musa

storm birdA veces (¿tal vez ahora mismo?), y por lo general de repente, se me presenta o experimento un vacío distinto, extraño…Una especie de silencio en expansión: material, corpóreo, físico.  Es como la calma terrible y misteriosa que precede a la tormenta, la sensación casi insoportable de que algo está a punto de pasar.

Ese silencio donde nos damos cuenta, sobrecogidos, de que se han callado todos los pájaros.

A veces (¿siempre?) se trata de un anuncio de la inspiración, de la visita de la musa. No siempre redunda en visita, pero lo ha hecho con la frecuencia suficiente para que mi lápiz salive como un perrito de Pavlov. Mientras espero que se me pase, no puedo hacer otra cosa que escribir. No puedo aprovechar la calma para atender alguna cosa práctica.

Quisiera–atender, ser práctica–pero no hay caso.

La calma abrumadora antes de la musa es muy distinta a la calma que sucede a la tormenta, la que aparece poco después de escribir, durante la cual la gente abandona su refugio y sale a la calle a ver qué se rompió, quién se murió, cuánto se perdió. Esta otra calma es la del estropicio y el escombro, de la reconstrucción y el nuevo orden, la de lo que queda de mí después de la visita. El silencio es distinto: ya no está vacío sino puntuado por el sonido del agua que corre en forma de improvisado riachuelo o cae en forma de sorprendida gota, por los ruidos del quehacer, por los murmullos que celebran la vida o lamentan la pérdida.

Por los pájaros, que han vuelto a cantar.

Le tengo cariño, reverencia y, francamente, un poco de miedo, a esta musa mía. No es como la dama marmórea y diligente de los clásicos: mi musa es más bien como Oyá, la deidad negra del viento y la centella.  Como ella, es taciturna, terca, y amiga de los muertos.

De los esqueletos.

En estos días, ando cortejando, con delicadeza, a otras musas. Musas más gentiles, más sencillas, menos intensas, menos huracanadas. Me vendría bien una deidad de la brisa, por ejemplo, las mariposas, o el rayo de luna.  Pero coqueteo de lejos, tentativamente, tratando de no ofender a esa mujerona formidable que me ha traído a la libreta tantas veces, y a quien le debo tanto.

No estoy lista (¿todavía?) para perderla.

resistencia

the-start-writing-own-poem-pencil-448Hoy no quiero escribir. De hecho no quiero hacer nada, al menos nada particular. Podría fregar los platos o hacer ejercicio. O escribir. Pero, no quiero escribir.

Así que escribo, y comienzo con esa oración: Hoy no quiero escribir.

Escribir no es una disciplina en el sentido popular de un castigo. La máxima inglesa de “no pain, no gain” no aplica. Escribir es una cosa que hacemos no para contrariar a la vida, sino para fluir en ella, para acurrucarnos en el día, para encontrarnos en el momento.

Hay días de resistencia. Días en que nuestra mente y nuestras manos no cooperan con nuestro propósito de escribir con frecuencia, de escribir a diario, de escribir. Tal vez porque nuestras manos desean ocuparse en alguna otra cosa. Tal vez deban ocuparse en otra cosa. O tal vez no desean ocuparse en nada, porque estamos tristes, ansiosas, o dispersas.

En esos días, mi experiencia ha sido y es que escribir contra la resistencia es, como dicen los Borg en la serie de Star Treck, fútil. Que escribir contra la resistencia es poner nuestra propia, humilde y personal resistencia frente a frente con la resistencia avasalladora del universo entero. Que escribir no puede ser una batalla. Si peleamos con la resistencia, perdemos. Natalie Goldberg tiene un nombre divertido para esa batalla pendeja. Lo llama “pelear con el tofú”.  Es pelear con una sustancia blanda que se escurre entre nuestros dedos y sobre la cual no podemos imponernos, por más fuerza de voluntad y disciplina que le queramos infundir al proceso.

Para escribir en días de resistencia lo mejor es sentarse cerca de la resistencia, tenderle una mano amiga, acompañarla, observarla. Y escribir a la manera en que algunas etnias le dedican tiempo al arte tradicional de pintar con arena: sin expectativas de permanencia, a sabiendas de que lo escrito puede irse lejos, con el viento, en cualquier momento. No hay promesa en la letra que surge cerca de la resistencia o, al menos, no hay otra promesa excepto la del escribir, la del proceso, la del estar en el momento, la de la oración que sale, la de la que le sigue, la del no importa, estamos escribiendo, estamos vivos, estamos aquí.

En días de resistencia solo resta rascar la página con la pluma y decir por escrito Hoy no quiero escribir o decir cualquier otra cosa, porque por cualquier parte es que se empieza, porque al final del día escribimos para nosotros mismos y para el presente, que es lo único que hay, que es lo único que importa.

En días de resistencia, que últimamente son los más, las oraciones salen con dificultad, fragmentadas, feas. La escritura no es inspirada sino lenta, entrecortada. Pero se me ocurre, entre una palabra y la siguiente, que la palabra oración es polisémica: en español, quiere decir también plegaria.

¿quién es «escritor»?

He visto esa pregunta, y algunas posibles respuestas, articuladas de alguna manera en varios formatos:conferencias, Facebook, libros, revistas. Me la he planteado en privado–después de todo, la pregunta para mí se torna personal, porque le dedico a la escritura una buena parte de mi tiempo. Hay quienes lamentan la proliferación de «escritores» y nos conminan a preservar la autenticidad de la etiqueta. Y es cierto que hay seres que, nada más con agarrar el lápiz o la computadora, se mientan escritores, y que esto puede resultar  ofensivo para aquellas personas que le dedican tiempo, amor, esfuerzo y talento al oficio…Pero también es cierto que la definición del oficio no está clara. Y tal vez es mejor que no lo esté.

Hay quien piensa que el verdadero escritor es aquel que publica trabajos aclamados por la crítica. Y ciertamente que hay muchos escritores excelentes cuyos trabajos son en general aclamados por la crítica. Pero un problema con ese criterio es que también hay escritores que publican poco o nada. Esas cosas pasan. Le pasó a Edgar Allan Poe, por ejemplo. Y a Kafka. A Ernesto Sábato lo leemos porque sus amigos sacaban los borradores del zafacón.  Otro problema es que hay escritores que publican abundantemente pero cuyos trabajos no nos gustan, no nos parecen literatura. ¿Son estos últimos verdaderos escritores?

Peor aún resulta el criterio de ganarse la vida con el oficio. Pero increíblemente, es muy común. Si a usted le preguntan en una fiesta ¿A qué se dedica usted?, y usted responde alegremente «escritora», la reacción será siempre o casi siempre una de sorpresa, seguida por alguna pregunta sugestiva, como por ejemplo: ¿En serio? ¿Le pagan por escribir? ¿Se gana la vida con eso? O tal vez algo aún más torpe, como ¿Ah, sí? ¿Qué ha publicado, alguna cosa que yo haya leído? Lo cierto es que muy poca gente puede ganarse la vida con la escritura, al menos en tanto literatura, y que las escritoras que logran ganarse la vida con su oficio lo logran a través de empleos en ámbitos donde la palabra escrita tiene un valor definido en términos económicos, como periodismo o mercadeo. Yo misma trabajé como escritora en una organización sin fines de lucro, produciendo blogs e informes. Pero cuando hablo de «mi escritura» no me refiero a eso, sino a las cosas más creativas, las cosas donde dejo el alma, las cosas que me dejan poco o ningún dinero.

Entonces, ¿quién es «escritor»? ¿Qué hace a una persona «escritora»?

No tengo una respuesta definitiva. Al final del día, las respuestas están al menos en tres lugares distintos: el ojo del que se piensa escritor, el ojo del lector, y el ojo, mucho más lento, de la historia y la literatura en su conjunto. Todas ellas son probablemente válidas, cada una a su modo.

Como lectora, me parece que hay dos modalidades de escritor, y que ambas pueden coexistir en la misma persona: la persona que se gana la vida con el oficio de construir significado a través del texto (escribiendo, digamos, discursos para una senadora), y la persona que hace arte, literatura o comunicaciones que nos mueven de manera profunda o que nos entretienen de manera eficaz.

Como escritora, y esta definición es por supuesto aún más subjetiva, creo que la diferencia entre una «escritora» y una persona que sencillamente «escribe» tiene que ver con cuatro cosas. En orden de importancia, ellas son 1)la necesidad imperiosa de escribir, 2)la práctica de escribir con frecuencia, 3)la inclinación por mejorar la técnica y el estilo, y 4) el talento natural. La cuarta cosa existe pero es muy difícil, si no imposible, de medir con alguna eficacia. Son entonces las primeras tres las que me parecen cruciales, y es la primera la que me parece esencial. El escritor NECESITA escribir. No puede evitarlo, aunque no le paguen, aunque no lo lean, aunque nadie lo quiera publicar, aunque tenga otras mil cosas que hacer.

¿Quién es la escritora, el escritor? El que no puede evitar serlo.

las luces bajas

Tule_fog_(Bakersfield,_California_-_13_January_2006)«Writing is like driving at night in the fog. You can only see as far as your headlights, but you can make the whole trip that way.” E.L.Doctorow

Recordé la cita de Doctorow al leer una sección titulada “neblina” en el librito “Still Writing” de Dani Shapiro. Es una cita querida y conocida, casi una de esas citas que de tanto repetir acabamos por atribuírsela a Einstein. Shapiro usa la metáfora para recordarnos que la escritura creativa puede tener un plan o hasta un bosquejo como punto de partida (aunque esto, añade, no ocurre con demasiada frecuencia), pero al final del día es como manejar un auto en la neblina: si usted puede ver un pedacito frente a sí, sígalo, despacito pero seguro, que estará bien. Solo escriba. Poquito a poco.

Esta mañana recordé la cita de nuevo, en otro contexto.  Estaba yo a punto de golpear mi cabeza contra la pared de la cocina (metafóricamente, creo, pero no estoy segura) porque tenía que hacer compra, pero me faltaba, odiosmío, La Lista de Compra.  Eso no es todo: me faltaba además el pre-requisito de la lista de compra,  El Menú Semanal.

Le explico.

  1. Es domingo y no queda comida en la casa. Bueno, queda un pollo congelado cuyo origen no recuerdo, una bolsa de garbanzos secos, una botella de vino camino a ser vinagre y un poco de maní. De modo que hay que ir al supermercado hoy, y no hay de otra.
  2. Yo había decidido, en algún momento iluminado de la semana (así como varias veces en los últimos diez años) que la forma de hacer la compra, la cocina y la comida Muy Eficientes es el uso consistente del Menú Maestro, y que ello me convertiría, por supuesto, en una Buena Ama de Casa y en una Persona Productiva.
  3. Dicho (ficticio) menú consistiría de unos diez o quince platos básicos para la cena, todos ellos nutritivos y bien balanceados, y sería refrescado cada dos o tres meses con recetas nuevas y sanas.
  4. El Menú generaría una lista básica de compra que sería suplementada con lo necesario para desayunos, almuerzos, meriendas y demás.
  5. Armada con esta Lista yo recortaría cupones de los shoppers e iría a la tienda una vez a la semana.
  6. Y la repetición de esta secuencia redundaría en un estilo de vida, una cuenta bancaria, una salud y una auto-estima más saludables.

Ajá. Seguro. Umjú. (Inserte mentalmente su meme favorito aquí. Si no tiene uno o no sabe lo que es un meme, imagínese al señor que no fía en los letreros de los colmados de “enantes”).

De modo que ahí estaba yo, contemplando la pared y las posibilidades de preparar desayuno sin huevos o leche, pero me detuve. Me acordé de la cita de Doctorow.

Caminé con mi perrita. Nada especial, solo un par de bloques. El cielo estaba cremoso, color azul con leche.

Recordé a Doctorow, a Shapiro, a la última vez que manejé un auto de noche en la neblina. Eso es, pensé, y vine aquí a la computadora a escribir esto.

La metáfora le aplica a las personas que escriben, sí (Doctorow la pensó especialmente para las novelistas) pero nos sirve a todas. Tratar de implantar mi Sistema de Menú con Lista hoy, pensé, sería como encender las luces altas en medio de la neblina nocturna –una pérdida de tiempo, en el mejor de los casos, un peligro en el peor. A veces vemos menos si usamos más luz.

Igual con la escritura. Este librito es mi lucecita. Lo escribo (¿se escribe?) en momentos de noche y de neblina. Con él veo el pedacito de carretera frente a mí.

No me di de cocotazos contra la pared. Hice una listita corta (lo suficiente para la cena de esa noche,el desayuno y almuerzo del día siguiente), hice compra, escribí esto, me tomé una cerveza. A veces hay que escribir y vivir hacia adelante, con las luces bajas, plena y lentamente, en la neblina.

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Nota: PARPADEANDO anda de mudanza de servidor, y estoy teniendo algunos problemas exportando e importando contenido. Si está buscando contenido anterior, puede visitar http://rimabrusi.com, ahí debe encontrar lo que busca. Si necesita ayuda o quiere comunicarse conmigo puede escribirme directamente a rbrusi@gmail.com.

verbo*

01.0030__Creation._Adam___Eve._Genesis_3_v_7._PerelleY la Historia se hizo historia, se redujo y concretó en carne viva, en verbo, en mí.

 

Porque la Historia esconde historias, pero sólo en ellas vive, se revela y se rebela; respira, reniega, se reproduce.

 

Creo que fue en la biblia que aprendí que las oraciones sí pueden comenzar con “Y”, así, mayúscula, que la “Y” es no sólo transición sino inicio.  Supongo que hubo algunas biblias más tempranas, pero la primera que recuerdo es esa, la de los diez años, la del quinto grado del Colegio Lourdes en Hato Rey, Puerto Rico, mi primera escuela privada, mi primera escuela católica, la biblia verde, roja o azul, venía en varios colores. La mía era mía,sólo mía, qué maravilla, que cosa tan nueva para mí, tenía mi nombre y no otro(s) en el dorso de la portada, y era verde.

 

La Nueva Biblia Latinoamericana. Años más tarde aprendí que no importa el nombre que lleve, la biblia es siempre biblia y de ella no se aprende nada bueno. Pero esa primera (y última) biblia llegó a mi vida porque algunos adultos en mi entorno pensaban que de ella se aprendía todo. Ahora, tratando de escribir este texto, aprendo que todos estábamos equivocados.

 

El nombre de la biblia sí importa. Elegir la Nueva Biblia Latinoamericana como texto fundamental era, para las monjas dominicas que me educaron del quinto al décimo grados, un acto político. No era la biblia del Rey James (¿quién carajo es James anyway?), no era una biblia anticuada y tampoco era una biblia gringa, era nueva y latinoamericana. Eso, pensaban las monjitas, la hacía más relevante.

 

A mí todo eso me importaba un rábano.

 

En español boricua no suele decirse “rábano” al declarar que algo importa poco. Solemos decir “pepino” o “carajo”, dependiendo de la audiencia. Pero en algún momento anterior a mi encuentro con la biblia tuve encuentros con otros textos, tan fundamentales para mí como cualquier otro que cayese en mis manos y se acercase a mis ojos hambrientos.  Uno de ellos fue la sección dominical del periódico de récord, donde Lucy, Charlie Brown y Snoopy se llamaban “rabanitos”. A saber porqué se llamaban así. En inglés, el idioma del otro periódico que recibíamos en casa y al que le decíamos simplemente “el periódico en inglés”, Charlie Brown y sus amigos eran “peanuts”, maní. Los “rábanos” aparecían también en otros textos, relatos, novelas, libritos de mis abuelos y sus hijos, libritos que yo devoraba de prisa, como si se fueran a desaparecer, y esta prisa no era del todo descabellada, porque los libros estaban tan llenos de polilla que temerlos desintegrados en mis manos era casi realista . En esos textos era más probable que a alguien le importara “un rábano” que un “pepino”, y la palabra “carajo”, de todos modos, no me estaba permitida, así que “rábano” se adhirió a mi léxico personal, como lo hicieron, desde otros libros apolillados, palabras como “armario”, “mejilla”, “páramo”, “cajón”, “heladera”, “mallete”, “facón” y “pelotudo”.

 

Las palabras no comunican nuestros pensamiento:Las palabras son pensamiento. Y el verbo existía desde el principio, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.…

 

Descubro así, escribiendo, que de la biblia aprendí que los textos pueden empezar con “Y”, y que los textos que dan inicio pueden llamarse simplemente “Inicio”. “Génesis”. En la biblia pude además leer sobre asesinatos cruentos y condenas crueles, temas censurados en los otros libros que nos asignaban. Y Dios le dijo a Caín ¿Qué has hecho? ¡Escucha! La sangre de tu hermano clama desde el suelo. Ahora estás maldito y la tierra, que abrió su boca para recibir la sangre de tu hermano rechazará tu mano. Cuando trabajes la tierra, no te dará fruto. Vagarás eternamente sobre la tierra.

 

No es que no me leyera los otros textos asignados,oye, sí que me los leía; pero solían ser cortitos y se me acababan, o estaban diseñados no para leerse sino más bien para “usarse de referencia” que quiere decir lo mismo que “sufrirse”… Los libros más o menos buenos se me acababan en la primera semana de clases. La biblia contrastaba porque tenía aguante.  Página tras deliciosa página de venganzas, odios, muertes, sexo…. Dios instruyendo a Rut para que se le ofrezca, sexy en su sumisión,a un nuevo marido. Judit, zalamera, seduciendo a Holofernes para decapitarlo en el dulce sueño post-coito. Ester aprendiendo lecciones en la intersección entre la astucia política, la justicia social y los nacionalismos. Esas heroínas bíblicas eran más poderosas, más interesantes y más sexuales que las de las telenovelas que en casa de mis abuelos no me dejaban ver. Hoy sonrío ante la inocencia de esa prohibición. Con todo ese material…er… “pío”, francamente, ¿quién necesitaba telenovelas?

 

Mi amado metió su mano por la abertura de la puerta, y se estremecieron por él mis entrañas. Creo recordar que la nueva biblia decía “hígado”, no entrañas, pero igual (aprendería yo, mucho más tarde) son mejores las dos, “hígado” y “entraña”, para pensar en el amor y en el deseo, que esa metáfora agotada que es la del cansado y repetido corazón. Leyendo de hígados y entraña, ¿quién necesita acceso a Jazmín, Cosmopolitan, Vanidades, o a cincuenta sombras del color que sea?

 

Me paré sobre la arena del mar, y vi subir del mar una bestia que tenía siete cabezas y diez cuernos…Una ojeada al apocalipsis, y todas las películas de horror callan y se ruborizan (¿Callarán y se ruborizarán todas las películas…?) Se desvelan los orígenes del existencialismo (tal vez no el de la Historia, pero sí el de las historias de mi generación), se despiertan las ansiedades sobre la muerte y el más allá, como despertaron las de la violencia, las del sexo y las del más acá los libros bíblicos anteriores.

 

Basta con una mirada al apocalipsis, al Génesis, a tipos como Moisés, que se la pasaba aparentemente hablando con matojos en llamas y con dioses invisibles, y reconocemos que los que alucinan y cuentan han sido escritores y revolucionarios desde siempre, y que la elección del loco de moda es un asunto bastante arbitrario. Un loco en el manicomio, otro en la premiación de los nóbel, otro preso, otro más declarando un nuevo país.

 

Mis compañeros de clase, todos ellos más religiosos que yo, se sorprendían al verme leer la biblia con tanta fruición en plena clase de español, matemáticas, ciencias. Ninguno sentía particular amor por la biblia. Les parecía aburrida, y no los culpo. Acto político o no, el currículo dominico preparado en torno a la Nueva Biblia era bastante soso, corría en paralelo con esas misas dominicales que a mi sí me aburrían, me aburrían con violencia, un aburrimiento que se somatizaba en una náusea que empezaba suavecita con la primera lectura, se crecía con el salmo, y que ya para la tercera lectura me sentaba en el banco, reducida,enferma, con ganas de gritar.

 

Mi abuelita me miraba en la iglesia con la expresión que sus hijos, mi papá y mis tíos, tanto temieron al crecer. La palabra en inglés es contempt. Yo la perdonaba;intuía, ya desde entonces, que esa aparente combinación de enojo y desprecio resultaba no del odio, ni siquiera de la indignación, sino de la conciencia aguda del juicio ajeno. O tal vez, viviendo como vivía yo entonces medio arrimá en la casa donde generosamente me habían acogido mis abuelos tras una infancia accidentada, yo me había resignado de entrada a su contempt. Además no importaba: honestamente yo no podía evitar la náusea, o que la misa me pareciera un horror insufrible.  Eventualmente, a los doce o trece años, sencillamente dejé de ir a misa, y nuestros domingos y relaciones familiares mejoraron mucho.

 

Conocedores de mi poco amor por las misas, mis compañeras y mis maestros no podían entender, entonces, mi afición por Rut, Judith, La Bestia, La Prostituta, la Amada y el Amado. Por mi parte, yo no podía entender cómo esas cosas, las más interesantes de ese libro gordo y verde, languidecían, sus páginas limpias de dedos y de lápiz, mientras leíamos una y otra vez los evangelios, que repetían los mismos eventos desde ángulos distintos pero con el mismo lenguaje. O las malditas cartas, cuyos destinatarios nunca discutimos porque no importaba, todas decían lo mismo.  O los salmos, cuya poesía resbalaba sobre mis jóvenes sentidos, tan bucólica con sus ovejas y sus pastores, tan distinta a las pasiones del Cantar.

 

¡Que no hay que andarse por las ramas, Rimita, preciosa mía!! me decía, biblia roja en mano, exasperada pero encantadora, una de mis monjas favoritas cuando me veía venir, biblia en mano también, con alguna de mis querellas pedagógicas. Era mi monjita favorita porque tenía el cuerpo diminuto y la sonrisa gigante, generosa y fácil. Tal vez temía que me diera cuenta de que la biblia era un texto caótico, escrito por muchos locos distintos provenientes de diversos tiempos y espacios, una especie de aleph de artificio. Pero no tenía que preocuparse la monjita querida, porque eso lo supe de inmediato, en cuanto la leí. La imposición de orden sobre la biblia me parecía, y aún me parece, un acto violento de estrategia política, no una decisión racional de argumento narrativo.

 

Movía mi monjita su dedo índice frente a su rostro preocupado, frente a su sonrisa por renacer.  ¡Usted lea lo que tiene que leer, y no otra cosa!!! Los trozos selectos leídos años tras año de los salmos, las cartas y los evangelios eran así el tronco del edificio de la biblia como instrumento de pedagogía y dogma. Los libros que me gustaban a mí eran sólo ramas, ramas por las que aparentemente no había que andarse.

 

Pero hoy sé, y entonces intuí, que el refrán que le sirve de subtexto a mi monjita también se equivoca. Que las ramas son tan árbol como el tronco. Que sin ellas, el árbol, tanto el cotidiano como el arquetipal, no es árbol sino más bien un mero “tronco”, un árbol medio muerto, comatoso.

 

Las ramas hacen al árbol; y la Historia sólo lo es por y desde las historias (todas, hasta las escondidas o contradictorias) que contiene, celebra u oculta.

 

Jonás no pudo, no quiso aceptar que tenía que escribir y contar cosas, hasta que lo metieron en la panza de un monstruo marino que eufemísticamente llamamos “ballena”. Saulo no pensaba escribir cartas hasta que lo cegaron. Y José el carpintero aceptó la infidelidad de su mujer por razones que ni la biblia ni mis maestras podían o sabían explicar.  Todo ello constituye una hermosa iniciación en las complejidades y misterios de argumento y personaje.

 

Ese año fue el primero y el último que me acerqué a la biblia como habría que acercarse a cualquier texto:con muchas ganas y con los ojos abiertos.  Creo que me la leí toda en quinto grado, que aparecieron otros libros, que la abandoné, rica en historias y en detalle, llena de lecciones no tanto morales como de técnica y tono, de escritura y narrativa. Creo que, malagradecida yo, la había olvidado, a ella y a las dominicas que me tuvieron tanta paciencia, hasta que me senté a escribir esto y la primera oración se encarnó en la página, para mi sorpresa, con esa  anticuada y mayúscula  “Y”. Que fue ahora que por primera vez en muchos años ví a la biblia y me ví a mí misma en toda la nueva y minúscula gloria de un pupitre y mis diez años.

 

*Publicado previamente en la revista digital Ochenta Grados.

 

que pandan los cúnicos del lenguaje

dos mascarasPublicado originalmente en la revista digital Ochenta Grados

 Estoy escribiendo un libro. Si usted me conoce y piensa que sabe de qué libro se trata, se equivoca. El libro que usté tiene en mente es un parto de esos largos y dolorosos y me tomará bastante tiempo completarlo. El placer que promete es el “placer” que el parto promete: el del bebé por nacer. El proceso se siente como el de casi todos los partos –eterno, accidentado, predecible, pero inesperado, intenso, casi mortal.

No, el libro al que me refiero es el compañero curioso y juguetón del primero, el descanso del cubito de hielo o la limonada que la madre, la amiga y el marido nos traen para aliviar la cosa entre una contracción y la que sigue. Es el alivio que distrae del dolor, pero no del parto, alegre y despierto como el compañero de clases o amigo que nos hace chistes mongos cuando estamos tristes.

Es un librito, en fin,  sobre escritura, escritura para adultos cansados de tratar de aprender (o enseñar) en la universidad o en la vida con las mismas herramientas y actitudes que ya les fallaron en la escuela. El título “de trabajo” (ese título temporero que elegimos a modo de brújula y que eventualmente descartamos y reemplazamos con el título apropiado) es Que No Panda El Cúnico:Manual de Iniciación en los Placeres de Escribir. Se llamaba originalmente (ayer o anteayer, tal vez la semana pasada) Yo Tengo un Gozo en Mi Libreta, pero esta mañana decidí que ya había ofendido a bastante gente (¡y la que falta!) que no navega bien el breve espacio entre la gracia y la burla, así que me fui en un viaje con Chespirito y su Chapulín.

No se burle: estoy escribiendo este librito no porque me piense experta en asuntos del lenguaje escrito, sino porque el lenguaje escrito me apasiona y porque resulta que, de repente, tengo tiempo para sentarme a estudiarlo. Escribo porque los libros (¡qué maravilla!) los escribe no tanto el que tiene “talento” como el que tiene ganas.

Nada, todo lo anterior es contexto e ignora al menos cinco reglas tradicionales de la escritura, así que mejor voy al punto. El punto es que andaba escribiendo un capítulo de ese librito, y me topé con un problema frecuente. Frecuente no sólo para mí, sino para muchos otros, objeto de garatas y confrontaciones varias entre lectorxs, escritorxs y editorxs, tema recurrente incluso aquí, en los comentarios de este sitio web.

Ahí mismo lo tiene, en la oración anterior, en esa “X” que nos permite darle la vuelta a uno de los problemas más notorios y más políticos del lenguaje: El español (el castellano en cualquiera de sus versiones latinoamericanas, caribeñas y europeas) le asigna género a todo. Peor aún, nos obliga a hacerlo todo el tiempo.

Que la mesa sea siempre hembra y el reloj sea siempre macho no me preocupa demasiado –puedo asumirlo como una convención, a pesar de las conexiones entre objetos y conceptos (domesticidad, tiempo) que la convención acarrea. Pero lxs lectorxs….Ay. Es esa cuestión la que me mata: cuando el lenguaje me obliga a definir el género de la gente y, para rematar, el género de la (frecuentemente anónima) persona que me lee.

Se trata, para decirlo en lenguaje más formal, de un problema de sinécdoque, el tropo que está en acción cuando usamos la parte para representar el todo. En este caso, la mitad de la especie (los machos) representa en el lenguaje convencional al todo, a la especie completa, y decimos cosas como los humanos, los hombres, los estudiantes, los lectores, los escritores…cuando conceptualmente queremos incluir también a las humanas, a las mujeres, a las estudiantes, a las lectoras y a las escritoras. Ese es el problema.

La “x” es un ‘resuelve’ incómodo y tiene al menos dos issues, digo, dos defectos. Para empezar, funciona sólo en la página y se tranca cuando leemos en voz alta. Y yo no sé ustedes, pero esta que está aquí lee en voz alta siempre y edita sus escritos para que funcionen al ser leídos no sólo con la mente, sino con la boca, la garganta y las manos. Yo creo que en la mayoría de los casos, hablar es escribir y escribir es hablar y que, por lo tanto, un analfabeta que cuenta buenas historias es más escritor que un escritor que escribe cosas que no quieren ser leídas. Así que para mí, poder leer lo que escribo a viva voz es esencial.

(Sospecho que, con tanta manía, estoy perdiendo clientes para el libro desde ya. Pero seguimos.)

El otro problema de la “x” es que…es una “X”. No es una vocal. Y si bien el dominio del género masculino es uno de los tormentos de este idioma nuestro, también es cierto que las vocales son una maravilla. Son cinco, se pronuncian siempre igual, y le dan un no sé qué de fuerza, solidez y belleza a nuestro idioma, una fuerza que el francés, el inglés y el alemán envidian o que deberían envidiar.

¿Qué hacer?

Eso es lo que me pregunto en medio de mi trabajo de escribidora, y esa es la pregunta que me saca de mi borrador de librito y me trae aquí, a las páginas amigas de Ochenta Grados y de Parpadeando, buscando empatía o, tal vez, buscando bulla, fuete, garata.

¿Que estoy procrastinando, dice usted? Puede ser. Muchas gracias y tomo nota, para el libro: Escribir sección sobre procrastinación mientras “procrastino”. Y sigo con el asunto de marras.

Eso, decía, es lo que me pregunto, y esto es lo que me contesto (ya le dije, yo hablo sola y escribo en voz alta), al menos para este librito que estoy escribiendo y para este bló:

  1. La solución ideal, francamente, sería educar al público lector así, de milagro y sopetón, para que nos permitan usar los géneros al garete. Mis pacientes editoras y yo intentamos hacer eso cuando escribimos y editamos el librito Mi tecato favorito y otras crónicas. No funcionó, porque yo quería que el libro fuera fácil de leer, que el lenguaje fuese medio y no fricción, y ese baile de un género a otro confundía a los lectores que no estaban al tanto o interesados en asuntos de género, sinécdoque y poder.

  1. La solución que menos me gusta es la de un profesor de filosofía que tuve en la universidad  y que era, por cierto, un gran maestro, dedicado al proceso de enseñanza-aprendizaje como pocos. Nos llamaba a todos por nuestros apellidos y decía (cuando me veía fruncir el ceño o agitar las manos ante las barbaridades conceptuales de género que perpetraba algún filósofo o el maestro mismo): “Brusi, el uso del masculino es una convención del idioma, no es sexista, no joda más.” Bueno, no, eso último, me refiero a la cláusula con el subjuntivo presente del verbo joder, eso no lo decía porque era, ya les digo, un tipo muy correcto: Pero el mensaje (y la solución que ofrecía ese mensaje para mí, escritora en ciernes) era ese: Todos los lectorxs son “lectores”, todos los escritorxs son escritores, y san se acabó.

(Su apellido, por cierto, era o es Silva y su especialidad era o es Leibniz. Si usted es el doctor Silva y está leyendo esto, reciba un abrazo de parte de Brusi y sepa que lo recuerdo con admiración y cariño inmensos; que recuerdo claritito el día que estábamos hablando de Santo Tomás de Aquino y usted le dedicó casi toda la clase a explicarnos cómo funciona el motor de un automóvil; que tengo igual de claro y azul el día que me enteré de que usted recién había defendido su tesis doctoral y le dije, un poco irreverentemente, “¡somos doctores!”, y a usted se le iluminó la cara en infrecuente sonrisa y me contestó, feliz, sí, somos doctores; que usté fue el primer profesor que me dijo (muy levemente, porque eso de los halagos no era lo suyo) que mi escritura tenía algún valor, y ello a pesar de mi terrible, horrorosa cursiva, plantada para bien o mal en el blue book que usted sacó tiempo para leer de cerca. Si usted no es el doctor Silva pero lo conoce, por favor hágale saber que esta estudiante lo recuerda, muy agradecida, y que el asunto del idioma aún no se me ha sanseacabado.)

  1. La solución, parcial e imperfecta, a la que usualmente apelo es la de editar intencionalmente para evitar el encontronazo con la palabra de género forzado, sin usar la “X,”  pero sin rendirme ante el trono del masculino-a-la-cañona. Hay muchas palabras y frases en el idioma que nos permiten darle la vuelta a la cosa sin meternos en líos. Por ejemplo, es bastante fácil cambiar “humanos” por “seres humanos”, por “humanidad” o mejor aún, por “personas”, así como eliminar artículos (el, la, unos) que sean innecesarios, como lo son con tanta frecuencia los artículos. Los adverbios también suelen serlo, pero esa es otra historia para otro día.

(Creo que acabo de perder más clientes para ese pobre libro mío, ese partito, que aún ni existe. Pero sigo y casi acabo, téngame un poquito más de paciencia.)

 La solución que estoy usando en este librito que les cuento, y la que vine a compartir aquí, está basada en un principio básico: el machismo y el feminismo no son lo mismo.  El primero ubica a  lo masculino (y a los machos) sobre lo femenino (y sobre las hembras), mientras que el segundo, como práctica y teoría, siempre ha querido y preferido la igualdad.

El idioma tal y como existe no me permite esa igualdad, pero la estructura de un libro me permite tener capítulos. Así que al revisarlo, y después de editar para cambiar “humanos” por “personas” y “ciudadanos” por “ciudadanía”, alternaré el género de mi lectxr imaginarix y le diré “lectora” en los capítulos nones, “lector” en los pares.

Ya les contaré cómo me va.  Por lo pronto, si después de leer esto le queda alguna curiosidad por el librito sobre escritura, y si quiere ayudarme a escribirlo, puede pegar su muestra de hermosura, dificultad o atrocidad lingüística en la página de “Parpadeando” en Facebook. Sus contribuciones deben ser de una oración o un párrafo corto, no más, pueden cubrir cualquier aspecto de la escritura o cualquier muestra de escritura, y pueden 1) ilustrar con un ejemplo lo que a usted le parece bonito o feo en términos del uso del lenguaje, o 2) plantear una pregunta o dilema, una oración que le esté dando candela, o alguna otra cosa para darle práctica mi bolígrafo rojo. ¿Tiene otras ideas para el librito en ciernes? ¿Preguntas o inquietudes sobre la escritura? Por favor, sí, sí, sí, compártalas conmigo, déjelas allí en la página o aquí en Parpadeando, para poder enterarme y aprender. ¡Gracias!——Rima Brusi