musa

storm birdA veces (¿tal vez ahora mismo?), y por lo general de repente, se me presenta o experimento un vacío distinto, extraño…Una especie de silencio en expansión: material, corpóreo, físico.  Es como la calma terrible y misteriosa que precede a la tormenta, la sensación casi insoportable de que algo está a punto de pasar.

Ese silencio donde nos damos cuenta, sobrecogidos, de que se han callado todos los pájaros.

A veces (¿siempre?) se trata de un anuncio de la inspiración, de la visita de la musa. No siempre redunda en visita, pero lo ha hecho con la frecuencia suficiente para que mi lápiz salive como un perrito de Pavlov. Mientras espero que se me pase, no puedo hacer otra cosa que escribir. No puedo aprovechar la calma para atender alguna cosa práctica.

Quisiera–atender, ser práctica–pero no hay caso.

La calma abrumadora antes de la musa es muy distinta a la calma que sucede a la tormenta, la que aparece poco después de escribir, durante la cual la gente abandona su refugio y sale a la calle a ver qué se rompió, quién se murió, cuánto se perdió. Esta otra calma es la del estropicio y el escombro, de la reconstrucción y el nuevo orden, la de lo que queda de mí después de la visita. El silencio es distinto: ya no está vacío sino puntuado por el sonido del agua que corre en forma de improvisado riachuelo o cae en forma de sorprendida gota, por los ruidos del quehacer, por los murmullos que celebran la vida o lamentan la pérdida.

Por los pájaros, que han vuelto a cantar.

Le tengo cariño, reverencia y, francamente, un poco de miedo, a esta musa mía. No es como la dama marmórea y diligente de los clásicos: mi musa es más bien como Oyá, la deidad negra del viento y la centella.  Como ella, es taciturna, terca, y amiga de los muertos.

De los esqueletos.

En estos días, ando cortejando, con delicadeza, a otras musas. Musas más gentiles, más sencillas, menos intensas, menos huracanadas. Me vendría bien una deidad de la brisa, por ejemplo, las mariposas, o el rayo de luna.  Pero coqueteo de lejos, tentativamente, tratando de no ofender a esa mujerona formidable que me ha traído a la libreta tantas veces, y a quien le debo tanto.

No estoy lista (¿todavía?) para perderla.

escribir y enseñar

(Writing to change the world: Mensaje de bienvenida a maestros y maestras K-12 participantes del Mayawest Writing Project.)

A mí me gustan mucho los paisajes esos que llaman “naturales”.  ¿A quién no? Las montañas, el mar, el bosque, la playa, el río, son parte de la fantasía cotidiana de nosotros los cyborgs posmodernos. (Cyborgs al fin, sin embargo, cuando finalmente los tenemos de frente en todo su esplendor azul o verde tendemos a pasar más tiempo sacándole fotos con el celular o dándole un “update” al facebook, algo tipo “en la playa!!!! al fin!!!!”, que admirándolos, pero nada.  I digress.)

Decía que me gustan los paisajes naturales, y los disfruto, pero hay otros paisajes, de mucho artificio, que son los que realmente me quitan el aliento.  Son los paisajes que salen de la mano humana, imaginados por humanos, construidos por humanos, y admirados, generación tras generación, por humanos.  Me refiero a las grandes catedrales, por ejemplo, o a las pirámides.  Esos monumentos inmensos, generalmente con algun fin religioso, y construidos con tecnologías mucho menos sofisticadas que las actuales.  Esas catedrales que nos sumen en una emoción que es contradictoria sólo en apariencia, en esa certeza simultánea de la grandeza del colectivo y de la pequeñez propia. Al verlos, al tocarlos, al estar en ellos, nos regodeamos en una humildad que surge de la conciencia de la inmensidad, del potencial, de la enormidad y el impacto que para bien y para mal ha tenido la gestión humana en el planeta.

Creo que algo así me ocurre, nos ocurre, con la palabra escrita. Mucho más que con la hablada, aunque la escribamos para hablarse.  Escribir es regodearse en el uso de unos materiales, las palabras, que son ideas y que a la vez nos permiten construir otras ideas, unos materiales que ni usted ni yo inventamos sino que han sido creados y refinados y destruidos y reinventados y maltratados y resucitados por generaciones y generaciones. Escribir implica mucho más que hablar. Escribir es componer. Es editar. Es refinar.  Es, al menos en potencia, fracasar y levantarse en cada línea, en cada párrafo.  Escribir es la brega cotidiana con una realidad que tiene que articularse para poder entenderse, o manejarse.  Escribir es regodearse en la grandeza humana y en la pequeñez propia.

Tal vez es por esa reverencia implícita en el acto de componer con la palabra escrita,  que William Maxwell escribió que “”Writing should be done on your knees.”

Y escribir cambia el mundo.

De hecho, en muchos sentidos, escribir hace al mundo.  La historia, por ejemplo, no es sino el récord escrito que les permite a las naciones y a los pueblos imaginarse a sí mismos y seguir haciendo historia.  Escribir puede ser un diálogo con el presente pero es a veces un diálogo, inimaginado, incierto, con el futuro. Cuando Anita Frank escribía en la intimidad de su escondite no pensó que sus palabras se convertirían en la crónica más leída de un Holocausto que ella ni siquiera llega a describir. ¿Por qué? Porque Ana nos habla, nos enternece, y se nos plantea en el ahora no como una persona muerta sino como una  interlocutora que vivió y que sintió.  “Silence remains, inescapably, a form of speech”, dijo, o mas bien escribió, Susan Sontag, y es ese silencio en el repentino final del diario de Ana el que mejor nos comunica la tragedia de la interrupción de una vida en ciernes. De tantas vidas.

Escribir nos permite entender el mundo, darle la vuelta, interpretarlo.  El escritor es metío, averigüao, e irreverente. Charles Baxter escribió que “If you’re a good writer, these days, you pay attention to the way that people don’t pay attention.”   La propia Susan Sontag, por ejemplo, se hizo famosa por interpretar, magistralmente, su propia cultura como un texto inmenso, repleto de metáforas que nos sirven para imaginarnos a nosotros mismos-y a los otros. En particular, describe cómo enfermedades tales como tuberculosis, cáncer y SIDA son fenómenos tanto de la salud y de la medicina como del discurso y del simbolismo cotidiano, metáforas de cosas como sensibilidad, pasión y moral.

Escribir crea el mundo.  Dice Susan Sontag:  The truth is always something that is told, not something that is known. If there were no speaking or writing, there would be no truth about anything. There would only be what is.

No sé, sin embargo, si uno al final del día escribe para cambiar el mundo, o para crearlo. Seamos honestos. Uno escribe, tal vez, porque no hay de otra, porque uno es así. Robert Hass dice, en una cita muy citada, que “escribir es un infierno. No escribir es también un infierno.  El único estado tolerable es justo después de haber escrito.  “It’s hell writing and it’s hell not writing. The only tolerable state is having just written.” A mí esa cita me encanta. Aunque no estoy del todo de acuerdo. Para mí escribir es una fuente de trascendencia. No por el producto, necesariamente, sino por el proceso. Les cuento un poco del mío: Tengo una idea. La apunto por ahí para escribir después. En algún momento decido sentarme a escribir y no lo hago. Lavo los platos. Aclaro que detesto fregar, de modo que si lavo los platos para no escribir estamos en pleno denial. Me siento de nuevo a no-escribir. Me paro, baño el perro, me siento, corrijo exámenes. Me rindo. Visito la nevera, o la cafetería, dependiendo del hábitat. Como. Mas bien me harto. Tomo café. Temblando, regreso a no-escribir.

Y bueno, para preferir bañar al perro o consumir comida en nuestra cafetería uno tiene que estar bastante resistente a escribir, ¿cierto?

Esto quizás se debe a que, como escribe Brandon Dorn “The author’s task is to synchronize thoughts, images, raw creative material in a meaningful way, a task as difficult and frantic and joyful as herding cats.”

Pero en algún momento, pasa algo. Pasa que estoy escribiendo, y que me olvido de la comida, del perro, de los platos, de los exámenes. Me olvido de mí. Soy un río, un suspiro, un fenómeno, una cosa que me supera, una cosa que se llama humanidad, y que escribe.  Y en ese momento, soy muy, muy feliz.

Creo que los que escribirmos estamos un poco adictos, de la mejor manera posible, a esos momentos. Y no estoy de acuerdo con Hass. No son momentos o estados meramente “tolerables”.  Son felices, intensos, vivos.

Así que uno es escritor gracias  al infierno de escribir o de no escribir, al cielo de estar escribiendo. Uno escribe para la felicidad y para el denial, para uno mismo y para otros, para trascender el “uno” y reafirmar la humanidad del “muchos”.  Uno escribe a pesar de la frustración de no estar escribiendo porque ella es un pre-requisito para la intensidad de sí estar escribiendo.   Uno escribe para cambiar el mundo, criticarlo, construirlo.

Y esas son, curiosamente,las mismas recompensas de la docencia. ¿Por qué uno se convierte en maestro? Creo que es gracias al infierno de enseñar y  de no enseñar, y gracias al cielo de estar, de repente, en la felicidad total de la lección que fluye.  Uno es maestro por la felicidad y por el denial, para uno mismo y para otros, para trascender el uno y reafirmar la humanidad del “muchos”.  Uno enseña a pesar de la frustración de no estar transmitiendo el conocimiento porque sabe que esa frustración es pre-requisito para la intensidad del momento pedagógico. Uno enseña para cambiar el mundo, criticarlo, construirlo.

Estos talleres celebran la doble y feliz agonía de ser maestro y de ser escritor, de ser un escritor que enseña y un maestro que escribe.

Ambas vocaciones, la escritura y el magisterio, son tan poderosas que verlas juntas me hace pensar, un poco, en una de esas grandes catedrales.

Bienvenidos.

PARPADEANDO cumple su primer año hoy.

cupcakeUn día como hoy, en el 2008, encontrándome con un inesperado rato de ocio entre manos, abrí un blog en blogspot en la plantilla más simple y fácil de manejar que encontré, presioné el botón que me conminaba a escribir una entrada nueva, la primera, y escribí.  En aquella ocasión, en plena Navidad boricua,  escribí sobre el tipo de cosa que me pasaba por la mente cada vez que veía un inflable del muñeco de nieve Frosty en un patio ajeno.  Para adornar un poco el “post”,  envié a mi familia, cámara en mano, a tomarle una foto a un frosty de esos. Así nació “Frosty, el fetiche“, y así nació el concepto de “parpadeando“.

Todo fue muy rápido, y muy emocionante.  No importaba si alguien estaba leyendo o no – el acto de escribir en el blog era cualitativamente distinto al de escribir en papel o en un procesador de palabras.  Un blog no es un documento-es otra cosa, una cosa más dinámica, una cosa que parece activar formas de cognición y de escritura particulares.  Ese mismo día, y en días subsiguientes, exploré otros blogs, otros espacios, en Puerto Rico y otras partes.  No menciono mis favoritos por temor de olvidar a alguien importante – pero de esos otros blogueros y blogueras aprendí y aprendo muchísimo, y quiero pensar que hoy formo parte de una comunidad virtual de escritores creativos y que cada día nos afinamos, compartimos y aprendemos.

Al día siguiente me encontré fabricando otro rato de ocio y escribiendo de nuevo, esta vez sobre la Franja de Gaza, donde la Navidad era muy distinta.  Luego otro.  Y otro. También un par de cuentos, o más bien narrativas sobre cosas que pasaron de verdad, curiosamente (¿o predeciblemente? vinculadas siempre con los temas del blog.  El contraste entre nuestros inflables y nuestra comedera de lechón y de pasteles, y la tragedia en Gaza era enorme. ¿Que tenían en común, qué justificaba la presencia de temas tan distintos en el mismo blog?   Que a través de la escritura, y del tipo particular de escritura al que un blog nos dá acceso, todos eran susceptibles al ejercicio de la narrativa, de la conexión, de la explicación y de la curiosidad.  Y de eso se trató este blog, desde el principio.

¿Cuáles son mis posts favoritos? No estoy segura. La mayor parte de las entradas en Parpadeando son ensayos breves, algunos más narrativos, otros más analíticos.  Los temas recurrentes (aquí con tres ejemplos tempranos) parecen ser lo extraño que puede ser lo cotidiano cuando lo miras de cerca, lo prevalente y profundamente inmoral que resultan la desigualdad y la inequidad, y lo cotidiano, familiar, que resulta ser lo exótico cuando lo miramos de cerca.

Los favoritos de muchos lectores, por otra parte, parecen ser los que documentan la locura política del patio.  Ejemplos del mes de enero del 2009 incluyen los arranques de creatividad de nuestros legisladores, pasando por la de los jefes de agencia , y culminando con la del gobernador mismo. Escribir esas entradas me ayudó a procesar y reconocer la realidad del país.

También me ayuda a escribir mejor, y a pensar mejor.  Seguiré escribiendo aquí, entonces, en el 2010.  La idea será la misma – buscar lo familiar en lo extraño, lo cotidiano en lo sorprendente, lo sorprendente o complejo en lo familiar.  Como siempre, pueden enviar sus  críticas e ideas a rima@parpadeando.net, añadirnos a facebook (busque el botón en la página principal de Parpadeando) o a twitter.  Gracias por leer, y Feliz Navidad.