un par de mitos sobre la UPR

Los que me conocen saben que ando un poco obsesionada con la defensa de la universidad pública de Puerto Rico, la UPR, que está bajo ataque, protegiéndose como puede de 1)los recortes draconianos impuestos por la Junta de Control Fiscal y 2) la potencial pérdida de acreditación que podría ocurrir debido, justamente, a esos recortes y la duda que los mismos arrojan sobre la capacidad de la institución para cumplir con su ambiciosa, importante, esencial y polifacética misión.

El otro día me preguntaron algo así: ¿qué te dice la gente que justifica estos recortes? Si son tan terribles y absurdos como dices, entonces cómo es que hay tanta gente que los acepta y hasta los celebra?

Me quedé pensando, y mi respuesta forma parte de las cosas que ando estudiando de momento, pero aquí van algunas respuestas preliminares que podrían contribuir a la discusión actual:

  1. Hay dos tipos básicos de personas que justifican los recortes. Los llamaré, por aquello de usar lenguaje pintoresco, los “haters” y los “pragmatists”. [Los “lovers” no justificamos los recortes. :)]
  2. Los “haters” se mueven en todas las esferas: algunos son decanos, otros analistas, otros troles de internet y gritones variopintos. Sus aseveraciones incluyen ideas como que la UPR es un bastión comunista, los estudiantes son unos vagos pelús elitistas, y la UPR le chupa los recursos al país. A estos le hemos respondido con creces, muchas personas que tratamos el tema, y en muchos medios distintos, demostrando que la universidad es una buena inversión, que genera más actividad económica que costos, que sus estudiantes tienen mayor aprovechamiento, que su alcance va mucho más allá de  sencillamente las clases e incluye cosas como hospitales, museos y prevención de desastres, en fin. En este post no me ocuparé demasiado de los “haters” porque la verdad es que se nos va la vida contestando sus locuras y lo hemos hecho tantas, tantas veces….De todos modos, cuando tenga tiempo entro y pongo por aquí una biblografía de recursos que prueban que la universidad es una buena inversión y posiblemente el proyecto cultural más importante y efectivo en la historia del país.
  3. Los “pragmatists” son más complicados, y algunos hasta tienen algo de “lover”, y atenderé sus reclamos en otros posts y espacios. Pero en esta ocasión quiero dirigirme a dos de esos reclamos, porque los usan mucho, y porque aunque los usan los “haters” también los usa gente que es en general gente buena y razonable, gente  que simplemente entiende que la universidad debe ser como las “del norte”, gente que habla de “sentido común” y de “ser prácticos” sin mirar los números muy de cerca.  Sin meterme con esa idea de que hay que parecerse a las universidades de Estados Unidos (eso es otro tema) atenderé dos mitos que se caen fácilmente al comparar universidades estadounidenses con la UPR.

MITO 1:”La UPR es demasiado barata”

Respuesta: NO. Cuando usted toma en cuenta el tamaño de los ingresos de nuestros habitantes, y el porcentaje de ese ingreso que el costo de matrícula representa, la verdad es que nuestro sistema es bastante caro, no “barato”. El Consejo de Educación Superior hizo un estudio reciente sobre esto, y puede leer el resumen de ese estudio aquí.

MITO 2: “La UPR es demasiado grande y/o tiene demasiados recintos, así que hay que achicarla.”

Respuesta: La UPR NO ES MAS GRANDE QUE OTROS SISTEMAS COMPARABLES. Fíjese, por ejemplo, en Nueva York: Según el censo, Puerto Rico tenía unos 3.3 millones de habitantes en el 2017. El sistema universitario público de Puerto Rico (es decir, la UPR) tiene once recintos. El estado de Nueva York tenía 19.8 millones de habitantes en el 2017. Sus dos sistemas públicos (CUNY y SUNY) tienen un total de 88 campuses. Es decir: Puerto Rico tiene un recinto por cada 0.3 millones de habitantes, más o menos. En Nueva York, hay un recinto por cada 0.23.

Para decirlo clarito: El tamaño de la UPR, en términos de número de recintos, es comparable, de hecho hasta un poco menor, que el tamaño del sistema público en un estado que solemos utilizar con frecuencia como referente, el estado de Nueva York.

Otro tanto ocurre cuando miramos los números de California, otro estado con fuertes sistemas de educación superior pública. California tenía unos 40 millones de habitantes en el 2017. Sus tres sistemas públicos (CC, CSU y UC) suman 146 recintos. Es decir, California tiene un recinto por cada 0.27 millones, o sea que tiene más recintos por habitante que Puerto Rico.

Lamentablemente ando de prisa, pero quería compartir este dato rapidito tanto con los aliados como con los que piensan que la UPR tiene “demasiados recintos”. El tema es largo y hay tela para cortar, pero regreso en un par de semanas y lo tratamos con calma, añadimos más datos, y todo eso.  Hasta entonces–rb

 

 

 

nosotros, ellos, la nieve*

davos 2019Debe ser por el frío que me paraliza acá en el Bronx, o por el hecho de que el gobierno federal está medio cerrado, pero las imágenes de la cumbre en Davos se han alojado, obstinadamente, en mi cabeza. Pienso en nieve, montañas y pinos. Pienso nieve, nieve, nieve. Es uno de esos paisajes que son preciosos solo si una está lejos o tiene mucho dinero, porque la nieve en abundancia evoca “vacaciones” para los que tienen mucho y miseria para los que tienen muy poco, y el deporte del esquí, así como las estructuras que se erigen a partir de él, es, como el polo o el golf, un deporte donde suelen estar representados mayormente aquellos que pueden pagar por equipo, maquinaria, hotel y viaje.

Cada año, emigran por un rato a Davos, Suiza, los jefes de estado y los billonarios, a veces en sus aviones personales, a veces en primera clase de un avión comercial.  Algunos son ambas cosas, jefes de estado y billonarios. Otros solo billonarios pero amigos, donantes o “influencers” de los políticos. Aunque hay, como en cualquier parte, enemistades, en general se trata de una comunidad donde los ricos se encuentran, se amigan, se enamoran, se casan,  se apadrinan los hijos y las suertes unos a otros, se nombran a juntas corporativas y filantrópicas unos a otros, y juntos hacen chavos y toman decisiones sobre el resto del planeta.

Siempre hay un party pooper, claro está. En el 2011, por ejemplo,  Bill Clinton les dijo, casi casualmente, inspirado a saber por qué mezcla de culpa, lucimiento e introspección, que las grandes civilizaciones tienden a ser arruinadas por la codicia de los poderosos. Este año, Seth Klarman, que corre el fondo Baupost, uno de los fondos buitre que compró bonos de COFINA, les ha enviado una carta a los asistentes, una carta cuyo tono el New York Times describe como “desolador” y que advierte sobre los peligros de las “tensiones”, “divisiones” y “fricciones” socioeconómicas y políticas. Pero no porque estas tensiones, divisiones y fricciones sean malas en sí mismas, sino porque constituyen una amenaza para lo verdaderamente importante, que es el clima estable en donde los inversionistas hacen sus inversiones. “Social cohesion is essential for those who have capital to invest” reza la carta. En el 2011 Klarman había dicho, “Whatever investment success we achieve will take place against a troubled backdrop”, pero nada, supongo que todos tenemos derecho a cambiar de parecer.

De modo que la desigualdad es un problema, según Klarman, y le molesta, pero no porque esté mal el empobrecimiento creciente de tantas personas sino porque les resulta inconveniente a los inversionistas, por aquello de que la gente se ofende y protesta, con panderos o en chalecos amarillos.

Por cierto: acá en los EEUU, los periodistas y comentaristas usan la palabra “oligarca” para referirse a un billonario ruso, y la palabra “billonario” para referirse a los estadounidenses. Pero yo acá, mirando las fotos y noticias sobre este señor Klarman, no puedo evitarlo y pienso nieve, nieve, nieve, oligarca, oligarca, oligarca…

Por cierto también: el fondo que Klarman dirige y que posee bonos de COFINA tiene también conexiones de lo más interesantes con la industria de escuelas chárter y con grandes donativos para adelantar medidas en referéndum y candidatos políticos en elecciones en los estados. Nieve, nieve, nieve, oligarca, oligarca, oligarca…

Pensar en nieve me lleva a pensar en pingüinos, por supuesto. Los pingüinos hacen muchas cosas encantadoras, y una de ellas es organizarse, pegaditos, cuando enfrentan tormenta, para así protegerse y calentarse unos a otros. Tiene sentido–juntos generan más calor y aumentan sus posibilidades de sobrevivir el embate del frío y el viento.

Ante la tormenta que representa el capitalismo desenfrenado que es el corazón de la economía global de la deuda, solemos juntarnos como pingüinos en comunidades, uniones, instituciones. Pero el capital, como la física, tiene su lógica, sus leyes, su particular forma de entropía. Le gustan los individuos. No le gustan, para nada, los colectivos que desafíen el principio central de la codicia. Opera dividiendo, oscureciendo, exprimiendo y consolidando.

Primero nos divide. Así como cuando separa a las familias de una comunidad plantada en un canto deseable de real estate, e insiste en repartir títulos de propiedad, para que cada familia venda por su cuenta y se salga más rápido que el todo. O cuando separa a la Universidad de Puerto Rico en once recintos, cada uno (¡olvídate del #oncerecintosunaupr!) con la carga de probar que: (1) merece existir como recinto y (2) tiene los recursos para hacerlo a pesar de los recortes brutales impuestos por la Junta. El capital convierte a  las comunidades en una sumatoria de individuos y a las instituciones en un conjunto de sucursales. Siempre a oscuras, claro. El mismo grupo de Klarman, Baupost, se cambió convenientemente el nombre a “Decagon” para comprar deuda de Puerto Rico. Y, ¿cuánto trabajo no han pasado grupos como los incansables periodistas del CPI, para que les entreguen los documentos más básicos, para obtener una mínima posibilidad de transparencia? ¿Cómo es que de repente tenemos misteriosos filántropos pagando salarios de “voluntarios” en las más altas esferas del departamento de Educación?

Una vez divididos, es fácil exprimir: los estudiantes desplazados se convierten, convenientemente, en clientes de un sector privado, subsidiado por el estado federal (la beca Pell) o local (el “costo por estudiante” de la reforma educativa); los retirados pierden su garantía de ingreso y en su lugar reciben un “portafolio” de “inversiones” individual, del tipo “tenga usted, compre acciones y que le vaya bien, o tal vez no, su retiro depende ahora de la popularidad del último iphone o de un par de tenis”; los empleados negocian sus condiciones por separado y en implícita competencia con los que otrora fueran sus pares y aliados; cada quien erige la mejor barrera (física o psíquica) que pueda para protegerse, porque la policía no está; y todas compramos, gastamos, invertimos en todo, todo, todo, porque nada es bien común y todo es mercancía, venta, producto. Nieve, nieve, nieve.

Con la consolidación viene la ironía: se alían, se compran, se juntan y se convierten en una cosa que, a diferencia de nuestra comunidad, nuestra institución, nuestro estado o nuestro país, es de repente “demasiado grande para fracasar”, “too big to fail”. Entonces, venden “instrumentos financieros” y nos venden también la idea de que tenemos que salvarlos y subsidiarlos, para que puedan seguir encontrándose, amigándose, enamorándose, casándose, apadrinándose los hijos y las suertes unos a otros, nombrándose mutuamente a juntas corporativas y filantrópicas y, cómo no, haciendo chavos y tomando decisiones juntos, comiendo caviar y bebiendo champán, sobre nosotros y el resto del planeta.

 

*Publicado previamente en Claridad, 31 de enero del 2019

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Lo que me preocupa

Lo que me preocupa:

Me preocupa que me entristezcan las celebraciones amplias del tipo “Puerto Rico es categoría 10” o “Cerrado por remodelación”. Que me saque por el techo el “#yonomequito”, por más inocente y bienintencionado que sea. Y es que prefiero cosas como lo que dijo hace poco Cristina: “hay retoños verdes en esa rama”; o la que dijo Marcos al final del video de hoy, “miren, otro pelícano regresando a la laguna”; o lo que dijo Raquel ayer, “Logramos abrir camino desde el km 13.3 hasta el 13.9 (justamente allí hay un derrumbe).” Siento que puedo ver y tocar y abrazar esas esperanzas modestas. Me hacen ilusión. No puedo tocar ni ver ni abrazar a “Puerto Rico se levanta”. Al menos, no todavía. Pero la rama, el pelícano, y el cantito de carretera…Esos me resultan visibles, esos me provocan empatía y admiración, esos me hacen llorar.

Me preocupa que aunque sé de los míos, no ‘sé’ exactamente. Es un “saber” bien limitado. Sé que están vivos. Se que la mayoría tiene techo. Pero ese “saber” de hace unas semanas, de estar al tanto, de hablar de “lo último”, de compartir planes y rutinas…a ese saber se lo llevó María.

Me preocupa que para ser optimista, según algunos, según tantos, hay que ser además: “neutral”; religioso; paciente; apolítico. Que no puede criticar, ni protestar, ni analizar, porque si analiza entonces le gritan que se “vaya a trabajar”, porque aparentemente usar el cerebro es signo de vagancia. Porque aparentemente el cerebro no tiene nada que ver con la reconstrucción a no ser que usted sea gobernante o militar. (Qué últimamente sean tal vez la misma cosa.)

Me gusta que breguemos con la adversidad, pero me preocupa cuando pintamos la pobreza y la miseria como formas legítimas de “volver a ser gente”.

Me preocupan las fotos de comida y fiestas que la diáspora ha (hemos) comenzado a colgar de nuevo en sus (nuestros) perfiles. Bueno, no: me preocupa el hecho de que me preocupen. Le tengo tanto miedo a que nos acostumbremos a la locura post-María, a que aceptemos una “nueva normalidad”, sin darnos cuenta, sin tomar decisiones, que a veces pontifico, y me da vergüenza cuando me doy cuenta de que pontifico, aunque sea internamente. Entonces, para sentirme mejor, le doy like al risotto.

Me preocupa que donemos una caja de pampers y se nos pase el sentido de urgencia.

Me preocupa que anoche estuve una hora peleando en Facebook con un gringo que pensaba que la crisis post-María era culpa nuestra y que insistía en malinterpretar las leyes de cabotaje. Me preocupa porque no lo iba a hacer cambiar de parecer, y lo sabía. Porque era una pelea inútil. Porque desde acá a veces nos ponemos a hacer lo inútil porque no hay de otra.

Me preocupa que acusen a Yulín de coger pon o pensar en su carrera. Al ingeniero, la manager, el investigador que hacen bien su trabajo y confían en recibir ascensos, reconocimientos o recompensas, nadie los juzga. En fin: que si la alcaldesa está haciendo un buen trabajo, pues a mí me importa poco que le saque provecho político a ese trabajo. ¿Acaso acusamos al académico de sacarle provecho académico a su trabajo?

Me preocupa también que celebremos a Yulín diciendo que merece el premio nóbel de la paz. Vamos. Seamos razonables. Hacer bien nuestro trabajo no es material de nóbel. Malala es material de nóbel.

Me preocupa que todavía tengamos esperanza en Trump. Vamos. Seamos razonables. No hay que esperar nada bueno, nada, de esa persona.

Me preocupa que seamos capaces de pensar que dios nos dejó vivos al tiempo que mató al vecino.

Me preocupa que nuestras pequeñas alegrías individuales contribuyan al gran mal colectivo. Uno logra traerse a mami, otra consigue espacio o in-state tuition en una universidad continental. Me alegro por ellas, en serio. No es mezquindad, lo que me provoca esta preocupación, ni es envidia. Es saber que se vacía el país, que se vacía. ¿Cuánto puede vaciarse un país sin dejar de existir?

Me preocupa que digan que todo está bien. Lo dicen acá con frecuencia. Por lo general lo dicen (además de los trompistas y otros personajes predecibles) aquellos cuyas familias ya tienen agua, luz, teléfono, un supermercado cerca, dinerito suficiente. A veces siento que las comunidades aisladas, la gente hambrienta, las morgues llenas y los pacientes desesperados por recibir insulina están desapareciendo de nuestra conciencia colectiva. Me preocupa que se nos olviden. Que se nos mueran.

Me preocupa que alguien bueno lea esto y se sienta aludida o criticado. A esa persona buena que está bregando todos los días en medio de la adversidad y el desastre, mi admiración, mis disculpas, mi abrazo, y la imagen de un pelícano que está vivo y regresa.

¡Mei-Dei!

mei-dei
Foto:Pablo Pantoja en 80grados.net.

En algunos de los anticuados muñequitos sabatinos de mi niñez, los tripulantes de un avión en llamas o un barco inundado corrían a buscar el paracaídas o el salvavidas, gritando “Mayday! Mayday!”. Aprendí así a pensar en “May-Day” como una expresión de alarma, de alerta, de catástrofe, de sálvese-quien-pueda.  Durante mucho tiempo, después de dejar atrás los muñequitos y aprender algo sobre las protestas de los trabajadores que se conmemoran el primero de mayo, creí que el uso de “May Day” como expresión de alarma resultaba del miedo a todo lo que apestara a “comunismo” o “socialismo”.

Ricardo Rosselló es más joven que yo, pero al parecer veía los mismos muñequitos.

Dos días antes de nuestro “MayDay”, al gobernador le dio por dirigirse al País. La mayor parte del real estate de su mensaje constituye una advertencia: su gobierno, dijo, estaría observando atentamente a “los que se manifiestan públicamente”, y violenten “la ley y el orden”, con actos de “desorden y vandalismo” vinculados a “motivaciones políticas”.  Al hablar, parecería estar esperando esa violencia con entusiasmo: su expresión evoca la de un niño de pesadilla en la víspera de su Navidad.  Los jueces (a quienes también, advirtió, estará “observando”) castigarán debidamente a los “responsables”.  Culminó dejando claro que no permitirá que “los delincuentes se apoderen de nuestra isla”, y encomendándonos al dios de los cristianos.

Otras figuras le hicieron de coro griego a la tragedia, denunciando a priori la violencia hipotética y normalizando el neo-carpeteo en las redes sociales. Durante y después de la marcha, la mayor parte de la prensa tradicional le hizo eco a ese tono mani-duro, enfatizando la “violencia” y “vandalismo” de la marcha e invisibilizando lo que a todas luces fue una actividad exitosa y multitudinaria, llena de amor, elocuencia y generosidad. Publicaron muchas fotos de encapuchados y cristales rotos, y muy pocas de las sonrisas, los abrazos, los letreros creativos.  De las mujeres, hombres, niños, y ancianas marchando en familia. De las organizaciones y grupos cantando, bailando, regalando consignas y flores. De las teatreras, los músicos, las bailarinas.  Esas fotos, y las de la multitud –las columnas desbordando las calles, tornando reclamos individuales en un grito universal, colectivo y contundente– las vi mayormente gracias a mis amigos virtuales y medios alternativos.

La sinergía de fuerza y belleza del día me paró los pelos, aun viéndola de lejos y por internet. Pero al parecer no tocó el corazón y la lengua (bastante larga) de los creadores de opinión con mayor influencia en el país. “La manifestación comenzó pacífica pero se tornó violenta”.  “Violenta”, “ineficaz”,“un fracaso” lleno de actos e individuos “criminales”. “Con la protesta de hoy”, dijo uno, “los manifestantes han perdido el apoyo de la mayoría del pueblo”. Estos analistas, columnistas y figuras políticas se empeñaron y empeñan en atacar la ilusión del día, en ahogar los esfuerzos de planificación posterior. No buscan entender la crisis. Prefieren desacreditar la protesta.

Ese mundo que los sentidos de Ricky y los suyos captan, no se parece al nuestro. Se parece más bien al mundo de ese anaranjado presidente norteamericano que ve gentes que nadie vio, escucha aseveraciones que nadie dijo, comparte noticias investigativas que nadie investigó –y, como el gobernador puertorriqueño, amenaza a los jueces que le llevan (o pudieran llevarle) la contraria.

Poco después de la marcha, el gobernador (con su equipo de trabajo, todos muy solemnes) se asomó a regañarnos otra vez.  Mayday! Mayday! Nos recordó que ya nos había advertido sobre el evento.  Declaró que los “criminales” sentirán “con severidad el peso de la ley”, que Puerto Rico no es de ellos sino de “los que quieren echar la isla hacia adelante”. Describió las acciones de vandalismo como algo vergonzoso, sin precedentes, una represalia de manifestantes molestos por el “fracaso” de la marcha–y agitados por el twitter de Yulín (¿en serio?). Y de nuevo, increíblemente, ignoró el balance constitucional de poderes para amedrentar a los jueces: Nosotros vamos a estar observando quiénes hacen unos procesos o quiénes permiten que casos se caigan”.

Con tanta rasgadura de vestiduras, cualquiera diría que la manifestación, y los cristales rotos una vez culminado el programa del día, son un fenómeno único y vergonzoso, un secreto caribeño y tropical. Que no hubo marchas o “vandalismo” en Portland, Los Ángeles, Nueva York, Chicago, Milwaukee, Las Vegas. Que no hubo marchas o “vandalismo” en París, Moscú, Buenos Aires, India, Grecia. Que alrededor del mundo, la gente no se aferra al primero de mayo para exigir derechos para los trabajadores, las mujeres, la comunidad LGBTTQ, los estudiantes, las inmigrantes; para exigir agua, libertad, educación,verdad, salud.

Eventualmente llegué a investigar un poco el significado de ese “mayday” que anunciaba catástrofes en los muñequitos, y descubrí que me había equivocado. La expresión de alarma “mayday!” no tiene que ver con el miedo al comunismo. Proviene de una expresión francesa, venez m’aider, que significa, más o menos, no tanto “sálvese quien pueda” como “ven y ayúdame”.

Resulta entonces que “mayday!” es, en cierto sentido, un pedido de solidaridad.

La  solidaridad que algunos intentan ahogar con “mano dura”.

La solidaridad que políticos y medios le niegan al movimiento que se fragua y crece hoy en Puerto Rico.

La solidaridad que ese día se tendió, como una telaraña poderosa y tenue, entre Puerto Rico y Chicago, Atenas, París, Buenos Aires.

La solidaridad que inundó nuestras calles de gente, y mi Facebook de flores.


Nota:Esta columna fue publicada anteriormente en el suplemento EnRojo, del periódico Claridad, y en la revista 80grados.net. 

La UPR, la Junta, la pobreza

torre-uprNota: publicado previamente en la revista digital 80 grados. 

 

La Junta de Control Fiscal le ha pedido (exigido) a la Universidad de Puerto Rico un recorte de 300 millones de dólares.

 

Esto no es un secreto. Tampoco lo es (o al menos, no debería serlo) el hecho de que, a pesar del muy cacareado propósito de “desarrollo económico” para la isla, el objetivo final de la junta no es tanto reparar nuestra maltrecha economía como exprimirla para pagarle a esas figuras fantasmales y míticas que son “los bonistas”. No lo es tampoco el hecho de que la deuda en cuestión no ha sido auditada.

 

(Lo que sí es un secreto, al menos para mí, es el análisis que redunda en la cifra “300 millones”. Parece algo arbitrario, el numerito. Igual pudieron haber dicho 500 o 50. Ese análisis debería ser exhaustivo, cuidadoso y, sobre todo, público. Pero en fin. Suspiro.)

 

Claro que lo ideal es que el recorte no ocurra. Claro que hay que resistir y luchar en contra de ese recorte. Pero también está claro que si hay recorte, no podemos permitir que éste sea llevado a cabo, a fuerza de marrón y cuchillo, por la junta y sus esbirros. Si los recortes se llevan a cabo a discreción de sectores que ni conocen ni les importa la universidad y su misión, serán golpes y amputaciones que podrían herir de muerte a la UPR.

 

De nuevo: los recortes que la junta y sus amigos exigen de la universidad no están diseñados para mejorar nuestra economía sino para exprimirla todo lo posible, aunque en el proceso las destruyan a ambas–universidad y economía. Esto no es “por nuestro bien”. No nos engañemos.

 

La reacción de muchas universitarias (uso aquí nombres y pronombres femeninos para referirme a todas las personas) ha sido la resistencia, la protesta, la declaración de que a la universidad pública no hace falta justificarla porque es valiosa en sí misma, por definición. La reacción de otras ha sido un llamado a reconocer áreas de recorte posible. Otra reacción lo ha sido plantear la necesidad de un proceso amplio y participativo para determinar dónde, cómo y cuánto se recorta. Una cuarta, que me resulta antipática, ha sido aprovechar la oportunidad para criticar las ineficiencias y defectos de la universidad.

 

Las primeras tres no son mutuamente exclusivas y, en su justa proporción y en el contexto de un debate académico sobre valores, visiones y recursos, pueden ser hasta productivas. Un ejemplo reciente de su conjunción lo ha sido la UPR-Cayey, en donde los colegas combinaron las tres: paro, análisis y sondeo.  

 

La cuarta me parece, francamente, algo así como vagancia intelectual. En esta coyuntura, hay una diferencia real e importante entre el acto de señalar con el dedo, distribuyendo culpas, y el de identificar valores y áreas de prioridad. El primero suele salir de la baqueta, del impulso, de la frustración y el resentimiento acumulados; el segundo surge del análisis, el amor, el diálogo y el estudio. A ver: ¿cuál de estos dos es más universitario?

 

Lo anterior es todo contexto para contribuir de alguna manera, limitada pero espero que útil, a ese diálogo, trayendo a colación un tema que me parece esencial para conversar y definir los espacios que vamos a priorizar y proteger.  Muchas no estarán de acuerdo conmigo en términos de argumento, pero creo que todas reconocerían la importancia del asunto en términos del tema.

 

Se trata de la relación entre la Universidad y la desigualdad económica, entre la UPR y la clase social, especialmente de las estudiantes.

 

Ojo: cuando hablo de las estudiantes más desaventajados en este texto, no me estoy refiriendo a todas los que reciben beca Pell (aunque ese es un tema importante también) sino a aquellas que provienen de las familias más pobres, de las zonas geográficas más excluidas, de las escuelas con mayores problemas y menos recursos.

 

Mi propósito aquí no es decirle a las universitarias lo que tienen que hacer bajo la guisa de “traer soluciones”, sino argumentar que hay que ampliar el tema, para hacerle justicia al problema y su relevancia para la discusión.

 

¿Cuáles son algunos de esos otros asuntos que habría que considerar si queremos incluir la desigualdad social en la conversación colectiva sobre dónde, cuánto y cómo recortar?

 

Comencemos con el más común ahora, que es el costo de matrícula. Los obstáculos que nuestros estudiantes enfrentan para hacer el desembolso que implica pagar la matrícula no se limitan a la cantidad de dinero.  Recordemos la implementación de la cuota de $800 hace algunos años: en varios recintos perdimos estudiantes no tanto o no sólo porque no pudieran pagar, sino porque, en un absurdo kafkiano, la institución les exigió el pago de la matrícula y/o la cuota antes de darles el cheque de la beca Pell. No antes en términos de horas sino de semanas. Perdimos así un número indeterminado de estudiantes que al no poder pagar, se fueron. Cualquier acción para recortar gastos debe tener en cuenta, entonces, no sólo cantidades y escalas sino también los recursos asignados y métodos diseñados.

 

Luego está el posible cierre de los recintos pequeños. Esa es una de las medidas más fáciles (y sospecho que una de las más probables, si le dejamos a la junta y sus etcéteras la tarea de recortar gastos.) Pero de nuevo, al menos en términos de clase social y desigualdad, no deja de ser problemática. Para empezar, está el rol de esos recintos en la vida y salud económica de los lugares donde se ubican. Cerrarlos implica no solamente dejar fuera estudiantes que no pueden acceder a los recintos grandes, sino iniciar un efecto dominó implacable sobre los negocios que dependen de estudiantes y empleados para su ingreso, y que a su vez participan de la actividad económica en sus municipios y en el país, mucho más, por cierto, de lo que participan las entidades e individuos que reciben alegremente nuestras exenciones contributivas. Me gustaría ver el análisis económico comparativo del impacto de cerrar un recinto vs. recortarle unos chavitos a Walmart.

 

El cierre de recintos está a su vez relacionado con el tema que me parece más crucial y probablemente más ignorado, en términos del impacto de posibles recortes sobre la desigualdad económica y social y su impacto sobre nuestras estudiantes más pobres. Y es que cualquier medida que reduzca los espacios totales disponibles en la UPR, tendrá el efecto de dejar fuera a los estudiantes provenientes de los sectores más desaventajados, las áreas geográficas más pobres, las escuelas con mayores problemas académicos.

 

Dicho de otra manera: la contracción de la universidad implica también su elitización, y dificulta su misión de contribuir a una socio-economía y un país más justos.

 

¿Por qué? La cosa va así:

 

  • Aunque al hablar de admisiones, tendemos a hablar del “IGS” (índice general de admisión, calculado según las notas y examen de admisión de una estudiante) para los distintos departamentos y programas, lo cierto es que el IGS es una función de la interacción entre el IMI (índice mínimo de ingreso) y el cupo (número de asientos en cada programa). El IMI y los cupos son establecidos por los departamentos. El IMI de un programa, digamos, hipotéticamente, biología en la Yupi, puede ser 300 puntos. Pero si la demanda para entrar a biología es mayor que el número de espacios en el programa, entonces el IGS necesario para entrar se trepa en 350.  En Mayagüez, por dar un ejemplo no hipotético, el IGS de un programa como psicología es mayor que el de uno como sociología o literatura, no porque una disciplina sea más difícil que otra sino porque hay mayor demanda para una que para otra.

 

  • El IGS mediano de las estudiantes en la UPR aumenta según aumenta el ingreso de su familia. Es decir: mientras más pobre sea una estudiante, mayor la probabilidad de que su IGS no cualifique para ser admitida, para ser admitida en los recintos grandes, o para ser admitida en el programa de su preferencia. Esto no es necesariamente debido a cosas como mérito o talento, sino a cosas como la calidad de la educación que recibe una estudiante antes de solicitar a la UPR y el acceso a recursos como cursos avanzados (ausentes en muchas de nuestras escuelas superiores), o incluso a cosas tan básicas como seguridad personal o salud.

 

  • Lo anterior implica que si reducimos los cupos, estamos aumentando el IGS y dejando fuera estudiantes que de otro modo sí entrarían. Reducir los cupos puede ser consecuencia de diferentes tipos de recorte, tales como la eliminación de recintos o programas, o la reducción de cursos disponibles.

 

  • La admisión de estudiantes muy pobres es relativamente menor a la de estudiantes más aventajados (que no necesariamente, de nuevo, quiere decir lo mismo que “privilegiados”), pero no es el único factor que elitiza y elitizaría aún más a la universidad. Hay muchos otros. Por ejemplo, están aquellos que afectan las tasas de retención y graduación. Las estudiantes más pobres abandonan la universidad sin terminar sus estudios con mayor frecuencia que otras, porque enfrentan más obstáculos académicos y administrativos. No voy a entrar en esos obstáculos en este escrito, que se va poniendo largo, pero hemos estudiado algunos de esos factores y sabemos que son muy reales – y además remediables, en algunos casos haciendo una inversión menor que redunda en un ahorro mucho mayor.

 

Todo lo anterior es para que le demos al tema de la desigualdad social y económica el lugar justo que merece en cualquier conversación sobre el impacto y modo de los recortes probables a la universidad. Creo que es imposible pensar sobre la misión e importancia de la universidad pública sin pensar también en su relación con la pobreza.  Si decidimos ignorar estas consideraciones, hagámoslo después de conversarlas, y con los ojos bien abiertos.

 

cajera

La cajera que me atiende en el supermercado es joven, blanca y gruesa. Lleva el pelo recogido en una cola de caballo que sospecho empezó pizpireta en la mañana pero ahora se ve como triste. Tiene un lunar coqueto cerca de la boca, otro más tímido junto a la oreja derecha, y un saludo cansado, pero amable, en los labios. Un agujerito, del tamaño de la goma de un lápiz, adorna su uniforme a la altura del pecho.

Fue ese agujerito en la blusa gastada lo que me invitó a prestar atención. Si no hubiera sido por él, hubiera seguido con mi día, sin detenerme a mirarla, pensando en otra cosa.

Un desafío

books-bookshelf-person-head-540wLa cosa (el mundo, el país) está bastante mala. Terrible, realmente. Muchas de nosotras nos la pasamos poniéndonos al día con las noticias, y son tantas, tan malas y tan frecuentes que andamos por el mundo con la adrenalina arriba y los ánimos abajo.

Uno de los mejores tratamientos para eso es la lectura de literatura. No necesariamente para escapar de la realidad (aunque esa es tan buena razón como cualquiera) sino para procesar esa realidad, hacerla más manejable, buscar consuelo, entender mejor, desarrollar capacidades  como empatía e introspección, y ayudar al cuerpo a mantenerse sano o incluso a sanarse. La literatura es autocuido. Las personas que leen habitualmente logran, por ejemplo, reducir el estrés, manejar ansiedades sociales, y reducir la depresión. Leer puede ser tanto o hasta más sanador que una caminata, una sesión de meditación,  o una taza de te.

¡Te invito entonces a formar parte de un círculo y desafío de lectura! El proyecto va de febrero 15 a julio 15. No hay mínimo (tú decides cuántos libros y cuáles), pero, ¡¡Las/os ganadoras recibirán premios, y  los/as primeros en sumarse al grupo también!! Y no, los premios no son libros míos, y no, no hay que comprar nada y nadie hace chavos de esto, tampoco tienes que proveer información personal, en fin, no hay truco. Sólo el placer de la lectura en  buena compañía. 

Antes de decir sí o no, pásate por la página en mi blog (aquí)  para leer la descripción del asunto, y respuestas detalladas a las preguntas que probablemente tendrás.

Si recibiste este mensaje dos veces, discúlpame. Traté de evitarlo pero se me chispoteó.

Ojalá te animes. Feliz lectura.

–Rima

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social-mediaCierto que no soy la reina de la tecnología y los medios sociales, pero tampoco me considero una ludista—tengo y uso un ordenador todos los días, manejo mis blogs yo misma con WordPress, leo algunos de mis libros en kindle, estoy moderadamente activa en Facebook y en Pinterest (aunque me salí de instagram y twitter por razones que no vienen al caso, o tal vez sí), tengo (esto me da un poco de pachó, pero es importante para este espacio y para mi identidad como escritora) una página de FB, escribo y edito en cosas como Scrivener, DayOne y Google Docs, leo noticias y uso aplicaciones varias en mi iPhone…Pero no sé. En estos días no me siento del todo cómoda en Facebook, que solía protagonizar gran parte de mi actividad en línea. No es una posible adicción lo que me preocupa: en todo caso, lo que me incomoda me está haciendo pasar menos tiempo allí que antes.

A ver si me explico: Entro a FB y me encuentro con un “feed”, ¿cierto? Yo solía visitar FB diariamente precisamente por ese feed: allí leía, por ejemplo, mis noticias, seleccionadas por mucha gente a quien le gusta hacerlo y cuyos gustos e intereses comparto. Leía notas, también, columnas de opinión, y descubría blogs y recursos nuevos, a través de la recomendación de otros. Poemas, cuentos, ensayos, invitaciones, combinadas con algunas noticias y fotos de los amigos: ponía mi mente, en fin, al día.

Pero en algún momento, el contenido de mi feed comenzó a cambiar. Al principio pensé que se trataba de una casualidad, o de algún cambio en el comportamiento de los usuarios, y tal vez algo de eso hay. Me refiero a que ahora casi no veo noticias, y a que el contenido principal es la vida (con frecuencia, francamente, “privada”) de otros. Veo mucho de lo que comparten ciertas personas (muchas de las cuales casi ni conozco) y casi no veo lo que escribe gente cercana a mí y cuyas expresiones solía ver en mi feed con más frecuencia. Veo chismes, peleas, diatribas, fotos, más fotos, plegarias, más fotos, selfies, selfies, selfies, hijos/hijas, juegos, videos en vivo de la vida de alguien, anuncios y peticiones de oración colectiva.  Veo hasta un video de la mujer de Bernier en su camita, anunciando que no se ha hecho el pelo, que no tiene maquillaje puesto, y que extraña mucho mucho a su marido, que anda de viaje.

Esta es mi pregunta: basándose en mis clicks y actividad en línea, no hay algoritmo, por burdo que sea, que decida que esas cosas definen mis intereses. ¿Por qué definen entonces mi feed?

Ojo:Ninguna de esas cosas, por sí sola, me molesta particularmente–de hecho disfruto descubrir una receta, un paisaje, un vestido o un chiste tanto como cualquiera. Y ninguna es nueva en FB. Lo que no entiendo es lo siguiente: 1)¿por qué ya casi no veo noticias y contenidos pertinentes, si se supone que FB conoce mis gustos, y yo le daba click a las noticias con mayor frecuencia que a esas otras categorías que ahora veo constantemente? 2)¿por qué FB ignora mis intentos de personalizar mi feed? ¿Para qué tiene entonces los botoncitos que nos permiten decidir a quién y qué vemos con más o menos frecuencia?

Digo, si nuestra actividad en línea está constantemente monitoreada, lo menos que merecemos es que nuestros gustos sean de algún modo tomados en cuenta, ¿no? Digo, para más que vendernos un par de botas. Tanto algoritmo, y al final FB me deja ver no lo que yo quisiera sino lo que ellos les da la gana.

Para ser clara: esta entrada no es una petición de auxilio. No necesito que me expliquen, por ejemplo, que puedo elegir “see first” para algunos usuarios, o ir directamente al perfil del usuario que sube noticias. Me interesa más usar mi experiencia para entender ciertas cosas.

Y es que hoy leí algo en el NYT que en su momento ignoré: Hace algunos meses, FB anunció que le daría prioridad a los contenidos “personales”, por encima de cosas como noticias o recursos. Eso explicó parte de mi problema, aunque no me dijo por qué es más importante para FB obligarme a ver lo que ellos quieren aunque visite menos, en lugar de permitirme ver lo que yo quiero y por ende aumentar la probabilidad de que yo visite. ¿Acaso no les conviene que yo visite FB más, no menos?

Entonces me acordé de Trump.

El éxito de Trump tiene que ver con una tendencia (es mucho más que una moda) cultural hacia la exposición constante de una “vida privada” que francamente tiene casi tanto guión (a veces más) que la vida pública. Con el auge de los reality shows, y las posibilidades de que la exposición, pura y simple, redunde en fama y reconocimiento independientemente del talento o la contribución (supongo que podemos llamarlo “el fenómeno Kardashian”) aumentó el ancho de banda al que pueden sacarle partido comercial las corporaciones que tiene medios sociales. Esas corporaciones tienen entonces más interés en premiar a los que publican eventos, fotos, pensamientos, y videos personales que a los que, como los usuarios que yo solía ver y seguir con mayor frecuencia en mi feed, buscan contenido interesante en los medios (texto, palabras, especialmente) y lo comparten con otros. No conozco el algoritmo que usa FB pero apuesto casi cualquier cosa a que si me tomo un selfie, me saco video jugando con mis hijos, redacto una invitación a unirse a una cadena de oración, encuentro una noticia importante, termino de escribir esta entrada, y comparto las cinco cosas, las primeras tres le saldrán en el feed a más usuarios que las otras dos.

Si esa es en efecto la realidad, tiene implicaciones importantes para lo que aprendemos todos los días, para los pedacitos de información que usamos para alimentar nuestra mente y con los cuales generamos otros pensamientos. Es decir (esto no es trivial) para lo que nos construye. Si la gente pasa, digamos, una hora diaria en FB, más unas cuantas miradas breves a través del día, es probable que se enteren de cosas más o menos triviales independientemente de que deseen enterarse además de otras cosas, cosas que expandan su mundo personal y social.

Yo no sé ustedes, pero yo extraño esa función de Facebook, la de proveerme, a través de la inteligencia y tiempo de otros, cosas nuevas e interesantes que enriquecieran mi mundo: una noticia, un análisis, un texto provocador.

Pero me temo que a FB yo, y la gente como yo, no le parecemos demasiado importantes. Esa gente que entra un ratito a leer algo sobre los amigos, tener y compartir noticias del mundo, y recibir y dar recomendaciones para expandir mente y conocimientos. Excepto en la medida en que nos puedan convertir en consumidores constantes de la vida cotidiana ajena y productores (y publicistas) de la propia. Y para lograr eso, piensan, tienen que cambiar nuestro feed.

Sacando el día

rebeca-hastingNota:Publicado anteriormente en Claridad y en 80GRADOS.

Es mediodía. Observo a mi hijo menor, que está jugando pelota. Del deporte sé muy poco, pero no puedo evitar admirar la delicada coreografía del juego, y ésta me lleva a pensar en la igualmente delicada coreografía de movimientos y acciones que se conectan y redundan en este pedacito de “vida normal” que con tanta naturalidad se despliega frente a mí: el calendario; la transportación; los esfuerzos para que el pequeño jugador quiera, en efecto, jugar; las comidas; los uniformes; la socialización.

 

Le han puesto el uniforme de catcher, y sé que tiene calor, porque la temperatura está sobre los cien grados y el sol está alto en el cielo.  Pero el niño dobla las rodillas, fija su vista en el pitcher, captura la bola, se incorpora, devuelve la bola…Para llegar hasta este momento tan simple, tan poco extraordinario, hubo que practicar un poco con el muchacho para que no empezara demasiado atrasado (porque aquí en California le ponen el bate y la bola a los nenes en la mano desde los tres años, y lo de practicar le toca a mi esposo porque de eso yo, como de tantas otras cosas, no sé ni jota), buscar información en línea sobre las pequeñas ligas, ir a las reuniones, crear un equipo, construir un horario, conversar con naturalidad (con la que pueda) con otras madres y padres durante los juegos, recoger las bases, cepillar la arena, negociar desacuerdos…

En fin, que cualquier cosa “normal” y cotidiana que logramos requiere cierta habilidad, ciertos recursos, cierta gracia, y es maravilloso cuando lo logramos, pero no siempre lo logramos. O al menos yo no siempre lo logro. De hecho lo logro con poca frecuencia, y cuando fracaso en esa gestión de crear cotidianidad me pongo muy triste y pienso en mi madre, Teté, en lo pesada y difícil que siempre le resultó la vida diaria.

Esta mañana, antes del juego, estuve leyendo La piel del cielo, de Elena Poniatowska, y allí me encontré con las mañanas de Florencia, la granjera, un personaje hermoso y simpático a quien le cobré cariño de inmediato. “Florencia”, dice la autora, “investía las labores matutinas de la huerta con un ritual exacto que las sacralizaba; Nada más importante que hacerlo bien, sacar el día adelante.”

“Ritual exacto…sacar el día adelante…” Leo y releo la oración, en parte porque es una hermosa oración y las oraciones hermosas me pueden, pero en mayor medida porque denuncia la aflicción que provoca mi empatía con Teté. Quiero decir que con frecuencia me cuesta mucho eso de “sacar el día adelante”. Que lo que me aqueja no es tanto incompetencia –porque en el trabajo “trabajo”, ese que hacemos para subsistir, me ha ido generalmente bien–, sino otra cosa, más bien asociada al ámbito de lo doméstico. Que reconozco que vivir, que vivir intensamente, que vivir feliz, tiene mucho que ver con esa capacidad para “sacralizar” lo cotidiano, para “hacerlo bien”, para agarrar al día y sacarlo adelante.  Que en estos días, esa capacidad la tengo que cultivar mucho, y un tanto cómicamente, por escrito, escribiendo mientras escribo, llenando el margen de notas como “cuando termine este párrafo voy a picar cebolla”, para lograr sacar adelante, mínimamente, mi día. Que a veces recuerdo y reconozco la ausencia casi absoluta, y en todas las esferas, de esa capacidad en Teté, quien pasó buena parte de mi infancia acostada boca abajo en el colchón, debajo del mosquitero, dejándonos, impotente, a la merced de calamidades varias: hambre, violencia, pobreza, enfermedad.

Por la noche, después del juego de pelota, recuerdo a Florencia la granjera durante un agradable momento de normalidad doméstica. Estoy guardando ropa limpia en los cajones del cuarto de mi hijo. Hablo con él, bromeamos, paseamos a la perrita, hablamos un ratito más mientras nos comemos algo juntos… Es un pequeño logro hogareño, uno de esos instantes en que de repente las tareas que otras veces me resultan pesadas, intrincadas, incomprensibles, se bañan con la luz de mi cachorro y se me presentan llevaderas, agradables, posibles y hasta naturales. En esos momentos me distancio de Teté y de esa parte de mí que no sabe qué hacer o qué hacerse frente a las demandas de la cotidianidad. Cuando piso o traspaso las fronteras de la incompetencia doméstica, me acerco a Teté, me acerco al entendimiento azul que nos regala, generosa, la tristeza. Me acerco tal vez hasta al arte mismo, a su posibilidad hecha palabra, pero me alejo de los míos, me alejo de la vida.

Florencia me inspira–y es que, tal vez como tú que me lees, suelo buscar respuestas a mis “issues” no tanto en la psicología como en la literatura–a reanudar mis esfuerzos por forjar una rutina, diaria y sencilla, que me permita atender mínimamente el cuerpo, la familia, la casa y el alma. A veces me pregunto si, entre aquellas que logran sacar su día adelante, habrá acaso dos tipos de personas (que también podrían ser dos modos de estar, incluso en la misma persona): las que se dedican a buscar la novedad que las saque de la rutina, y las que, como Florencia, forjan y sacralizan su rutina con amor. Sospecho que, al menos últimamente, quiero ser de las segundas.

Sospecho también que al final, ambos modos de estar son formas un poco supersticiosas de no postrarse, de espantar a la muerte, de rozar la eternidad.

Casas en el agua

parguera casetasEl año,creo,era 1998, y yo estaba reunida con un casetero, a quien llamaré Leno, en la sala de su caseta, él enfrascado en el relato de la historia de su caseta, yo escuchando y a la vez un poco distraída con el mar, porque allí estaba el mar, tan cerquita, tan pleno, tan calmo y rebosante de pájaros blancos, allí mismo, a nuestro lado.

Esa es la experiencia en una caseta. Cuando decimos que las casetas de La Parguera están en la “zona marítimo terrestre” estamos describiendo una realidad espacial y jurídica pero también literal y con algo de poesía: la entrada está en tierra, el balcón en el mar.

Hurgo en mis recuerdos y en las notas, que aún conservo, de la entrevista que le hice a Leno, porque estoy buscando inspiración para escribir aquí sobre el tema escabroso de las casetas en La Parguera, construidas sobre pilotes dentro del agua, que el PS 1621 busca legitimar con la designación de una “zona de planificación especial turística de las casetas y muelles sobre el agua y terrenos de dominio público en La Parguera”, y así resolver su “incertidumbre jurídica” y cobrar “cánones de uso”.

La “controversia” parece clara: de una parte, están la mayor parte de la comunidad científica, el departamento de recursos naturales, la mayor parte de la izquierda y los ambientalistas…De la otra, los dueños de las casetas y sus círculos, los alcaldes del área, la mayor parte de los senadores y representantes, y personajes variopintos que expresan públicamente su apoyo, como la ex-contralora Colón Carlo.

Se trata de un tema incómodo para mí. Y se me ocurre que las razones de mi incomodidad pueden ser las mismas detrás de la mentada “incertidumbre jurídica”, y permanencia de las casetas. Porque esa permanencia es, bien mirada, un hecho extraordinario: las casetas son, claramente, ilegales, porque están en la zona marítimo terrestre.Su uso es mayormente vacacional. Muchas son propiedades fantasma, que ni aparecen en el registro de propiedad. Y sus dueños no son “rescatistas” tradicionales en busca desesperada de vivienda. Los críticos tienden a pensar que su permanencia se debe a que tienen amigos poderosos, y creo que tienen razón, pero también que el asunto es más complicado, y más interesante, que sencillamente un caso de “influencias”.Nos toca entender cómo surge ese arraigo, cómo han logrado permanecer. Pero primero, dejemos mi conflicto establecido: Esa ley me parece un disparate y espero que el gobernador no la firme; pero, como tantos, he disfrutado visitas en casetas y cuento con amistades que, al leer esta columna, tal vez dejen de serlo, porque viven enamorados (¿quién no lo estaría?) de sus casetas.

Así, enamorado de su caseta, estaba Leno. Le advertí que no estaba de acuerdo con la construcción ilegal costera, pero él, generoso, continuó la conversa y contestó mis preguntas. Me contó que conoció La Parguera en los sesenta: “Mi hija vino aquí a las seis semanas de nacida, a la caseta donde nos quedábamos…La Parguera ha sido siempre parte de mi vida, la mejor parte. Porque yo vivo en [ciudad cercana], pero yo verdaderamente existo en La Parguera.” Eventualmente compró la caseta, y visitándola se criaron sus hijos. “La vida en el mar, eso es lo más sano para la familia”, me dijo otra casetera. Ese discurso de apego, pertenencia, familia sana, de vínculo histórico y existencial, es típico de los caseteros que hoy impulsan el P del S 1621. Algunos han colocado fotos de su caseta en los medios sociales y expresan sentimientos como el siguiente:“¡Aquí está nuestra caseta,llena de amor, de fiesta, de unión familiar, nuestro hogar…yo nací y me crié allí, por eso yo soy de La Parguera!”

El sentimiento de pertenencia suele ser genuino, y es también una estrategia que los caseteros han utilizado históricamente para construir y persistir. Las primeras casetas fueron comisionadas por familias que los viejos del barrio describieron como “pudientes”,en los años treinta del pasado siglo, y a su lado chapoteaban (el agua estaba más limpia entonces) tanto los niños “de pueblo” como los de “comunidad”. La “comunidad” por su parte, estaba constituida fundamentalmente por pescadores, pero creció y diversificó en los cuarenta y cincuenta cuando se repartieron las parcelas (que no están en la costa). Los caseteros usan estas historias para explicarle a sus interlocutores que ellos “son de allí”, que sacarlos “es una locura”.

Otra estrategia, muy relevante ahora, ha sido la forja obstinada de pequeñas señales de “legalidad”. En los treinta, obtenían el visto bueno gubernamental si publicaban primero un edicto y nadie se oponía a la construcción. Así surgieron las primeras y se fueron convirtiendo en parte del paisaje. En 1969, había ya cerca de cien casetas, y se les ordenó desalojar en un término de sesenta días: No pasó nada. En 1978, el gobernador firmó un acuerdo con la Junta de Planificación y el Cuerpo de Ingenieros que las obligaba a salir antes de 1985; pero en 1979, otorgó “permisos de uso” parecidos a los que propone el proyecto actual. Los caseteros continuaron construyendo al amparo de la noche, con la mano de obra de los carpinteros y chiriperos locales. En los ochenta, cuando un grupo de familias de escasos recursos obtuvo nuevas parcelas, los caseteros ofrecieron colaborar económicamente en la construcción de un alcantarillado para el uso de los rescatadores–y, por supuesto, las casetas.

En términos generales, no absolutos, los residentes de las parcelas son de clase trabajadora (algunos pescan, y muchos descienden de pescadores), y los caseteros tienden a ser profesionales. Cuando les preguntaba a los primeros sobre el tema, algunos se pronunciaban absolutamente a favor, y otros resueltamente en contra, pero la mayoría expresaba ambivalencia: “Esos son los ricos, los profesionales. No necesitan vivir allí,tienen sus casas. Nos limitan el acceso de los botes al agua. Pero también nos dan trabajito, limpiando, o de carpintería, cualquier chiripa que haga falta…” “Los caseteros, lo que pasa es que pagan bien, sobre todo cuando quieren hacer la caseta más grande, o arreglar el muelle, y entonces hay que construir y hasta pintar de noche, velar que no venga la gente de Recursos.” Los caseteros proveen algunas oportunidades de empleo a cambio de del acceso (físico y visual) al mar, que sigue siendo importante para algunos pescadores pero para muchos residentes no vale la pena discutir. El crecimiento histórico de las casetas ocurrió al mismo tiempo que el de las parcelas, de modo que ambos tipos de residente sienten que, en efecto, “son de allí”.

En 1996, armados con un aparato de abogados y relaciones públicas, los caseteros recibieron al entonces gobernador para un “tour” del área, al final del cual Roselló decretó, para la prensa, “Ahora soy yo el que dice que se quedan.” Ya para esa época eran doscientas, algunas pagaban impuestos al CRIM, otras habían obtenido “permisos de uso” del Cuerpo de Ingenieros, y casi todas tenían y pagaban servicios de agua y luz.

parguera aerea

Los que las apoyan las describen como parte esencial de un paisaje “hermoso” o “de revista”, utilizan adjetivos como “encantadoras” y frases como “Venecia de Puerto Rico” (esa, pintorescamente, se cuela hasta en el texto del proyecto de ley que hoy nos ocupa). Las plantean como parte del “atractivo turístico” de la zona, objeto de la mirada de los que “pasean en bote para ver las casitas de colores que son parte esencial de la imagen de La Parguera”, y “una cosa linda para los turistas, que vienen aquí buscando una villa pesquera.” El litoral será parte del “dominio público”, pero los caseteros lo han convertido en propiedad privada, pública sólo en tanto objeto de la mirada del otro y parte de la belleza y la salud económica del barrio.

Con esto de ser “de allí”, estampas de legitimidad, y alusiones al paisaje,las casetas han ido adquiriendo un aura que, combinada con las conexiones sociales y profesionales de muchos caseteros (no sé ahora, pero en 1998 veraneaba en ellas hasta un juez federal) sirve para complicar lo que debería ser un asunto simple: que el mar es de todos. Las casetas, igual que don Leno, son absolutamente encantadoras, pero están profundamente equivocadas.

El paso del proyecto por cámara y senado fue apresurado y nocturno, como la construcción de las casetas mismas. El momento histórico es importante: se nos viene encima la ley que crea una junta de control fiscal y relaja protecciones ambientales, se han creado incentivos para que se muden a la isla y compren propiedades algunos estadounidenses, se habla de agilizar la permisología.

Busco en internet los términos “casetas La Parguera” y veo, prominentemente, anuncios de alquiler y venta: “Casa acogedora en las aguas”, “hermosa cabaña frente al mar”. Fluctúan entre $250 y $500 por noche. Si usted desea poseer su propia caseta,las hay para la venta. Me llama la atención una de ellas. Tiene dos letreros que en mayúsculas advierten “MUELLE PRIVADO”. Piden por ella medio millón.

¿No tiene medio millón? Hay otra por sólo $350,000. El realtor la anuncia así:

“LA PARGUERA, DE REVISTA!!! ´AREA EXCLUSIVA EN LA PARGUERA…SEA UNO DE LOS POCOS AFORTUNADOS EN TENER UNA CASA EN EL AGUA EN LA PARGUERA.”