el mendigo, en tiempos de la cuarentena

homeless feet onlyEs viernes (creo que «santo», no recuerdo y no importa demasiado). Cae una llovizna fina que casi parece nieve. Se nos ha acabado la leche. El aguacate que compramos hace tres días finalmente maduró.  Cuomo nos ha invitado a estar «cautelosamente optimistas».

Desde que se nos rompió nuestro carrito de compras, hay que hacer compra con mayor frecuencia.

La muerte prematura del carrito fue cosa de la epidemia también. Es uno de esos que funciona solo en línea recta, que no tiene la capacidad de torque para ejecutar una curva. Andaba mi esposo empujando el carrito cuando se encontró de frente con una señora con cara de susto y desenmascarada (qué cosas, en estos días son los desenmascarados, no los enmascarados, los que meten miedo) y, tratando de evitarla, viró el carrito de forma tal que se rompió.

Pero ese es un cuento pequeño y aparte del que hoy me ocupa. Hoy fui a hacer compra, con mis dos bolsas gigantes, una en cada brazo, donde llevo lo pesado, y dos más pequeñas, una para cada brazo también, donde llevo lo liviano y/o delicado. En tiempos de cuarentena solemos desarrollar sistemas como éste para todo hacer o quehacer cotidiano. Esperando el cambio de luz en la esquina, se me acerca un mendigo, me dice (en inglés) Tengo hambre, deme un par de pesos, le digo No tengo efectivo (y es cierto, porque mi sistema involucra el uso, más simple, de una tarjeta de crédito, ya que pertenezco al sector privilegiado de los que tienen esa cosa, crédito, en este sistema), me insiste Tengo hambre, le sugiero que ya que voy al mercado, le puedo traer, cuando salga, alguna cosa. Mi sistema, añado con cierto orgullo, toma 10-15 minutos, a lo sumo. Y qué me trae, pregunta, Bueno, contesto, podría ser guineos, o manzanas, algún dulce, platanutres, Pues tráigame guineos, que sean dos y no estén demasiado maduros, porque no me gustan maduros, pero tampoco verdes, por supuesto, y ensalada de atún, asegúrese de que NO sea pollo sino atún, y que traiga uno de esos cuchillitos de plástico para untarle el atún a las galletas, Algo de beber, pregunto, No, gracias, contesta. Nos vemos aquí mismo, en quince más o menos, prometo.

Dentro del supermercado, tomo especial cuidado en conseguir lo que me ha pedido, en elegir los guineos del color preciso y asegurarme de agarrar el meal kit de atún, y no el de pollo. Añado unas barras de granola y un chocolate.

Otro cuento dentro del cuento, que viene, aunque no venga, al caso: en el proceso de ayudar a la cajera  a acomodar mis muchos artículos, y de separar los del hombre que me espera en una bolsita aparte, la tela de mi mascarilla homemade invade el área de mis ojos y digo en voz alta, en español y por impulso, Pera que no veo tres carajos, y la cajera se sonríe (que duchos nos hemos vuelto, en esto de reconocer sonrisas por encima de las máscaras que las cubren), y entre risitas y en un español muy boricua me contesta No se preocupe, que no hay prisa.

Regresando a la historia original, al fragmento de este diario wanabí que mantengo de mi Nueva York en los tiempos del coronavirus: salgo a la calle balanceando el peso de cuatro bolsas, miro el reloj, han pasado exactamente quince minutos, y mi mendigo no está en la esquina acordada. De hecho no está en ninguna esquina visible.

Pero allí, frente al mismo super, me encuentro con una mendiga, desenmascarada y con rosácea, tengo hambre, me dice, con la sonrisa más triste que he visto en mucho tiempo. Pues mire, le contesto, resulta que tengo esta bolsita, tiene guineos, atún, barras de granola… Y sin dejarme terminar, extiende unas manos muy blancas, muy limpias, y toma de las mías la bolsa que le ofrezco, con la sonrisa más feliz que he visto en mucho tiempo, Gracias, dice, Bendiciones, No es nada, le contesto. Y sé que realmente no lo es.

Me pregunto dónde podrá sentarse a comer, ahora que todos los parques de la ciudad están cerrados y los albergues, esos focos de infección ignorados, están llenos y no tienen sillas y mesas pa’ tanta gente.

Acabo de regresar a casa y terminar el tedioso trabajo de limpiar cada artículo. Mientras escribo en este diario, se me ocurre que hoy re-aprendí dos viejas lecciones. Una, que los mendigos no están como cualquiera pero son como cualquiera, que pueden tener preferencias alimentarias y capacidad para la travesura, para sonreír, agradecer, impacientarse. Tendencia al enojo, alergias a las nueces, canas, rosácea, manos de violinista clásica.

La otra, que la caridad es un mal parcho, que el capitalismo está lleno de agujeros, y que los pobres no nos deben nada.


Esta entrada forma parte de un diario de campo que voy escribiendo en los tiempos de la pandemia de COVID-19. Pulse aquí para ver la anterior, «el numerito diario en tiempos de la cuarentena». 

El numerito diario en tiempos de cuarentena

coronavirus dead. Photo by Demetrius Freeman NYT
D.Freeman, New York Times

Hace un par de días, el gobernador anunció que en el estado llevábamos dos días de menos muertes. O de menos muertos. Nos recomendó recibir esos números con alguna esperanza pero mucha cautela. Hizo bien, porque al día siguiente, las muertes volvieron a aumentar. 731. 

Prefiero decir «muertos» a decir «muertes». La muerte es una abstracción. El muerto tiene venas y neuronas, tiene nombre e historia, tiene algún reparo, algún remordimiento, alguna querencia, alguna virtud (tal vez sublime), algún defecto (tal vez imperdonable). Tiene listas de cosas por hacer, tal vez hasta ilusiones. Pueden ser modestas, tontas, improbables, vulgares, extraordinarias, pomposas, pero igual las tiene. 

Tuvo soledades, de seguro. Es parte de la condición humana, y digo condición así como  quien dice sustancia constante, independiente del estado, como cuando digo que agua, hielo y vapor son, al final, la misma cosa. Tuvo soledades, y probablemente sufrió la última, la más triste: la de apagarse solito en una camilla. Si tuvo suerte, mucha suerte, lo acompañó la lágrima o la sonrisa de una enfermera milagrosamente desocupada, y digo «milagro» porque no hay manera de adverbiar «carambola» (¿carambolosamente?), sé que podría decir «forma adverbial de» pero déjenme quieta, culpe a mi «estilo», lo que sea que quiera decir “estilo”. 

A veces repasan algunas de sus historias. Las de los muertos, digo. Human interest, le dicen a ese tipo de noticia. A veces las leo lento y de cerca. A veces, para mi vergüenza, les paso el ojo por encima muy rápido, distraída, empeñada en llegar a lo que me ocupa, que es el numerito ese, el de las muertes que deberían ser muertos, como el muerto mismo cuya memoria mi prisa acaba de deshonrar. Así son la epidemias. Lo mismo pasa en las novelas. La Peste de Camus tiene muchas muertes y pocos muertos. Los muertos tienen el “privilegio” de serlo por razones literariamente importantes y humanamente arbitrarias. El más importante en La Peste es probablemente el niño sin nombre pero con apellido a quien el autor le dedica un capítulo completo. No fue el primer niño en morir, ni el más pequeño. Pero fue el primero que le quitó el aliento a esa piedra que es el médico, Rieux, el primero y el último que casi, casi le roba al cura su fe, esa misma fe que al final lo mata. 

Human interest. Las historias de interés humano que más le gustan a la prensa estadounidense (o al menos las más detalladas) son las de gente que gana la “batalla” con el virus. 

La “batalla”. Se me ocurre que en lugar de usar la guerra como metáfora para la epidemia, algún día usaremos la pandemia y la virulencia como  metáforas para la guerra. O eso espero. 

Agradezco los números, sin embargo. Agradezco ese esfuerzo de contar gente. Espero que mejore y se expanda para incluir a los que mueren en sus casas, pero me alegra saber que alguien los cuenta. Quiere decir que, de algún modo, cuentan. Con sus venas, sus historias, sus remordimientos y sus ilusiones, cuentan.  


 

Esta entrada forma parte de un diario de campo que voy escribiendo en los tiempos de la pandemia de COVID-19. La primera es El cuerpo en tiempos de cuarentena, y la anterior a ésta se llama El paseo en tiempos de cuarentena. 

 

 

 

 

Los chulos

ilustración de Primera Hora.

El decrépito edificio estaba en una de esas áreas donde sobreviven sólo gomeras, garajes y gasolineras. Tal vez algún kiosko de pinchos o fritanga. Al principio creí que me había equivocado de dirección. La puerta principal daba hacia la calle y (a pesar de la vejez) su marco, doble hoja, y picaporte anticuados le daban un aire de cierta dignidad descascarada. Pero el número a la derecha no coincidía del todo: #710, decía. Decidí darle la vuelta al edificio. Y efectivamente allí, al costado, estaba la puerta (también descascarada, pero sin marco, picaporte o dignidad) de una especie de sótano. #710-a.

“La privatizadora”, la llamaban y llaman en el caserío. Siempre me ha llamado la atención ese nombre tan orgánico. Actúa como sustantivo pero también evoca un verbo, “privatizar”, transparente y pintoresco, que le da sabor local a una movida típica de las economías en “shock” sujetas a reglas neoliberales de “ajuste estructural”.

Nos había enviado, a “pedir permiso”, María, presidenta del Consejo de Residentes y guardiana designada del centro comunal, el único espacio apto para llevar a cabo actividades que requirieran techo y produjeran sonido: la biblioteca cercana exigía silencio, y la cancha estaba permanentemente rodeada de jeringuillas usadas que nadie quería pisar.  

Nos abrió una mujer joven con tacones y ropa ceñida. Al fondo, nos ignoraba una segunda mujer, de más edad, vestida con uno de esos uniformes que suelen usar las maestras y las monjas dominicas, y protegida por una de esas barreras plásticas con media claraboya que le ponen a ciertas gasolineras u oficinas gubernamentales.

La interacción fue más o menos así: Saludos,tenemos cita para tal hora…Espere aquí, que le voy a preguntar a Míster Ortiz…Puede bajar, la está esperando.

Bajamos las escaleras para llegar a lo que, se me ocurre ahora, era básicamente el sótano de un sótano. El espacio era amplio pero oscuro, iluminado por la luz de un ventanuco y tres tubos desnudos incrustados en el  techo. En contraste ,el mobiliario me pareció lujoso. Madera pesada, cuero, grandes cuadros, todo reluciente y nuevo, tan nuevo como la “privatizadora” que se incorporó justo a tiempo para la subasta gubernamental que le otorgó la administración de los caseríos de nuestra región.

Míster Ortiz lucía corbata roja y traje azul, de rayas y brillo leves. Eso que llaman “power suit” y que, supongo, complementaba su “power desk” y su “power table.” No le estaba claro nuestro propósito, dijo. Es muy simple, contesté. Una docena de muchachos, algunos días de repaso para el college board, todo gratis. Lo único que queremos, añadí, es conectar a los estudiantes del residencial X con la UPR, con la universidad pública….

Tal vez fue ese adjetivo, “público”. O la palabra “gratis”. El caso es que parecía muy confundido. Okay,dijo, le sacamos las copias del flyer aquí, con nuestro logo, y le decimos a los del consejo de residentes que las repartan…

No gracias,las repartimos nosotros, muchas gracias por atendernos, adiós.

Nos fuimos con ese “permiso” perplejo y robado.  

En algunos residenciales, los consejos tienen un liderato significativo. Pero en muchos, como el nuestro, su autoridad se limita a seguir las órdenes de individuos como Ortiz: repartir pintura, pegar flyers, establecer o romper alianzas. Ser los cerberos de la llave del centro. Esto es especialmente cierto en residenciales, como el nuestro, en donde  la “privatizadora” establece su oficina fuera del residencial, en este caso a dos millas.

Así funcionan los “poverty pimps”, los chulos de la pobreza. El epíteto describe individuos y entidades que aprovechan la pobreza de los sectores más vulnerables para generar ganancias. Esta “privatizadora”, como tantos otros “chulos”, funciona como una operación piramidal, multinivel: algún rico hace donativos de campaña y crea la compañía para poder participar en la subasta de servicios públicos y esenciales (como vivienda) que operan con fondos nuestros, federales o ambos. Ese, y sus accionistas, hacen chavos, riqueza de verdad. Contratan a su vez esbirros finos para poblar las oficinas centrales y ganar excelentes salarios. Estos tipos finos, por su parte, establecen oficinas regionales y contratan unos menos finos pero con experiencia, no tanto en el tema en cuestión como en la gansería.  Esos ganan bien, y contratan…a gente como Ortiz. Los “Ortiz”, por su parte, decoran sus sótanos, se protegen y distancian lo mejor posible de la pobreza, y contratan alguna muchacha anónima para que les sirva de interfaz con el caserío que ellos rara vez visitan.

Ortiz gana poco dinero pero bastante prestigio. Al fin y al cabo, en estos tiempos, basta con tener un traje y un empleo de escritorio, cualquiera, para tener más prestigio que la mayor parte del prójimo. Para que te llamen Míster y usté. ¿La muchacha? Su madre ha sido despedida, su padre teme por su pensión. Paga la luz y ahorra para casarse y montar una Massó en el techo. Gana poco (algo es algo, le dicen, por lo menos tienes trabajo) e interactúa con el residencial sólo a través del consejo.

Por su parte María, “la presidenta” del consejo, no gana dinero pero sí algún capital social. Su posición atrae, por ejemplo, la atención de algunos políticos locales, dispuestos a proporcionarle un empleo a, digamos, un sobrino, a cambio de usar sus conexiones (y la llave del centro comunal) para unas festividades que a su vez traigan votos, muchos votos…

Los chulos de la pobreza aparecen con mayor frecuencia en ciertos espacios. En los residenciales, por ejemplo. Administran complejos de vivienda, cobran renta, cortan grama, y hacen chavos. Tiburonean tutorías escolares para los chicos y talleres para los maestros, y hacen chavos. Reclutan universitarios que les entregan su beca pell a cambio de un certificado inútil, y hacen chavos. Bailan, cantan, pescan votos, y hacen chavos. Y, por qué no, reclutan nenes para velar el punto de drogas, y adolescentes para convertir en gatilleros…y hacen chavos. La chulería es siempre piramidal: riqueza arriba, migajas abajo. A través de los años, me he encontrado de frente y conversado con ejemplos de todos los anteriores. Así los vi, así conversé con ellos, así los escribo…

Por aquello de que estamos más que nunca en “shock” y “ajuste estructural”, permítanme atacuñar aquí una idea final:cuando un país pobre vende lo público, los chulos se multiplican. Chulos de toda pinta y nivel que en el corillo, el carro o la fiesta, repiten que los del caserío son unos “manteníos” que han llevado al país a la quiebra.

Notas: Publiqué esta entrada ayer en la columna «Será otra cosa», del periódico Claridad. Los nombres propios y algunos detalles de estos eventos han sido alterados o combinados. 

 

 

nieve

snow_flurryEstá nevando.

“Flurries”, le dicen a estos copos. No sé como decir “flurries” en español. El diccionario me responde “ráfagas”, y  se me ocurren también asociaciones como “avalancha” y “abundantes”, así como en “a flurry of documents”, pero todas esas palabras designan otros significados que poco o nada tienen que ver con estos copos de hoy, los del paisaje que veo por mi ventana.

De modo que hasta donde sé, en español los que estoy viendo se llaman “copos”, así como se llama toda partícula de nieve al caer, independientemente de su grosor, densidad, textura o destino.

Al final todo es agua, supongo.

Pero estos copos son livianos y pequeños, más parecidos a la espuma que al hielo, a la esperanza que a la expectativa, aunque a los primeros los pensemos como modos de “agua” y a las segundas como formas de “esperar”.

Como la espuma al tocar la arena, estos copos que observo se disuelven al tocar el suelo. Su existencia es posible sólo en movimiento y sólo en tanto se dirijan, zigzagueando o en línea recta, hacia su propio final, que parecería ser también su fin.


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Casas en el agua

parguera casetasEl año,creo,era 1998, y yo estaba reunida con un casetero, a quien llamaré Leno, en la sala de su caseta, él enfrascado en el relato de la historia de su caseta, yo escuchando y a la vez un poco distraída con el mar, porque allí estaba el mar, tan cerquita, tan pleno, tan calmo y rebosante de pájaros blancos, allí mismo, a nuestro lado.

Esa es la experiencia en una caseta. Cuando decimos que las casetas de La Parguera están en la “zona marítimo terrestre” estamos describiendo una realidad espacial y jurídica pero también literal y con algo de poesía: la entrada está en tierra, el balcón en el mar.

Hurgo en mis recuerdos y en las notas, que aún conservo, de la entrevista que le hice a Leno, porque estoy buscando inspiración para escribir aquí sobre el tema escabroso de las casetas en La Parguera, construidas sobre pilotes dentro del agua, que el PS 1621 busca legitimar con la designación de una “zona de planificación especial turística de las casetas y muelles sobre el agua y terrenos de dominio público en La Parguera”, y así resolver su “incertidumbre jurídica” y cobrar “cánones de uso”.

La “controversia” parece clara: de una parte, están la mayor parte de la comunidad científica, el departamento de recursos naturales, la mayor parte de la izquierda y los ambientalistas…De la otra, los dueños de las casetas y sus círculos, los alcaldes del área, la mayor parte de los senadores y representantes, y personajes variopintos que expresan públicamente su apoyo, como la ex-contralora Colón Carlo.

Se trata de un tema incómodo para mí. Y se me ocurre que las razones de mi incomodidad pueden ser las mismas detrás de la mentada “incertidumbre jurídica”, y permanencia de las casetas. Porque esa permanencia es, bien mirada, un hecho extraordinario: las casetas son, claramente, ilegales, porque están en la zona marítimo terrestre.Su uso es mayormente vacacional. Muchas son propiedades fantasma, que ni aparecen en el registro de propiedad. Y sus dueños no son “rescatistas” tradicionales en busca desesperada de vivienda. Los críticos tienden a pensar que su permanencia se debe a que tienen amigos poderosos, y creo que tienen razón, pero también que el asunto es más complicado, y más interesante, que sencillamente un caso de “influencias”.Nos toca entender cómo surge ese arraigo, cómo han logrado permanecer. Pero primero, dejemos mi conflicto establecido: Esa ley me parece un disparate y espero que el gobernador no la firme; pero, como tantos, he disfrutado visitas en casetas y cuento con amistades que, al leer esta columna, tal vez dejen de serlo, porque viven enamorados (¿quién no lo estaría?) de sus casetas.

Así, enamorado de su caseta, estaba Leno. Le advertí que no estaba de acuerdo con la construcción ilegal costera, pero él, generoso, continuó la conversa y contestó mis preguntas. Me contó que conoció La Parguera en los sesenta: “Mi hija vino aquí a las seis semanas de nacida, a la caseta donde nos quedábamos…La Parguera ha sido siempre parte de mi vida, la mejor parte. Porque yo vivo en [ciudad cercana], pero yo verdaderamente existo en La Parguera.” Eventualmente compró la caseta, y visitándola se criaron sus hijos. “La vida en el mar, eso es lo más sano para la familia”, me dijo otra casetera. Ese discurso de apego, pertenencia, familia sana, de vínculo histórico y existencial, es típico de los caseteros que hoy impulsan el P del S 1621. Algunos han colocado fotos de su caseta en los medios sociales y expresan sentimientos como el siguiente:“¡Aquí está nuestra caseta,llena de amor, de fiesta, de unión familiar, nuestro hogar…yo nací y me crié allí, por eso yo soy de La Parguera!”

El sentimiento de pertenencia suele ser genuino, y es también una estrategia que los caseteros han utilizado históricamente para construir y persistir. Las primeras casetas fueron comisionadas por familias que los viejos del barrio describieron como “pudientes”,en los años treinta del pasado siglo, y a su lado chapoteaban (el agua estaba más limpia entonces) tanto los niños “de pueblo” como los de “comunidad”. La “comunidad” por su parte, estaba constituida fundamentalmente por pescadores, pero creció y diversificó en los cuarenta y cincuenta cuando se repartieron las parcelas (que no están en la costa). Los caseteros usan estas historias para explicarle a sus interlocutores que ellos “son de allí”, que sacarlos “es una locura”.

Otra estrategia, muy relevante ahora, ha sido la forja obstinada de pequeñas señales de “legalidad”. En los treinta, obtenían el visto bueno gubernamental si publicaban primero un edicto y nadie se oponía a la construcción. Así surgieron las primeras y se fueron convirtiendo en parte del paisaje. En 1969, había ya cerca de cien casetas, y se les ordenó desalojar en un término de sesenta días: No pasó nada. En 1978, el gobernador firmó un acuerdo con la Junta de Planificación y el Cuerpo de Ingenieros que las obligaba a salir antes de 1985; pero en 1979, otorgó “permisos de uso” parecidos a los que propone el proyecto actual. Los caseteros continuaron construyendo al amparo de la noche, con la mano de obra de los carpinteros y chiriperos locales. En los ochenta, cuando un grupo de familias de escasos recursos obtuvo nuevas parcelas, los caseteros ofrecieron colaborar económicamente en la construcción de un alcantarillado para el uso de los rescatadores–y, por supuesto, las casetas.

En términos generales, no absolutos, los residentes de las parcelas son de clase trabajadora (algunos pescan, y muchos descienden de pescadores), y los caseteros tienden a ser profesionales. Cuando les preguntaba a los primeros sobre el tema, algunos se pronunciaban absolutamente a favor, y otros resueltamente en contra, pero la mayoría expresaba ambivalencia: “Esos son los ricos, los profesionales. No necesitan vivir allí,tienen sus casas. Nos limitan el acceso de los botes al agua. Pero también nos dan trabajito, limpiando, o de carpintería, cualquier chiripa que haga falta…” “Los caseteros, lo que pasa es que pagan bien, sobre todo cuando quieren hacer la caseta más grande, o arreglar el muelle, y entonces hay que construir y hasta pintar de noche, velar que no venga la gente de Recursos.” Los caseteros proveen algunas oportunidades de empleo a cambio de del acceso (físico y visual) al mar, que sigue siendo importante para algunos pescadores pero para muchos residentes no vale la pena discutir. El crecimiento histórico de las casetas ocurrió al mismo tiempo que el de las parcelas, de modo que ambos tipos de residente sienten que, en efecto, “son de allí”.

En 1996, armados con un aparato de abogados y relaciones públicas, los caseteros recibieron al entonces gobernador para un “tour” del área, al final del cual Roselló decretó, para la prensa, “Ahora soy yo el que dice que se quedan.” Ya para esa época eran doscientas, algunas pagaban impuestos al CRIM, otras habían obtenido “permisos de uso” del Cuerpo de Ingenieros, y casi todas tenían y pagaban servicios de agua y luz.

parguera aerea

Los que las apoyan las describen como parte esencial de un paisaje “hermoso” o “de revista”, utilizan adjetivos como “encantadoras” y frases como “Venecia de Puerto Rico” (esa, pintorescamente, se cuela hasta en el texto del proyecto de ley que hoy nos ocupa). Las plantean como parte del “atractivo turístico” de la zona, objeto de la mirada de los que “pasean en bote para ver las casitas de colores que son parte esencial de la imagen de La Parguera”, y “una cosa linda para los turistas, que vienen aquí buscando una villa pesquera.” El litoral será parte del “dominio público”, pero los caseteros lo han convertido en propiedad privada, pública sólo en tanto objeto de la mirada del otro y parte de la belleza y la salud económica del barrio.

Con esto de ser “de allí”, estampas de legitimidad, y alusiones al paisaje,las casetas han ido adquiriendo un aura que, combinada con las conexiones sociales y profesionales de muchos caseteros (no sé ahora, pero en 1998 veraneaba en ellas hasta un juez federal) sirve para complicar lo que debería ser un asunto simple: que el mar es de todos. Las casetas, igual que don Leno, son absolutamente encantadoras, pero están profundamente equivocadas.

El paso del proyecto por cámara y senado fue apresurado y nocturno, como la construcción de las casetas mismas. El momento histórico es importante: se nos viene encima la ley que crea una junta de control fiscal y relaja protecciones ambientales, se han creado incentivos para que se muden a la isla y compren propiedades algunos estadounidenses, se habla de agilizar la permisología.

Busco en internet los términos “casetas La Parguera” y veo, prominentemente, anuncios de alquiler y venta: “Casa acogedora en las aguas”, “hermosa cabaña frente al mar”. Fluctúan entre $250 y $500 por noche. Si usted desea poseer su propia caseta,las hay para la venta. Me llama la atención una de ellas. Tiene dos letreros que en mayúsculas advierten “MUELLE PRIVADO”. Piden por ella medio millón.

¿No tiene medio millón? Hay otra por sólo $350,000. El realtor la anuncia así:

“LA PARGUERA, DE REVISTA!!! ´AREA EXCLUSIVA EN LA PARGUERA…SEA UNO DE LOS POCOS AFORTUNADOS EN TENER UNA CASA EN EL AGUA EN LA PARGUERA.”

decoración de interiores

changó
artista:roberto silva ortiz, puerto rico.

Ando buscando dónde poner a Julia.

Julia de Burgos, la poeta puertorriqueña que aprendí a llamar «poetisa» en la escuela. Tengo en una pared de nuestra salita un poster sencillo –el rostro de Julia flota sobre un fragmento de Río Grande de Loíza-–en un marco barato.

Llevamos años con las paredes medio desnudas en casa. Pero hoy coinciden dos condiciones que nos catapultan al súbito estatus de gente «normal», los seres que tienen suficientes obras para casi todas las paredes de la casa: 1)nos hemos mudado a un apartamentito de dos habitaciones, uno de esos espacios encantadores donde sala, comedor y cocina son uno, y 2) le hemos pedido a un amigo querido, una especie de hermano que para mi fortuna, es también uno de los mejores artistas plásticos puertoriqueños de hoy, que nos envíe cinco prints de su fabulosa colección Amen-Aché. Esa colección adornará la mayoría de nuestras paredes importantes, y algunas de las cositas que actualmente cuelgan en nuestras paredes tendrán que cambiar de lugar.

Hay obras que lograrán quedarse y acompañarán a las nuevas–la Torre Universitaria de Martorell, el jazz callejero que me regaló mi tío, Verdeluz del Mar de Omar Quiñones (que he estado arrastrando, pobre cuadro, conmigo a donde quiera que me mudo por los últimos veinte años)…Pero otras, como el poster de Julia, han de trasladarse a otras paredes. Su forma es parte del motivo: Es un desafío–por ser poema, y como otras obras con la imagen de Julia, el cuadro es un rectángulo alargado que no necesariamente cuadra en toda pared. Busco una pared estrecha, y mi salita cuenta con dos: una para la bella mulata roja que es changó en la colección de mi hermanito, otra para la torre de la yupi.

Busco así dónde poner a Julia.

Considero brevemente una pared en el baño.

Me escandalizo. Me regaño. El baño merece arte, por supuesto, pobre baño discriminado, incomprendido, generoso. Pero Julia no se merece el baño.

Pienso en mi libro sobre Puerto Rico y la década de los setenta, el libro que debería estar en progreso pero cuyo progreso hoy se ha rendido, espero que brevemente, a la pregunta de dónde poner a Julia.

La respuesta lógica es mi escritorio, y tendré que hacer algunos movimientos medio extraños, y en realidad no «pega», pero es la que hay.

Pienso que Julia es una de esas figuras que representan la isla pero que no sabemos a ciencia cierta dónde poner.

Perla del Caribe, Isla del Caribe…

Es Borinquen la hija del mar y el sol….

Los himnos oficiales y extra oficiales de Puerto Rico la representan así, como una doncella tan primorosa y bella como mórbida. Nuestras mujeres e himnos aguerridos, sobrevivientes (Lolita, Blanca, la Borinqueña de Lola) no tienen el mismo arraigo en la imaginación y canción populares. Marta Aponte describió  no hace mucho algunas de las metáforas femeninas (las jibaritas, por ejemplo,  prostituidas o mancilladas) que son parte de nuestro pequeño universo de metáforas madres (y yo respondí con una reflexión sobre las metáforas «hijas».) Hoy añadiría que Antonia Martínez y Julia de Burgos se crecen en nuestra historia en tanto mueren, su fama tan sembrada en la muerte misma que es difícil imaginarlas vivas y a la vez famosas. Casi imposible, en el caso de Julia, y absolutamente imposible en el de Antonia.

Esas doncellas son una faceta de nuestro peculiar lamento borincano, donde la «madre patria» es la madre ausente, cruel, violenta que mata y coloniza y nuestra patria es doncella víctima que muere, que dejamos morir, que muere porque estamos pendientes de otra cosa. Esa patria o matria o isla-metáfora nuestra es frágil, como el corazón que denuncia la mentira, que se desnuda sobre la página y ante los ojos ingratos, como un balcón abierto en medio del corre y corre de una huelga que la policía detesta y a la vez no entiende. Es frágil, como la «juventud en flor tronchada» que describía el periódico El Mundo el cinco de marzo de 1970, como el cuerpo delgado que se esfuma en la adicción y en el exilio.

Es frágil, como un poema.