manzanas podridas

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Acabo de leer en los medios sociales sobre el arresto de 28 personas, empleados de la empresa Rocket Learning en la “Operación Malas Notas“, del FBI en Puerto Rico. La empresa es una de tantas (probablemente la principal) que ofrecen servicios de tutorías a los estudiantes que asisten a escuelas en “plan de mejoramiento” (léase:escuelas cuyos estudiantes no están aprendiendo a nivel de grado) en Puerto Rico. Leo la noticia y vengo rapidito aquí, a la ventana del bló, para…

¿Para qué, exactamente?

Para celebrar, en parte. Hace varios años que la corrupción de Rocket y otras compañías parecidas es un secreto a voces entre maestros/as, estudiantes, y en general personas que tengan alguna familiaridad con la educación en Puerto Rico. Así que bienvenida sea la iniciativa de investigarlas y de radicar cargos donde haga falta hacerlo.  El caso de Rocket parece a simple vista particularmente descarado: Se les acusa de instar a los estudiantes a usar nombres falsos, y crear récords con esos nombres, para facturar fraudulentamente al Departamento de Educación.  Ojo, esto no es un robo, sencillamente. Los fondos en cuestión no son cualquier cosa: Son fondos marcados para usarse en la remediación de contenidos y destrezas básicas para los estudiantes más pobres y desaventajados de Estados Unidos y Puerto Rico. Es decir, que esta gente no le está robando a un banco de gente rica, le está robando los chavos a los nenes que los necesitan para aprender. Le está robando chavos a los nenes, repito. Ya sé, estoy así, medio nerviosa, medio agitada, pero es que este asunto hace años que me da vueltas en la cabeza. ¿Qué clase de persona le roba chavos a los nenes pobres?

También vengo aquí, me doy cuenta, para anotar algunas cosas que las noticias, al menos de momento, no incluyen.

  • Rocket no es exactamente una empresa pequeña. Sus oficinas y “servicios” alcanzan lugares como Puerto Rico, California, Nueva Jersey, Florida…Quién sabe cuantos esquemas fraudulentos parecidos se esconden en esos lugares. Eso hay que investigarlo.  De hecho ahora mismo están en campaña para lograr seguir guisando, pidiéndole a los padres y madres que se apunten a apoyar “tutorías gratuitas”. No son gratuitas. Cuestan chavos. Y esos chavos estarían mejor invertidos apoyando a las escuelas que pagándole a gansos.
  • Esto de las tutorías es un gran y sabroso guiso, y Rocket no es la única empresa que provee este tipo de servicio en Puerto Rico. De hecho el FBI está investigando dieciséis empresas más. Y de hecho hasta Félix Plaud, un individuo que lleva décadas chupando la sangre de los contribuyentes a través de la corrupción legislativa y partidista, incorporó su propia compañía de servicios “educativos” similares en Puerto Rico, servicios que provee a un costo millonario.
  • Mi experiencia y la de mis colegas sugiere que el robo de identidad no es la única forma de fraude o corrupción presente en estas escuelas. Las compañías “compiten”, en una especie de feria, por la atención de los padres y las madres, y la escuela se atiene, en teoría, a la decisión de estos últimos. En esas competencias suele haber promesas que con frecuencia resultan fraudulentas–ofertas como “te vamos a dar un ipad”, por ejemplo. Los estudiantes son comprados con promesas de alimentos particulares, juegos de video, talleres, equipo…Muchas compañías le exigen a los padres que elijan una sola materia a la vez, extendiendo así la vida de su contrato, o le venden materiales educativos a las escuelas.  A veces (y esto lo he visto personalmente) las personas empleadas por la compañía, ya instaladas en una escuela particular,  evitan que los estudiantes asistan a otros servicios, así sean gratuitos y voluntarios, para evitar quedarse sin clientes. “No vayas a esas otras tutorías, quédate, mira que ahora vamos a tener pizza los jueves y pollo frito los martes…” El personal de las compañías visita escuelas en horario escolar y con frecuencia interrumpe las clases para “hablar” y convencer a los maestros de las bondades de sus servicios, con lo que las estudiantes se quedan sin tiempo valioso de instrucción que deberían estar usando para aprender. Y esto también lo he visto personalmente.
  • Los maestros y maestras también suelen ser comprados. De hecho muchos de ellos se convierten en tutores y suplementan así su salario. A veces participan de buena fe en las tutorías, creyendo en ellas, pero a veces participan sencillamente porque el salario por hora es mucho más alto que lo que generan en su trabajo como educador durante el día laboral. De modo que usted tiene un conflicto serio de interés: Si el maestro se convierte en empleado de la compañía, y el maestro tiene influencia sobre los estudiantes, entonces los estudiantes y sus padres tenderán a “elegir” esa compañía que cuenta con el apoyo del maestro. Y ¡que ironía, la de encontrarse con que la misma persona que no le está enseñando inglés o matemáticas a mi hijo durante el día sea la encargada de enseñarle inglés o matemáticas por la tarde!

La peor corrupción, el peor fraude, es que las compañías llevan años rindiendo servicios en las escuelas en plan de mejoramiento en Puerto Rico, sin resultados visibles–el aprendizaje sigue igual, y los alumnos salen mejor solo en las pruebas diseñadas y administradas por la propia compañía.

Supongo que me he desahogado. Por ahora. Pero sigamos pendiente a las noticias-de Rocket y de otras. Porque aquí, sospecho, no se trata de un par de manzanas podridas, sino de un saco casi entero que hemos creado con la insistencia de permitir, incluso fomentar, que los intereses comerciales y el afán de lucro manejen los espacios que deberían ser públicos, sagrados, como la salud y la educación.

 

En peligro las becas Pell. En peligro el acceso a la educación superior.

Columna publicada en el Nuevo Día de hoy sábado.  Pulse aquí para visitar el original en endi.com.

Últimamente muchos se cuestionan el verdadero valor de un grado universitario. Pero lo cierto es que alcanzar un grado universitario aumenta las probabilidades de obtener un empleo, así como la calidad de vida, el salario promedio de un empleado y su potencial contribución al fisco a través del pago de impuestos.

Nuestros estudiantes puertorriqueños saben esto, y por ello se matriculan en grandes cantidades, cada año, en alguno de los programas universitarios disponibles en la isla.

En gran medida, pueden hacerlo gracias a la existencia de ayudas financieras, la más importante de las cuales es la beca federal Pell. Un total de 276,549 estudiantes en Puerto Rico reciben beca Pell, incluyendo dos de cada tres estudiantes matriculados en alguno de los recintos del sistema de la Universidad de Puerto Rico.

Pero las becas Pell corren peligro y el silencio de nuestros políticos con respecto a ese peligro no deja de asombrar. Hace algunos meses, nuestro comisionado residente, confiadamente, indicó que no habría recortes a la beca Pell. Sin embargo, en estos momentos, tanto la Cámara como el Senado estadounidenses discuten proyectos de presupuesto y muchos de esos proyectos, algunos con apoyo de ambos partidos, incluyen propuestas que cortan significativamente los fondos asignados al programa Pell.

El presupuesto aprobado por la Cámara recientemente reduciría significativamente la elegibilidad de la Pell y también reduciría el máximo de beca a $3,040 por estudiante por año. Eso es $2,010 menos que el máximo actual.

En Puerto Rico, ello implicaría que cerca de 22,000 estudiantes que hoy reciben beca Pell ya no serían elegibles y la perderían, y que aquellos que mantengan su elegibilidad experimentarían una reducción promedio de $1,881. Ello justo después de que la matrícula de la universidad menos costosa de la isla ha sufrido un aumento de $800 por año, y que la inversión promedio anual de un estudiante en libros de texto y materiales ronda los $1,137.

Tenemos un gobernador republicano y un comisionado residente demócrata. ¿Qué están haciendo ambos para evitar lo que a todas luces sería un desastre para la educación puertorriqueña?

 

hyde?

…it was the best of times, it was the worst of times…empieza una gran novela de Dickens. Un poco así me sentí ayer, cuando ví, incrédula, las imágenes de una turba estudiantil atacando a la rectora de Rio Piedras.

Era una turba. No se trataba, me parece, del movimiento que he visto actuar en tantas otras ocasiones.  No sé si algunos de los actores eran los mismos. Tal vez sí, tal vez no.

Pero el movimiento es el que se reunió, una y otra vez, a conversar y debatir entre sí, a construir posturas concertadas, a hacer democracia desde abajo y hacia los lados, a exigir diálogo, a resistir pacíficamente, a inventar, escribir, comunicar, crear.  Ese es. Porque si algo ha aprendido el país de sus estudiantes, es la importancia que tiene pensar y discutir , en colectivo, para la democracia. Y de preservar los espacios para ello.

La turba es la que (frustrada) ataca y grita. La que le permite al oponente cínico asumir el high moral ground.  La que arroja objetos, la que ataca a su enemigo con las armas que lleva ya algún tiempo repudiando.  Con las que todos debemos evitar.

Con toda mi alma espero ver de nuevo al movimiento. Para turbas-ya tenemos a la legislatura.

imagen y sonido

foto:r.alcaraz, diálogo digital

Estoy lejos.  Observo a través del lente de los medios (y de facebook, que se ha convertido en una herramienta muy  útil para obtener noticias rápidas, gracias a los amigos que generosamente comparten las noticias) lo que pasa en la universidad.

Es como un sueño.  Uno de los malos, claro.

La policía se concentra en los predios de la Yupi.  Y no sólo la policía así, a secas. También, tal vez especialmente, la policía a caballo, la policía de negro, y la policía rodeada de escudos gigantes, como soldados romanos, escudos para protegerse de…¿qué?

Pues de ese ejército temible de estudiantes sentados en el suelo practicando, tras entrenarse y anunciarlo públicamente,  desobediencia civil.  La policía se acerca, para que los sentados puedan sentir el aliento de los caballos, el nerviosismo de los cascos.  Los pellizcan con tecnología y técnicas que a saber desde cuando querían usar y para las cuales no encontraban el cuándo, o el quién.  Los empujan con escudos, se los llevan cargados, los arrestan.  Los persiguen por las calles de la capital.  Les compartamentalizan la protesta (con carteles designando zonas específicas para ello),  y luego les cambian las coordenadas en pleno asunto. Literalmente, he visto como mueven el cartel de lugar.

[En el recinto donde trabajo, han puesto el cartel lejos, muy lejos, de cualquier edificio universitario. Para que los protestones protesten al son de los coquíes y de los grillos.  Pero eso es otra historia.]

Al mirar la escena de lejos, se me ocurre que si yo fuera un alienígena, o al menos un extranjero bastante despistado, de momento me parecería que en la universidad hay un enemigo terrible.  La impresión, la imagen, estaría basada en la cantidad y variedad de policías.

Luego está el sonido.  Jerarcas policíacos que me aseguran que allí hay “puntos” para desarticular, y que hay que proteger estudiantes que sí desean tomar clases; Administradores universitarios que justifican la locura de la intervención militarona apelando a las acciones violentas de unos misteriosos encapuchados, acciones que al parecer, todo el mundo desaprueba.

Pero el caso es que a la hora de arrestar, no hay encapuchados, casi nunca arrestan a los encapuchados, a menos que sean Tito Kayak, porque a ese siempre lo quieren arrestar, sino que parecen preferir, en eso de los arrestos, a muchachos y muchachas comunes y corrientes, desarmados, capturados mientras hacen cosas tan inofensivas como hablar por megáfonos o repartir papelitos.  O sentarse en el suelo.

Entonces, piensa el extranjero o el alienígena, o la bloguera, entonces se trata de otra cosa.  Se trata de enviar muchos policías para crear la impresión de que allí, en la Universidad, hay un terrible enemigo del pueblo (porque ¿para eso es la policía, cierto? para proteger al pueblo?), y se hace mucho ruido, se habla en los medios de la gran amenaza que son los estudiantes, para hacer la imagen más creíble…Como en las películas baratas, donde de repente se oscurece la escena, para entrarnos el susto por los ojos, y simultáneamente suena la música siniestra, para entrarlo por los oídos…

Imagen y sonido, para beneficio del ciudadano común con algún interés en hacer democracia más allá del ocasional voto, y que se está quedando esgalillao y bruto tratando de reaccionar al karso, el gasoducto, el corredor, la universidad, el colegio de abogados, el tribunal supremo…

Mientras tanto, en esa curiosa contracción del espacio que el internet y la posmodernidad permiten, tengo el New York Times abierto en otra pantalla y busco entender lo que ocurre al otro lado del mundo, en Egipto, donde las intensas protestas han recibido una reacción sorda y represiva por parte del estado.  Y, tal vez porque están las dos pantallas abiertas a la vez, Egipto se siente, de repente, muy cerquita, y suena terriblemente familiar.  Un miembro del partido oficialista egipcio confía en que el cansancio les dará la victoria.  Otro habla de “ley y orden” para justificar sus acciones.  Otros acusan a los protestones de ser pocos, o de ser un sector con intereses ideológicos particulares.  Amenazan con arrestos.  Mientras tanto, las libertades democráticas son erosionadas en nombre del orden, y las tropas traen el desorden de la represión a la calle.

Los periodistas que escriben el artículo recuerdan la pelea en los setenta de M. Ali contra George Foreman, en donde Foreman daba golpes, golpes, golpes, peleaba solo, y Ali esperaba…hasta que Foreman estaba débil, exhausto.  Y entonces Ali lo noqueó.

A todo esto, el presidente de la UPR anuncia, orgulloso feliz, que “el 94%” de los estudiantes se ha matriculado.  51,000 estudiantes. Claro que eso no es el 94% de los estudiantes que estaban matriculados el año pasado, no: es el 94% de los pre-matriculados.  De modo que la alegría del presidente me resulta bastante insólita (sí, mi capacidad para sorprenderme todavía, a estas alturas,  le puede estar resultando insólita al lector.) Pero es que 51,000 estudiantes es 14,000 estudiantes menos que los que había. La UPR ha perdido aparentemente 14,000 estudiantes. Casi llegan a los 50,000 que la Junta de Síndicos calculaba y quería, no hace mucho.  No es que la van a romper-es que ya la están rompiendo.  La UPR, según esos números, ha perdido sobre el 20% de sus estudiantes. Eso es una buena noticia ¿para quién? No para mí. No para el país.

Es como un sueño. Uno de los malos, claro.

el hábito de maría

Conozco a un niño de trece años que podría, estoy segura, ser científico, o ingeniero, o filósofo. Y que querría serlo. Para ello, tiene que ir a la universidad, por supuesto. A la mejor posible. Pero no sale bien en sus clases, y no salir bien en las clases, cuando ocurre con demasiada frecuencia, tiene un efecto cumulativo que las más de las veces se traduce en un final infeliz.

Mentí, arriba, cuando dije que conocía uno. En realidad conozco muchos y muchas como él. De ojos y mentes brillantes, pero experimentan dificultad para hacer el trabajo de álgebra, o para leer el libro. Se frustran por ello.

Algunos dejan la escuela. Suelen ser pobres. ¿Por qué? No estoy segura. Pero creo que para las clases media y altas existen más mecanismos sociales de protección. Que cuando el hijo del médico, o de la abogada, o del profesor universitario, tiene problemas de lectura en segundo grado, algo se hace, y se hace pronto, y si no funciona, se hace otra cosa.

[En este punto, el lector podría decirme, ofendido, que las dificultades de aprendizaje y la deserción le ocurren a cualquiera, independientemente de su clase social. Y le contestaré que tiene toda la razón, pero que es más probable que le ocurran a los que nacen en desventaja socio-económica. A medida que uno asciende en los indicadores de clase, más raro (“raro” de “improbable”, no “raro” de “weird”) se torna el problema de aprendizaje que desemboque en fracaso escolar.]

Llevo varios años trabajando con un proyecto que se dedica a entender y atender la desigualdad educativa. A través del tiempo, muchos me han dicho, a modo de consejo y con mucha razón, que parte del problema educativo estriba en que el aprendizaje escolar necesita hacerse mas atractivo, más divertido, y es cierto. Por ello hemos incorporado giras, juegos, y demás.

Pero hoy creo que hay algo más. Algo más simple, y más antiguo, y más importante, y menos de moda, y más difícil de implementar. El hábito de María. Quiero intentar articularlo aquí, con ustedes, en el blog.

Tharp, bailarina, coreógrafa y autora de un librito que se llama The Creative Habit, nos recuerda que para poder componer piezas geniales, el gran Mozart tuvo primero que practicar sus escalas, y tuvo hacerlo habitualmente. ¿Qué quiere decir con ello? Quiere decir que el talento, aún el talento genial, necesita de la destreza para poder manifestarse. Para convertirse en virtuosismo.

Nacemos con talento, pero no con destreza. La destreza hay que practicarla, habitualmente, mucho, hasta que se convierte en parte nuestra y nos permite entonces usar el talento para construir, para crear, la cosa que sea: la nueva receta, el puente, la fórmula química, el argumento legal, la estrategia de negocios, la novela, el plan para la familia, o el país.

La importancia de la práctica es universal, pero resulta tal vez especialmente visible en los casos famosos, o extremos, como bien describe Gladwell en Outliers, cuando nos cuenta de las diez mil horas, aproximadamente, que pasaron talentos famosos como Bill Gates y los integrantes de Los Beatles cultivando, en relativo anonimato, sus destrezas.

Pero de vuelta a los nenes puertorriqueños: ¿Cómo pretender que el jovencito lea y disfrute una novela, si cuando niño no practicó la destreza cotidiana de sonar sílabas y luego palabras y luego oraciones hasta que sonarlas le resultara tan natural, tan automático, que su mente comprendiera el lenguaje directamente, que su cerebro le metiera un bypass a la mecánica de la lectura y fuese directo al significado? ¿Cómo lograr que la muchachita domine el álgebra, o la geometría, si tiene que realizar las operaciones aritméticas más bobas con los deditos, contando para sumar, sumando para multiplicar, porque no se aprendió las tablas? Hay unas cosas que hay que practicar, unas destrezas básicas que son lo que son las escalas para los músicos: Hay que dominarlas, al derecho y al revés, sin pensar, temprano en el juego.

[Se ha indignado de nuevo mi lector. No me diga que si el muchacho no lo aprendió en elemental no lo aprenderá nunca, me regaña. Y le sonrío de nuevo, y le digo que tiene toda la razón, y que por supuesto que estas cosas pueden, y deben remediarse en el grado en que se descubran, aunque ello implique practicar lectura en séptimo grado o repetir obsesivamente las reglas para manejar fracciones en la universidad. Hay que hacer lo que hay que hacer. Esto es un poco como dejar de fumar, para evitar el cáncer, aunque uno lleve décadas fumando. Siempre es mejor no fumar que fumar. Pero es mejor nunca empezar. Y en la educación, lo más efectivo es practicar “las escalas”, la lectura básica, las tablas de multiplicar, cuando todavía son niños, y no se enamoran de otros estudiantes, no piensan en cortar clases, quieren complacer a uno, tienen mucho tiempo libre, y (ad)miran al mundo y al maestro con ojos grandes de asombro…]

Para poder optimizar su talento, para crear un mejor país, nuestros niños tienen que ‘practicar sus escalas’. Cosas como lectura, aritmética, puntualidad, esfuerzo. Mucho. Habitualmente. Y cuando pienso en eso, me acuerdo de María.

En nuestro trabajo con jovencitos de escuelas mayaguezanas, los tutores se sorprenden cada semestre, al ver mentes alertas, equipadas, buenas, talentosas, teniendo, consistentemente,  los mismos problemas: En clases donde se trataba álgebra o geometría, las dificultades tenían raíces aritméticas, como multiplicar, o manejar fracciones. En las clases (¡todas!) que dependen del lenguaje, se trataba de un problema de comprensión de lectura, de saber sonar la oración pero no procesarla, comprenderla, porque para comprender, la lectura como sonido tiene que ser automática.

María es una maestra, hoy retirada, famosa en su pueblo porque no se le escapaba uno: Le enseñaba a toditos y toditas a leer. Era maestra de primer grado, y esa meta de que todos leyeran era su desafío personal, todos los años. Todos los niños, todos los años. Hoy su hija Olga emula ese ejercicio en su propio salón de clases, en otra materia, en otro pueblo. Y creo que la nieta también va por ahí…

María no se leyó a Tharp, pero me consta que conocía muy bien la importancia delhábito, porque se la aplicaba a sí misma. Se levantaba todos los días a la misma hora, iba al trabajo (casi nunca faltó), y le metía consistencia, talento, destreza, ganas.

Por las noches, en su casa, hacía planes.

Sus planes cambiaban, a través del tiempo, porque María, reconociendo su labor como una profesión creativa y su ejercicio cotidiano como un arte, asistía regularmente a talleres de educación continua. En el fondo, no creo que le hicieran falta esos talleres, estrictamente, en términos de contenido; pero ella les sacaba el jugo, y aplicaba lo aprendido en sus planes.

Esa actividad cotidiana de los planes me dice mucho de su disciplina, de su humildad y de su optimismo. Porque cuando usted cree que se las sabe todas, usted no hace planes. Cuando usted no cree que puede, con sus acciones, transformar estudiantes porque ya llegan a su salón de clase fundamentalmente forjados, destinados a lo que sea, usted no hace planes. Si no hay esperanza, no hay
planificación.

[Mi lector imaginario vuelve a indignarse. Y ésta qué sabe, murmura.]

No mucho, le contesto. Pero soy maestra. En mi caso es tal vez más fácil la cosa, porque mis alumnos suelen ser adultos o estar por ahí, en la víspera de serlo. Pero conozco muy de cerca la tentación de la arrogancia o la desesperanza, de enseñar en la modalidad de “salir del paso”, de no hacer el esfuerzo máximo para transformar mentes y vidas porque asumimos que los estudiantes llegan hechos, forjados, destinados, que el que va a aprender aprende y que el que no, pues no, independientemente de lo que hagamos. Y he sucumbido a esas tentaciones del pensar y del sentir más de una vez.

Y resulta que el país esta en crisis, “crisis” en plural, y que una de las crisis principales es la educativa. Las areas de acción para atender la crisis son, por supuesto, muchas, y a todos los niveles educativos. Pero un espacio humilde, poco mencionado, tiene que ser la práctica habitual e intensificada de destrezas básicas, como aritmética y lectura, en escuela elemental. Porque sin esas dos formas de hábito, el aprendizaje y la creación posteriores, profesionales, ciudadanos, son prácticamente imposibles.

[En este punto se vuelve a ofender mi lector y me cuenta, muy indignado, que su abuelito es analfabeta y que sin embargo es un excelente, inteligente y muy activo ciudadano. Pues felicite a su abuelito de mi parte, le digo. De regreso a la metáfora del cigarrillo: Conozco a un abuelito que fumó por ocho décadas y no le dio cáncer y vivió hasta los cien años. Pero ya que hablamos de su abuelito, y que es un ciudadano activo e inteligente, vaya y léale lo que acabo de escribir: Apuesto a que su abuelito estará de acuerdo conmigo, porque ese abuelito extraordinario sabe que lo es no por no saber leer sino a pesar de ello. Tal vez, con acceso a una educación de calidad, su abuelito hoy podría ser mil cosas, incluyendo gobernador nuestro. Y tal vez, con su abuelito a la cabeza, el país estaría mejor que ahora. Pero no quiero salirme del tema. Mis cariños y respetos a su abuelito.]

Y mis respetos y felicitaciones a todos y todas las maestras y maestros como María. Ojalá se reestructure el sistema de modo que la labor de los maestros sea recompensada con mejores salarios y mayor reconocimiento y oportunidades de desarrollo personal y profesional.

Tenemos que ser más como María. La crisis educativa no es necesariamente culpa nuestra, lo sé. Y no intento culpar a los maestros- ¡hay tantos, tantos problemas en el país que hacen difícil el aprendizaje, y la enseñanza! Pero nos tocó, nos tocó atenderlo, con furia, con rabia, con intensidad, con amor. Todos los días, cultivando el hábito, la destreza, de la inocencia. Dije inocencia, sí, porque se requiere mucho optimismo inocente (que ojo, no es lo mismo que optimismo bobo) para creer que podemos transformar la vida del nene que viene de la comunidad deteriorada, o que vive en el hogar destrozado con adultos ya irremediablemente rotos, y para pensar que podemos transformarlo con las tablas de multiplicar y con la lectura cotidiana….

Pero hay que hacerlo, porque es nuestra mejor esperanza y la mejor oportunidad para que ese nene pueda imaginar, articular, construir un mundo distinto. Y porque a veces, hasta funciona. Tenemos que hacerlo con consistencia y celo. Crear y cultivar el hábito y la rutina de practicar destrezas para el pensar, con el hábito y con la rutina propios del enseñar con ahínco y con cuidado.

Con el hábito de María. Nos va la patria en ello.

y aquí, en la oscuridad, un avestruz.

No me gusta la palabra “oscurantismo”.  De hecho la oscuridad me evoca todo tipo de adjetivos positivos: Apacible, tranquila, misteriosa.

Pero en estos días, y tal vez por aquello de que nos enseñaron a asociar la oscuridad con el medioevo, es imposible no hablar de oscurantismo.

Los signos están en todas partes: Nuestros líderes políticos cazan gárgolas, por ejemplo. GARGOLAS, esas criaturas más o menos demoníacas que servían como desagües y guardianes de los techos medievales.  No pueden cazar chupacabras, o alienígenas, o perseguir al comepantis de Gurabo, como antaño, no.  Cazan gárgolas.  Y estudiantes universitarios.

También prohíben libros. No los queman públicamente, es cierto, pero los prohíben.  Y no me sorprendería que los quemasen también, francamente. Los prohibimos por “obscenos”, porque hablan de sexo. Lenguaje y acción, por cierto, que también le imputan a los estudiantes universitarios.

Exhiben, además, una sospechosa fijación con los colores, las oraciones, y los galeones perdidos bajo el mar. Legislan para ponerle fecha al saludo y a la sonrisa. Y para castigar estudiantes universitarios.

Hablan de desarticular puntos y de castigar al criminal, y mientras tanto mueren más mujeres que nunca a manos de sus parejas reales o wanabí.  En un año de asesinatos récord, han decidido meter a la policía a la universidad.

¿A qué? A saber. Hablan de proteger vida y propiedad.  Pero toda la violencia reciente de la U parece ocurrir depués, y no antes, de la llegada de la policía pública o privada.  Estudiantes perpetrando actos tan criminales como..er…estar en el lugar incorrecto y aferrarse a él, han recibido patadas en los genitales y macanazos en las barrigas.  Padres que cometen la barbarie de..er…llevar almuerzo, regresan con la cara rota.  Rectores que deberían liderar el intelecto lideran en su lugar el ejercicio del anacronismo insulso, cuando justifican la presencia de la policía en un campus particularmente pacífico con la excusa de que allí “gente de izquierda”, como si la izquierda no fuese la mitad oeste del espectro político, sino una patología criminal particularmente peligrosa.

Aquí lo verdaderamente peligroso es el ensayo del despliegue de fuerza bruta contra la disidencia intelectual. Nos espera otro tanto cuando les recordemos que no estamos del todo de acuerdo con la idea de un gasoducto, o cuando sugiramos que el corredor ecológico necesita sus cuerdas de regreso, por aquello de que nos gusta el verde, y respirar…Ya existe una ley infame, que apodan ley “Tito Kayak”, diseñada para que protestar en una construcción sea un delito grave. Se aprobó, por cierto, a gritos y sin contar.  Muy apropiado, muy metafórico, eso de esquivar la aritmética de contar votos para favorecer la percepción subjetiva del volumen y premiar no al que pensó en mayor detalle sino al que chilló más duro.

Los avestruces de carne y hueso no entierran sus cabezas en la arena. Eso es un mito, una metáfora.  Pero si un alcalde puede buscar gárgolas y alienígenas sin perder su prefijo de Honorable, entonces yo puedo usar la metáfora del avestruz sin perder el caché, y así lo haré.  Todos los días, algún avestruz celebra, inocentemente, la presencia de la policía en la Universidad, por aquello de la ley y el orden, o acusa a los estudiantes de “empezar”, o habla de “dos bandos”, como si se tratase en efecto de dos ejércitos.  Y luego entierra la cabeza en la arena del oscurantismo. Le pedimos, por favor, que la saque, mire, y piense.  En ello nos va el país.

peligrosa educación

foto:R.Alcaraz,Diálogo

No sé si pueda decir que es lo peor que ha pasado (¡después de todo, ha pasado tanto y tan rápido!) pero sí que tiene que estar entre lo peor de esta crisis: Figueroa Sancha anuncia en foros diversos su intención de abrir un cuartel en la UPRRP, y su deseo de que se haga lo mismo en cada recinto.

¿Por qué? Porque, nos dice, hay que “desarticular puntos de droga”.

Parecería que la policía no tiene nada que hacer. Que no hay crimen en el país.

Que nos acostumbremos, dice la rectora Guadalupe.  Que será  una relación armoniosa, dice el superintendente.  Que es necesario, dicen el gobernador del país y el presidente de la universidad, en siniestro stereo y con idénticas palabras.

Y eso pone a pensar a uno (y más vale que pensemos mientras se pueda, porque al paso que vamos…) en la cosmología, en la visión de mundo, que la solución del super, del presi, de la rectora y del gobe implica. Al menos en lo que se refiere a los ámbitos de la criminalidad y de la educación, ambos por cierto muy protagónicos en sus mensajes de campaña.

En año de asesinatos récord, usamos una cantidad considerable de efectivos de la policía (esa palabra, “efectivos”, siempre me ha resultado muy curiosa) para ocupar la universidad para “conservar la acreditación”, dice la rectora, y añade que “hay que acostumbrarse  a la presencia de la policía”.

¿Crisis en la universidad pública? Meter la policía ha sido la respuesta.  Ello a pesar de que todos los incidentes de violencia de esta crisis han ocurrido una vez aparece en escena la policía (pública o privada).  ¿Diálogo?¿Negociación? Ni pensarlo. La mano dura contra esos comunistas peludos, nos dicen los que mandan.

El mundo parece que está lleno de peludos comunistas, últimamente, a juzgar por las protestas de universitarios en Londres, Grecia, Irlanda, California…Eso, o tenemos que descartar el discurso ajado de la guerra fría y comenzar a articular más seguido lo que pasa en Puerto Rico como parte de un fenómeno global en donde la educación pública, y las premisas morales que la sostienen, están bajo asedio.

Un estudio de Estudios Técnicos para Fondos Unidos, citado en La Pobreza en Puerto Rico (L.Colón)  indica que entre las víctimas de homicidio en Puerto Rico, poco menos de la mitad tenía menos de noveno grado aprobado. ¿Los victimarios? 59% tenía noveno grado o menos. De sobre 1,000 expedientes examinados, solamente 7 tenían bachillerato.

Parecería entonces que tenemos que utilizar la educación para combatir la criminalidad. Pero en lugar de eso, estamos usando a la policía para criminalizar la educación.


Picada de ojos: la upr y la brega “chicky starr”

Un buen número de partes de prensa (pulse aquí y aquí para ver algunos) resume hoy las últimas noticias de nuestra Universidad.  Los empleados de Capitol (compañía de seguridad privada) vinieron de noche a arrancar los portones de la YUPI.

Y así, a primera vista, podríamos pensar sacar los portones no está mal…Yo estudié mi doctorado en una universidad de Estados Unidos que no tenía portones, sino que participaba de una estética distinta, donde el campus se fundía con la ciudad.  La guardia universitaria ayudaba a patrullar la ciudad, la guardia citadina entraba y salía si le daba la gana, etcétera.

Pero lo que pasó anoche es muy distinto. Timing is everything, dice un refrán estadounidense,  y location location location, dice una de las reglas de bienes raíces de esa misma etnia…

Lo que pasó anoche sería hasta pintoresco, si no fuese tan triste y peligroso.  Aparentemente fue una reacción al hecho de que los estudiantes del recinto de Rio Piedras, reunidos en asamblea, han decidido irse a huelga si la administración insiste en la imposición de la cuota.

(¿Que usted no quiere la huelga? Pues por favor, no deje de leer.  De hecho me parece que la inmensa mayoría de los estudiantes “huelguistas” tampoco la quieren.  A nadie le conviene un cierre. A nadie. Pero este enorme lío NO puede definirse como una decisión en contra o a favor de la huelga. Ese “framing” dicótomo de “anti-huelga” y “pro-huelga” [ver algo sobre el uso del  “framing” para romper la universidad apretando aquí] resulta fatal para el entendimiento y la acción colectivas. Este asunto tiene que pensarse como el asunto complejo que es, y el movimiento de resistencia como el movimiento complejo que es con los obstáculos complejos que enfrentan.)

Seguimos con el cuento. Con la decisión estudiantil, pasaron varias cosas interesantes. Una, que en algunos recintos tomaron una decisión parecida, pero en otros no. Otra, que un grupo de profesores presentó una propuesta, titulada ‘sumando ganamos todos’, que tiene las siguientes características: Todos los sectores universitarios sacrifican algo (los estudiantes pagan una cuota más pequeña, los profes y empleados renunciamos a un aumento ya acordado, recortamos unos gastos adicionales en la U) y el gobierno reconsidera la decisión, a todas luces errada, de quitarle chavos a la U que tomaron con la Ley 7, y le devuelve fondos.  En otras palabras, un grupo de profesores presentó una propuesta que aunque imperfecta, como cualquier otra propuesta, está pensada, bien planteada, y preparada con cariño y cuidado.  De hecho, los estudiantes habían presentado una igualmente cuidadosa y trabajada, el 29 de noviembre, que puede leer pulsando aquí.

O sea, que tanto estudiantes como profesores habían presentado propuestas en las que evidentemente gente inteligente ha invertido tiempo y esfuerzo.  En otras palabras, se habían comportado como universitarios.

Por su parte, la administración ha hecho lo siguiente:

  • Celebrar las becas de la legislatura, a sabiendas de que la legislatura está atrasadísima en sus pagos de la ya existente beca legislativa y renunciando a su deber fiduciario real, que debería ser exigir que esos dineros (35m) le sean otorgados a la Universidad directamente y utilizados para reducir el monto total de la controversial cuota estudiantil (40m).
  • Prohibir las patinetas y las protestas en la mayor parte de los espacios del campus de la YUPI.
  • Rehusarse a sentarse a dialogar con los estudiantes. Decir que sacarían huelguistas “a patadas”.
  • Ignorar el planteamiento de los profesores.
  • Llamar a Capitol Security, compañía de seguridad dirigida por el famoso Chicky Starr, que aparentemente no deja de “bregar chicky starr” aunque haya cambiado de profesión, y ponerse a arrancar portones. Chicky Starr cuelga un anuncio en FaceBook donde solicita hombres dispuestos a hacer el trabajo por 10 pesos la hora. Y con la tasa de desempleo trepada en sobre 20%, no me extraña que hayan conseguido voluntarios rápidamente.
  • Hacer llamados al “respeto y a la tolerancia”, mientras aumentan la seguridad privada, elaboran nuevas prohibiciones, y evaden los reclamos de diálogo.
  • Llevarse una muchacha arrestada por “agresión”. ¿Cuántos policías arrestaron por las patadas en los genitales, los golpes en la cara, los tasers, los tiros accidentales y las embestidas con gas pimienta? Jum.
  • Prepararse para lo peor.  Ygrí ha indicado que no tiene intención de dialogar, y que si se cierra la Universidad, se cierra. Se pierde la certificación. Se hiere de muerte la institución centenaria, tal vez la mejor inversión que ha hecho el país. ¿Y la Junta de Síndicos y el presidente? Pues bien, gracias.

Cualquier administración universitaria normal, en casos como este, se sienta a dialogar con los constituyentes, pronto.  Más aún cuando existen dos propuestas concretas, pensadas, académicamente responsables, que pueden utilizarse como punto de partida.

¿Por qué? ¿Por qué la administración que se supone vele por los intereses de la UPR sigue en un curso de acción que a todas luces nos lleva hacia la confrontación y la erosión de la calidad institucional, de su relevancia para el país, de su capacidad de ayudar a Puerto Rico?

La respuesta es compleja, y he escrito un poco sobre ella aquí y aquí. Pero una parte importante de ésta estriba en la cuestión moral. Me refiero a que en este momento, la prioridad de los administradores que prefieren tirar a pérdida la institución antes que reconocer que deben sentarse a negociar con los sectores que la componen, es CASTIGAR. No solamente porque en lo personal, puedan tal vez sentirse humillados por un movimiento estudiantil que ha mostrado más madurez y destreza política que los mucho mas poderosos “adultos” que enfrentan, sino porque el castigo como un rol central del estado tiende a cobrar fuerza, irónicamente, cuanto más “liberal”, o mas bien “neoliberal” económicamente es ese estado.

[Pulse aquí para una lectura buena sobre el tema, de Paul Treanor.]

Piense en las protestas en Seattle, o en Génova.  Las fuerzas policiacas en ambos casos resultaban francamente desproporcionadas. Su meta, claramente, era hacer un “show of force”, amedrentar, aplastar. No se trataba de proteger a los líderes mundiales que se reunían allí a hablar de negocios globales-se trataba de castigar a los protestones peludos, ambientalistas, izquierdosos del mundo por…atreverse a protestar.

Parte del prefijo “neo” del neoliberalismo viene justamente de esa cuestión que podríamos llamar “moralista”.  El neoliberalismo no es es sencillamente una doctrina económica, sino un deseo intenso, una ideología, una cultura, una doctrina que quiere intensificar y expandir el mercado a través del aumento, eterno, sistemático, tanto del número de transacciones comerciales como de la cantidad de cosas que se constituyen en “mercancías”.  Y necesita eso para alimentarse, porque está, curiosamente, predicado sobre la idea de que las economías pueden y deben “crecer” eternamente. (Cada vez que se le tranca el bolo a esa idea y la economía no ‘crece’ tenemos una “crisis”, y convertimos algo público en mercancía o nos inventamos una mercancía nueva-por ejemplo, privatizamos el agua potable y las ambulancias, o creamos los complejos aparatos financieros que causaron la crisis hipotecaria y los vendemos por ahí, causando la pérdida de hogares y la quiebra de bancos nacionales.)

Es por ello que los gobiernos como el nuestro, que creen con todas sus fuerzas en la primacía no solo económica sino moral de los mercados y por ende en la necesidad de que los ciudadanos entiendan el consumo (y no la libertad de expresión, o el acceso al conocimiento) como derecho primordial, creen tan ferozmente en la “ley y el orden”.  Cuando crece el neoliberalismo como ideología, crecen también las fuerzas dedicadas a la ley y el orden, de hecho en casos extremos (véase Chile, 1973-1990) se constituyen en la función principal del estado y se dedican principalmente no a la protección de los ciudadanos sino a la protección de los mercados. De EL mercado.

Y fue en ese contexto ideológico que en plena primavera, los muchachos y las muchachas huelguistas se tiraron a la calle, cerraron portones, se disfrazaron, cantaron, bailaron, cogieron cantazos, escribieron argumentos jurídicos, crearon un cuerpo de prensa independiente, publicaron columnas, hicieron blogs, abrieron y mantuvieron estaciones de radio, sembraron  huertos, y se asomaron por el capitolio en bonche a enterarse de las tramas sobre el presupuesto nacional, todo ello en nombre de preservar la (gulp) educación superior pública.

Por supuesto que hicieron enojar a esta adminstración universitaria, que no cree en eso de “lo público”, y que sí cree en la “ley y el orden”.  Pero el reclamo del país debe ser claro. No se trata de huelga sí o huelga no.  Se trata de que las propuestas de los profesores y de los estudiantes merecen interlocutores serios, y de que la universidad merece un mejor trato.  Merecen que no les breguen “chicky starr”.

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escribir y enseñar

(Writing to change the world: Mensaje de bienvenida a maestros y maestras K-12 participantes del Mayawest Writing Project.)

A mí me gustan mucho los paisajes esos que llaman “naturales”.  ¿A quién no? Las montañas, el mar, el bosque, la playa, el río, son parte de la fantasía cotidiana de nosotros los cyborgs posmodernos. (Cyborgs al fin, sin embargo, cuando finalmente los tenemos de frente en todo su esplendor azul o verde tendemos a pasar más tiempo sacándole fotos con el celular o dándole un “update” al facebook, algo tipo “en la playa!!!! al fin!!!!”, que admirándolos, pero nada.  I digress.)

Decía que me gustan los paisajes naturales, y los disfruto, pero hay otros paisajes, de mucho artificio, que son los que realmente me quitan el aliento.  Son los paisajes que salen de la mano humana, imaginados por humanos, construidos por humanos, y admirados, generación tras generación, por humanos.  Me refiero a las grandes catedrales, por ejemplo, o a las pirámides.  Esos monumentos inmensos, generalmente con algun fin religioso, y construidos con tecnologías mucho menos sofisticadas que las actuales.  Esas catedrales que nos sumen en una emoción que es contradictoria sólo en apariencia, en esa certeza simultánea de la grandeza del colectivo y de la pequeñez propia. Al verlos, al tocarlos, al estar en ellos, nos regodeamos en una humildad que surge de la conciencia de la inmensidad, del potencial, de la enormidad y el impacto que para bien y para mal ha tenido la gestión humana en el planeta.

Creo que algo así me ocurre, nos ocurre, con la palabra escrita. Mucho más que con la hablada, aunque la escribamos para hablarse.  Escribir es regodearse en el uso de unos materiales, las palabras, que son ideas y que a la vez nos permiten construir otras ideas, unos materiales que ni usted ni yo inventamos sino que han sido creados y refinados y destruidos y reinventados y maltratados y resucitados por generaciones y generaciones. Escribir implica mucho más que hablar. Escribir es componer. Es editar. Es refinar.  Es, al menos en potencia, fracasar y levantarse en cada línea, en cada párrafo.  Escribir es la brega cotidiana con una realidad que tiene que articularse para poder entenderse, o manejarse.  Escribir es regodearse en la grandeza humana y en la pequeñez propia.

Tal vez es por esa reverencia implícita en el acto de componer con la palabra escrita,  que William Maxwell escribió que “”Writing should be done on your knees.”

Y escribir cambia el mundo.

De hecho, en muchos sentidos, escribir hace al mundo.  La historia, por ejemplo, no es sino el récord escrito que les permite a las naciones y a los pueblos imaginarse a sí mismos y seguir haciendo historia.  Escribir puede ser un diálogo con el presente pero es a veces un diálogo, inimaginado, incierto, con el futuro. Cuando Anita Frank escribía en la intimidad de su escondite no pensó que sus palabras se convertirían en la crónica más leída de un Holocausto que ella ni siquiera llega a describir. ¿Por qué? Porque Ana nos habla, nos enternece, y se nos plantea en el ahora no como una persona muerta sino como una  interlocutora que vivió y que sintió.  “Silence remains, inescapably, a form of speech”, dijo, o mas bien escribió, Susan Sontag, y es ese silencio en el repentino final del diario de Ana el que mejor nos comunica la tragedia de la interrupción de una vida en ciernes. De tantas vidas.

Escribir nos permite entender el mundo, darle la vuelta, interpretarlo.  El escritor es metío, averigüao, e irreverente. Charles Baxter escribió que “If you’re a good writer, these days, you pay attention to the way that people don’t pay attention.”   La propia Susan Sontag, por ejemplo, se hizo famosa por interpretar, magistralmente, su propia cultura como un texto inmenso, repleto de metáforas que nos sirven para imaginarnos a nosotros mismos-y a los otros. En particular, describe cómo enfermedades tales como tuberculosis, cáncer y SIDA son fenómenos tanto de la salud y de la medicina como del discurso y del simbolismo cotidiano, metáforas de cosas como sensibilidad, pasión y moral.

Escribir crea el mundo.  Dice Susan Sontag:  The truth is always something that is told, not something that is known. If there were no speaking or writing, there would be no truth about anything. There would only be what is.

No sé, sin embargo, si uno al final del día escribe para cambiar el mundo, o para crearlo. Seamos honestos. Uno escribe, tal vez, porque no hay de otra, porque uno es así. Robert Hass dice, en una cita muy citada, que “escribir es un infierno. No escribir es también un infierno.  El único estado tolerable es justo después de haber escrito.  “It’s hell writing and it’s hell not writing. The only tolerable state is having just written.” A mí esa cita me encanta. Aunque no estoy del todo de acuerdo. Para mí escribir es una fuente de trascendencia. No por el producto, necesariamente, sino por el proceso. Les cuento un poco del mío: Tengo una idea. La apunto por ahí para escribir después. En algún momento decido sentarme a escribir y no lo hago. Lavo los platos. Aclaro que detesto fregar, de modo que si lavo los platos para no escribir estamos en pleno denial. Me siento de nuevo a no-escribir. Me paro, baño el perro, me siento, corrijo exámenes. Me rindo. Visito la nevera, o la cafetería, dependiendo del hábitat. Como. Mas bien me harto. Tomo café. Temblando, regreso a no-escribir.

Y bueno, para preferir bañar al perro o consumir comida en nuestra cafetería uno tiene que estar bastante resistente a escribir, ¿cierto?

Esto quizás se debe a que, como escribe Brandon Dorn “The author’s task is to synchronize thoughts, images, raw creative material in a meaningful way, a task as difficult and frantic and joyful as herding cats.”

Pero en algún momento, pasa algo. Pasa que estoy escribiendo, y que me olvido de la comida, del perro, de los platos, de los exámenes. Me olvido de mí. Soy un río, un suspiro, un fenómeno, una cosa que me supera, una cosa que se llama humanidad, y que escribe.  Y en ese momento, soy muy, muy feliz.

Creo que los que escribirmos estamos un poco adictos, de la mejor manera posible, a esos momentos. Y no estoy de acuerdo con Hass. No son momentos o estados meramente “tolerables”.  Son felices, intensos, vivos.

Así que uno es escritor gracias  al infierno de escribir o de no escribir, al cielo de estar escribiendo. Uno escribe para la felicidad y para el denial, para uno mismo y para otros, para trascender el “uno” y reafirmar la humanidad del “muchos”.  Uno escribe a pesar de la frustración de no estar escribiendo porque ella es un pre-requisito para la intensidad de sí estar escribiendo.   Uno escribe para cambiar el mundo, criticarlo, construirlo.

Y esas son, curiosamente,las mismas recompensas de la docencia. ¿Por qué uno se convierte en maestro? Creo que es gracias al infierno de enseñar y  de no enseñar, y gracias al cielo de estar, de repente, en la felicidad total de la lección que fluye.  Uno es maestro por la felicidad y por el denial, para uno mismo y para otros, para trascender el uno y reafirmar la humanidad del “muchos”.  Uno enseña a pesar de la frustración de no estar transmitiendo el conocimiento porque sabe que esa frustración es pre-requisito para la intensidad del momento pedagógico. Uno enseña para cambiar el mundo, criticarlo, construirlo.

Estos talleres celebran la doble y feliz agonía de ser maestro y de ser escritor, de ser un escritor que enseña y un maestro que escribe.

Ambas vocaciones, la escritura y el magisterio, son tan poderosas que verlas juntas me hace pensar, un poco, en una de esas grandes catedrales.

Bienvenidos.

otro encuentro

Pronunciado en ocasión del compromiso Pro Bono de los estudiantes de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico, 24 de septiembre de 2010.  Gracias por la invitación, y mucho éxito a todas y a todos.

Cuando me invitaron a hablarles esta noche, dije que sí rápidamente.  Dije que sí porque es un hermoso proyecto.  Pero confieso que hace pocos días, casi me arrepentí.  Yo quería escribir algo que los inspirara, que los animara, pero francamente, estos son tiempos sombríos, y todo lo que se me ocurría para escribir era igualmente sombrío.

En esas estaba cuando me llegó la invitación formal.  Al leerla, sentí que me animaba un poco.  Tal vez fueron las fotos. Las caras. El optimismo implícito. La acción. Pero yo creo que fue, especialmente, lo que dice.  Me invita a una actividad de “Compromiso Pro-Bono”, y me dice que “La Escuela de Derecho y ProBono UPR se insertan… en la agenda de acceso a la justicia en Puerto Rico, a la vez que le ofrecen a sus estudiantes una educación jurídica formativa… ”.

Educación formativa.  Acceso a la justicia.

Esas frases me gustaron mucho.  Mi grupo de trabajo en la UPR en Mayagüez tiene un proyecto que también trabaja con acceso.  En nuestro caso estudiamos el acceso a ciertos niveles o experiencias educativas.  Lo estudiamos a través de la investigación académica pero lo entendemos y atendemos en realidad a través de una serie de actividades de alcance con jovencitos de escuela intermedia y superior que viven en los residenciales públicos de Mayagüez.  ¿Por qué alcance educativo en residenciales públicos? Bueno, porque por algún lado había que empezar; porque estamos convencidos de que para aprender hay que hacer; y porque nuestros estudios preliminares indicaban que los llamados “caseríos” estaban tremendamente sub-representados en la educación superior y especialmente en la educación superior pública-en la UPR.

Quiero hacerles un cuento.  La primera actividad de alcance fue un campamento, diseñado por nuestros estudiantes universitarios y dirigido a estudiantes de escuela intermedia de varios residenciales mayagüezanos.  Empezamos a buscar fondos.  Una colega mía, entusiasmada, nos habló de una asociación de damas cívicas que estaba buscando precisamente algo en el ámbito de educación pre-universitaria para auspiciar.  Nuestro proyecto era perfecto para las cívicas, nos dijo.  No esperábamos mayores problemas.

Algunos días más tarde, abochornada, mi colega me dijo que las cívicas  no compartían nuestro entusiasmo.  Habían dicho que no.  Que no nos darían chavos, porque “esos nenes no tienen interés”.  Con la escuela pública como tal, aclararon, no tenían problema alguno, y estaban receptivas a propuestas con esa población.  El problema era con el residencial, con los residenciales, con esos espacios que en nuestro imaginario colectivo se han convertido, parece, en una metáfora de todo lo que el país no quiere ser.

Este cuento, y especialmente esa expresión, la de que “esos nenes no tienen interés”, se me han quedado grabados., se han convertido en una suerte de “mito de origen”. No fue, aclaro, un episodio particularmente importante, en términos tangibles, materiales; después de todo, las actividades para las cuales les estábamos solicitando fondos se llevaron a cabo igual, se llevaron a cabo con esos nenes, e incluso extendimos la cosa y conseguimos el generoso auspicio de la Fundación Carvajal, por cinco años. Pero el cuento es importante,porque no se trata de un incidente aislado, o de un prejuicio particular a este grupo de cívicas: lo hemos visto repetirse y manifestarse de otros modos.  Por ejemplo, un año más tarde, estábamos realizando observaciones en una de las tantas escuelas puertorriqueñas que han caído en eso que llaman, eufemísticamente, “plan de mejoramiento”.  La población que la escuelita atiende es toda de residencial o de los espacios que llamamos “barrios”, en Mayagüez.  Con esa palabra, “barrio” nos ahorramos la más larga y compleja alusión a “vecindarios urbanos que no son residenciales públicos ni están designados como parcelas pero que son muy, muy pobres.” El caso es que estábamos en la escuela, y una maestra, una mujer joven, a todas luces trabajadora, de buen corazón, nos contaba de las muchas dificultades académicas que tenían sus alumnos, y le preguntamos cuál era, a su juicio, el problema principal, la raíz del asunto.  La maestra suspiró, señaló un conglomerado de edificios, visible desde la escuela, edificios con esa arquitectura inconfundible de tres pisos en cemento, con una cancha en el medio y una caseta de guardia, vacía, en la entrada…

Y dijo: “Esa gente.”  [PAUSA] “Esa gente no…no quiere progresar.”

En Puerto Rico, y en otras partes del mundo, los espacios que la gente ocupa sirven, y han servido históricamente, para  marcar, estereotipar, definir a las personas como más o menos virtuosas, más o menos merecedoras, más o menos vagas…Piense en los arrabales, las parcelas, los residenciales. En el imaginario puertorriqueño colectivo,  los residenciales, el residencial, el caserío, tal vez por lo visible de su arquitectura, está particularmente sujeto a esa otredad impuesta y, a veces desafiantemente, también asumida.  Se trata de una otredad que nos obliga a encontrar la desigualdad, la marginalidad, día a día. Pero no son estos los únicos espacios donde ese encuentro ocurre. Hay otros espacios, más móviles, más dinámicos,  como por ejemplo las luces donde piden monedas los deambulantes, que también representan la posibilidad de ese encuentro cotidiano con la pobreza, con la marginalidad. Y esos encuentros tienen mucho que decirnos acerca del modo en que conceptualizamos al otro…y a nosotros mismos.

Imaginemos por ejemplo el encuentro clásico: Usted va por ahí guiando, se detiene en la luz roja, y ahí está: El deambulante, el tecato, “el que pide”.  (Casi nunca oigo que lo llaman el pordiosero, o el mendigo.  Siempre es el deambulante, el tecato, “el que pide”.)  Es fácil imaginarlo porque si usted maneja un auto, esto es parte de su cotidianidad.  Suele ser un personaje familiar, tiende a estar en esa luz a esa hora del día, anda con un vasito o algún otro recipiente.  Lo interesante de este encuentro es que a pesar de ser tan común, y tan predecible, genera todos los días una pequeña crisis moral. Una crisis no en él, en el que está ahi, con su vasito, sistemáticamente trabajando la fila de autos, no: La mini-crisis moral se genera en el conductor. En el potencial dador. Especialmente si lleva pasajeros.  Digamos que se trata de usted.

Le doy chavos. No le doy chavos.  Si le doy chavos se los va a gastar en droga. Le puedo dar  esta manzana, o este café, que me estaba llevando al trabajo, mejor. Darle comida.  Yo le di chavos ayer…hoy puedo tal vez hacerle una mueca triste indicando, con verdad o sin ella, que no tengo chavos. O mirar obstinadamente hacia al frente, como si no lo viera,  hablar mas fuerte por mi celular, conscientes de que me  está mirando y haciendo gestos en mi dirección. O mover la cabeza con firmeza, en un gesto de NO…

Esa es la conversación interna.  Si llevamos pasajeros, la crisis supera el ámbito de la moral privada y se convierte en un asunto de proyección social:

Le doy chavos. No le doy chavos.  ¿Qué va a pensar Fulana si le doy chavos?  Que soy un zángano. ¿Que va a pensar si no le doy? Que soy un maceta.

Digamos que en esta ocasión,  decide darle unas monedas. El tecato sigue su camino, pero:

Fulana, con aire de superioridad: Yo nunca les doy chavos, porque eso lo usan para droga. Yo les doy comida, si estoy cerca de un servicarro. Le pudiste haber dado esa manzana.

Si piensa que le voy a dar la solución al dilema aquí, ahora, lamento decepcionarlo. Me temo que no tiene solución, al menos no en los términos en que se nos plantea. Yo, francamente,  he hecho de todo: mirar para el frente, dar chavos, dar manzana, comprar en servicarro, hablar por celular intensamente mientras intento no encontrarme con los ojos tristes del que lleva el vasito…de todo.  Y probablemente no hace mucha diferencia. Puede hacerla para mí, si me llevo una sonrisa agradecida, o para él, si se lleva una peseta, una diferencia en el micro, en ese día, en ese instante-pero lo que sea que usted opte por hacer, en ese encuentro, no le hace mella al macro ni a la moral, propia o ajena. Al hecho básico de que hay una gente marginal a los procesos productivos que necesita de su caridad para comerse algo. O para meterse droga.  O ambas- Porque al final, en la experiencia cotidiana del adicto, la droga y la comida no son sustancias muy distintas. Ambas son percibidas, en la subjetividad, como irremediablemente necesarias para sobrevivir.

Pero el punto es que tenemos una pequeña crisis moral e identataria, cada vez. Y esa crisis está basada en el hecho de que el otro, el ser marginal que es nuestra contraparte en ese encuentro con la desigualdad profunda en que vivimos, hace algo o incluso es algo que nos parece moralmente desagradable. Usa droga, por ejemplo. Y nos preocupa auspiciar ese vicio. No por no hacerle daño-vamos, que la droga, si la usa, la va a conseguir con o sin su ayuda.  No – me importa darle o no darle mas bien por lo que implica sobre mí, sobre quién soy yo.  Y ese es el dilema cotidiano.  Queremos hacer el bien, pero no queremos que nuestro bien se use mal.  Queremos darle la peseta, pero queremos que la use para comer.

Queremos controlar la reacción del otro.  Queremos que el pobre, el que recibe nuestra generosidad, sea como nosotros queremos que sea. Lo queremos, en este caso, limpio de droga.

Y agradecido. Nos pasmamos cuando el otro no reacciona como esperábamos.  Permítanme compartir otra experiencia. Fue aquí, en Rio Piedras, y es un poco boba pero viene al caso. Un deambulante me pidió dinero para comprarse un sundae. Yo decidí comprarle un sundae. Compré el sundae. Se lo llevé. El hombre bufó, decepcionado, molesto.  Y me dijo, bastante irritado, que no le gustaba el maní.

Yo quería que le gustara el maní.  De hecho, yo hubiera preferido que no le importara la presencia del maní, o que hubiese estado tan agradecido por el sundae que no se fijara en el maní…

Nuestros encuentros se agrian cuando el otro, definido como “pobre”, “marginal” o necesitado, no responde como nos gustaría, o como esperamos. El tecato tira los chavos prietos al piso o se indigna porque no le gusta el maní.  La madre de dos niños pequeños no paga la luz pero se hace las uñas. La señora de setenta años debe 15,000 de luz y pide un plan de pago, a 85 años. Y no lo paga. El nene habla en el salón y, cuando se le conmina a leer el libro y completar la tarea, dice que no quiere, que es aburrido. No muestra interés.

Estos encuentros nos incomodan no tanto porque nos confronten con la pobreza, sino porque nos obliga a cuestionar las formas en que imaginamos la pobreza, cómo se atiende, si se atiende, si merece ser atendida…Queremos que el pobre pase hambre, no que quiera droga,o un celular. Queremos que sea agradecido. Que muestre interés. Que no se haga las uñas o el pelo. Que se comporte, en fin, con una racionalidad admirable.

(Hace algunos meses, hablando de racionalidad, una muchacha pobre de Vieques cometió un acto irracional: andar con una bolsita de marihuana. La cogieron.  No tenía chavos para pagar la multa, así que la metieron presa.  En la cárcel se fumó un cigarrillo de marihuana. Le extendieron la condena. Murió presa, de una paliza propinada por otras presas.  Se llamaba Vivian, y era jovencita, muy delgada. Las fotos del periódico la muestran sonriendo, con una sonrisa hermosa y grande.  Algunos de los comentarios del periódico la acusan, póstumamente, de irracionalidad. Porque, decían, ¿a quién se le ocurre ponerse a fumar en la cárcel?  Es el mismo tipo de irracionalidad de la que acusan, con frecuencia, a las mujeres asesinadas por sus parejas, cuando les preguntan, también póstumamente, ¿cómo se le ocurrió a esa muchacha juntarse con semejante individuo?)

[Pausa]

Y es que parecería que socialmente, le exigimos a las víctimas de la injusticia y la opresión unas cualidades que no le exigimos a actores más grandes. Le exigimos a las víctimas cosas como cordura, racionalidad, limpieza, gratitud, interés educativo e intelectual, un manejo razonable de sus magras finanzas, buenas decisiones nutricionales y sentimentales.  Les exigimos que sean responsables de sus vidas.

Esa exigencia, esa pregunta, ese cuestionamiento, siempre están dirigidos al marginado.  Hablamos críticamente de su “falta de interés”, de la importancia de que “esa gente” desarrolle responsabilidad social…Lo interesante es que rara vez le dirigimos la pregunta del interés y el reclamo de responsabilidad social a las instituciones.

¿Que cómo que a las instituciones? Tomemos por ejemplo el asunto de la falta de “interés”  académico achacada a los jovencitos del residencial.  En los tres años del proyecto, nos hemos encontrado con que a esta población no se le habla mucho, en la escuela, de la universidad o de carreras universitarias. Hemos visto consejeras académicas literalmente sacarle de las manos a un joven la solicitud de la Universidad, porque “no se la merece”.  Hemos visto escuelas, en aprietos económicos, eliminando o bajando el cupo de las clases llamadas “avanzadas” de español, matemáticas e inglés.  Hemos visto escuelas que sencillamente no tienen esas clases. De entrada, dan por hecho que su población no cualifica.   Hemos sabido de escuelas que proveen muchas orientaciones sobre drogas y paternidad responsable pero muy pocas o ninguna sobre la universidad.  En la escuela los niños puertorriqueños tienen que tomar, obligatoriamente, las llamadas “pruebas puertorriqueñas” en un día lectivo-pero el examen de admisión a la universidad, el college board, se ha dado así solamente una vez.  Por lo general es sábado, cuesta cuarenta pesos tomarlo, y los muchachos muchas veces ni se enteran de que hace falta para solicitar a la universidad porque nadie se los dice…Los espacios de pobreza deberían recibir, no menos, sino más información sobre carreras, universidades, posibilidades. Y sin embargo, nuestros chicos muestran un desconocimiento de la oferta académica, y de su propio potencial, que da miedo…¿Puede acaso desarrollarse “interés” sin tener acceso a la información que le da contenido y forma a ese interés? ¿Era justo el reclamo de las cívicas? ¿Estaba bien dirigido? Tal vez la pregunta más importante: ¿Era útil?

Si le hacemos el reclamo a la escuela, también habría que hacérselo, francamente, a la universidad.  En Mayagüez, dicen los estudiantes, los profesores, las camisetas y los bumper stickers que “sólo los duros pueden”.  Dicen también cosas como “muchos entran, pocos se gradúan.” Esa aseveración es terriblemente problemática.  Primero, porque en términos relativos, no es verdad – el Colegio tiene las tasas de graduación más altas de Puerto Rico.  Segundo, porque no tiene sentido, que nuestra cultura institucional colegial esté orgullosa de una cosa como esa.

Queremos que el pobre, el oprimido y el marginal sean racionales.  ¿Pero no es acaso profundamente irracional que un sistema de justicia encarcele una muchacha de veinte años porque andaba con un poco de marihuana, exponiéndola así a la violencia de la prisión? ¿Que un grupo de señoras acomodadas acuse a un grupo de niños pobres, que no conocen,  de “desinterés”? ¿Que una escuela eduque a sus chicos para la posibilidad de la paternidad pero no para la posibilidad de la universidad? ¿Que una universidad celebre el hecho de que muchos se le den de baja, que lo asuma como evidencia de excelencia? Allí es que en todo caso habría que redirigir esa acusación de “desinterés” de las cívicas…

Pero el asunto es, justamente, que la solución no es acusar.  Yo creo que parte del problema de nuestra brega cotidiana con este asunto del acceso (a la justicia, a la educación, a la paz, al alimento, a los servicios médicos) es cultural: No nos gusta que la víctima nos riposte o nos complique.  Queremos, por ejemplo, una pobreza, una marginalidad, silente, agradecida, descalza. Que no conteste excepto para dar las gracias.  Que pida cosas razonables. Que nos haga fácil la tarea.

Hay que reconceptualizar esa tarea. Hay que reconceptualizar el encuentro. Yo puedo, como individuo, si quiero y me hace feliz, seguir enchismándome con mi amigo el tecato si sigue chavando con el maní. Al fin y al cabo eso es cosa nuestra.  Pero esa no es la tarea que ustedes celebran hoy. Hoy celebramos una tarea que requiere otro tipo de encuentro.

Hoy celebramos el compromiso Pro Bono. Y pro-bono es en realidad una abreviatura, y no quiere decir “gratis”, aunque típicamente lo sea. Quiere decir que es trabajo relativo al bien público, al bien común. Quiere decir que ustedes no se van a conformar con el dilema moral bobo del encuentro en la luz; ustedes van a “insertarse en una agenda de acceso a la justicia”.  Van a hacerse un reclamo a sí mismos y a las instituciones que representan y las cuales quizás algún día nos ayuden a reformar.  Abiertamente, transparentemente, se van a envolver en una relación con el otro,  no desde un lugar de superioridad, de identidad, o de caridad, sino desde un lugar de aprendizaje, de comprensión, y de acción.  Y en el proceso, estarán practicando otras formas de encuentro, formas que nos permitan repensar las maneras en que estructuralmente se violentan y obstaculizan hoy las posibilidades humanas, y aprender, usar y producir los conocimientos que le permitan a los humanos rescatar sus posibilidades. Eso es Pro-bono.

Yo quiero felicitarlos por asumir el compromiso.  Porque sacando o guardando las dos pesetas en la luz , o criticando a los nenes que no aprenden, no vamos a cambiar el mundo: pero trabajando para el bien común y en la reconceptualización de un encuentro cotidiano que reconoce al otro como parte del destino de uno mismo,  del país, y de la especie, ahí sí que podemos cambiar algo.  Muchas gracias.