el mendigo, en tiempos de la cuarentena

homeless feet onlyEs viernes (creo que «santo», no recuerdo y no importa demasiado). Cae una llovizna fina que casi parece nieve. Se nos ha acabado la leche. El aguacate que compramos hace tres días finalmente maduró.  Cuomo nos ha invitado a estar «cautelosamente optimistas».

Desde que se nos rompió nuestro carrito de compras, hay que hacer compra con mayor frecuencia.

La muerte prematura del carrito fue cosa de la epidemia también. Es uno de esos que funciona solo en línea recta, que no tiene la capacidad de torque para ejecutar una curva. Andaba mi esposo empujando el carrito cuando se encontró de frente con una señora con cara de susto y desenmascarada (qué cosas, en estos días son los desenmascarados, no los enmascarados, los que meten miedo) y, tratando de evitarla, viró el carrito de forma tal que se rompió.

Pero ese es un cuento pequeño y aparte del que hoy me ocupa. Hoy fui a hacer compra, con mis dos bolsas gigantes, una en cada brazo, donde llevo lo pesado, y dos más pequeñas, una para cada brazo también, donde llevo lo liviano y/o delicado. En tiempos de cuarentena solemos desarrollar sistemas como éste para todo hacer o quehacer cotidiano. Esperando el cambio de luz en la esquina, se me acerca un mendigo, me dice (en inglés) Tengo hambre, deme un par de pesos, le digo No tengo efectivo (y es cierto, porque mi sistema involucra el uso, más simple, de una tarjeta de crédito, ya que pertenezco al sector privilegiado de los que tienen esa cosa, crédito, en este sistema), me insiste Tengo hambre, le sugiero que ya que voy al mercado, le puedo traer, cuando salga, alguna cosa. Mi sistema, añado con cierto orgullo, toma 10-15 minutos, a lo sumo. Y qué me trae, pregunta, Bueno, contesto, podría ser guineos, o manzanas, algún dulce, platanutres, Pues tráigame guineos, que sean dos y no estén demasiado maduros, porque no me gustan maduros, pero tampoco verdes, por supuesto, y ensalada de atún, asegúrese de que NO sea pollo sino atún, y que traiga uno de esos cuchillitos de plástico para untarle el atún a las galletas, Algo de beber, pregunto, No, gracias, contesta. Nos vemos aquí mismo, en quince más o menos, prometo.

Dentro del supermercado, tomo especial cuidado en conseguir lo que me ha pedido, en elegir los guineos del color preciso y asegurarme de agarrar el meal kit de atún, y no el de pollo. Añado unas barras de granola y un chocolate.

Otro cuento dentro del cuento, que viene, aunque no venga, al caso: en el proceso de ayudar a la cajera  a acomodar mis muchos artículos, y de separar los del hombre que me espera en una bolsita aparte, la tela de mi mascarilla homemade invade el área de mis ojos y digo en voz alta, en español y por impulso, Pera que no veo tres carajos, y la cajera se sonríe (que duchos nos hemos vuelto, en esto de reconocer sonrisas por encima de las máscaras que las cubren), y entre risitas y en un español muy boricua me contesta No se preocupe, que no hay prisa.

Regresando a la historia original, al fragmento de este diario wanabí que mantengo de mi Nueva York en los tiempos del coronavirus: salgo a la calle balanceando el peso de cuatro bolsas, miro el reloj, han pasado exactamente quince minutos, y mi mendigo no está en la esquina acordada. De hecho no está en ninguna esquina visible.

Pero allí, frente al mismo super, me encuentro con una mendiga, desenmascarada y con rosácea, tengo hambre, me dice, con la sonrisa más triste que he visto en mucho tiempo. Pues mire, le contesto, resulta que tengo esta bolsita, tiene guineos, atún, barras de granola… Y sin dejarme terminar, extiende unas manos muy blancas, muy limpias, y toma de las mías la bolsa que le ofrezco, con la sonrisa más feliz que he visto en mucho tiempo, Gracias, dice, Bendiciones, No es nada, le contesto. Y sé que realmente no lo es.

Me pregunto dónde podrá sentarse a comer, ahora que todos los parques de la ciudad están cerrados y los albergues, esos focos de infección ignorados, están llenos y no tienen sillas y mesas pa’ tanta gente.

Acabo de regresar a casa y terminar el tedioso trabajo de limpiar cada artículo. Mientras escribo en este diario, se me ocurre que hoy re-aprendí dos viejas lecciones. Una, que los mendigos no están como cualquiera pero son como cualquiera, que pueden tener preferencias alimentarias y capacidad para la travesura, para sonreír, agradecer, impacientarse. Tendencia al enojo, alergias a las nueces, canas, rosácea, manos de violinista clásica.

La otra, que la caridad es un mal parcho, que el capitalismo está lleno de agujeros, y que los pobres no nos deben nada.


Esta entrada forma parte de un diario de campo que voy escribiendo en los tiempos de la pandemia de COVID-19. Pulse aquí para ver la anterior, «el numerito diario en tiempos de la cuarentena». 

El numerito diario en tiempos de cuarentena

coronavirus dead. Photo by Demetrius Freeman NYT
D.Freeman, New York Times

Hace un par de días, el gobernador anunció que en el estado llevábamos dos días de menos muertes. O de menos muertos. Nos recomendó recibir esos números con alguna esperanza pero mucha cautela. Hizo bien, porque al día siguiente, las muertes volvieron a aumentar. 731. 

Prefiero decir «muertos» a decir «muertes». La muerte es una abstracción. El muerto tiene venas y neuronas, tiene nombre e historia, tiene algún reparo, algún remordimiento, alguna querencia, alguna virtud (tal vez sublime), algún defecto (tal vez imperdonable). Tiene listas de cosas por hacer, tal vez hasta ilusiones. Pueden ser modestas, tontas, improbables, vulgares, extraordinarias, pomposas, pero igual las tiene. 

Tuvo soledades, de seguro. Es parte de la condición humana, y digo condición así como  quien dice sustancia constante, independiente del estado, como cuando digo que agua, hielo y vapor son, al final, la misma cosa. Tuvo soledades, y probablemente sufrió la última, la más triste: la de apagarse solito en una camilla. Si tuvo suerte, mucha suerte, lo acompañó la lágrima o la sonrisa de una enfermera milagrosamente desocupada, y digo «milagro» porque no hay manera de adverbiar «carambola» (¿carambolosamente?), sé que podría decir «forma adverbial de» pero déjenme quieta, culpe a mi «estilo», lo que sea que quiera decir “estilo”. 

A veces repasan algunas de sus historias. Las de los muertos, digo. Human interest, le dicen a ese tipo de noticia. A veces las leo lento y de cerca. A veces, para mi vergüenza, les paso el ojo por encima muy rápido, distraída, empeñada en llegar a lo que me ocupa, que es el numerito ese, el de las muertes que deberían ser muertos, como el muerto mismo cuya memoria mi prisa acaba de deshonrar. Así son la epidemias. Lo mismo pasa en las novelas. La Peste de Camus tiene muchas muertes y pocos muertos. Los muertos tienen el “privilegio” de serlo por razones literariamente importantes y humanamente arbitrarias. El más importante en La Peste es probablemente el niño sin nombre pero con apellido a quien el autor le dedica un capítulo completo. No fue el primer niño en morir, ni el más pequeño. Pero fue el primero que le quitó el aliento a esa piedra que es el médico, Rieux, el primero y el último que casi, casi le roba al cura su fe, esa misma fe que al final lo mata. 

Human interest. Las historias de interés humano que más le gustan a la prensa estadounidense (o al menos las más detalladas) son las de gente que gana la “batalla” con el virus. 

La “batalla”. Se me ocurre que en lugar de usar la guerra como metáfora para la epidemia, algún día usaremos la pandemia y la virulencia como  metáforas para la guerra. O eso espero. 

Agradezco los números, sin embargo. Agradezco ese esfuerzo de contar gente. Espero que mejore y se expanda para incluir a los que mueren en sus casas, pero me alegra saber que alguien los cuenta. Quiere decir que, de algún modo, cuentan. Con sus venas, sus historias, sus remordimientos y sus ilusiones, cuentan.  


 

Esta entrada forma parte de un diario de campo que voy escribiendo en los tiempos de la pandemia de COVID-19. La primera es El cuerpo en tiempos de cuarentena, y la anterior a ésta se llama El paseo en tiempos de cuarentena.