdo cómo me encontró, aunque sí recuerdo que el contacto fue por carta, y que necesitaba dinero. Reanudamos la comunicación y empecé a visitarla.

Teté vivía muy pobremente.  Después de nuestra separación había empezado viviendo en casas de amigos o familiares, luego en un cuartito rentado en una de esas casonas viejas del Viejo San Juan, luego en un caserío, en un apartamento de renta subsidiada, de nuevo en casa de amistades, en otro apartamento subsidiado en un edificio que fue clausurado, y finalmente en la calle. No tenía, por lo tanto, teléfono ni residencia fija, pero sí tenía mi número y mi dirección, y cuando estaba desesperada se comunicaba conmigo por medio de teléfono o carta. (Esto fue en la primera mitad de los noventa, antes de que los celulares se pusieran de moda.) Yo recibía sus llamados de auxilio (o casualmente la visitaba justo cuando ella estaba preparándose para escribirme), y como resultado movilizaba todas mis fuerzas internas y los pocos recursos externos a los cuales tenía acceso para “resolverle”.

“Resolverle” implicaba a veces cosas sencillas, como pasarle algún dinero de lo poco que yo ganaba, o hacerle una compra. En otras ocasiones eran cosas un poco más complicadas, como aquel día memorable en que logramos obtener, mis amigos y yo, una nevera usada y de alguna manera se la llevamos al apartamento que ocupaba entonces, para que pudiera guardar alimentos en la casa y no se le hiciera tan caro y difícil comer. (Perdió el apartamento, con todo y nevera, poco después.) En otras ocasiones, más complicadas aún, el reclamo era uno de ayuda de otro tipo, y así recorrimos juntas el paisaje mísero de las posibilidades rehabilitadoras de nuestra isla: iglesias, hogares CREA, hospitales,clínicas, refugios, ninguno de los cuales supo o pudo lidiar con las múltiples carencias que se ocultaban en Teté bajo el manto fácil y engañoso de palabras como “adicción”, lugares de los cuales ella, si se quedaba allí,  terminaba escapando indignada o asustada, para luego llamarme o escribirme con una nueva crisis.

En 1994, estando yo a punto de parir, poco antes de ver la película esa del Príncipe de las Tinieblas que despertó en mí el miedo irracional a los zombis, llegó otra petición de ayuda de Teté.  Le resolví como pude, creo que con algún dinero. La llevé a tomar café y comer mallorcas y luego nos paseamos  juntas — yo con mi barriga enorme y a punto de reventar enfundada en una mumu, ella con su cuerpo flaco y vestido con ropa vieja tres tallas demasiado grande— por las calles del Viejo San Juan, donde mi madre era parte de un círculo amplio de deambulantes. Conocí varios de ellos ese día, reconocí otros que había visto anteriormente. Algunos eran alegres y simpáticos. Otros eran reservados pero amables. Otros estaban serios y me miraban sin sonreír. Unos pocos le hablaban en voz alta a seres invisibles. Algunos, me explicó mi madre en voz baja, eran malvados, y atacaban al prójimo, amparados en la oscuridad de la noche. Las mujeres deambulantes, me explicó, casi no pueden darse el lujo de dormir.

Un conteo reciente indica que hay cerca de 4,500 personas y 3,800 familias sin hogar en Puerto Rico. Las razones son diversas: en algunos casos se trata de pobreza, simple y llana; en otros, se trata de adicción. Aún otros son casos de salud mental. Muchos casos combinan más de una de estas razones, y algunos casos son complejos (y pueden quedarse sin contar) porque tienen techo parte del tiempo: se quedan en casa de algún familiar, de algún amigo, hasta que el arreglo no funciona o hasta que los botan y quedan en la calle otra vez. Otros casos (que se quedan también muchas veces sin contar) son fronterizos, porque la persona o familia vive en un edificio o estructura deshauciada, siempre próxima a una demolición que se cierne sobre ellos como un designio fatal pero sin fecha fija. Hay quien tiene techo pero pasa tiempo con la comunidad de deambulantes porque tiene amigos allí, o porque allí encuentra víctimas fáciles y vulnerables para el abuso, el robo o la violación. En todo caso, ser deambulante conlleva perder más que un techo.  Es también, para muchos, perder trozos de dignidad, de esperanza, de ilusión, de alma.

Teté y yo nos despedimos con la promesa de vernos pronto, y con mi resolución interior de, de alguna manera, hacer más por ella, ayudarla mejor. Me angustiaban las preguntas obvias: ¿Cómo terminó así, en la calle, esta mujer guapa, inteligente, nacida en la clase media? ¿Qué podía hacer yo que no hubiera hecho ya? ¿Cómo resolver problemas prácticos, inmediatos, como el hecho de que estaba expuesta a los peligros, o el problema de no tener cómo guardar y conservar alimentos? Me angustiaba también lo que su estado implicaba: Que eso de ser deambulante le puede pasar a cualquiera.

Parí unos días más tarde.  Esas primeras semanas posparto están rodeadas, en mi recuerdo, de la neblina espesa de la falta de sueño, la falta de dinero suficiente, las angustias de los padres y madres nuevas e inexpertas. Cuando mi bebé tenía cuatro meses, recibí una carta de Teté, pidiendo auxilio, y fui a visitarla y a llevarle unos chavitos.

Teté no quiso tomar a su nieto en brazos, solamente acarició su manita. Entonces le expliqué, entre sollozos, que por algún tiempo no podría ayudarla, o que al menos no podría responder como solía hacerlo. Que tenía los nervios destrozados a partir del nacimiento del bebé. Que ese niño ocupaba todas mis ansiedades, y que yo no daba para más. Que podía mandarle algún dinerito por carta de vez en cuando pero visitarla no, que nuestras visitas me chupaban la fuerza, las ganas, el vivir.  Teté no lloró.  Dijo escuetamente que entendía, que no había nada que perdonar. Fue la última vez que la ví en varios años.

De vez en cuando me escribió, y yo siempre contesté, pero a los pocos meses sus cartas dejaron de llegar. Eventualmente supe que tras un año deambulando por las calles de San Juan y Río Piedras y sufriendo las atrocidades que sufre una mujer sola sin hogar, alguno de los lugares de rehabilitación a los que todavía acudía en busca de ayuda la había embarcado (con pasaje de ida solamente, una práctica común) con destino a Texas, en donde (tal vez) tenía un medio hermano.

Le perdí la pista por varios años, hasta que otra de sus cartas me encontró. Pero la historia de esa otra carta y de nuestro reencuentro no viene al caso ahora. Lo que viene al caso son los zombis.

Y es que este miedo irracional mío a los zombis se activa y se extiende cuando me encuentro con algunos deambulantes. Para ser más clara: A veces veo deambulantes y me da miedo. Sí, ya sé, lector, eso no es razonable ni correcto, y tal vez es especialmente escandaloso porque lo digo yo. Porque yo describí de hecho en un librito, que se llama Mi Tecato Favorito Y Otras Crónicas, la enorme y hermosa sonrisa del mendigo a quien saludaba y me saludaba todas las mañanas. He escrito y hablado en numerosas ocasiones acerca de los peligros económicos, políticos y sociales que plantea la desigualdad. Creo que una sociedad moral y justa se asegura de que todos sus miembros tengan techo y comida. No creo en estereotipos que criminalicen al deambulante.  Tengo una madre deambulante. Mi miedo, en fin, parece no tener sentido… Pero déjame explicarte, para poder entenderlo. Déjame seguir escribiendo un poco más.

Lo que yo tengo y vengo a dilucidar aquí es el miedo irracional que siento cuando voy por ahí y me encuentro con un grupo de deambulantes caminando (¿deambulando?)  lentamente, porque es el mismo miedo que siento cuando salgo de la cocina y tengo que evitar la sala para no ver a los zombis de The Walking Dead… No es el miedo concreto de que me vayan a hacer algo, sino el miedo abstracto y borroso del horror fantástico. Ese miedo irracional no es tanto con los deambulantes a quienes les quedan fuerzas para conectar con el mundo con el brío de una sonrisa o incluso el de una súplica articulada. Mi miedo es más bien provocado por los que parecen haber perdido visiblemente toda esperanza, arrastrar los pies mientras esperan la muerte; por esos cuerpos errantes que parecerían estar perdiendo lo que les queda de alma frente a nuestros ojos que no ven, cuerpos que nos sentimos con frecuencia forzados a ignorar, tú también los has ignorado, lector, has tratado de no verlos, no me juzgues, por favor, no me juzgues, piensa que ignorarlos no es moralmente mejor que sentir miedo, déjame terminar de contarte la historia de mi propio, privado y pequeño tormento.

Creo que el miedo a los zombis que se asentó en mi alma en 1994 tuvo algo que ver con las hormonas del embarazo y del parto, sí, pero también con el hecho de que perdí a mi madre por segunda vez y que en esta ocasión fue decisión mía, que lo hice llorando pero a conciencia, porque no podía o no sabía ayudarla, porque no me daba el alma, porque no me bastaba el corazón, porque mi deambulante Teté no cabía en mi vida, porque “resolverle” se me había convertido en un acto constante, agotador y sin fruto, sin resolución, sin clausura, porque ahora yo era madre de un bebé y eso me había despertado a saber que resistencias latentes a la actividad eterna de hacerle de madre (madre fútil, madre incompleta, madre incapaz) a la mía propia.

El miedo a los zombis surge de la tristeza sin fondo de nunca haber podido devolverle a mi Teté el canto de alma que le faltaba. El miedo a los zombis es el miedo a mi propio potencial, y al tuyo, para perder pedazos del alma propia. En las circunstancias adecuadas, todas y todos podríamos tornarnos en zombis de carne y hueso, no de película, y escribiendo descubro que es probablemente ese miedo, lectora querida, ese miedo, el que me atormenta y que en una mañana de domingo me obliga a cerrar los ojos y apresurar el paso, camino a mi escritorio, para no ver ni escuchar la representación televisiva de la desesperanza, para ignorar mejor los gritos de seres que de alguna manera podrían muy bien ser como nosotros, que alguna vez lo fueron, y que hoy son el horror que no sabemos resolver.

 

verbo*

01.0030__Creation._Adam___Eve._Genesis_3_v_7._PerelleY la Historia se hizo historia, se redujo y concretó en carne viva, en verbo, en mí.

 

Porque la Historia esconde historias, pero sólo en ellas vive, se revela y se rebela; respira, reniega, se reproduce.

 

Creo que fue en la biblia que aprendí que las oraciones sí pueden comenzar con “Y”, así, mayúscula, que la “Y” es no sólo transición sino inicio.  Supongo que hubo algunas biblias más tempranas, pero la primera que recuerdo es esa, la de los diez años, la del quinto grado del Colegio Lourdes en Hato Rey, Puerto Rico, mi primera escuela privada, mi primera escuela católica, la biblia verde, roja o azul, venía en varios colores. La mía era mía,sólo mía, qué maravilla, que cosa tan nueva para mí, tenía mi nombre y no otro(s) en el dorso de la portada, y era verde.

 

La Nueva Biblia Latinoamericana. Años más tarde aprendí que no importa el nombre que lleve, la biblia es siempre biblia y de ella no se aprende nada bueno. Pero esa primera (y última) biblia llegó a mi vida porque algunos adultos en mi entorno pensaban que de ella se aprendía todo. Ahora, tratando de escribir este texto, aprendo que todos estábamos equivocados.

 

El nombre de la biblia sí importa. Elegir la Nueva Biblia Latinoamericana como texto fundamental era, para las monjas dominicas que me educaron del quinto al décimo grados, un acto político. No era la biblia del Rey James (¿quién carajo es James anyway?), no era una biblia anticuada y tampoco era una biblia gringa, era nueva y latinoamericana. Eso, pensaban las monjitas, la hacía más relevante.

 

A mí todo eso me importaba un rábano.

 

En español boricua no suele decirse “rábano” al declarar que algo importa poco. Solemos decir “pepino” o “carajo”, dependiendo de la audiencia. Pero en algún momento anterior a mi encuentro con la biblia tuve encuentros con otros textos, tan fundamentales para mí como cualquier otro que cayese en mis manos y se acercase a mis ojos hambrientos.  Uno de ellos fue la sección dominical del periódico de récord, donde Lucy, Charlie Brown y Snoopy se llamaban “rabanitos”. A saber porqué se llamaban así. En inglés, el idioma del otro periódico que recibíamos en casa y al que le decíamos simplemente “el periódico en inglés”, Charlie Brown y sus amigos eran “peanuts”, maní. Los “rábanos” aparecían también en otros textos, relatos, novelas, libritos de mis abuelos y sus hijos, libritos que yo devoraba de prisa, como si se fueran a desaparecer, y esta prisa no era del todo descabellada, porque los libros estaban tan llenos de polilla que temerlos desintegrados en mis manos era casi realista . En esos textos era más probable que a alguien le importara “un rábano” que un “pepino”, y la palabra “carajo”, de todos modos, no me estaba permitida, así que “rábano” se adhirió a mi léxico personal, como lo hicieron, desde otros libros apolillados, palabras como “armario”, “mejilla”, “páramo”, “cajón”, “heladera”, “mallete”, “facón” y “pelotudo”.

 

Las palabras no comunican nuestros pensamiento:Las palabras son pensamiento. Y el verbo existía desde el principio, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.…

 

Descubro así, escribiendo, que de la biblia aprendí que los textos pueden empezar con “Y”, y que los textos que dan inicio pueden llamarse simplemente “Inicio”. “Génesis”. En la biblia pude además leer sobre asesinatos cruentos y condenas crueles, temas censurados en los otros libros que nos asignaban. Y Dios le dijo a Caín ¿Qué has hecho? ¡Escucha! La sangre de tu hermano clama desde el suelo. Ahora estás maldito y la tierra, que abrió su boca para recibir la sangre de tu hermano rechazará tu mano. Cuando trabajes la tierra, no te dará fruto. Vagarás eternamente sobre la tierra.

 

No es que no me leyera los otros textos asignados,oye, sí que me los leía; pero solían ser cortitos y se me acababan, o estaban diseñados no para leerse sino más bien para “usarse de referencia” que quiere decir lo mismo que “sufrirse”… Los libros más o menos buenos se me acababan en la primera semana de clases. La biblia contrastaba porque tenía aguante.  Página tras deliciosa página de venganzas, odios, muertes, sexo…. Dios instruyendo a Rut para que se le ofrezca, sexy en su sumisión,a un nuevo marido. Judit, zalamera, seduciendo a Holofernes para decapitarlo en el dulce sueño post-coito. Ester aprendiendo lecciones en la intersección entre la astucia política, la justicia social y los nacionalismos. Esas heroínas bíblicas eran más poderosas, más interesantes y más sexuales que las de las telenovelas que en casa de mis abuelos no me dejaban ver. Hoy sonrío ante la inocencia de esa prohibición. Con todo ese material…er… “pío”, francamente, ¿quién necesitaba telenovelas?

 

Mi amado metió su mano por la abertura de la puerta, y se estremecieron por él mis entrañas. Creo recordar que la nueva biblia decía “hígado”, no entrañas, pero igual (aprendería yo, mucho más tarde) son mejores las dos, “hígado” y “entraña”, para pensar en el amor y en el deseo, que esa metáfora agotada que es la del cansado y repetido corazón. Leyendo de hígados y entraña, ¿quién necesita acceso a Jazmín, Cosmopolitan, Vanidades, o a cincuenta sombras del color que sea?

 

Me paré sobre la arena del mar, y vi subir del mar una bestia que tenía siete cabezas y diez cuernos…Una ojeada al apocalipsis, y todas las películas de horror callan y se ruborizan (¿Callarán y se ruborizarán todas las películas…?) Se desvelan los orígenes del existencialismo (tal vez no el de la Historia, pero sí el de las historias de mi generación), se despiertan las ansiedades sobre la muerte y el más allá, como despertaron las de la violencia, las del sexo y las del más acá los libros bíblicos anteriores.

 

Basta con una mirada al apocalipsis, al Génesis, a tipos como Moisés, que se la pasaba aparentemente hablando con matojos en llamas y con dioses invisibles, y reconocemos que los que alucinan y cuentan han sido escritores y revolucionarios desde siempre, y que la elección del loco de moda es un asunto bastante arbitrario. Un loco en el manicomio, otro en la premiación de los nóbel, otro preso, otro más declarando un nuevo país.

 

Mis compañeros de clase, todos ellos más religiosos que yo, se sorprendían al verme leer la biblia con tanta fruición en plena clase de español, matemáticas, ciencias. Ninguno sentía particular amor por la biblia. Les parecía aburrida, y no los culpo. Acto político o no, el currículo dominico preparado en torno a la Nueva Biblia era bastante soso, corría en paralelo con esas misas dominicales que a mi sí me aburrían, me aburrían con violencia, un aburrimiento que se somatizaba en una náusea que empezaba suavecita con la primera lectura, se crecía con el salmo, y que ya para la tercera lectura me sentaba en el banco, reducida,enferma, con ganas de gritar.

 

Mi abuelita me miraba en la iglesia con la expresión que sus hijos, mi papá y mis tíos, tanto temieron al crecer. La palabra en inglés es contempt. Yo la perdonaba;intuía, ya desde entonces, que esa aparente combinación de enojo y desprecio resultaba no del odio, ni siquiera de la indignación, sino de la conciencia aguda del juicio ajeno. O tal vez, viviendo como vivía yo entonces medio arrimá en la casa donde generosamente me habían acogido mis abuelos tras una infancia accidentada, yo me había resignado de entrada a su contempt. Además no importaba: honestamente yo no podía evitar la náusea, o que la misa me pareciera un horror insufrible.  Eventualmente, a los doce o trece años, sencillamente dejé de ir a misa, y nuestros domingos y relaciones familiares mejoraron mucho.

 

Conocedores de mi poco amor por las misas, mis compañeras y mis maestros no podían entender, entonces, mi afición por Rut, Judith, La Bestia, La Prostituta, la Amada y el Amado. Por mi parte, yo no podía entender cómo esas cosas, las más interesantes de ese libro gordo y verde, languidecían, sus páginas limpias de dedos y de lápiz, mientras leíamos una y otra vez los evangelios, que repetían los mismos eventos desde ángulos distintos pero con el mismo lenguaje. O las malditas cartas, cuyos destinatarios nunca discutimos porque no importaba, todas decían lo mismo.  O los salmos, cuya poesía resbalaba sobre mis jóvenes sentidos, tan bucólica con sus ovejas y sus pastores, tan distinta a las pasiones del Cantar.

 

¡Que no hay que andarse por las ramas, Rimita, preciosa mía!! me decía, biblia roja en mano, exasperada pero encantadora, una de mis monjas favoritas cuando me veía venir, biblia en mano también, con alguna de mis querellas pedagógicas. Era mi monjita favorita porque tenía el cuerpo diminuto y la sonrisa gigante, generosa y fácil. Tal vez temía que me diera cuenta de que la biblia era un texto caótico, escrito por muchos locos distintos provenientes de diversos tiempos y espacios, una especie de aleph de artificio. Pero no tenía que preocuparse la monjita querida, porque eso lo supe de inmediato, en cuanto la leí. La imposición de orden sobre la biblia me parecía, y aún me parece, un acto violento de estrategia política, no una decisión racional de argumento narrativo.

 

Movía mi monjita su dedo índice frente a su rostro preocupado, frente a su sonrisa por renacer.  ¡Usted lea lo que tiene que leer, y no otra cosa!!! Los trozos selectos leídos años tras año de los salmos, las cartas y los evangelios eran así el tronco del edificio de la biblia como instrumento de pedagogía y dogma. Los libros que me gustaban a mí eran sólo ramas, ramas por las que aparentemente no había que andarse.

 

Pero hoy sé, y entonces intuí, que el refrán que le sirve de subtexto a mi monjita también se equivoca. Que las ramas son tan árbol como el tronco. Que sin ellas, el árbol, tanto el cotidiano como el arquetipal, no es árbol sino más bien un mero “tronco”, un árbol medio muerto, comatoso.

 

Las ramas hacen al árbol; y la Historia sólo lo es por y desde las historias (todas, hasta las escondidas o contradictorias) que contiene, celebra u oculta.

 

Jonás no pudo, no quiso aceptar que tenía que escribir y contar cosas, hasta que lo metieron en la panza de un monstruo marino que eufemísticamente llamamos “ballena”. Saulo no pensaba escribir cartas hasta que lo cegaron. Y José el carpintero aceptó la infidelidad de su mujer por razones que ni la biblia ni mis maestras podían o sabían explicar.  Todo ello constituye una hermosa iniciación en las complejidades y misterios de argumento y personaje.

 

Ese año fue el primero y el último que me acerqué a la biblia como habría que acercarse a cualquier texto:con muchas ganas y con los ojos abiertos.  Creo que me la leí toda en quinto grado, que aparecieron otros libros, que la abandoné, rica en historias y en detalle, llena de lecciones no tanto morales como de técnica y tono, de escritura y narrativa. Creo que, malagradecida yo, la había olvidado, a ella y a las dominicas que me tuvieron tanta paciencia, hasta que me senté a escribir esto y la primera oración se encarnó en la página, para mi sorpresa, con esa  anticuada y mayúscula  “Y”. Que fue ahora que por primera vez en muchos años ví a la biblia y me ví a mí misma en toda la nueva y minúscula gloria de un pupitre y mis diez años.

 

*Publicado previamente en la revista digital Ochenta Grados.

 

decoración de interiores

changó
artista:roberto silva ortiz, puerto rico.

Ando buscando dónde poner a Julia.

Julia de Burgos, la poeta puertorriqueña que aprendí a llamar “poetisa” en la escuela. Tengo en una pared de nuestra salita un poster sencillo –el rostro de Julia flota sobre un fragmento de Río Grande de Loíza-–en un marco barato.

Llevamos años con las paredes medio desnudas en casa. Pero hoy coinciden dos condiciones que nos catapultan al súbito estatus de gente “normal”, los seres que tienen suficientes obras para casi todas las paredes de la casa: 1)nos hemos mudado a un apartamentito de dos habitaciones, uno de esos espacios encantadores donde sala, comedor y cocina son uno, y 2) le hemos pedido a un amigo querido, una especie de hermano que para mi fortuna, es también uno de los mejores artistas plásticos puertoriqueños de hoy, que nos envíe cinco prints de su fabulosa colección Amen-Aché. Esa colección adornará la mayoría de nuestras paredes importantes, y algunas de las cositas que actualmente cuelgan en nuestras paredes tendrán que cambiar de lugar.

Hay obras que lograrán quedarse y acompañarán a las nuevas–la Torre Universitaria de Martorell, el jazz callejero que me regaló mi tío, Verdeluz del Mar de Omar Quiñones (que he estado arrastrando, pobre cuadro, conmigo a donde quiera que me mudo por los últimos veinte años)…Pero otras, como el poster de Julia, han de trasladarse a otras paredes. Su forma es parte del motivo: Es un desafío–por ser poema, y como otras obras con la imagen de Julia, el cuadro es un rectángulo alargado que no necesariamente cuadra en toda pared. Busco una pared estrecha, y mi salita cuenta con dos: una para la bella mulata roja que es changó en la colección de mi hermanito, otra para la torre de la yupi.

Busco así dónde poner a Julia.

Considero brevemente una pared en el baño.

Me escandalizo. Me regaño. El baño merece arte, por supuesto, pobre baño discriminado, incomprendido, generoso. Pero Julia no se merece el baño.

Pienso en mi libro sobre Puerto Rico y la década de los setenta, el libro que debería estar en progreso pero cuyo progreso hoy se ha rendido, espero que brevemente, a la pregunta de dónde poner a Julia.

La respuesta lógica es mi escritorio, y tendré que hacer algunos movimientos medio extraños, y en realidad no “pega”, pero es la que hay.

Pienso que Julia es una de esas figuras que representan la isla pero que no sabemos a ciencia cierta dónde poner.

Perla del Caribe, Isla del Caribe…

Es Borinquen la hija del mar y el sol….

Los himnos oficiales y extra oficiales de Puerto Rico la representan así, como una doncella tan primorosa y bella como mórbida. Nuestras mujeres e himnos aguerridos, sobrevivientes (Lolita, Blanca, la Borinqueña de Lola) no tienen el mismo arraigo en la imaginación y canción populares. Marta Aponte describió  no hace mucho algunas de las metáforas femeninas (las jibaritas, por ejemplo,  prostituidas o mancilladas) que son parte de nuestro pequeño universo de metáforas madres (y yo respondí con una reflexión sobre las metáforas “hijas”.) Hoy añadiría que Antonia Martínez y Julia de Burgos se crecen en nuestra historia en tanto mueren, su fama tan sembrada en la muerte misma que es difícil imaginarlas vivas y a la vez famosas. Casi imposible, en el caso de Julia, y absolutamente imposible en el de Antonia.

Esas doncellas son una faceta de nuestro peculiar lamento borincano, donde la “madre patria” es la madre ausente, cruel, violenta que mata y coloniza y nuestra patria es doncella víctima que muere, que dejamos morir, que muere porque estamos pendientes de otra cosa. Esa patria o matria o isla-metáfora nuestra es frágil, como el corazón que denuncia la mentira, que se desnuda sobre la página y ante los ojos ingratos, como un balcón abierto en medio del corre y corre de una huelga que la policía detesta y a la vez no entiende. Es frágil, como la “juventud en flor tronchada” que describía el periódico El Mundo el cinco de marzo de 1970, como el cuerpo delgado que se esfuma en la adicción y en el exilio.

Es frágil, como un poema.

oda a unas amigas:isar, lisi, anayra, kattia, sahra.

A algunas solamente,de momento, que no panda el cúnico y que no haya dramas y celos, por favor, o no vuelvo, que es la que y todo eso. He estado releyendo las “odas elementales” (el único libro que me gusta de Neruda, y que descubrí gracias a un amigo, el gran (e irónicamente agnóstico) Christian, no a una amiga, pero de amigos hacemos otra prosa en otro día) y pensé en unas amigas. Aquí van las notas al calce del asunto y buenas noches.—-

————-

Aprendí de ellas más que de nadie. Aprendí sin quererlo, sin buscarlo y sin saberlo–tal vez la mejor forma de aprender.

De Isar aprendí que la palabra “amigas” es el lenguaje nativo que descubrimos al azar; que en el espacio y la era posmo, la teoría y la tribu la escogen a una, y no al revés; que el lenguaje se desliza para hacernos suyos pero también para que podamos hacerlo nuestro, aunque la tribu, la banda o la diáspora sea de dos; que aprendemos aprehendiendo, y no hay de otra;

De Anayra aprendí que no hay que “aprender” a barrer, sino barrer a la menor provocación; que la palabra “barrer” puede ser reemplazada por muchas otras, especialmente por “querer”, “ver”, “leer” y “aprender”, sin negar la lógica que vive (¡y cómo vive!) en la ecuación original; que todos los libros son “libritos”, sin importar su tamaño, y que ese diminutivo, y sólo ese, es cariñoso; que lo importante no es ser sino estar, y estar presente; que “estar presente” es una oración completa;

De Lisi aprendí que las oraciones, las que sean, lo “son” en ambos sentidos de la palabra “oración”; que “son” es un tiempo y persona del verbo ser y del verbo estar, a la vez que un ritmo, y que esos sentidos no son incompatibles, que va, más bien se quieren; que la puntuación es una actitud; y que “ser” es, al final del día, el compás de toda actividad y decisión que valgan la pena;

De Kattia aprendí que si amas algo, no hay que dejarlo “libre” ni pa’l carajo; que la libertad no es una excusa; que cuando, y no “si”, las psicosis y las neurosis nos apalabran, lo que hay que hacer es correr a rescatar no la mente sino las palabras, porque del verbo es que (todo) se trata; que los adverbios y los adjetivos suelen ser eufemismos, que todo es verbo y que por ello, los mejores plátanos para un piñón no son los “maduros” sino los que “llevan manchas dalmateándole el lomo”; que todos los lomos tienen lomo, todos los dorsos tienen dorso, y todos los gatos tienen humano.

De Alex aprendí que a veces, las palabras estorban; que al mal tiempo, lo importante no es la cara que una ponga; que la cara se maquilla de lo más bien mirando las instrucciones en el paquete de mascara; que el amor y la vida ni llevan máscara ni son ciegos;

De Sahra? Ha pasado mucho tiempo, pero creo que de ella aprendí lo más importante. De Sahra aprendí a tener amigas.

batá*

Chango-oyan-ogún-DETALLE(A mi mamá.)

 

Carolina, Puerto Rico

O tal vez Levittown

4 de junio, 1979

La noche que mi Teté parió a mi hermanito, yo tenía ocho años y estaba asustada.

Minutos antes de que Teté y André, mi padrastro, abandonaran la fiesta para buscar a la comadrona, los asistentes habían pedido, a gritos, que me levantara de la silla plegadiza de metal que había insistido en ocupar durante toda la noche. Tenían la expectativa, y yo lo sabía, y la compartía, aunque en mi caso no era tanto expectativa como esperanza, de que Changó bajara, de que yo me convirtiera en el caballo de mi santo, como debe ser. En el caballo de mi oricha, del dueño de mi cabeza, de mi papá santo, de mi santo papá. El oricha de la carne y del fuego, el rey de la palma y de todas las pasiones y riquezas terrenales, el enorme negro musculoso con muchas mujeres y algunas esposas, el ingenioso y a veces ingenuo, incluso buenazo Changó, el enemigo eterno de Oggún, legítimo esposo de Ochún y dios de la guerra y del metal. Ochún, la encantadora reina del oro, los ríos y la miel, la patrona de los pescadores cubanos, la gobernante y curandera de las vaginas y los ovarios y las tetas de todas las mujeres del mundo, era mi mamá. No estaba casada con Changó, me había explicado bruscamente mi madrina cuando pregunté. Tal vez pensó que yo estaba juzgando a los orichas, pero se equivocaba. A mí no me molestaba para nada ser bastarda, de hecho ya lo era y no sabía todavía que eso era malo o juzgable, yo sólo quería saber.

Todas las personas tienen un oricha mamá y un papá, pero uno de los dos es el principal, el dueño de la cabeza de la persona, me explicó madrina Carmen en un raro momento de paciencia y articulación de oraciones completas. Tú eres de Changó.

A mí me gustaba Changó, pero me intimidaba la idea de personificarlo, de que mi cuerpito pequeño y flaco se convirtiera en Él, que bailara como él, que hablara como él.  Traté, sin embargo, de relajarme. La posesión me traería la aprobación, tan difícil de obtener, de Carmen. Me traería también el respeto de los otros santeros, que a veces me trataban con condescendencia, dudando a viva voz como si mi enanez me hiciese invisible, o sorda; la conveniencia o sabiduría de iniciar una nena tan pequeña, tímida y frágil en los misterios de la santería y en la comunidad.

Carmen había visitado mi trono la noche antes del batá. Yo, nerviosa, intentaba dormir, intentaba controlar los movimientos nerviosos de mis piernas, los golpes pequeños que el dorso de mi mano, hecho almohada, le propinaba a mi mejilla. La boca de mi madrina era una línea recta, sus aretes enormes no se movían, sus cejas finas casi se juntaban en una V amenazante, su mano apretaba mi hombro con fuerza. No te resistas, nena, me dijo. Cuando llegue el momento, no te resistas. Deja que la música te lleve.  Sigue el batá.

De modo que traté de relajarme. Con mi trajecito de organdí y mi actitud reverente, podría haber pasado por una niña boricua común y corriente, a punto de hacer su primera comunión. Excepto por mi cabeza calva, redonda y brillante, cubierta con un pañuelo de seda blanca.  Excepto por mi esqueleto desnutrido, tan distinto al de las amiguitas de clase media que a veces visitaba cuando iba a ver a mis abuelos paternos. Y excepto por el hecho de que nunca me habían bautizado, y de que no me sabía ni el padrenuestro.

Pero sí sabía las historias de Changó. La más famosa de ellas explica cómo, en la mezcla caribeña sincrética entre el catolicismo español de los amos y la religión yoruba de los esclavos, Changó se convirtió en la Santa Bárbara de las estampitas. Resulta que cuando Changó era humano y príncipe, estaba formalmente casado con Obbá, entre otras, pero se fue a visitar a Ochún, su amante favorita. Estaban descansando desnudos en la cama cuando llegó Oggún, el esposo de Ochún. Oggún siempre estaba de mal humor, pero sospechar la presencia del guapo y principesco rival en la habitación de su esposa lo puso colérico, y comenzó a golpear la puerta con su machete para tumbarla. Ochún, que no estaba en las de volverse víctima de “violencia doméstica”, como le llaman los periódicos de hoy a ese tipo de cosa cuando no la llaman “crimen de pasión”, empujó a Changó, básicamente tirándolo por la ventana. Desnudo, claro. Sus armas y su ropa escondidas en el cuarto de Ochún, Changó se vio obligado a correr desnudo delante de sus súbditos, que no podían contener la risa. La cosa se puso peor cuando Oggún se puso a perseguirlo.  Changó se refugió en casa de la fiel Obbá. (Yo le agradecía a Olofin que Obbá no fuera dueña de mi cabeza, pobre Obba. Ni una nena de ocho años quiere una diosa buena (¿apendejada?) y mártir sobre su cabeza. De hecho nunca he conocido a santera alguna que sea hija de Obbá, aunque debe haberlas.) Obbá, bendita enamorada Obbá, no solamente no le cuestionó a Changó su culpable desnudez, sino que al escuchar que lo perseguían le dio su túnica, se cortó y le puso sus trenzas, y lo sentó en su trono de reina consorte. Al llegar Oggún, pensó que Changó era Obbá. Y es esa la figura de Santa Barbara: Changó vestido de mujer para tapar un cuernazo, al fondo un castillo en llamas para recordarnos que estamos mirando no a una mujer blanca, sino al rey africano del fuego, disfrazado, de mujer y de blancura, para engañar a su enemigo divino de Nigeria, a sus enemigos españoles de Cuba.

Por supuesto que me conocía las historias, los patakís. Eran mejores, por mucho, que las novelas de telemundo y los chismes del teveguía. Las leía y escuchaba voraz, insaciable. Internamente, arrogante, se me ocurría a veces que me conocía las historias mejor que los adultos que criticaban mi pequeñez y que ello me convertiría, eventualmente, en una mejor lectora del caracol. Pero no decía nada.

Ahora en el batá, hubiese querido probarles que estaban equivocados, pero en el fondo temía que no lo estuvieran. Sentí miedo, sentí náuseas, sentí unas extrañas ganas de bailar, pero ni la más remota señal de posesión propiamente dicha. Traté de bailar un poco, a ver si pasaba algo, pero cada vez que daba un paso los santeros me miraban, todos a la vez, cientos de ojos posados sobre mi pequeña figura, gritos de ánimo, y me daba pachó y dejaba de bailar.

Miré a Teté. Flaca y débil, más blanca que lo usual, sentada en una silla de metal, con los cabellos sueltos, las puntas llenas de horquetillas, los labios resecos, la barriga inmensa y tan bajita que se veía obligada a abrir las piernas para acomodar la panza, casi colgando, con un brazo debajo para sujetarla, para que no le halara las costillas, para que no le quebrara la espalda.  Me pregunté si sentiría náuseas, también. Probablemente sí. Teté tenía náuseas con frecuencia, y ahora que estaba embarazada más aún. Estaba sufriendo, se le notaba, y yo no sabía si era por mi fracaso como caballo o si era porque se sentía enfermita.

Entonces se puso la cosa más tensa, porque David cayó al suelo.

David era mi compañero de iniciación. Para abaratar la iniciación un poco (las iniciaciones son asuntos caros.  La mía costó al menos nueve mil dólares, y estamos hablando de 1979) habían juntado dos yawós o iniciandos en una sola ceremonia, en una sola cámara con dos tronos, y habíamos participado de la mayoría de los rituales principales juntos. David tendría unos diecinueve años y un bigote tan finito que yo pensaba que era de embuste. Era artesano. Hacía soperas para santeros, entre otras cosas, las soperas que cada santero guarda en su casa para representar y contener a su panteón personal, por lo general a su oricha y seis más, usualmente incluyendo a Obatalá (sopera blanca), Ochún (sopera amarilla) y Changó (sopera de madera con adornos colorados.) Mis soperas incluían además a Oyá (púrpura), Obbá (rosada), Yemayá (azul) y creo que también a Babalú, ya no recuerdo. Elegguá estaba también en mi trono pero sin sopera, representado por una cabeza con ojitos y boca de caracol, rodeado por las herramientas de los guerreros. Pero Elegguá es otro tema. El caso es que David era algo así como mi hermano de iniciación, aunque yo creo que como tantos otros hermanos mayores, no estaba particularmente contento con el arreglo, y me trataba con distancia y un aire de superioridad que me sacaba por el techo. Su mamá oricha era Ochún.

Después de convulsar y babearse en el suelo un rato, David se levantó y cómo no, ahí estaba Ochún. Todo el mundo lo celebró.  Fue un alivio, porque dejaron de mirarme, pero también una desilusión, porque la vara para evaluar la calidad de mi posesión había subido, con tanto show, tanto desmayo y tanto babeo. Miré a David con escepticismo. Era él, no tuve duda. Ahí no había ninguna Ochún, el tipo estaba actuando. Hablaba como David, se movía como él, y cuando fue a besuquear y bailarle a alguien (una movida clásica de la coqueta Ochún) eligió justamente al individuo que le gustaba a David. Qué casualidad, bufé. Por suerte nadie me estaba haciendo caso y nadie me escuchó.

Los batá seguían tocando, dándole a los cueros sin pausa, el sudor corriendo sobre sus cuerpos no en perlas sino en ríos, ríos de veras, ríos de sudor físico nacido de ellos, de sus glándulas y de sus poros, y los envidié un poco, envidié un poco su particular forma de sacerdocio, predicado no tanto sobre la actuación como sobre la destreza, el virtuosismo, la resistencia de tocar por horas sin salirse de ritmo. Tocaban juntos pero cada cual con un ritmo distinto, todos en armonía. Por la tarde, antes de que empezaran las festividades, antes de que se escucharan los chillidos del primer cabro sacrificado, yo me había acercado a los tambores, fascinada. Puse mi manita huesuda sobre mi favorito. Traté de tocar. Algún ritmo obtuve, pero me cansé rápido. Dejé la mano descansar sobre el cuero tenso. El dueño del tambor se acercó a mí, un gigante negro con un cuello enorme, conectado con músculos temblorosos con sus hombros. Puso su mano junto a la mía. No te preocupes, hermanita, me dijo. Eres una nena. Una hembrita. No puedes ser batá, no puedes conocer sus misterios. Pero esta noche, yo voy a tocar en tu honor. Para ti, hermanita.  Sus ojos eran oscuros pero rodeados de un blanco blanquísimo, y creo que por un instante, a la manera de las nenas de ocho años que de repente son miradas a los ojos, me enamoré un poquito.

Busqué con los ojos a mi amigo batá. Tenía los suyos cerrados. Me pregunté si estaría decepcionado por mi fracaso. Recordé, un poco esperanzada, que alguien me había explicado que los batá, al tocar, también estaban poseídos, porque ningún humano podría tocar tantas horas, y tan fuerte, y con tanta perfección, sin intervención divina. Mi amigo era caballo de su santo para que yo pudiera serlo para el mío.

Me concentré una vez más. Pero sentí aún menos. Esta vez sí había resistencia: la imitación fatula de David me hacía rechazar, por orgullo, cualquier inclinación al simular, cualquier invitación a dejarme caer al suelo a ver si así pasaba algo. Me quedé parada allí, estoica. Le ofrendé a Changó mi (in)dignidad, y cualquier castigo que de ella surgiera.

Y entonces se acabó.  O tal vez empezó.  Porque de repente, y sin tanto aspaviento como David, Ochún bajó sobre uno de sus hijos, un profesor universitario con abundante bigote. El catedrático, le decían los demás santeros y santeras. Casi al mismo tiempo, Changó cabalgó a uno de los suyos, un hombre flaco, muy serio, que frecuentaba la casa de mi madrina y a quien mi madrina evidentemente le tenía mucho respeto, porque le sacaba cigarros y vajilla fina, cada vez. Ese señor fue el que me afeitó la cabeza el primer día, y el único que, la primera noche que pasé allí, solita en mi trono, calvita y llorando de miedo y de frío, me llevó una manta gruesa y me dijo que todo estaría bien.  Ese señor era ahora mi papá. Y a él sí se lo creí.

A David se le pasó la posesión rapidito que Ochún cabalgó al otro.  Se tiró en una silla haciéndose el agotado y madrina Carmen fue a atenderlo con mucha monería y movimiento de manos. Le acarició la frente, lo felicitó.

El verdadero Changó ni la miraba. Fue directamente a donde el otro bigotudo, Ochún, y se abrazaron y besaron cariñosamente.  Tanto bigote junto me dio un poco de risa, pero mi madrina me lanzó una mirada afilada de perfil, como un pájaro cabezón, y cerré la boca. Una mujer me sirvió un plato de carne de chivo flotando en caldo grasiento. Recordé los gritos de los chivos esa mañana, recordé el olor a sangre que todos los días bañaba mi habitación, y fui a vomitar. El bol cayó al suelo, la carne y el caldo asqueroso a mis pies.

En el baño, vomité una cosa amarilla, y recordé que ese día no había comido. Me lavé la cara, me acomodé el pañuelo para que no estuviera expuesto ni un pedacito de mi calva, y regresé a la marquesina.

La escena que me encontré era de miedo.

Los batá seguían tocando, furibundos, poseídos, hermosos. Una mujer limpiaba la carne y el caldo que yo había tirado. Ochún estaba de rodillas, gimiendo en lucumí,  sus brazos extendidos en dirección a Changó.  Changó estaba al lado de madrina Carmen, las manos fibrosas alrededor del cuello de la doña, susurrando acusaciones que yo no podía escuchar, Carmen agarrando las manos del que era su santo y el mío, rogando por su vida.

Todos rogaban. Alguno que otro gritaba, gimiendo, y recordé los chillidos de los chivos.

Changó soltó su presa, su hija. Golpeó el racimo de plátanos que adornaba la pared, y luego tornó su cuerpo en mi dirección. Caminó hacia mí. Yo temblaba. ¿Tal vez me ahorcaría, por mi fracaso?

Pegué la barbilla del cuello, para protegerme del ataque de mi santo, y encorvé la espalda. Pero Changó puso sus manos grandotas bajo mis codos, me levantó hasta llevarme al nivel de sus ojos negros, y me dio un beso en la frente. Luego me tomó en brazos, como si fuese una bebita. Se sentó en una de las sillas y allí me acunó largo rato.

La gente se fue calmando, la conversación se animó, el baile se reanudó, tentativo, y los platos de carne guisada de chivo continuaron circulando, más y más. Papá Changó me dió un caramelo de miel que le trajo Ochún para mí. Mamá Ochún se sentó con nosotros y me dio arroz blanco en la boca, arroz ligerísimamente mojado con caldo de chivo, con una cuchara. Yo estaba a punto de dormirme al calor de mis bigotudos, tiernos y divinos progenitores, a pesar del hambre, a pesar del susto, cuando recordé a mi mamá terrenal, a mi hermanito en su barriga. Me pregunté si Teté, como yo, habría vomitado al ver el plato de chivo guisado. La busqué con la vista.

Pero mi mamá ya había salido. Su silla estaba ahora ocupada por una mujer anónima, vestida de tie dye violeta, comiendo chivo con fruición.

“Fue el batá”, dijo uno de los asistentes.  “Aceleran los partos, es una cosa muy fuerte para una mujer preñá.”

Y entonces fue que verdaderamente tuve miedo.

*Publicado previamente en la revista ochenta grados.

fantasma

neuronsEl olor era claro, agudo, perfecta e inevitablemente separable de otros olores en su entorno. Pero a la vez, me resultaba completamente desconocido, no identificable. Químico, pensé, tal vez alguna emisión de una fábrica vecina, y cerré las ventanas del auto. Pero el olor continuaba: de hecho se hizo más intenso. Tenía que venir del propio auto. Está en los ductos de aire acondicionado, de seguro.

Decidida a prevenir nuestro envenenamiento, llevé el auto al mecánico. El aire estaba bien, me dijo. Nada fuera de lo normal.

¿Y cómo era ese olor?, preguntó.

Químico, contesté. No sé, no lo había olido antes.

Se encogió de hombros. Internamente lamenté su evidente incompetencia, su indiferencia de burócrata hacia la salud respiratoria de mi familia.

Al día siguiente, sentí el olor en uno de mis salones de clase. Parece que el aire está contaminado aquí también, pensé, ahora más indignada. Este asunto era un problema general, tal vez hasta una causa.

Pero esa noche, el olor estaba en casa. Y en casa no hay aire acondicionado. ¿Vendría acaso de mí misma, de mi propio cuerpo?  Le pregunté a mi familia. No, no olían nada en el aire. No, tampoco en mi piel, ni en mi exhalación. No había tal olor, insistían.

Nadie más podía olerlo. Sólo yo. Era químico, desconocido, y mío.

***

Me puse (por supuesto) a buscar en internet. Mis pinitos de internauta autodidacta comenzaron, un tanto patéticamente, con las palabras clave “un olor que no está”, “un olor que otros no huelen”, “olor químico desconocido.” Al cabo de una hora o dos, me había puesto más sofisticada. Buscaba cosas como “phantosmia” y “alucinación olfatoria”, y a cambio aprendía sobre narices, cerebros y sobre las posibles causas del fenómeno que me aquejaba: actividad epiléptica, un tumor, Parkinsons, un catarro discreto.

Movida por el optimismo y el principio de parsimonia, decidí explorar la hipótesis del catarro, y fui a un médico de familia. La interacción fue parecida a la que tuve con el mecánico. Los ductos respiratorios: bien. Los pulmones: bien. La garganta: bien.

¿Y cómo exactamente es ese olor?

Como… químico. 

¿Cómo que “químico”?

Pues químico, a un químico, no sé, nunca lo había olido antes.

…Pues no sé….tendrá que ir al neurólogo.

El buen doctor tenía cara de preocupación, de modo que antes de ir al neurólogo, se me ocurrió la bendita idea de rebuscar las memorias ajenas en busca de información sobre mi abuela materna, que había muerto hacía mucho de cáncer cerebral. Supe que murió a los cuarenta años de un tumor en la cabeza; que uno de los síntomas era un olor que no podía identificar (era huevo podrido, y quemado, creo que dijo alguna vez); y que tenía además el pelo y las uñas muy débiles.

En los días que describo, los días de la génesis de mi olor fantasma, yo también tenía cuarenta años. Mi pelo y mis uñas se habían puesto frágiles a partir de mi último parto, cinco años antes.

El olor a químico se me antojó de pronto un poco como un anuncio de lo infernal, en el sentido clásico de la cosa como el paraje habitado por los muertos. De hecho, dicen que el infierno (en el sentido más cristiano y popular de hogar del diablo) huele a azufre. Pero tal vez ese dicho se lo inventaron cuando los olores “químicos” a los que las narices comunes y corrientes tenían acceso eran pocos y el azufre era más común que otros. ¿Qué tal, pensé, si el infierno sencillamente huele a químico?

Las búsquedas en google se tornaron más enfocadas. “Tumor” y “phantosmia”, “brain cancer” y “olfactory hallucination”. Eventualmente “brain cancer” y “prognosis.” Todo ello mientras me halaba los pelos y me masticaba las uñas, empeorando y confirmando así la debilidad de ambos. A veces lloraba, también.

Y escribía, escribía como una condenada, escribía como quien se rasca una picada, como un perro recién bañado que se sacude o un humano recién parido que llora o un prisionero torturado que confiesa lo que no hizo: Inevitablemente, irreflexivamente, buscando alivio, y porque sí.

Llamé al neurólogo. Amabilísimo y cortés (comportamiento altamente sospechoso e inusual en un especialista) este señor me mandó a hacer un MRI inmediatamente, confirmando así mis peores y más hipocondríacas sospechas. Me hice un calendario mental (viajar a Italia, conversar con mis hijos, ir a la playa) y continué alternando trabajar, escribir, llorar, y arrancar pelos y uñas mientras esperaba los resultados, que tardaron algunos días.

Las noticias del MRI (en contraste con su riqueza visual) eran parcas, pero buenas. No había tumor.

***

El olor siguió allí. Iba y venía, sin avisar. Traté de correlacionar sus llegadas y partidas con alimentos, horarios, eventos, climas, patrones de sueño. Nada.

Todavía me visita, aunque con menos frecuencia.

Sumida en mi pequeña, secreta, rutinaria y boba condena olfatoria, me he preguntado si hay una relación entre ese olor y la escritura. Y al parecer sí. Es posible que haya una relación entre el acto o las ganas de escribir, las alucinaciones de todo tipo, incluyendo olfativas, y la actividad del lóbulo temporal. De hecho es posible que existan relaciones (cuando del cerebro y de los humanos se trata, hablar de “una” relación resulta medio simplón) entre la producción creativa, en general, y esa región entre la sien y la oreja. Que allí ocurren (y/o provocamos) cosas. Eventos. Cambios químicos, físicos o eléctricos masivos como catástrofes o sutiles como brisas y vuelos de mariposa, cambios que pudiesen explicar, o complicar, la aparente relación entre mi olor fantasma y el impulso de ordenar significados a través de las letras.

La neuróloga (y escritora exquisita) Alice Flaherty describe algunas de esas relaciones en The Midnight Disease, la enfermedad de la medianoche. Examina, por ejemplo, la producción creativa masiva y novedosa de Van Gogh, Flaubert, Dostoievski, todos ellos maldecidos con epilepsia temporal. Examina también su propia crisis post-parto, caracterizada tanto por la escritura constante e incontrolable como por voces internas que eran casi-casi alucinaciones. Hipotetiza una relación parecida entre la actividad cerebral y la experiencia mística, y el fenómeno cerebral como el origen del concepto de “musa” creativa.

Y aclaro que no es que me ponga yo en esa categoría, en esas ligas artísticas y estéticas: La mayor parte de los seres que se ponen a escribir a la vez que se les activan voces, visiones y otras formas de alucinación no producen nada demasiado interesante. El elemento común es más bien el volumen de la cosa, y el producto más común es más parecido a un diario o una colección de videos caseros que a una sinfonía. Pero creo que ustedes me entienden cuando digo que tengo que escribir para entender, o que sencillamente tengo que escribir.

Un olor claro pero desconocido, que visita con frecuencia pero sin aviso, que puede o no guardar alguna relación con las otras cosas, tontas o profundas, que me definen. Tal vez soy afortunada. Tres neuronas a la izquierda y quizá estaría escuchando voces o viendo criaturas fantásticas dentro de mi sandwich. En la jerarquía de los sentidos, el olor no es demasiado importante, y quizá por eso mismo resulta más aceptable, en términos psicosociales, oler una peste que otros no huelen que ver seres u objetos que otros no ven, o escuchar voces que otros no escuchan.

Pero de algún modo es un goce, un alivio, reconocer la existencia de conexión y de misterio. Porque el fantasmal olor que me visita es un misterio, y como tal me sirve como recordatorio de lo misterioso que es el mundo, empezando por mi propio cuerpo y mis sentidos. Me sirve para no tomarme demasiado en serio lo que creo ver, tocar, oler, saber, conocer, pensar.  Y a la vez para recordar que a veces, incluso sin querer, incluso en las áreas más triviales, más ridículas, nuestro cuerpo nos permite, nos impulsa y nos obliga a crear y recrear lo innombrable, lo inefable, lo que no existe.

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Publicado previamente en la revista 80grados.

primavera y democracia, parte 5

Llueve en Arlington, Virginia, el espacio donde mi familia se ha exiliado.  My commute cotidiano se complica, o más bien se moja,  y me veo obligada a caminar una milla bajo las gotas.  Sonrío con expresión boba, y sonrío más cuando imagino a los indignados peatones que miran mi sonrisa boba y posiblemente piensan “qué le pasa a esa boba”, porque descubro la fuente de mi bobería y aparente pasividad frente a la lluvia.  Y es que tal vez porque la lluvia pone ñoña a la gente, o porque esta lluvia en particular me recuerda otras lluvias igualmente particulares, estoy recordando a las muchachas y muchachos que hace unos meses, en la primavera del 2010, tomaron los portones de la Universidad de Puerto Rico.

Todavía eran sospechas, las que guiaban las mentes de los “revoltosos” que cerraron la universidad.  Aún no habían subido la matrícula, por ejemplo, aunque había rumores de que ello ocurriría.  En aquel momento, los/las estudiantes protestaban por la certificación que separaba las ayudas de “mérito”, como la matrícula de honor o las becas de atletas, de las de “necesidad”, como la beca Pell. Protestaban también el silencio de la administración frente a sus reclamos justos realizados a través de los canales adecuados.  Protestaban la falta de transparencia y la mala fé.  Protestaban acampando frente (detrás) de los portones de cada recinto.

De vez en cuando, por aquello de mantener la causa a la vista y la gente ocupada, convocaban a una marcha, de mayor o menor envergadura.  Una de las marchas (tan básica, tan simple) envolvía salir de cada portón hasta llegar al principal, y allí dar unas vueltitas.  Allí nos encontramos las/los estudiantes y las/los otros – profesoras, profesores, empleados/as, gente de por ahí…No éramos muchos.  Después de todo se trataba de Mayagüez, no de Rio Piedras, y no había prensa ni gentío.

Pero el caso es (téngame paciencia, lector amable, que el caso, que el punto, viene, es que mi cerebro funciona así, poquito a poco, y va cogiendo impulso) el caso es que caminábamos, los profesores, los obreros, y los estudiantes, y que de repente, llegando a la meta, al portón de la Vita, al espacio en donde daríamos las consabidas vueltitas, comenzó a llover.

Llovía como llueve en Mayagüez, como llueve en Puerto Rico: como si se fuera a acabar el mundo, excepto que es todos los días y que el mundo, mal que bien, sigue ahí, más o menos igual,  cuando el sol sale y lo seca.

Y en ese momento, en ese instante donde la lluvia comenzaba, se definió una diferencia generacional: Las estudiantes titubearon solamente un instante, que invirtieron en mirar el cielo, y sonreir,  y luego comenzaron a dar las vueltas acordadas, excepto que en lugar de caminar, bailaban.  Muchachos de cabellos largos, chicas de cabellos cortos, algunos con lentes, otros con pañuelos, tatuados, severos, saltarines, torpes…Los estudiantes bailaban.

Y en ese mismo momento, los más viejos titubeamos unos cuantos instantes y luego nos replegamos. El contingente obrero se refugió bajo un par de sombrillas compartidas, y los profesores nos dispersamos.  Yo acabé protegiendo mi computadora con mi cuerpo, metida en el carro de un colega, mirando de lejos (tan cerca, tan lejos) a los estudiantes que bailaban.

Ese es el recuerdo que me sobrecoge mientras camino bajo la lluvia desde mi trabajo hasta mi casa.  Alguien dijo una vez (quisiera recordar dónde leí esto, si alguien sabe dígalo) que la verdadera diferencia entre la tragedia y la comedia no es que la tragedia es triste, y que la comedia es feliz, sino que la tragedia siempre trata con unas emociones y eventos individuales con un desenlace inevitable, y la comedia trata con unas emociones y eventos sociales con desenlaces sorprendentes.  La tragedia es individual, la comedia es social. La diferencia no estriba en la profundidad o superficialidad de un género sobre el otro, sino en la óptica de la cosa.

La universidad y la felicidad, escribió Ana Lydia Vega hace unas décadas.

Miro el cielo, y sonrío.  No se trataba de sufrir, la huelga creativa del 2010, sino de sonreír y actuar.  Aún bajo la lluvia.  Aún bajo la lluvia.  Especialmente bajo la lluvia.