La demagogia pseudo-matemática del cierre masivo de escuelas

imagen: adepto.de educación

La demagogia pseudo-matemática del cierre masivo de escuelas

Una columna reciente en El Nuevo Día define las escuelas como un “servicio del mercado” que ha fracasado en Puerto Rico, y aplaude el cierre de cientos de escuelas como la solución a ese fracaso. El argumento del autor, un economista, se basa en una serie de números que juntos conforman un alegato pseudo-matemático: demasiados maestros, demasiados planteles, y muy pocos estudiantes.

Pero ese argumento es profundamente problemático.  Primero porque la premisa que le sirve de arranque tiene poco que ver con números y mucho que ver con ideología. La escuela pública no es un “servicio del mercado”, porque la educación no es lo mismo que una alfombra o un corte de pelo: es un derecho. Los estudiantes no son clientes: son el corazón y motor de la sociedad y la economía. Si no los educamos bien, fracasamos todos.

Segundo, porque los números pueden ser, en principio, una herramienta importante. Pero son, por sí solos, insuficientes. Mal utilizados, resultan, en el mejor de los casos, inútiles; y en el peor, demagógicos.

El sistema público de educación no puede estar regido por la lógica del lucro (y no nos engañemos, porque es el lucro, justamente, la esencia del mercado) por la misma razón que tampoco pueden estarlo, por ejemplo, un sistema de hospitales o de rehabilitación de presidiarios. Estos son servicios esenciales para la calidad de vida de los pueblos y requieren de una gran inversión y compromiso colectivos. Los mejores sistemas educativos del mundo son aquellos que protegen e invierten en sus escuelas públicas, no las que se las venden al mejor postor.

O tal vez debo decir al peor postor (¿o al peor pastor?), porque recién le han vendido la escuela Julia de Burgos a una iglesia evangélica, por un pesito. Ese número “1$” sí que es importante y necesita explicación.

Y es que algunos números sirven para proveernos información útil, y otros sirven para esconderla.

Los promedios de estudiantes por escuela que usan los que alegan que hay “demasiadas escuelas” no toman en cuenta el tamaño y tipo de los planteles. La mayoría de los cierres anunciados por el departamento de educación dirigido por la secretaria Keleher son de escuelas elementales: sin embargo, hay investigaciones rigurosas que sugieren que las escuelas pequeñas y comunitarias son mejores para el desarrollo académico y emocional de los estudiantes, especialmente en grados primarios. Como país, ¿queremos mover a esos niños a una escuela más grande y distante?

Los promedios de estudiantes por escuela que usan los que alegan que hay “demasiadas escuelas” no toman en cuenta la calidad de las mismas. ¿Cómo explicar, si no, el cierre de escuelas de excelencia académica como los son el 30% de las escuelas Montessori incluidas en la lista de cierres?

Los promedios de estudiantes por escuela que usan los que alegan que hay “demasiadas escuelas” no toman en cuenta el texto mismo de la ley de reforma educativa que ellos (y sus números) han impulsado. Porque si hay demasiadas escuelas y pocos estudiantes, ¿cómo es que estamos creando chárters y enriqueciendo escuelas privadas a costa del erario público?

Nuestro sistema educativo, como todos nuestros sistemas, tenía problemas serios antes del huracán y antes de los cierres. Pero la causa de esos problemas tiene poco que ver con el promedio de estudiantes por escuela y mucho que ver con el hecho de que las administraciones del departamento de educación suelen usar los dineros públicos no para pagarle bien a los maestros, arreglar baños y proveer materiales, sino para pagarle bien a individuos y compañías privadas que aparecen como hongos en tiempos difíciles y que históricamente se han lucrado proveyendo “talleres” donde los maestros aprenden poco y “tutorías” donde los estudiantes aprenden menos aún.

De nuestros expertos, necesitamos menos numeritos simplones y más rigor y evidencia. La experiencia de los países y regiones que sujetan sus sistemas educativos a la lógica del mercado no ha sido buena. Necesitamos datos serios, aprender de lo que sí funciona, y reconocer, de una vez, que la escuela no es un “servicio de mercado” sino un derecho de los individuos y los pueblos.

 

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Casas en el agua

parguera casetasEl año,creo,era 1998, y yo estaba reunida con un casetero, a quien llamaré Leno, en la sala de su caseta, él enfrascado en el relato de la historia de su caseta, yo escuchando y a la vez un poco distraída con el mar, porque allí estaba el mar, tan cerquita, tan pleno, tan calmo y rebosante de pájaros blancos, allí mismo, a nuestro lado.

Esa es la experiencia en una caseta. Cuando decimos que las casetas de La Parguera están en la “zona marítimo terrestre” estamos describiendo una realidad espacial y jurídica pero también literal y con algo de poesía: la entrada está en tierra, el balcón en el mar.

Hurgo en mis recuerdos y en las notas, que aún conservo, de la entrevista que le hice a Leno, porque estoy buscando inspiración para escribir aquí sobre el tema escabroso de las casetas en La Parguera, construidas sobre pilotes dentro del agua, que el PS 1621 busca legitimar con la designación de una “zona de planificación especial turística de las casetas y muelles sobre el agua y terrenos de dominio público en La Parguera”, y así resolver su “incertidumbre jurídica” y cobrar “cánones de uso”.

La “controversia” parece clara: de una parte, están la mayor parte de la comunidad científica, el departamento de recursos naturales, la mayor parte de la izquierda y los ambientalistas…De la otra, los dueños de las casetas y sus círculos, los alcaldes del área, la mayor parte de los senadores y representantes, y personajes variopintos que expresan públicamente su apoyo, como la ex-contralora Colón Carlo.

Se trata de un tema incómodo para mí. Y se me ocurre que las razones de mi incomodidad pueden ser las mismas detrás de la mentada “incertidumbre jurídica”, y permanencia de las casetas. Porque esa permanencia es, bien mirada, un hecho extraordinario: las casetas son, claramente, ilegales, porque están en la zona marítimo terrestre.Su uso es mayormente vacacional. Muchas son propiedades fantasma, que ni aparecen en el registro de propiedad. Y sus dueños no son “rescatistas” tradicionales en busca desesperada de vivienda. Los críticos tienden a pensar que su permanencia se debe a que tienen amigos poderosos, y creo que tienen razón, pero también que el asunto es más complicado, y más interesante, que sencillamente un caso de “influencias”.Nos toca entender cómo surge ese arraigo, cómo han logrado permanecer. Pero primero, dejemos mi conflicto establecido: Esa ley me parece un disparate y espero que el gobernador no la firme; pero, como tantos, he disfrutado visitas en casetas y cuento con amistades que, al leer esta columna, tal vez dejen de serlo, porque viven enamorados (¿quién no lo estaría?) de sus casetas.

Así, enamorado de su caseta, estaba Leno. Le advertí que no estaba de acuerdo con la construcción ilegal costera, pero él, generoso, continuó la conversa y contestó mis preguntas. Me contó que conoció La Parguera en los sesenta: “Mi hija vino aquí a las seis semanas de nacida, a la caseta donde nos quedábamos…La Parguera ha sido siempre parte de mi vida, la mejor parte. Porque yo vivo en [ciudad cercana], pero yo verdaderamente existo en La Parguera.” Eventualmente compró la caseta, y visitándola se criaron sus hijos. “La vida en el mar, eso es lo más sano para la familia”, me dijo otra casetera. Ese discurso de apego, pertenencia, familia sana, de vínculo histórico y existencial, es típico de los caseteros que hoy impulsan el P del S 1621. Algunos han colocado fotos de su caseta en los medios sociales y expresan sentimientos como el siguiente:“¡Aquí está nuestra caseta,llena de amor, de fiesta, de unión familiar, nuestro hogar…yo nací y me crié allí, por eso yo soy de La Parguera!”

El sentimiento de pertenencia suele ser genuino, y es también una estrategia que los caseteros han utilizado históricamente para construir y persistir. Las primeras casetas fueron comisionadas por familias que los viejos del barrio describieron como “pudientes”,en los años treinta del pasado siglo, y a su lado chapoteaban (el agua estaba más limpia entonces) tanto los niños “de pueblo” como los de “comunidad”. La “comunidad” por su parte, estaba constituida fundamentalmente por pescadores, pero creció y diversificó en los cuarenta y cincuenta cuando se repartieron las parcelas (que no están en la costa). Los caseteros usan estas historias para explicarle a sus interlocutores que ellos “son de allí”, que sacarlos “es una locura”.

Otra estrategia, muy relevante ahora, ha sido la forja obstinada de pequeñas señales de “legalidad”. En los treinta, obtenían el visto bueno gubernamental si publicaban primero un edicto y nadie se oponía a la construcción. Así surgieron las primeras y se fueron convirtiendo en parte del paisaje. En 1969, había ya cerca de cien casetas, y se les ordenó desalojar en un término de sesenta días: No pasó nada. En 1978, el gobernador firmó un acuerdo con la Junta de Planificación y el Cuerpo de Ingenieros que las obligaba a salir antes de 1985; pero en 1979, otorgó “permisos de uso” parecidos a los que propone el proyecto actual. Los caseteros continuaron construyendo al amparo de la noche, con la mano de obra de los carpinteros y chiriperos locales. En los ochenta, cuando un grupo de familias de escasos recursos obtuvo nuevas parcelas, los caseteros ofrecieron colaborar económicamente en la construcción de un alcantarillado para el uso de los rescatadores–y, por supuesto, las casetas.

En términos generales, no absolutos, los residentes de las parcelas son de clase trabajadora (algunos pescan, y muchos descienden de pescadores), y los caseteros tienden a ser profesionales. Cuando les preguntaba a los primeros sobre el tema, algunos se pronunciaban absolutamente a favor, y otros resueltamente en contra, pero la mayoría expresaba ambivalencia: “Esos son los ricos, los profesionales. No necesitan vivir allí,tienen sus casas. Nos limitan el acceso de los botes al agua. Pero también nos dan trabajito, limpiando, o de carpintería, cualquier chiripa que haga falta…” “Los caseteros, lo que pasa es que pagan bien, sobre todo cuando quieren hacer la caseta más grande, o arreglar el muelle, y entonces hay que construir y hasta pintar de noche, velar que no venga la gente de Recursos.” Los caseteros proveen algunas oportunidades de empleo a cambio de del acceso (físico y visual) al mar, que sigue siendo importante para algunos pescadores pero para muchos residentes no vale la pena discutir. El crecimiento histórico de las casetas ocurrió al mismo tiempo que el de las parcelas, de modo que ambos tipos de residente sienten que, en efecto, “son de allí”.

En 1996, armados con un aparato de abogados y relaciones públicas, los caseteros recibieron al entonces gobernador para un “tour” del área, al final del cual Roselló decretó, para la prensa, “Ahora soy yo el que dice que se quedan.” Ya para esa época eran doscientas, algunas pagaban impuestos al CRIM, otras habían obtenido “permisos de uso” del Cuerpo de Ingenieros, y casi todas tenían y pagaban servicios de agua y luz.

parguera aerea

Los que las apoyan las describen como parte esencial de un paisaje “hermoso” o “de revista”, utilizan adjetivos como “encantadoras” y frases como “Venecia de Puerto Rico” (esa, pintorescamente, se cuela hasta en el texto del proyecto de ley que hoy nos ocupa). Las plantean como parte del “atractivo turístico” de la zona, objeto de la mirada de los que “pasean en bote para ver las casitas de colores que son parte esencial de la imagen de La Parguera”, y “una cosa linda para los turistas, que vienen aquí buscando una villa pesquera.” El litoral será parte del “dominio público”, pero los caseteros lo han convertido en propiedad privada, pública sólo en tanto objeto de la mirada del otro y parte de la belleza y la salud económica del barrio.

Con esto de ser “de allí”, estampas de legitimidad, y alusiones al paisaje,las casetas han ido adquiriendo un aura que, combinada con las conexiones sociales y profesionales de muchos caseteros (no sé ahora, pero en 1998 veraneaba en ellas hasta un juez federal) sirve para complicar lo que debería ser un asunto simple: que el mar es de todos. Las casetas, igual que don Leno, son absolutamente encantadoras, pero están profundamente equivocadas.

El paso del proyecto por cámara y senado fue apresurado y nocturno, como la construcción de las casetas mismas. El momento histórico es importante: se nos viene encima la ley que crea una junta de control fiscal y relaja protecciones ambientales, se han creado incentivos para que se muden a la isla y compren propiedades algunos estadounidenses, se habla de agilizar la permisología.

Busco en internet los términos “casetas La Parguera” y veo, prominentemente, anuncios de alquiler y venta: “Casa acogedora en las aguas”, “hermosa cabaña frente al mar”. Fluctúan entre $250 y $500 por noche. Si usted desea poseer su propia caseta,las hay para la venta. Me llama la atención una de ellas. Tiene dos letreros que en mayúsculas advierten “MUELLE PRIVADO”. Piden por ella medio millón.

¿No tiene medio millón? Hay otra por sólo $350,000. El realtor la anuncia así:

“LA PARGUERA, DE REVISTA!!! ´AREA EXCLUSIVA EN LA PARGUERA…SEA UNO DE LOS POCOS AFORTUNADOS EN TENER UNA CASA EN EL AGUA EN LA PARGUERA.”

¿”4.25″?

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vueltabajo colectivo. foto:milton ramírez malavé.

Tengo una relación curiosa con los escritores y escritoras de cierta generación.  Con las escritoras, especialmente. Baby-boomers, las llamarían los que gustan de segmentar la historia así, por generaciones. Yo me refiero aquí a las escritoras que leí repetidamente, con admiración y con fruición, durante esos años que, aunque lo ignoremos en el momento, nos definen como lectores y nos forjan como escritores. Y como personas. La relación “curiosa” va más o menos así: mi primer impulso, si me encuentro de frente con una de estas escritoras (Ana Lydia Vega, Magali García Ramis, mujeres por el estilo) no es hacer conversación, porque enmudezco de pura timidez y desamparo, star-struck, y me quedo ahí, hecha una tonta, con una sonrisa boba y un libro en la mano, a ver si me lo autografía, por favor? Rima, así como suena, sí, R-I-M-A. (Si me encuentro alguna vez con Mayra Montero, y tolera, perdona o no ha leído las columnas en donde diferimos, le pediré, dulcemente, que firme mi copia de Tú, la oscuridad.)

El punto es que siento, digamos, cierta veneración, un poco pendeja pero espero que comprensible, por las escritoras de esa generación, y que entre mis pasatiempos favoritos no está el llevarles la contraria. Más bien quiero escucharlas y leerlas, a ver si aprendo algo.  Pero con Mayra Montero (específicamente, con los contenidos de su columna dominical) me ha pasado eso, la contrariedad, ya dos veces: La primera, cuando sentí que tenía que responder a sus aseveraciones sobre el PAN y la pobreza; la segunda, hoy, en esta respuesta a su columna “cuatro veinticinco”.

La columna en cuestión tiene, a grandes rasgos, tres partes, cada una de ellas una crítica a ese slogan en protestas recientes que reza “El futuro no trabaja por $4.25.” Según Montero, el slogan 1)perpetúa la conexión en el imaginario colectivo con el modo de vida de los Estados Unidos, y no con el resto de los países latinoamericanos; 2)representa una negativa, un tanto soberbia, a vivir de manera “austera”, una austeridad que, parece alegar, se nos viene encima con independencia o sin ella; y 3)es una especie de sinécdoque que representa una crítica y un desafío a la ley que establece la Junta de Control Fiscal de manera general, un desafío que ella aparentemente desaprueba, o al menos cuestiona, porque nos escandalizamos, dice, al escuchar que la junta no rendirá cuentas pero no le pedimos cuentas a la larga y colorida caravana de pillos que se han enriquecido a costa del país. Hay también una 4)sugerencia, que no dice abiertamente pero queda implícita, de que el slogan está de algún modo asociado a la vagancia, cuando enfatiza el uso de las mayúsculas que tiene el efecto de resaltar la frase “el futuro no trabaja”.

Aquí en mi respuesta me voy a enfocar en los primeros dos asuntos. Con el tercero no me voy a meter, porque aunque no estoy del todo de acuerdo con el modo en que usa ese segmento dentro del argumento general de la columna, sí es cierto que plantea una verdad histórica: La caravana de pillos es real, y la rendición de cuentas ha sido efectivamente mínima. [Lo que me pregunto yo es qué tiene que ver eso con que la junta tampoco las rinda, pero en fin.  Dije que me enfocaría en los otros dos segmentos, y eso haré, porque me parecen los más importantes.] El cuarto asunto se atenderá solito, mientras escribo sobre los otros dos, estoy segura.

La columna tiene su inicio y su eje en ese slogan que parece ofender tanto a la autora: “El futuro no trabaja por $4.25.” Y es con su interpretación –tan decisiva, tan sin titubeos, tan convencida–de los significados que ese slogan evoca en la juventud que lo ha creado, que me parece que Montero –con todo el respeto (y el arrobamiento bobalicón) que me merece– se equivoca y es incluso injusta. Si le hacemos caso al argumento de Montero, tendríamos que pensar que ese slogan representa no tanto un movimiento de justicia social sino el reclamo de la continuidad de un privilegio, y la negativa de afrontar lo que somos, realmente, como país. El consumo, sugiere, nos define, y nos toca aceptar la austeridad tal y como la han aceptado en Perú, Brasil, México, Colombia…

Puede que me equivoque, pero sospecho que Montero no ha estado conversando demasiado con los grupos que crearon y reproducen el slogan en el contexto de manifestaciones diversas.

Lo que yo leo en ese slogan es algo muy distinto.  Y si me equivoco también, confío en que mis lectores me educarán al respecto y que podremos conversar saludablemente sobre el asunto. Leo lo siguiente: No se trata de jóvenes que no están dispuestos a trabajar de gratis por la patria (de hecho hay muchos, muchos, trabajando de gratis o casi de gratis por la patria ahora mismito, pero me temo que casi nunca salen en las páginas del Nuevo Día) sino de un movimiento que reconoce la modificación del salario mínimo por lo que es: un síntoma y un símbolo de un orden global particular, en donde espacios como nuestra isla deben existir en función de poner su mano de obra barata y su belleza natural a la disposición de las clases acomodadas, en su mayoría de otros países, y hacerlo sin escrúpulos y tapujos molestos como salarios mínimos o leyes ambientales. A eso se refieren los muchachos, las muchachas, con ese slogan que le parece a Montero tan antipático.  La ley que crea la junta, reduce el salario mínimo y relaja protecciones ambientales (no es casualidad que estas tres cosas vengan juntitas en un mismo paquete) nos está gritando, en efecto y látigo en mano, Miren, ustedes los puertorriqueños llevan muchos años creyendo que son iguales a nosotros, pero ha llegado la hora de la verdad y del reality check: ustedes son menos, son otra cosa, son poca cosa.

Hay otra cosa más que me inquieta, en la columna de Montero, y es la conceptualización de “austeridad”.  Creo que puede ser útil, para propósitos no del diccionario sino del análisis cultural de la cosa, distinguir entre “austeridad” y “frugalidad”.  La frugalidad sí que nos hace falta, y mucha, igual que le hace falta también, y mucha, a los Estados Unidos, que en eso de consumir sí nos ha educado bien y nos ha dado trato igual (encareciendo, de paso, nuestro costo de vida.) Un proyecto de país, el que sea, independentista o de otro tipo, probablemente requiere que culturalmente, los puertorriqueños abracemos una cierta frugalidad que será nueva para muchos.

Pero con esto de la frugalidad pasan dos cosas: una, que son precisamente muchos de los jóvenes detrás del slogan de marras los que nos dan lecciones de frugalidad a los más viejos, sembrando huertos, viviendo con menos, solidarizándose con las comunidades, compartiendo el alimento, moviéndose en bicicleta; y otra, que la “frugalidad” que propongo aquí y que me interesa aplicar más en mi propia vida no es lo mismo que la “austeridad” que, dice Montero, necesita el país para “salir adelante”.  Esa austeridad es la que imponen, en el caso de los países de a de veras, los mecanismos detrás de la deuda y su (im)pago internacional como el FMI, y en nuestro caso, la junta que viene por ahí.

Ese numerito, “4:25” representa una realidad material (la de un salario que, a no ser que los costos de vida bajen en el país dramáticamente, sencillamente no da para vivir, para leer más sobre ese asunto use la calculadora aquí) y también simbólica, la de la austeridad que el amo le requiere al subordinado, al sirviente. En nombre de esa “austeridad” se sostiene, internacionalmente, el modo de vida de aquellos que son cualquier cosa menos austeros.

No es contra la frugalidad digna, ni contra las ganas de trabajar duro, que se rebelan y reaccionan nuestros jóvenes.  Es contra las condiciones globales y locales que reproducen un orden social injusto e insostenible. Y si ellos se callan, si no protestan ni denuncian, ahí sí que nos quedaremos sin país y no habrá nada para, como quiere Montero, “echar hacia adelante.”

 

 

 

Cuba y Puerto Rico:la alita linda, la alita enferma


cuba picture barberMi ritual dominguero incluye la lectura de la versión impresa del New York Times, acompañada con un café (o dos, o tres.) Por lo general ataco primero (antes de que mi esposo se me adelante) las secciones de Book Review, Sunday Review y Magazine, pero hoy fue la
portada (es verdaderamente impresionante, lo invito a pulsar el enlace, parece un cuadro de Oller) la que me capturó e inesperadamente me trajo aquí a la página.

Se me ha enfriado el café.  Pero es que me he obsesionado.

En portada aparecen tanto Cuba como Puerto Rico. Esa combinación es inusual. Inusual también es la foto que abre la noticia de Cuba.  Está ubicada “above the fold”, por encima del doblez natural del periódico, un espacio reservado para las noticias más importantes del día, un trono codiciado por los y las periodistas y foto-periodistas. Es una fotografía verdaderamente preciosa, artística, que parece una pintura y muestra una escena cotidiana en una barbería cubana. Como tantos otros negocios cubanos, esta barbería es muy pobre y está ubicada en un espacio a la vez derruido y grandioso, de techos altos y piso de tierra.  Hay una sola silla, detrás de la cual el barbero, un hombre joven con sombrero de paja, recorta el cabello de un cliente sentado mientras a su alrededor otros clientes esperan. El espejo es demasiado pequeño, los materiales de trabajo pocos, la luz inadecuada–pero hay belleza en esa foto, exuda un no sé qué de que la vida sigue, de que la vida es buena, de que la vida se puede poner mejor. El titular bajo la foto confirma esa impresión. Lee “Cuba on the Cusp”, Cuba en la cúspide o más bien Cuba al borde de algo bueno, algo positivo, algo feliz, en fin algo, como dice más adelante el mismo artículo, como “Cuba on the Edge of Change.”

La noticia de Puerto Rico también está en portada, aunque en nuestro caso estamos “below the fold”. La estética de la foto es muy distinta. Su composición, sus colores, su tamaño, me hacen pensar menos en fotoperiodismo y más en las fotos que tomamos usted y yo con nuestros teléfonos, no para capturar algo bello sino para documentar alguna cosa. Muestra varias mujeres embarazadas, algunas de ellas acompañadas, que sentadas escuchan lo que la leyenda bajo la foto indica es una charla sobre los peligros del virus del Zika. Y ese es justamente el titular: ”Puerto Rico Now U.S Frontline as Zika Spreads.” Puerto Rico la primera línea, la frontera más vulnerable de Estados Unidos frente a la propagación del Zika.

Ambas noticias continúan, acompañadas por más fotos, dentro de las páginas del periódico. En Cuba, la casa empobrecida y medio derruida de un anciano aparece retratada bajo la luz diáfana que ilumina el descascarado pero de algún modo hermoso azul de las paredes, y es descrita como un espacio lleno de “old grandeur”. Una novia camina, linda y luminosa, vestida de blanco, por las calles de la Habana Vieja.  Un grupo grande y diverso de hombres cubanos nos sonríe desde una foto amplia, llena de color y de esperanza.

En contraste, las mujeres de la foto en Puerto Rico no sonríen. Sus caras reflejan preocupación, desesperanza. Adentro, el resto de las fotos incluye la imagen grande de unos matorrales con agua estancada, un paisaje particularmente pobre de La Perla, y dos fotos más pequeñas de las actividades del personal en el Center for Disease Control (CDC) local.

La esperanza que domina las fotos de Cuba domina también la narrativa que las acompaña y que nos recuerda que Cuba está a punto de florecer. Esa narrativa nos habla de un país lleno de “belleza, complejidad e idiosincrasia”. Aún cuando se hace referencia a la pobreza en Cuba, ésta es descrita casi como un trampolín, un resorte, una ventaja: “The aching despair of the cities, the untamed foliage of its countryside, the orphaned coastlines…Yet few places in the world brim with so much life. They wait, coiled with anticipation.” La pobreza está presente pero es de alguna manera bella, llena de vida, incluso digna: “From the outside, the destruction is palpable…Look closer, however, at knick-knacks arranged just so…Cracked floors swept clean, plastic flowers perfectly arranged…Quiet pride in every detail.” Orgullo y belleza en cada detalle de la pobreza cubana. Es una pobreza llena de anticipación, de esperanza, de ilusión, de estética, de dignidad y de posibilidades.

La pobreza en la noticia sobre Puerto Rico es descrita en términos muy, pero que muy distintos. La isla es un “warm, wet paradise veined with gritty poverty, the ideal environment for the mosquitoes carrying the virus.  The landscape is littered with abandoned houses and discarded tires that are perfect breeding grounds for the insects. Some homes and schools lack window screens, exposing residents to almost constant bites.” La selección de vocablos probablemente no es intencional, pero tampoco es neutral. El vocablo “littered” evoca basura tirada por ahí. Así, las casas abandonadas por los puertorriqueños (que, sabemos nosotros, las perdieron porque tuvieron que irse a la quiebra y entregarlas al banco, o porque tuvieron que irse del país, o porque se les acabaron los chavos para construir o los clientes para comprar) son, de alguna manera, basuritas que hoy sirven sólo para darle vida y albergue a los mosquitos que son vectores del contagio. El virus se transmite también por medio de las relaciones sexuales, y eso nos convierte a nosotros mismos, a nuestros cuerpos, también en vectores del contagio. La nuestra no es una pobreza como la cubana, bonita, luminosa y digna: es retratada como una pobreza peligrosa, sucia, enfermiza.

En contraste con la esperanza y el optimismo que dominan el artículo sobre Cuba, en el de Puerto Rico dominan la desesperanza y el derrotismo. Los líderes locales citados en la noticia advierten que el insecticida que hace falta ya no se produce, y que las reservas no son suficientes para atender a la población. Estiman que una cuarta parte de los 3.5 millones de personas que viven en Puerto Rico se infectará antes de que termine el año, y eventualmente el 80%, si la cosa sigue como va. Anotan que las embarazadas son el grupo de mayor riesgo, y que el 20% de estas embarazadas son niñas de escuela superior.  Nos recuerdan que muchas de las escuelas donde asisten esas niñas no tienen escrines. No es fácil ni barato instalar escrines, añaden, porque hacerlo implica ir a las escuelas a medir ventanas, mandar a hacer los escrines, instalarlos…

No hay mención, por cierto, del asunto del Zika en Cuba en este artículo de portada. (La ví al día siguiente, mucho menos vistosa, en otro periódico. Pero Obama fue para allá de todos modos.) Imagino que debe ser casualidad–los autores de estas dos noticias en la versión dominical del NYT no necesariamente están hablando entre sí, y los temas son (para ellos al menos, aunque no para mí) muy distintos. Pero no puedo evitar pensar que la descripción de Puerto Rico como un paraíso caliente, húmedo y pobre le aplica también a nuestra isla hermana. Tampoco puedo evitar especular: ¿será acaso que no quisieron entrar en el detalle de que si hay Zika, el sistema de salud cubano está probablemente mucho mejor preparado que el nuestro, y que el estadounidense, para manejar una epidemia? ¿Será que no desean hablar sobre el cuido excepcional que reciben (o al menos que recibían, hace muchos años que no voy a Cuba) las embarazadas cubanas y sus infantes? ¿Que el sistema educativo cubano, reconocido en tantas partes del mundo, ha producido excelentes y numerosos médicos y que la epidemiología es una de las especialidades del país?

Especular sobre eso me recuerda que en contraste, nosotros en Puerto Rico llevamos varias décadas permitiendo que sucesivas generaciones de gansos se queden con la inversión que estamos supuestamente haciendo en las escuelas pero que de algún modo no llega al salón; que tenemos lo que probablemente es uno de los peores sistemas educativos, al menos a nivel K-12, entre los países llamados “desarrollados”; que hemos logrado educar  buenos médicos pero que muchos de esos médicos están emigrando, se van del país; que la “reforma de salud” y su tarjetita encarecieron los servicios y rompieron las posibilidades que tenía el sistema de CDTs para atender casos epidemiológicos.

No tengo hermanas. Pero pensando en el pájaro de las dos alas (una metáfora, por cierto, bastante manoseada, como escribió Laura Náter no hace mucho), y leyendo y comparando esas dos noticias del periódico esta mañana, me siento un poco como debe sentirse la hermana más feíta y menos interesante en una familia con dos hijas. Quiero decir que me alegro por nuestra hermana Cuba, y que a la vez no puedo evitar sentir ciertos celitos y cierta vergüenza. Quiero que a Cuba le vaya bien pero no puedo evitar pensar (esto no es necesariamente lógico, lectora, perdóname lo que es más bien la respuesta emocional de la hermana fea) que su ascenso marca nuestro descenso. Que mientras nuestra hermana linda y talentosa recibe a Obama y se prepara para insertarse de manera significativa en el orden global (espero yo que preservando los logros de la revolución que he mencionado), nosotros apostamos en las últimas primarias, increíblemente, al cubano-americano Marco Rubio, y nos resignamos, mal que bien, a una epidemia, a más migraciones, a más casas abandonadas, a más fealdad, a menos autonomía y a más pobreza. Mientras tanto, el lector del periódico de récord en Estados Unidos, con leer tan sólo la portada, se queda con un mensaje claro: Una Cuba linda y con potencial, un Puerto Rico feo y con mosquitos.  Le darán ganas de viajar a Cuba y de cancelar su crucero a Puerto Rico. Querrá acceder a la belleza cubana y controlar al contagio puertorriqueño. Querrá que Cuba se integre al orden económico mundial, y ponerle no sólo un CDC sino una junta de control fiscal a Puerto Rico, no vaya a ser que nuestra pobreza, como el Zika, resulte ser epidémica y contagiosa.

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Escribí esta entrada ayer domingo. Quise esperar hasta hoy lunes para publicarla, a ver si se me ocurría una oración de cierre, una oración con algo de esperanza. No se me ha ocurrido, así que he decidido dejarlo así. Pero si a ti, lector, se te ocurre algo, por favor compártelo conmigo en mi blog, en la página de PARPADEANDO en Facebook, o escribiéndome a rbrusi @ gmail.com.

 

 

la visita

 

la visita
foto:primerahora.com

A Lissette Rolón y Marta Aponte.  Gracias por escribir y por pensar.

Quisiera escribir algo sobre el CILE, el Congreso Internacional de la Lengua Española, que se celebró en Puerto Rico esta semana que termina.  Quisiera hablar de los bloopers–los nuestros y los de la visita. Entre los nuestros, el más serio parecería ser ese de escribir “Majestad” con “g” de ganas en lugar de jota de joder. Luego está el escándalo provocado por el vestido de la primera dama de Puerto Rico, que al parecer estaba demasiado ajustado y  colorido para los gustos populares y fashion.

Quisiera ondear ese vestido colorido y apretao al viento, como una bandera de orgullosa cafrería, y decir que así somos, coloridos y prestos al abrazo, al apretón. Sospecho que esa no era la intención de la que llevaba el traje y se ganó la crítica. Pero igual me identifico más con ese cuerpo sinuoso y caribeño que se exhibe que con el cuerpo europeo que nos visita y que se oculta casi al punto de desaparecer.

Quisiera enfocarme ahora en los bloopers de la visita, que son en todo caso más serios que los de los anfitriones. Estos españoles ilustres que inauguraron el asunto nos declararon–sin contexto, sin historia, sin otra razón que no fuese la interpretación más simplona y liviana de nuestra realidad política–parte de Estados Unidos. Peor aún, nos declararon no-parte de Hispanoamérica.  El primero me parece el producto de la chapucería más crasa: ¿qué se leyeron para preparar el discurso? ¿los primeros dos párrafos de la página de wikipedia? El segundo es más serio. Es la primera vez que el congreso se celebra fuera de Hispanoamérica, dijeron.  La aseveración constituye una especie de expulsión conceptual, inapropiada y problemática porque 1) el poder que expulsa es el mismo que, en su momento, nos regaló y 2) el poder que expulsa no debería tener la potestad para decidir quién es Hispanoamérica y quién no lo es.

Quisiera gritar: ¿a cuenta de qué es la monarquía española la que nos arma “hispanoamericanos” a los pueblos de América Latina?

Quisiera decir que el español me vale madre y que el congreso también. Pero no es cierto. Amo al español puertorriqueño–es mi idioma, con él existo, me manifiesto, me construyo y construyo. Amo y aprendo también el español de otros pueblos, sus palabras y cadencias especiales. Y estaría en el congreso de metiche si estuviera en las islas, asomándome a los paneles y a las conversaciones de pasillo, repleta de curiosidad antropológica. Pero si me preguntan, diría que la celebración del idioma no es la celebración de España, sino la de todos los pueblos que la historia ha hecho hispanohablantes. Porque cualquier conversación adulta y colectiva sobre lengua es también sobre historia y política. ¿A quién se le ocurre decir “este no es el lugar para hablar de historia” en el congreso? Al rey de España. La prensa española no parece sentir, por cierto, particular vergüenza por su monarca. Nos trata más bien con cierta sorpresa, tipo ay, estos puertorriqueños, figúrate tú, qué sensibles…y qué terrible, la ortografía…

Quisiera decir que los asesores de la esposa del gobernador tal vez no hicieron bien al darle el go ahead al traje de colores sin pensar en el chismorreo por venir. Pero creo que los asesores que verdaderamente la cagaron fueron los que le dieron el go ahead o, peor aún, escribieron, los discursos que el rey y el director del Instituto Cervantes  pronunciaron en la inauguración.

Quisiera que todo esto nos sirva de lección, nos ayude a recordar que podemos amarnos y amar nuestro(s) idioma(s) sin estar loquitos (tan lejos, tan pendejos) por cualquiera de los dos países que nos colonizaron. Ni pitiyanquis ni hispanófilos, escribiría en una bandera apretá, sinuosa, con cuerpo imprudente y con los colores del Caribe.

 

san bernardino

ap_6759794093481_wide-2d9f92d6f2f25165500d8086c7faa9f35ef54ebb-s800-c85Algunos de mis lectores, probablemente porque saben que actualmente vivo en el sur de California, me han pedido que escriba algo sobre la masacre reciente en San Bernardino. No es mucho lo que se sabe, no es mucho lo que puedo escribir sin ponerme a especular y correr el riesgo de decir alguna idiotez, pero lo sucedido sí nos ha marcado profundamente y aprovecho esta ventana del bló, como lo he hecho en otras ocasiones, para procesar lo que ocurre y compartirlo con ustedes. Me ha sorprendido un poco ver que las noticias sobre este particular en mi feed de Facebook han sido pocas, y tal vez este resumen contribuya un poco a poner el asunto en perspectiva, porque me parece importante y relevante para nosotros los puertorriqueños, en la isla y en la diáspora.

Los hechos: El miércoles de esta semana que ahora termina, 2 de diciembre, una pareja joven (él de 28, ella de 29 años) irrumpió en las oficinas de un edificio que alberga agencias gubernamentales y donde en ese momento se llevaba a cabo una fiesta de Navidad para los empleados.  La pareja llegó armada hasta los dientes, con armas cortas y largas y abundantes municiones, y mataron en el acto a catorce personas, hiriendo a 21 más. Lograron escapar del edificio antes de que la policía pudiera intervenir, dejando tras de sí una bomba de fabricación casera que, ya sea porque falló o porque fue desactivada por la policía, no llegó a detonar.

El hombre, de apellido Farook, era empleado del centro y fue reconocido por algunas de las víctimas, a pesar de llevar la cara cubierta. Fue así que la policía logró ubicar a los atacantes, con quienes se enfrascó en un tiroteo que dejó a ambos atacantes muertos y a varios policías heridos, ninguno de gravedad. Farook era ciudadano americano, hijo de emigrantes pakistaníes, y su esposa, de apellido Malik, había nacido en Pakistán, se había criado en Arabia Saudita, había conocido al que sería su marido a través del internet, y entró  a Estados Unidos legalmente, con una visa de “fiancé”, obteniendo luego de su boda una tarjeta verde provisional. Tenían una hija bebé de seis meses, a la que habían dejado cuidando con la madre de Farook antes de ejecutar su macabra hazaña. Ninguno de los dos estaba bajo investigación por conexiones terroristas antes de los eventos del miércoles.

El día de la tragedia, Malik expresó su lealtad a ISIS en su página de Facebook. ISIS, por su parte, ha celebrado en línea el trabajo de sus admiradores en Estados Unidos, pero aún no se han revelado al público conexiones o mensajes concretos entre la organización que se hace llamar “estado islámico” y los atacantes.

El FBI ha declarado la investigación una de terrorismo formalmente, y se ha hecho cargo de la misma. La evidencia más importante, de momento, son las bombas construidas y a medio construir que encontraron en la casa de la pareja, los teléfonos rotos que dejaron atrás, y otros contenidos de la casa donde Farook y Malik vivían.

Mas allá de la obvia inseguridad, miedo, y sensación de tragedia que la masacre del miércoles plantea, hay un par de issues que requieren la atención de una ciudadanía responsable:

  • La importancia de evitar que las comunidades musulmanas (o que sencillamente “parezcan” musulmanas aunque no lo sean, como los Sikh) no se conviertan en el blanco de aquellos que piensan que el terrorismo se atiende atacando a las comunidades que comparten la religión o etnia del terrorista. Esto se particularmente urgente si tenemos en cuenta que la mayor parte de los ataques de este tipo en Estados Unidos han sido llevados a cabo por hombres blancos, ideológicamente motivados, en lugares como clínicas de Planned Parenthood o iglesias afroamericanas.
  • La importancia de regular el acceso a adquirir armas y en particular armas poderosas. Estados Unidos tiene las regulaciones más laxas entre todas las naciones desarrolladas, y consecuentemente es la que tiene también la proporción más elevada de “mass shootings”. El partido republicano en Estados Unidos, encamado con la NRA, pretende que este estado de cosas no cambie, y ofrecen en cambio sus plegarias y buenos deseos, pero en términos prácticos, complicar la adquisición de armas ayudaría a hacer estos crímenes más difíciles. Después de todo, la mayoría de los mass shootings en Estados Unidos en los últimos años fue llevada a cabo con armas obtenidas legalmente.
  • La importancia de no permitir que lo sucedido nos lleve a impedir el acceso de refugiados sirios desesperados a Estados Unidos y otra países receptores. Los refugiados están en su mayoría huyendo precisamente del terrorismo, y organismos como ISIS busca precisamente eso, que los rechacemos, para que así confirmemos su poderío y sus narrativas acerca del occidente.

Cierro el pico por ahora. Ahí está el resumen. Contrario a mi costumbre, no he dejado enlaces en el texto a las noticias relevantes porque son muchas y están siendo revisadas constantemente. Pero una búsqueda simple con las palabras “San Bernardino” y “news” debe proveerle toda la información que necesita. Hasta ahora mi cobertura favorita ha sido la de NPR, especialmente la emisora local KPCC, pero también puede visitar Los Angeles Times para noticias, y The New York Times y Slate, entre otros, para artículos de opinión. También puede dejar preguntas aquí o en mi página de Facebook. Gracias por leer. –rb

picada de ojos:protestas y propuestas, parte 2

turismoEntro rapidito para contarles lo que acabo de ver y de leer: Un anuncio de página completa en la contraportada del New York Times del domingo pasado. Es un anuncio de la compañía de turismo de Puerto Rico y muestra a una feliz pareja, aparentemente contrayendo nupcias, al lado de una garita. Muy bonito, muy romántico todo, muy tradicional el paisaje.

La pareja es lo único inusual:se trata de dos hombres.

Pensé inmediatamente en un post que publiqué aquí hace algún tiempo, en donde recomendé enfatizar, en la estrategia de turismo para la isla, dos mercados emergentes: los llamados “gay destination weddings” y la marihuana. Luego se me ocurrió que por más que me gustaría pensar que alguien en la compañía de turismo estaba leyendo PARPADEANDO, es más lógico pensar que alguien allí tuvo la misma idea, porque es buena y se cae de la mata. El anuncio está muy bonito y espero que atraiga a muchos viajeros.

Sólo espero que los fundamentalistas boricuas no chillen demasiado y que permitan que los turistas (y los hoteleros, las reposteras, los cocineros, las floristas, los planificadores, las músicas) celebren y vivan en paz.